Los Baños Rocío: el lugar donde ligaba Monsiváis


I: Pásele a ver al león

Entre bruma, miradas inequívocas de cacería, lenguas mojándose los labios y penes erectos adivinándose debajo de las telas húmedas, visitar los Baños Rocío, en la Calzada de Tlalpan, es una vivencia que todo capitalino (homosexual o no) debería experimentar, al menos como ejercicio sociológico. Es más, ni siquiera en plan de ligue: sin ser parte de la ruta de turibús, este lugar debería ser una parada obligada, como se visita una calle emblemática o un monumento histórico.

La dinámica no es muy distinta a la de otros lugares del mismo giro: se paga una admisión de 120 pesos que da derecho al vapor general y un chico que hace de host te asigna un cuartito para cambiarte y dejar tu ropa. Finalmente, sales cubierto por un trapo delgado y rasposo, que deja muy poco a la imaginación.

A diferencia de otros lugares aquí las chanclas se rentan. Si no quieres agarrar un champiñón, mejor trae las tuyas o limpia muy bien las alquiladas. Diez pesitos más se agregan al precio de entrada, pero bien vale la pena usarlas, pues el piso resbaloso suele ser traicionero.

Ya dentro del vapor general, primero está la zona de las duchas, y más al fondo un anexo donde los masajistas ofrecen sus servicios: 120 pesos por una buena enjabonada de cabo a rabo para librarse del estrés de la semana. Los masajeados lucen como leones marinos en todo su esplendor; cuerpos desnudos que reflejan en sus pieles húmedas los últimos rayos del atardecer. Me espero a ver el desenlace y no, el masaje no incluye calambre.

II: Monsiváis: el cazador que hizo de los Rocío su safari

A los baños Rocío acuden sobre todo hombres que rebasan los 40 años. Aquí frases como “no gordos”, “no viejos”, “sólo similares” que abundan en las apps de ligue, simplemente no existen. Las panzas rebosan orgullosas, las calvas brillan, las arrugas no se ocultan detrás de filtros de Instagram. El ligue es más primario y honesto.

La búsqueda de sexo entre hombres se vuelve casi poética. Según algunas personas, no es de extrañar que Carlos Monsiváis, el cronista de la Ciudad de México, viniese aquí de manera recurrente a saciar sus apetitos masculinos, pero también a simplemente a observar.

“[Carlos] Arellano se encontró un viernes a Carlos Monsiváis en los Baños Rocío. Luego de saludarlo, quiso apartarse, pero Carlos le pidió quedarse con él. ‘Yo quería estar solo, —recuerda— no iba a eso, a estar con Carlos Monsiváis en el vapor, y sin embargo, vi en su mirada una gran soledad: incluso se quedaba solo allí, mirando a todos los demás muchachos que entraban y salían'”.

Tales son las palabras que José Luis Martínez S, columnista también conocido como El Cartujo, plasmara en su texto “El clóset de Monsiváis“. Para quienes conocieron a Monsi, —o incluso La Monchi, como con cariño y jiribilla le llamaban sus allegados—, su afición por los baños públicos y otros sitios de encuentro homosexual no era ningún secreto.

Si bien Carlos nunca hizo pública su orientación sexual, era uno de esos secretos a voces que sólo requerían de la voz del mismo Monsiváis para hacerse oficial. Como un pensador griego desfasado en tiempo y espacio, se cuenta que instruía jovencitos dentro y fuera de la cama. Se dejaba ver con ellos en distintos espacios y esto no era motivo de escándalo. Yo mismo, en el Marrakech (una cantina gay de la calle de República de Cuba), llegué a servirle las quesadillas que tanto le gustaban, y a externarle que sus letras me resultaban faro de inspiración en mi trabajo como escritor. Animal de costumbres como era, él las comía siempre en la misma mesa del rincón, con una devoción y elegancia gatunas. Porque para ser homosexual hay que tener algo de felino, sin duda. Por algo a los jotos nos encantan los gatos y Monsi vivía rodeado de ellos. Pero volvamos a los baños. En su libro El clóset de Cristal, Braulio Peralta también describió la afición de Monsiváis por la visita a baños de vapor como los Rocío o los Mina. La obra de Peralta pone al descubierto a un Monsiváis como un hábil cazador que usaba como principales armas su buena labia y cultura, ante las que los jovencitos caían atravesados, como cayó Lucifer ante la espada del Arcángel San Miguel. Pero no sólo eso: muestra a un Monsiváis de carne y hueso, sudoroso, apetente, imperfecto. Humano, para pronto.

Si algo se mantiene igual desde los tiempos en que Monsi venía de cacería hasta nuestros días, es que los jovencitos escasean. Mientras los millennials y chavitos sacian sus egos en Grindr y Tinder, aquí las reglas las siguen poniendo los hombres mayores, en la democracia de la desnudez y del flirteo tradicional. Carlos se nos fue. En Bellas Artes, una bandera de arcoíris cubrió su féretro. Pero los Baños Rocío, ese lugar donde el cronista de la Ciudad de México se sentaba a sudar la gota gorda, nos sobreviven.

III: A lo que te truje. Y luego, aquí no pasó nada

En Los Rocío hay dos salas, una de calor húmedo, y otra de calor seco. La primera es la preferida para ligar por dos razones: primero, por su arquitectura, aquí no hay ventanas, lo que hace del lugar una suerte de cuarto oscuro. La segunda razón es la bruma, que cobija y da un halo de “privacidad” a las manos que se deslizan sobre la pierna, el torso o la verga ajena.

No es un lugar de grandes multitudes, al menos hoy. Pero los pocos que hay le entran desinhibidos a la fiesta. Una boca hace una mamada, otra un beso negro, manos diestras masturban a los compañeros de banca. Nadie se escandaliza, aquí se sabe a lo que se viene. Los gemidos son la banda sonora del lugar, que aunque tratan de ser discretos, se revelan por el eco de las paredes desnudas, que gotean agua fría producto del vapor condensado.

Alguien, en un rincón, se viene. Una lengua bien entrenada devora los vestigios del orgasmo que sigue provocando agitaciones involuntarias en el cuerpo del afortunado. Un último beso y se despiden. No se dan los nombres. ¿Para qué? Una buena enjuagada en las duchas, unos pases de toalla para secar la humedad del cuerpo y aquí no pasó nada.

@PaveloRockstar

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