Jóvenes senegaleses nos cuentan cómo viven en Buenos Aires


Artículo publicado en VICE Argentina

Becaye tiene 28 años, nació en Dakar y hace tres que vive en Buenos Aires. Conoció a Mohamed, Mamadú e Ismael —todos ellos menores de 30— trabajando en la venta ambulante en el cruce de la avenida Corrientes con Pueyrredón. Durante algún tiempo compartieron una de las esquinas más transitadas de la ciudad hasta que, en el verano pasado, la Policía Metropolitana avanzó con un operativo de desalojo que terminó por correr a todos manteros del barrio de Once, incluidos ellos. Becaye ahora deambula con sus productos por el microcentro porteño. Ya no tiene un punto fijo para la venta.

El ingreso ilegal por la frontera norte del país y la ausencia de representación diplomática en Argentina hace que no existan datos exactos sobre la cantidad de senegaleses, pero según estima la Asociación Civil Casa Senegalesa en Argentina, ya superan los 10,000. Recién en octubre pasado, los representantes diplomáticos en Brasilia visitaron por primera vez Argentina e hicieron entrega de más de 200 pasaportes.

Foto por Ayelén Oliva

VICE conversó con algunos de ellos para romper con los prejuicios sobre una corriente migratoria de la que todavía se sabe poco. El primer gran mito, se basa en que ingresan al país en condición de refugiados. Esta idea comenzó a circular hace tiempo, porque muchos de ellos iniciaron sus trámites migratorios copiando la solicitud de refugiados de los marfileños y ghaneses pero con el detalle de que Senegal no está atravesada por una guerra civil, motivo por el cual la mayoría de estas solicitudes terminaban siendo rebotadas. Tampoco la violencia es una característica habitual en Senegal. Desde la década del 60 hasta estos días se construyó una alternancia entre el Partido Socialista y el Partido Democrático. Éste último, que ahora gobierna bajo el nombre de Alianza para la República, está en el poder desde 2012 y acaba de consolidar una mayoría absoluta en el Parlamento como resultado de las elecciones legislativas de agosto pasado. Según los datos provistos por la Comisión Nacional de Refugiados, figuran dos picos de solicitudes de asilo en Argentina: uno en 2008 donde representaban 38 por ciento, otro en 2012 con un 46 por ciento.


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El segundo mito que circula entre los porteños se basa en un tipo de migración económica por hambre. Esto no parece ser así según los casos entrevistados, sino que responde a una clase media en apuros con ansias de ascenso social. Becaye nos dijo que su vida en Dakar era “normal”, vivía con sus padres en un hogar donde no le faltó “nada” ni a él ni a sus cinco hermanos, su padre trabajaba en la Aduana y podía garantizar sin problemas una cómoda vida familiar. “El que dice que vino por hambre, miente. Viajar hasta acá nos cuesta mucho dinero. Muchos dejan sus trabajos para venir. Vine porque quería conocer otros lugares y también aprovecho para mandar dinero para allá”, cuenta.

Mamadú lleva más tiempo en Buenos Aires. Afirma que todos los meses manda “500 dólares o lo que pueda para mi familia. Si no puedo enviarle dinero un mes, junto un poco más y espero al mes siguiente”, así termina de dar forma a un mecanismo migratorio que busca garantizar el envío de pequeños montos de divisas al extranjero.

Los tres entrevistados dejaron sus estudios o algún tipo de trabajo en Senegal al momento de viajar, la mayoría vinculado a la mecánica automotriz o al comercio. Estos testimonios se condicen con el 9 por ciento de desempleo total de Senegal de 2017, según datos del Banco Mundial.


