Este café quiere que comas como feminista


Durante los años 70, cuando las mujeres querían aumentar su conciencia, encontraron un grupo de mujeres. Estas comunidades proporcionaron la seguridad y la comodidad necesarias para una discusión franca sobre la política de género y la liberación. Después de años atendiendo a dichos grupos, Selma Miriam quería usar el dinero que había ahorrado a través de su negocio de diseño de paisaje para abrir su propio centro de mujeres. Una librería le pareció la opción más evidente, pero siempre le había fascinado cocinar y quería agregarle a eso un restaurante. Así fue como terminó abriendo el Bloodroot Restaurant y la Feminist Bookstore en Connecticut en 1977.

Foto: Alicia Kennedy | MUNCHIES

“Mis amigos me contaron que [el lugar] debía ser vegetariano si iba a ser feminista, entonces solía preparar comida vegetariana y luego iba a mi casa a hacer pollo”, me contó en una tarde tranquila de domingo entre el almuerzo y la comida. Después de un tiempo se volvió vegetariana y ahora se esfuerza por ser vegana.

Al no tener formación oficial culinaria, empezó a crear nuevas recetas fáciles para que todas las personas que trabajaban allá pudieran prepararlas. Bloodroot no funciona de una manera jerárquica como un restaurante formal. Nadie tiene el título de “chef”, entonces todo del mundo tiene que servir, recibir pedidos y ayudar en la cocina. Es generosa compartiendo sus recetas, ha publicado cinco libros de cocina desde 1980 para que también se puedan preparar sus recetas en casa. La cocina es una mezcla de un ambiente profesional y doméstico, los platos amontonados y altos en los estantes y las especias guardados en una esquina. Los clientes piden sus pedidos en el escritorio, llevan su cuenta al mostrador de la cocina, recogen su comida cuándo está lista y después tienen que recoger su propia mesa.

Foto: Alicia Kennedy | MUNCHIES

La comida, así como el espíritu colectivo del restaurante, trata de evocar comodidad, con el objetivo de promover conciencia y comunidad. Entrar a Bloodroot es como entrar a una casa, literalmente. Es una casa residencial renovada en una cuadra tranquila, con un jardín y con una vista al Long Island Sound. Las sillas y mesas en el gran comedor son de muchos diferentes estilos y hay cuadros enmarcados de mujeres alineados en las paredes. Unas mantas compradas en numerosos viajes están colgadas encima de las vigas para suavizar el eco y la apariencia del salón. En un lugar donde tienes que atender tu propia mesa, esa familiaridad es necesaria para que los clientes regresen. Y también, según los copropietarios, así también mantienen a los arrogantes alejados.

Bloodroot es el último de su tipo, según Alex Ketchum, una antigua cliente de Bloodroot y fundadora de The Feminist Restaurant Project como parte de su investigación para la universidad de McGill. El restaurante abrió hace 38 años durante un boom de librerías y restaurantes feministas de segunda ola, y aún esta sobreviviendo por tres razones, contó Selma: “Trabajamos en un lugar muy bonito; no hay mucho comercio, pero nos necesitan. Nos encanta cocinar. Y también, es parte de nuestra estructura”. Empezó como colectivo, pero ahora Selma y Noel Furie son las únicas dueñas.

Foto: Alicia Kennedy | MUNCHIES

Los clientes suelen viajar hasta el restaurante. “Esas mujeres vinieron de Albany”, dijo ella, señalando a una mesa llena. “Cuando no vienen nos preocupamos por ellas”. No es solamente un lugar para comer, sino también un espacio político que es difícil de encontrar hoy en día. Encima de la barra hay un signo que dice, “Como todas las mujeres somos víctimas de la opresión de la gordura, y para respetar a las mujeres de tallas grandes, por favor no se quejen por las calorías en su comida”. Es un restaurante orgulloso de su política y exige a sus clientes adoptar los mismos principios mientras estén en la casa.

A través de su comida y manteniéndose coherente en su política contra el conteo de calorías, Bloodroot, siempre ha intentado luchar contra la ideología de “comida sana” asociada con la cocina vegetariana. Hace poco Selma dio una charla en la biblioteca local en la que explicó todas las dietas de moda que han surgido y desaparecido desde que el restaurante se abrió. Su enfoque atemporal hacia la cocina casera global y los alimentos integrales les han ayudado a ser relevantes cuando la gente está ignorando grasa, carbohidratos, o gluten. Intentan ser el antídoto a comer mala comida vegetariana. “La comida vegana estadounidense es inmunda”, dijo Selma.

Foto: Alicia Kennedy | MUNCHIES

Ese sábado, sin embargo, el menú estaba compuesto casi por completo de solo comida vegana. El saitán y tofu jerk, una receta traída de Jamaica por una mujer llamada Carol, fue muy recomendado. Los pedazos de saitán asados eran picantes y jugosos (lo último no es un adjetivo normalmente asociado con seitán) y vinieron acompañado por arroz, frijoles y camote horneado. Lo acompañe con un jugo de hibisco que tenía un sabor floral y agrio, dulce y refrescante.

Selma me mostró cómo se hace el mejor borde de un pastel, en el que se usa aceite de coco, basado en una receta que encontró en el Times. Se requiere solo un tenedor y un bowl, así que es fácil de replicar, sin embargo hay que ser cuidadoso porque es muy sensible a los cambios de temperatura.

Foto: Alicia Kennedy | MUNCHIES

Con esa receta hizo una tarta de arándano para el menú de postres de esa noche, lo cual incluye mousse, pudín de chocolate y arroz con leche con arroz integral. Es un postre como lo hacía tu mamá, solo que en un entorno de restaurante.

Sus libros de cocina también son una anomalía con ensayos políticos en las primeras páginas que recomiendan las obras de feministas como Andrea Dworkin y Catherine MacKinnon. The Second Seasonal Political Palate publicado en 1984 tiene un párrafo de la famosa poeta lesbiana Adrienne Rich.

Foto: Alicia Kennedy | MUNCHIES

Cuando les preguntamos que piensan del nuevo feminismo apoyado por estrellas como Beyonce, Selma y Noel subieron sus ojos con desdén. “Nosotras hilamos más fino”, dijo Noel. Quitaron un póster en contra de las tacones, y ahora no se sienten tan libres de hablar sobre la moda e ideales de belleza.

Foto: Alicia Kennedy | MUNCHIES

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