Cinco amigos, tres galletas y semen: mi primera vez en ‘el juego de la galleta’


“Hablando de juegos de adolescentes calientes, yo me sé uno bien bueno”, dijo uno de mis amigos. Fue así como, en una plática casual, me enteré del famoso ‘juego de la galleta’. La mecánica es sencilla: un grupo de amigos se reúnen alrededor de una galleta —de preferencia con chispas de chocolate, según la tradición— y comienzan a masturbarse. A diferencia de una relación sexual de la vida adulta, donde venirse rápido es sinónimo de fracaso, aquí venirse en chinga significa triunfo. El primero que eyacula es declarado campeón y de esa forma se van asignando los lugares del podio, según vayan terminando. Por supuesto hay un gran perdedor: el que eyacula al final. Este recibirá como castigo comerse la galleta empapada por el semen del resto de los participantes.

Al enterarme de esta actividad tan sui generis sentí morbo y envidia. ¿Dónde estaban esos amigos calientes en mi pubertad? ¿Por qué con los míos lo más atrevido que hacíamos era esconder las mochilas de las niñas o ponerle apodos a los maestros? En fin. Como más vale tarde que nunca, me propuse reunir a mi propia liga de gente desinhibida dispuesta a entrarle al famoso juego. Y como no hay red social de ligue más efectiva que Facebook —gracias, Mark Zuckerberg— publiqué el mensaje que dio pie a todo: “busco voluntarios para entrarle al juego de la galleta. Obviamente hombres y que sepan de lo que se trata”.

Tarde más en publicarlo que en tener decenas de comentarios. Muchos de ellos voluntarios, otros que entraron a morbosear a ver quiénes se apuntaban, y los más despistados, a preguntar de qué se trataba el mentado juego. Y así fue como, después de un proceso de casting, me armé un escuadrón que prometía ponerse interesante. Lo siguiente fue crear un grupo de Whatsapp, al que nombré El Club de la Galleta, con el emoji de la galletita y toda la cosa. Ahí les informé cómo estaría la onda: nos veríamos en el Hotel Mazatlán, famoso sitio de cogedera homosexual en la Ciudad de México, y ahí llevaríamos a cabo el desafío.

Al principio en el grupo de Whatsapp todos estaban algo tímidos. Sólo uno, aficionado al cruising (sexo en lugares públicos), empezó a dar más información y a mostrarse más abierto. Cliente asiduo del Maza —como también lo llaman cariñosamente sus parroquianos— nos dijo que lo mejor era llegar pasando las 10 de la noche. Luego, al fin, otro amigo le puso sabor al caldo: “bueno, ya rolen los packs, ¿no?” Digo, para ir entrando en ambiente”. Y sonaba sensato: si ya nos íbamos a ver el pito en un rato, ¿por qué no empezar de una vez? Así llegaron las primeras fotos de penes y entonces me sentí orgulloso: había hecho una muy buena selección de machos.

Por supuesto, el amigo que me informó del juego estaba entre los invitados. ¿Quería revivir viejas glorias, acaso? Entonces recordé, en un súbito flashback, cómo justo el día en que me contó del juego también confesó: “la verdad es que yo sólo lo hacía para verle las vergas a mis amigos. Además, siempre perdía a propósito para comerme la galleta”.

Cinco hombres encuerados, tres galletas Chokis

Al hotel Mazatlán llegamos en tandas. Los primeros, por supuesto, fuimos los dos organizadores. En teoría íbamos a ser siete, pero al final sólo llegaron cinco. Y ya mi cuate me lo había advertido: “vas a ver cómo todos son bien hocicones y no falta el que se eche para atrás”. Y dicho y hecho: uno quesque dejó el celular en casa, otro que ya no llegó porque “algo se le atravesó”. En fin, con un quinteto decidimos que estaba más que bien para ponernos a jugar.

Ya estando los cinco en la habitación, como si fuera el primer día de clases (¿alguien dijo regresiones a la adolescencia?) todos nos presentamos. Si ya nos íbamos a ver la herramienta, al menos teníamos que saludarnos como la gente, ¿no? Lo siguiente fue decidir cuál sería la ambientación: raro para un hotel de encuentros gays, en los canales porno solo había películas para heterosexuales. Ni modo, a conformarse con ver vaginas, vulvas y tetas, cosa que, al menos para cinco maricones, no sonaba precisamente inspirador.

Ya resuelto ese tema, pasamos a lo que nos ocupaba: ¿cómo pondríamos la galleta? Porque aunque el plan A era llevar una galleta grande, nos comió la logística y terminamos utilizando unas Chokis que compramos en la tiendita de la contraesquina del Mazatlán. Cuando vimos el tamaño de las galletas notamos que tendría su grado de complejidad atinarle, por lo que decidimos que si ya habíamos comprado un paquete completo, lo mejor sería poner 3, dispuestas sobre el empaque abierto. Eso haría más fácil dar en el blanco, en caso de que alguien no tuviera muy buena puntería.