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Otro de los mitos es que salen de su país con un destino claro y definido. Buenos Aires fue, para muchos, el resultado fallido de otras ciudades que por algún motivo no pudieron llegar. Becaye cuenta que antes de abandonar Dakar su destino no era Buenos Aires, ni San Pablo, sino Quito. Buscó salir rápido de su país, coordinó su viaje y salió con destino a Ecuador. “Cuando llegué a Ecuador me esperaba una persona en el aeropuerto. Me ofreció venir a Buenos Aires, pensé que quedaba más cerca. Ahí subí a un colectivo y empezamos un camino punto a punto”. Dice que paraba en algunos pueblos o pequeñas ciudades donde lo esperaba alguien que definía dónde tenía que dormir y a qué hora volvería a salir. “No podía caminar por la calle, ni siquiera a comprar comida, tenía que esperar en un hotel hasta la noche. Llegué a pasar dos días sin comer. Cuando todo estaba oscuro me pasaban a buscar. Tenía que ser de noche para que nadie sospechara”, repasa la historia Becaye.

Ismael cuenta que su primera opción fue Brasil, donde llegó engañado. “En Dakar jugaba en un equipo de fútbol profesional hasta que mi representante me ofreció a mi y a otros diez jugadores viajar a Brasil para probarnos en un club más grande”, recuerda. “El viaje fue largo, se nos hizo interminable hasta que finalmente llegamos a Bello Horizonte, una hora más temprano de lo que estaba programado”. Pero en el aeropuerto no los esperaba nadie. Pensaron que era temprano, que sólo restaba ser pacientes. Esperaron una, dos, tres y hasta diez horas hasta que entendieron que algo había fallado. Intentaron comunicarse con los números de teléfono que tenían del representante en Senegal, pero todo estaba desconectado. “A Senegal no iba a volver, por orgullo. Me había ido, había dejado mi familia y a mis amigos para venir a probarme en Brasil. No podía volver sin nada. Tenía muy poca plata, así que entre algunos de los que estábamos nos fuimos a San Pablo en micro donde vivía el hermano de uno de los chicos”. Ismael cuenta que tardó tres días en llegar. “Ahí estuve dos semanas, hasta que decidí venir para Buenos Aires. Un amigo me dijo que tenía un familiar y que podía recibirnos a los dos. Así fue”. Actualmente, combina su tiempo entre Bello Horizonte y Quilmes, lugar donde se siente cómodo. “En el barrio donde vivo son todos blancos. No conozco a nadie, pero todos los vecinos ya saben quién soy, me saludan, son amables”, afirma con un sonrisa.


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Entre los datos más desconocidos también figura el componente religioso. El 80 por ciento de la población senegalesa es musulmana. En Buenos Aires, practican el islam que estructura su día y organiza su fe. Mohamed es crítico del fundamentalismo islámico, cuanta que “el Islam no es una religión violenta sino de paz”. Cada día encuentra un espacio para la oración de las 12 AM y la tercera de las 5 PM que hará a lo largo del día. Antes de cada rezo deberá encontrar un lugar calmo y lavar algunas partes su cuerpo como acto de purificación o lo que ellos llaman wudu. Primero la mano derecha, luego la izquierda, un poco de agua limpia en la boca y la nariz, luego la cara, los brazos, la cabeza, los oídos y los pies. Cada parte tres veces y en ese orden.

Tres grandes cofradías dividen a los musulmanes en Senegal pero existe algo que las une más allá de su amor a Alá: el proyecto religioso de urbanizar la Touba, una ciudad sagrada, fundada en 1963, que incluye una mezquita de proporciones descomunales, ubicada a dos horas de Dakar. Tan importante como la Meca, la Touba es la ciudad a la que todo migrante senegalés quiere volver.

En Buenos Aires, cualquiera puede hacer el ejercicio de detenerse a conversar con algún senegalés vendiendo anillos sobre algún paño rojo y preguntarle si desea volver a su país. Aquellos más arriesgados podrán mencionar la palabra mágica: “Touba”, o a su líder espiritual “Amadou Bamba” y tendrán casi como respuesta mecánica una sonrisa. Y es que la mayoría conservan el deseo último de volver y mejor aún si es para echar raíces con su familia en la ciudad sagrada. Mohamed está sentado en un bar de Once, de paredes de fórmica blanca, espejos y luces de bajo consumo, sin embargo no pierde la ilusión de vivir allá. “Quisiera construir mi casa en Touba. Tengo miedo porque el tiempo pasa y son muchas las personas, incluso de otros países, que están construyendo algo allá, ya sea una vida o una familia. Es posible que para cuando regrese ya no haya más terrenos”.

