Estas esculturas son cicatrices causadas por la violencia de género


La nueva colección del artista argentino Marcelo Toledo, es engañosamente simple. 14 esculturas de pulido y brillante metal, con el acabado que sólo meses de trabajo y años de oficio pueden brindar. Pero por primera vez en una carrera que le ha otorgado renombre mundial, la obra de Marcelo invita a una lectura adicional, cuenta una historia. Y es que las 14 esculturas que componen “Detrás de las Paredes” fueron creadas a partir de las cicatrices de 14 mujeres que, en distintos países del mundo, sufrieron las consecuencias físicas y emocionales de la violencia de género. “Yo realmente quiero que sea como un gran sacudón”, explica Marcelo. “Que el público comience con un ‘mira que lindo’ pero que al saber lo otro sea como una daga que le parte el corazón”.

Investigar sobre mujeres no era nada nuevo para Marcelo. Años atrás había logrado irrumpir en el circuito de arte internacional gracias a su trabajo basado en Eva Perón y sus joyas, llegando incluso a hacerse cargo de las joyas del renombrado musical Evita en Broadway. Aún al mencionar todo lo logrado gracias a su trabajo con Eva, se muestra incrédulo: “jamás pensé que podría tener tanta repercusión. Fui portada del New York Times, hice una muestra en Shanghai en 2010 que vieron 4 millones de personas. Nada, los números que se manejan son impresionantes”. Posteriormente, y ya consagrado, tuvo la posibilidad de realizar una muestra para el museo Fortabat en Buenos Aires con el fin de concienciar sobre el cáncer de mama. Para tal fin realizó 14 esculturas de las manos de mujeres icónicas de Argentina, resaltando la mano como un símbolo de la temprana detección del cáncer. Dichas esculturas fueron luego subastadas y el dinero donado al Movimiento Ayuda Cáncer de Mama (MACMA). La experiencia con esta colección fue el primer intento de Marcelo en explorar, a través de sus obras, temas de mayor profundidad, con contenidos y mensajes. “Hace unos años estaba más pendiente de lo estético que de lo conceptual. Pero luego comencé a tomar clases con una coach sobre arte contemporáneo y puse de alguna manera todo mi background como artista, mi técnica, el oficio y las horas de taller, en pos de nuevas piezas que tenían una intención de contar algo”. Fue así como poco a poco se fueron asentando las bases de su más reciente colección. Pero aún faltaba el detonante final, esa chispa que pondría en marcha su proyecto más ambicioso hasta la fecha. Y todo comenzó con una invitación a una entrega de premios.

El 29 de septiembre de 2015, Marcelo asistió a los premios Perfil en el prestigioso Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires. Los premios, que galardonan a aquellas personas y entidades que defienden la libertad de expresión, habían decidido homenajear al colectivo #niunamenos, un movimiento en reclamo a la violencia de género que surgió a mediados de ese año como respuesta al acentuado pico de crímenes de esa índole en el país. “Yo ya sabía qué era el movimiento, obviamente. Era el primer año que estas mujeres habían ido a la calle. En cuando veo que ganaron, suben al escenario 15, 20, 30 mujeres. Mientras una hablaba, las otras lloraban de la emoción. Aplaudían. Fue algo tan conmovedor y tan profundo. Y me di cuenta de cómo moviliza este tema. Me pareció que era un tema que causaba algo en mí y me tocaba algo. Nunca fui violentado ni tengo en mi familia mujeres que hayan sido víctimas pero me empezó a llamar la atención. Así que empecé a investigar”.

