Prisionero cognitivo: el cortocircuito de la experiencia cinematográfica


Un hombre baila entre risa y llanto, bajo una lluvia artificial que le moja a voluntad de otros. Su gestualidad, siempre cambiante, es acompañada por los contratiempos de una batería y los movimientos de la cámara que recorren el espacio –un patio interior-, desvelando el andamiaje detrás de un rodaje. Esta serie de imágenes que exponen los nervios y huesos de la producción, acompañan por 25 minutos a los espectadores de la sala de proyecciones de SOMA.

Entre lo performático y el cine, “El prisionero cognitivo”, última pieza del artista madrileño Javier Velázquez Cabrero que forma parte de la exposición “El movimiento no está en la pantalla”, reúne varias de sus preocupaciones acerca de los conflictos derivados de la socialización del individuo, la negociación constante entre la intimidad y lo social, así como los procesos corporales y cognitivos implicados en el camino.

“Me interesa el teatro porque es el arte que estudia el conflicto, que aborda esas relaciones que ocurren cuando una personalidad A se relaciona con una personalidad B o con un contexto muy concreto y una serie de factores que van a restringir un comportamiento o van a dejar que algo ocurra de una manera mucho más sencilla”, el intercambio entre individuos es, desde hace ya un par de años, materia prima en el trabajo de Velázquez Cabrero.

Su obra es una radiografía del comportamiento humano, con fines psicológicos lo mismo que teatrales, pues ambas disciplinas emplean métodos de estudio y observación que permiten entender la conducta en términos individuales y sociales, y con ello, indagar en la maleabilidad de la identidad con la finalidad de proponer acercamientos entre personas y los personajes que interpretarán.

“El prisionero cognitivo” puede leerse como parte de un proceso más amplio. Por un lado, como resultado de la estrecha colaboración con el actor mexicano Pedro Mira, quien también participa en “Metanesis” (2015) y “The Silver Lake [301.81(F60:81)]” (2016), ambas exploraciones audiovisuales acerca de las contradicciones y paradojas más relevantes de la personalidad de L. Ron Hubbard; así como del ejercicio en video “Como reír de Los Olvidados”, acerca de determinadas técnicas actorales de protección emocional.

Guiado por la generación de un contrato y teniendo como regla básica la elección de un personaje a interpretar, “El prisionero cognitivo” se configura en una película imaginaria construida a través de una serie de normas acordadas entre el Javier y Pedro, en un intento por experimentar las condiciones de una negociación: “La película se conforma a través de una serie de normas que vamos poniendo, uno a uno, yo pongo una norma, le pido a Pedro algo, y Pedro hace lo mismo. Es un contrato que aboga por una especie de idea de justicia, que en algún momento se ve superada de alguna manera, pero que intenta abogar por eso. Vamos poniendo reglas y vamos coartando la libertad del otro, lo cual me interesa mucho porque genera una profundidad a partir de esas reglas que estamos poniendo, coartar la libertad hace que Pedro o yo tengamos que buscar una nueva libertad, un nuevo estar nosotros mismos en esta relación.”

En este filme performático, Velázquez Cabrero desarrolla un ensayo de la relación social más básica, la del uno a uno, y a su vez, desentrañar “cómo se contamina el video del conocimiento sobre el cuerpo y viceversa, cómo pensando que algo expuesto en video se termine comportando de una manera u otra”. El cuerpo es capaz de interrumpir una experiencia que podría perfectamente asociarse de forma unívoca al cine, y no obstante, es también teatral y bailarina; y haciendo uso de mecanismos cinematográficos, la pieza establece una semejanza entre las imágenes en movimiento y los procesos cognitivos, y las experiencias corporales y emocionales que experimentamos cuando sumamos nuestra individualidad a la de otros.

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