Foto por Ayelén Oliva

El sentimiento de pertenencia a su tierra es fuerte. El 8 de noviembre pasado tuvo lugar el encuentro religioso más importante del año para cualquier musulmán nacido en Senegal: el Magal de Touba . Un día de agradecimiento que comienza en la mañana y se extiende hasta la medianoche. En general, estos encuentros concentran unos 500 senegaleses que se reúnen para agradecer a su líder espiritual. Los fieles se repartieron tareas y responsabilidades para que no falte comida, para orientar los rezos e incluso garantizar la limpieza.

También le preguntamos sobre sus miedos de vivir en Buenos Aires. Varios comparten el temor a la violencia institucional en manos de la policía de la ciudad. Bacaye todavía recuerda cuando en la madrugada del 28 de enero de 2014 se despertó con el frío del cañón de un arma larga en su frente. Un segundo después escuchó los gritos del resto de los efectivos de la Policía Metropolitana que, según su testimonio, “amenazaron con volarle la cabeza de un disparo si no se levantaba urgente”. La noche anterior al allanamiento ninguno de los diez senegaleses de la pensión de la calle Libertad pudo anticiparse a lo que iría a suceder en la mañana siguiente. La Metropolitana, encargada del operativo no dio demasiadas razones. Solo les gritaban que “venían por las drogas”. Les ordenaron poner sobre sus camas todos los artículos de venta (gorros, carteras, billeteras, anteojos y relojes de plástico) además de su dinero, sus computadoras y celulares. Al terminar el operativo, la Policía no había logrado encontrar ni drogas, ni armas, ni un sótano repleto de mercancías robadas como decían que iban a buscar. Sin embargo, los obligaron a firmar una orden de allanamiento que para muchos de ellos fue imposible leer y se llevaron todo lo que estaba sobre las camas además de 15,000 pesos en ahorros. “Nos robó la policía”, dice Bacaye.


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Ese día, la Metropolitana no sólo fue a su pensión sino que allanó más de 20 casas de senegaleses. A pesar de las denuncias hechas por la Defensoría del Pueblo y por los afectados en las comisarías del barrio, ninguno pudo recuperar ni los artículos ni su dinero. Al día siguiente, un grupo de manteros senegaleses se concentró frente a la Unidad Fiscal Penal, Contravencional y de Faltas Sudeste, dependiente del Ministerio Público Fiscal porteño, ubicado en Bartolomé Mitre 1735, para exigir la devolución de su mercadería mientras los medios difunden que los operativos se habían llevado a cabo sin una orden judicial. La vice jefa de gobierno porteño de ese entonces, María Eugenia Vidal, justificó los allanamientos argumentando que “cuando hay mafias el Estado no se puede rendir. Nosotros venimos dando una pelea contra estas mafias desde hace mucho tiempo. Esta no es una situación aislada. Ya lo hicimos en Florida, Constitución y Retiro. En cada caso uno encuentra las mismas situaciones: estamos hablando de mercadería robada, de mercadería cuyo origen no se puede explicar.” En muchos casos, la particularidad que tiene el accionar de la policía con los senegaleses, en la aplicación del código contravencional, es la falta de explicaciones, la brutalidad en los allanamientos y a menudo la irregularidad en los procedimientos.

Un poco menos solos que cuando llegaron, Becaye, Mohamed, Mamadú e Ismael saben que ya tienen redes construidas entre pares, con los que pueden salir a escuchar música y conversar un rato, aunque aún hoy sigan bastante aislados del resto de la cultura local. A Becaye la vida en Buenos Aires, tan distinta a Dakar, no lo intimida ni lo asusta, aunque la nostalgia por su tierra todavía vigente parece darle motivos suficientes para fantasear con regresar.

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