A partir de su investigación a Marcelo se le abrió un mundo. La causa en contra de la violencia de género era (y sigue siendo) una que trasciende las fronteras y está enquistada en la palestra mundial. Se puso en contacto con fundaciones y organismos especializados en el tema y comenzó a contactar a fotógrafos que ya tenían obras adelantadas sobre esto. Fotógrafos como Christopher Thomas quien viene retratando a víctimas de quemaduras en Nepal, Pakistán y otros países de la región. O Jorge Oviedo y Camilo Ponce de León que han hecho lo propio con mujeres en Colombia. Ellos, junto a Germán Romani y Ariel Grinberg en Argentina, pasaron a formar parte activa del proyecto, brindándole a Marcelo no sólo las trágicas historias de las mujeres, sino evidencia fotográfica de sus lesiones, que luego Marcelo convertiría en algo más a través de su oficio. “Es difícil llevar a cabo de una manera fría o técnica una historia que es compleja y dolorosa. Porque a la hora de plasmar esa historia en una obra, yo pienso en la técnica que voy a emplear, en la textura que le voy a dar para que se asemeje o tenga alguna reminiscencia a lo que se ve en la foto. Pero en este caso estás tratando con personas reales. No es que yo me imagino lo que pudo haber pasado. Esto pasó, fue tremendo, fue doloroso y en base a eso es que yo estoy creando o dándole vida a una obra de arte. La idea con esto es justamente no ser morboso sino tratar de curar. Transformar esa herida y ese dolor en una obra que sea bella y transmutarla en algo conceptual que ayude a dar testimonio y que esto no vuelva a pasar. Es bastante complejo pero esa es la misión. Para mí ese es el gran click de ser artista, transformar una realidad en otra cosa, como una alquimia”.

A pesar de que sólo quedaron 14 en la selección final, fueron muchas las víctimas entrevistadas para “Detrás de las paredes” que, principalmente por miedo, prefirieron no ser retratadas. Si bien esos testimonios tuvieron repercusión en el concepto general de la muestra, al entrevistar a Marcelo uno queda con la impresión de que lo que más le conmovió del proyecto fue el esfuerzo de aquellas que sí tuvieron la valentía de brindar su imagen. Como Karina Abregú, un símbolo de la violencia de género en Argentina luego de ser atacada y prendida en fuego por su ex esposo. “Cuando fuimos a fotografiar a Karina, yo estaba muy nervioso”, recuerda Marcelo. “Al llegar, habían patrulleros y policías que la custodian porque a pesar de que su atacante está preso, su familia vive a tres cuadras y la amenaza a diario. Así que no sólo es ver lo que les pasó y cómo viven con esa realidad sino que les sigue pasando. Yo elaboré estructuras hechas a partir de la cicatriz física de la víctima. Pero en realidad son las cicatrices psicológicas las que más perduran cuando una persona sufre de violencia de género”.

Otro caso cercano para Marcelo fue el de Soledad, una prostituta peruana que fue atacada y desfigurada por tres clientes en el barrio de Constitución en Buenos Aires, llegando incluso a pasar seis meses en coma. El caso de Soledad, que es transexual, le permitió a Marcelo ampliar el concepto de violencia de género y agregar un elemento de inclusión. Fue tanto el acercamiento entre Marcelo y Soledad que el artista incluso logró recaudar los fondos para costear el documento de identidad con nombre de mujer que ella tanto anhelaba. “El artista genera lazos que van mucho más allá de una muestra”, explica Marcelo al recordar el episodio.
Como suele pasarle a Marcelo Toledo, las dimensiones de su proyecto han crecido a niveles que eran difíciles de prever cuando apenas lo concebía. En 2016, su proyecto fue nombrado de interés cultural por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y poco después fue seleccionado para ser exhibido en Naciones Unidas, durante un congreso mundial de mujeres en marzo de 2018. Con el aumento de la exposición también se amplió la escala del proyecto y si bien las 14 esculturas siguen siendo el eje central, ahora la exposición cuenta con un agregado: un compendio de 120 esculturas de metal (se estima que ese es el número de mujeres que fallecen diariamente por violencia de género a nivel mundial) que asemejan simultáneamente espinas de flores y lápidas. A pesar de que “Detrás de las Paredes” parece destinada a convertirse en otro hito internacional en su carrera, para Marcelo es inevitable volver una y otra vez a la raíz de todo, a las mujeres, a su lucha y al deseo inagotable de crear conciencia. “El día que conocí a Karina”, explica Marcelo, “yo pensaba que si a mí me hubiese pasado algo así, estaría tan pendiente y preocupado de lo que me quedó en el cuerpo… Pero ella no. Ella estaba más pendiente de la lucha, de que no le pase a otras mujeres. Y en un momento nos dijo al fotógrafo y a mí: ‘¿quieren que me saque la remera?’. Yo me quedé como mudo. ‘¿Estás segura, Karina?”, le dije. “Sí, piensa que yo convivo con esto todos los días. Para mí este es mi cuerpo. No el que tuve antes”.

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