Excitarse con las ganas de orinar: hablamos con fetichistas ‘omorashi’


Piensa en algo extremadamente molesto. Además de cosas como las avispas, la gente que camina insultantemente despacio o despertar por la mañana y comprobar que no has enchufado bien el cargador y tienes el celular sin batería, la inmensa mayoría probablemente pensará en ese momento en que tienes tantas ganas de mear que parece que te va a explotar la vejiga. Y digo “la inmensa mayoría” porque existe una minúscula minoría para quienes la necesidad urgente de orinar es algo sexualmente excitante.

Para los versados en la materia, el omorashi —palabra japonesa que significa “mojarse”— designa el fetiche de las personas que se excitan sexualmente con la incomodidad que producen las ganas de orinar. Como cualquier fetiche, tiene diversos grados de intensidad: hay gente a la que le excita ver cómo alguien se muere de ganas de orinar, mientras que otros pueden llegar al orgasmo viendo cómo alguien pierde el control de la vejiga y experimenta el alivio y la vergüenza que ello conlleva.

Estos fetiches no son ninguna novedad. Las lluvias doradas y la urofagia son fetiches que se llevan practicando desde hace tiempo. La diferencia con el omorashi es que éste se centra en la incontinencia en personas vestidas.

Aunque obviamente, no hay estadísticas para saber cuántas personas comparten esta parafilia, sí se sabe que tampoco es reciente. Encontramos su origen en los videos japoneses de concursos en los que los participantes compiten para ver quién es capaz de aguantar las ganas de orinar más tiempo, pero el interés por el omorashi no es exclusivo del país nipón.


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La publicación australiana West Set Magazine está dirigida a chicas que “disfrutan de la emocionante sensación” de orinarse encima. “¡Nuestras chicas siempre se mueren de ganas de ir al baño, pero prefieren orinarse en las bragas!”

En vista de todo esto, me surge la duda de cómo se las arregla alguien que se excita con las vejigas llenas con el tema de las citas y las relaciones. Para intentar averiguarlo, charlé con Nick*, un agente inmobiliario jubilado de México que ha formado parte de la comunidad omorashi desde la adolescencia. Su primera experiencia la tuvo a los 13 años en Arizona.

Su padre le prohibía verse con Amber*, una vecina de su misma edad que sufría incontinencia a causa de un trastorno, pero Nick recuerda muy bien la excitación al momento y la vergüenza que sentía después. “Muchas veces pensaba que un rayo me fulminaría por ser un pervertido asqueroso”, me explica, “pero no era capaz de controlarlo”.

Cuando Amber le dijo a Nick que se había dado cuenta de que sus “accidentes” le provocaban erecciones, Nick recuerda que la chica le hizo una proposición: “Si me dejas jugar con tu pene cada vez que se pone duro, yo me mojaré las bragas siempre que quieras”. Así empezó el juego de omorashi para esta pareja en 1970, un juego que se prolongó un año, periodo que Nick recuerda como “de increíble dicha”, hasta que Amber se marchó de Estados Unidos.

Después de varios intentos frustrados de conocer a otras mujeres con el mismo fetiche, no fue hasta el año pasado que Nick encontró por fin otra compañera de juegos, Isabel*, una enfermera de California. Al igual que con Amber, la cosa empezó con sutiles insinuaciones. “Me escribía mensajes en los que me decía: ‘Me encantaría seguir hablando, pero ¡tengo que encontrar un baño o voy a mojar las pantis!’”, explica Nick. “Yo le contestaba algo así: ‘A veces ocurren accidentes, querida’. Y ella respondía: ‘¡Pues sí, cierto!’”.

Como Isabel nunca había compartido su fantasía con ningún hombre, Nick dice que, para cuando empezaron a salir, “ambos estaban convencidos de haber encontrado una pareja de omorashi en potencia”. Sin embargo, ninguno de los dos se atrevió a confesar su fetiche hasta que no les quedó duda alguna de que habían encontrado un compañero de fantasía.


