La ocultista victoriana acusada de matar hombres con su mente


“¡Claude Bernard murió! ¡Claude Bernard murió!”, gritó histéricamente Anna Kingsford una tarde de febrero cuando vio una noticia en la puerta de la École de Médecine de París informando sobre el funeral del gran fisiólogo. Abrumada por las emociones, pidió sentarse mientras relataba los acontecimientos de diciembre de 1877. Usando su conocimiento de lo oculto, Kingsford dijo que ella había invocado un “rayo espiritual” para derribarlo.

En ese momento, Kingsford llevaba unos cuantos años en la carrera de medicina de la prestigiosa escuela. Perseguía sus ambiciones desafiante y, a pesar de la hostilidad victoriana frente a las mujeres en la medicina, iba a convertirse en una de las primeras mujeres británicas en ser calificada como doctora. La vegetariana declarada no sólo quería convertirse en médico, sino que también deseaba ganar credibilidad para su cruzada contra la vivisección, una práctica que torturaba animales indefensos en nombre del progreso científico.

Kingsford entró directamente a la boca del lobo. La École había perfeccionado la práctica y el profesor Claude Bernard fue el principal defensor de la vivisección en Europa en ese momento (Su esposa le pidió el divorcio después de regresar a su hogar un día y descubrir que [él] había practicado la técnica con su propio perro). En un artículo para The Heretic, Kingsford describió su angustia cuando supo que los horribles chillidos provenientes de un laboratorio de la École, provenían de perros disecados vivos. “Con lágrimas de agonía”, escribió, “oré por la fuerza y el coraje para trabajar eficazmente por la abolición de un mal tan vil, y para hacer al menos lo que un corazón y una voz pueden para luchar contra esta maldición de tortura en la tierra”.


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A finales de ese diciembre, en un “frenesí de honrada indignación”, Kingsford utilizó algún tipo de poder psíquico para golpear a Bernard. Más tarde, en noviembre de 1886, ella haría lo mismo con el fisiólogo Paul Bert, o así lo afirmó Edward Maitland, su antiguo colaborador en ocultismo y antiviseccionismo.

El relato proviene de Anna Kingsford, Her Life, Letters, Diary and Work (Anna Kingsford, su vida, cartas, diario y trabajo), biografía escrita por Maitland sobre Kingsford en 1896. Esta es una representación de una ocultista vengativa que retrasó la verdadera apreciación de ella como una de las pioneras defensoras de derechos animales y espiritualistas victorianas por más de un siglo. En lugar de ser reconocida por sus innumerables logros —promulgando extensamente el vegetarianismo y su negativa al viseccionalismo, escribiendo grandes libros esotéricos, novelas y columnas en periódicos, editando su propia revista feminista y haciendo campaña por los derechos de las mujeres— ahora es comúnmente reducida a una mención pasajera sobre magia negra.

Pero su influencia fue tan grande que Mahatma Gandhi vendía sus libros místicos en Sudáfrica y leía “con provecho y gratitud” su tratado de vegetarianismo The Perfect Way in Diet (El modo perfecto para una dieta); Aleister Crowley, el célebre mago, admitió que “ella hizo en el mundo religioso más que cualquier otra persona en generaciones”, y la reconocida autora y profesora de tarot, Mary Greer, la llamó la madre de la Orden Hermética de la Aurora Dorada, la más famosa organización esotérica de la época victoriana. Pero, ¿Kingsford realmente asesinó a dos vivisectores franceses?

Según Alan Pert, su biógrafo de 2007, la biografía de Maitland está “llena de errores” y omite muchos detalles personales importantes. La amiga cercana de Anna, Florence Miller, dijo sobre el trabajo: “se trata del propio Maitland, más que del tema que profesa. ¡Página tras página se habla a los medios espiritistas, sobre su alma y su importancia en el Universo!”. La reseña de Theosophy in Australia (Teosofía en Australia) de 1896 lo llamó “uno de los libros más desconcertantes y extraños publicados este año”, agregando que “como un Ángel Vengador que mata viviseccionistas por el poder sólo de su voluntad, ella aparece como un personaje nuevo para la mayoría de nosotros”.


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Ah, y está el hecho bastante sospechoso de que Maitland quemó todos los documentos, manuscritos, diarios y cartas que Kingsford le dejó cuando terminó de escribir la biografía, lo que hace imposible que alguien haga una revisión de los hechos, de cualquiera de sus citas o relatos.

Entre muchas otras afirmaciones inverosímiles e inconsistentes, Maitland también dijo que Kingsford le dijo que ella solía ir a cazar zorros y encontró una “alegría salvaje” al ver a los perros destrozar los zorros en pedazos. Sus propias palabras en su libro Health, Beauty and the Toilet (Salud, belleza y baño) contradicen esto: “No soy una defensora de la caza para mujeres… El espectáculo de la ‘muerte’ incluso cuando se refiere al zorro, no debe inspirar alegría en los corazones de niñas inglesas, y cuando el pobre zorro es víctima, el aspecto de la cosa es, en mi opinión al menos, totalmente repugnante y despreciable”.

¿Qué motivaría a Maitland a traicionar a Kingsford y manchar deliberadamente su legado? Una lucha de poder, obviamente. Según Alan Pert, “Anna era la ‘mujer ideal’ de Maitland en todos los sentidos menos uno: no podía dominarla como él deseaba”. Al escribir sobre su primer encuentro, Maitland ofrece una larga descripción de su extraordinaria belleza parecida a la de María Magdalena: “Alta, esbelta y con gracia en su forma, justa y exquisita en su complexión, su pelo largo y dorado…” Coincidencialmente, [la figura de] la protagonista femenina en sus novelas sigue la misma descripción, excepto porque siempre es sumisa y frecuentemente maltratada sádicamente por el hombre. En el libro de Maitland, England and Islam (Inglaterra e Islam) escribió: “la mujer ideal se entrega a su afinidad masculina como una hoja de papel vacía para que él escriba sobre ella a su antojo”.


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Kingsford también eclipsó a Maitland con su éxito. No sólo encabezó el liderazgo de un nuevo movimiento teológico, sino que también fue honrada en la historia del vegetarianismo y los derechos de los animales gracias a su conocimiento y dedicación incansable a estas causas. Por medio de la biografía, él pudo ajustar las cuentas de una vez por todas. No sólo mancharía su carácter, sino que devaluaría su trabajo al dar a los lectores la impresión de que estaría perdida sin su guía, “destinada a desastres y naufragios como un barco a la deriva en el océano sin timón, brújula o timonel”. Incluso llegó a decir que después de su muerte, el espíritu de Kingsford llegó para decirle que estaba equivocada sobre una discusión pasada.

Además, la actitud sedienta de sangre estaba totalmente en contra de su carácter y creencias. Dañar a alguien, y más asesinar a un ser vivo, era completamente contradictorio con los principios de Kingsford. En su conferencia Violationism or Sorcery in Science (Violación o hechicería en la Ciencia) dijo: “para ser una experta en [magia], es indispensable ser puro de corazón, libre de conciencia y justo en la acción”.

¿Qué nos dirían Claude Bernard y Paul Bert si llegaran a la sala de sesión espiritista? Seguro que no fueron víctimas del asesinato psíquico. Bert murió de disentería en Hanoi mientras que Bernard estuvo enfermo durante diecisiete años, con una enfermedad de los mismos órganos que pasó toda su carrera estudiando, el páncreas y el hígado, lo que irónicamente condujo a su lento ocaso. El karma es perro.

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