Como ya no quedaba mucho más por hacer procedimos a lo importante: encuerarnos y ahora sí, comenzar la carrera contra el tiempo. El vencedor quedaría como el semental alfa, mientras que el gran perdedor acabaría engullendo la galleta con cubierta cremosa.

Tit, tac, tic, tac. ¡Y el gran perdedor es…!

Ya sin ropa, formando un semicírculo, empezamos a masturbarnos. Mi amigo, nada perdido, dijo: “¿cuándo voy a tener otra oportunidad así?” y se lanzó a romper la frágil capa de hielo que en algún momento tenía que colapsar: se dispuso a devorarnos la verga y a plantarnos los primeros besos. Ahí fue fue donde se reveló la gran diferencia entre jugar eso con los amigos bugas y hacerlo entre gays declarados y calados. Mientras en la adolescencia el juego consistía en tener una excusa para verle el pene al compañero de al lado pero sin perder la virilidad (“sí te quiero ver el pito y en una de esas hasta me como tu semen, pero no vayas a creer que soy joto, ¿eh?”), aquí esas barreras simplemente no existían. Estábamos cinco cabrones en un cuarto de hotel metiéndonos mano, chupándonos los miembros, enroscando nuestras lenguas en una batalla múltiple.

Lo estaba gozando muchísimo, sí. Además los seleccioné a todos como me gustaban: con vello facial, bien dotados y con carnita de dónde agarrar. Un pinche buffet, para pronto. ¡¿ENTONCES POR QUÉ CARAJOS NO SE ME PARABA?! Luego entendí que yo estaba jugando en franca desventaja: mientras ellos no se conocían entre sí, yo sí los conocía a todos ellos, algunos de hecho eran amigos con los que nunca había contemplado la posibilidad de hacer nada sexual.

“Pável, concéntrate. Están guapetones, besan chido, maman rico. ¡Ponte pilas, chingado!” Nada. Al parecer mi verga estaba en huelga y a menos de que algo extraordinario ocurriera, yo iba a terminar comiéndome esa galleta. De pronto, echando por tierra mi pronóstico, mi amigo el que ya conocía el juego —el gran sonsacador—, comenzó a gemir: fue el primero en vaciar su semen encima de las tres galletas. Fuck, quedábamos cuatro en la contienda. No mucho tiempo después, un segundo lo lograba también, dejándonos a tres echándole ganas para no ser los perdedores.

Nos la jalábamos, nos besábamos entre nosotros. Decidí alejarme un poco, tendiéndome sobre la cama: tal vez si veía a los otros dos cómo se seguían besando y masturbando, mi lado voyeurista lograba al fin conseguir la erección. Sí, se veían riquísimos, pero mi miembro parecía dispuesto a no reaccionar. De repente me di casi por derrotado y exclamé: “ni modo, creo que vamos a tener que poner un límite de tiempo. ¿Les parecen cinco minutos? Los que no lo logremos en ese tiempo, tendremos que compartir las galletas”. Los demás accedieron.

De repente, vino la iluminación: “güey, claro, si no estás lográndolo es porque son tus amigos, pero, ¡estás en un hotel lleno de hombres anónimos dispuestos a coger!” Y así, totalmente desnudo, me salí a deambular por los pasillos. Había varias puertas abiertas, hasta que vi a un tipo que me gustó. Sin decir nada me metí a su habitación y comenzamos a cachondear. Unos cuantos besos y listo, en tiempo récord ahí estaba la erección. Nos masturbamos mutuamente hasta que empecé a sentir los espasmos inequívocos que anuncian el orgasmo. Sin despedirme del pobre sujeto y corriendo otra vez encuerado por el pasillo, pero ahora con una erección, volví a entrar a la habitación del juego: ahí uno de los otros dos que quedaban estaba terminando. Yo era el cuarto en lograrlo y le di a esas galletas su última descarga de semen. El perdedor estaba designado.

“En mi defensa tengo que decir que me vine hace unas cuatro horas”, pronunció mi cuate adicto al cruising, que resultó ser el vencido en la contienda. Sin más miramientos se comió una de las galletas, no sin antes posarme para la foto, pues el momento debía quedar inmortalizado para la posteridad. Ya fuera del juego y con la dignidad a salvo, sucumbí a la curiosidad de probar a lo que sabía y dije: “¿pues ya qué? Me chingo una”. Así que tomé una de las galletas que quedaban y me la eché a la boca, con singular alegría.

Ese día conocí más a fondo a cuatro amigos que si bien ya me caían de poca madre, ahora gracias a una galleta cremosa y a una travesura adolescente a destiempo, se forjó una especie de hermandad secreta. Algo ya había leído de que tener sexo fortalece la amistad, pero no había tenido oportunidad de comprobarlo hasta que esa noche besé, mamé y finalmente me comí el semen de cuatro cabrones a los que en definitiva ahora quiero más. Si usted, querido lector, gusta entrarle a esta actividad, basta decir que lo recomiendo ampliamente: se va a divertir y seguro es algo que recordará por el resto de su vida. ¡Bon appetit!

@PaveloRockstar

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