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“Isabel se quejaba de que en primavera, el polen la hacía estornudar. Al poco tiempo empezó a estornudar de forma incontrolable y gritó: ‘¡Me voy a orinar encima!’. Entonces perdió el control y vi cómo se le oscurecía la entrepierna”, recuerda Nick. “Llevaba los shorts completamente empapados y la orina le bajaba por el interior de la pierna izquierda. Se dio cuenta, por mi reacción, de que estaba excitado”.

Como vivían lejos y solo se veían unas pocas veces al año, empezaron a buscar formas de incorporar el fetiche en sus relaciones sexuales. “A veces basta con hacerle cosquillas un buen rato”, afirma Nick, “aunque otras veces lo convertimos en un juego”. En esos casos, por ejemplo, Nick intentaba hacer reír a Isabel, mientras estaban en un bar y ella tenía la vejiga llena. “Se doblaba de la risa y al final no podía aguantarse más y perdía el control”, recuerda.

Aunque la situación hacía que “se pusiera roja de vergüenza”, Nick recuerda que a ella también le excitaba pensar que algún hombre la hubiera visto orinarse encima.

Teniendo en cuenta que el omorashi se basa en gran medida en las fantasías, Nick tiene mucha suerte de haber tenido la oportunidad de compartir su fetiche con otras mujeres. Pero no siempre ha sido así: Nick recuerda que hubo una “década de soledad” en la que se “conectaba a sitios web que no llevaban a nada”.

Debido a todo ese secretismo derivado del miedo al rechazo, es normal que muchas personas sean incapaces de poner en práctica esas fantasías en su vida sexual. Nick también lo cree: “Hace falta tener mucha confianza para contarle a otra persona un fetiche poco usual. Sé de gente que lleva casada más de diez años y nunca han tenido el valor de confesar su afición por el omorashi a su cónyuge”.

El propio Nick dijo que tuvo ese problema con su exmujer, con la que se casó a los 30: “Sabía que tenía un pasado sexual muy aventurero y que había probado todo tipo de cosas. Pese a ello, tuvieron que pasar varios años de casados hasta que reuní el valor suficiente para contarle lo del omorashi”.

Por ello no resulta sorprendente que la comunidad omorashi se congregue, sobre todo, en internet, un espacio seguro y libre de prejuicios. En grupos privados de Facebook (en los que muchos usuarios añaden “Omo” a sus apodos), estas personas comparten fotos y videos explícitos en los que se les ve orinándose encima con sus parejas y hacen consultas en el foro, como cuánto tiempo deberían aguantar sin orinar, y se reprenden y felicitan unos a otros.


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También hay páginas de Tumblr dedicadas al omorashi, con literatura e ilustraciones hechas por aficionados. Por su parte, los foros de la comunidad se centran en las experiencias húmedas de los usuarios y en sus historias eróticas.

Tom*, que es miembro de la comunidad omorashi y hace videos en los que aparece gente desesperada por orinar o que acaba teniendo un “accidente” húmedo, nos cuenta que se inició en el fetiche tras una relación en la que a veces él y su novia se orinaban mutuamente durante el sexo. “No forma parte de mi vida diaria”, añade. “Solo lo practico durante pequeños periodos de tiempo; depende de lo que esté pasando en mi vida”.

Aunque podría creerse que compartir un fetiche tan nicho debería unir a los que lo practican, lo cierto es que resulta muy poco habitual que surjan relaciones estables en estos foros de las redes sociales. “Puedes intercambiar emails con gente de todo tipo a la que le gusta el fetiche y comprobar que eso es precisamente lo único que tienen en común”, lamenta Nick. “Yo conocí a Amber y a Isabel de la forma tradicional, y ambas quisieron compartir el fetiche del omorashi conmigo al margen de las redes sociales”.

Nick está convencido de que no hay nada de malo en encontrar la incontinencia sexy, pese a que no sea algo aceptado por la sociedad.

“La sociedad nos adoctrina respecto a lo que se ‘supone’ que nos ha de gustar en cuanto a la sexualidad”, añade. “A través de mensajes, sutiles y también directos, nos dice qué es lo que debería excitarnos. Así que, si tuviera que enviar un mensaje a la gente en general, les diría que no tuvieran miedo de explorar”.

*Se han cambiado los nombres.

@layla_haidrani

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