Ver lo que escuchas y saborear lo que tocas: Sinestesia en LSD


Tragarse un cartoncito y viajar: sencillo y excitante. Podía ser la cuarta vez que lo hacía. Para esta ocasión el grupo de tres exploradores conformado por dos grandes amigos y yo, decididos a sacar el mejor provecho de la experiencia, acondicionamos todo el lugar donde ocurriría la travesía, cerrando toda entrada de luz natural con láminas de cartón y sustituyendo esta por bombillas de luz negra, que desafiaríamos con ropas blancas y pinturas de colores fosforescentes, buscando hacer de este un nuevo experimento, probar nuevas cosas, como si no bastara con lo que venía. Preparamos bocadillos y armamos nuestros playlist para involucrar todos los sentidos en este emocionante viaje.

Tragué mi boleto, todos lo hicimos. Nos habíamos inventado eso de abrazarnos y desearnos buen viaje y así lo hicimos. Luego simplemente dejamos que todo ocurriera.

El corazón se acelera, vienen las risas nerviosas, el desconcierto y la fantasía, las figuras no dejan de moverse, ratos de introspección y éxtasis… Suena el playlist que siempre armamos con estos fines turísticos. De pronto es el turno de Philip Glass y estoy embelesado mirando un caleidoscopio en el techo (pude haber tenido los ojos cerrados e igual vería el caleidoscopio) y como chispazos, con esa misma intensidad, veo saltar las notas más brillantes y el sonido de los platillos como relámpagos. No lo programo, no las espero, solo interrumpen con su ritmo la escena.

La sinestesia no avisa, no hay manera de sospechar que ya viene. Ocurre y sorprende, y sorprende cada vez porque no hay forma de anticiparla y de habituarse a su experiencia mágica. Los colores de los sonidos flotan en el aire, no se adhieren a ninguna superficie, algunos brillan como si en un solo punto concentraras todos los colores y no pudieras ver solo uno porque cada color es toda la gama.

Dan muchas ganas de compartirlo y resulta absurdo porque, aunque vamos en la misma nave, cada quien hace un viaje distinto. Lo disfruto mientras dura y puede durar bastante. La primera vez que vi sonidos me sentí de nuevo un niño, uno que mira fuegos artificiales por primera vez. Poder ver lo que normalmente solo oímos o lo que degustamos, saborear lo que tocamos, oler u oír lo que vemos se conoce como sinestesia.

La sinestesia es una alteración de la percepción y ocurre cuando una persona recibe a través de un canal (o sentido) las sensaciones que debía obtener otro, como saborear colores o ver sonido. Y no es un fenómeno exclusivo de los viajeros lisérgicos, sino que es una condición que padecen (o disfrutan, según se vea) el 1 por ciento de la población en diferentes niveles de intensidad. La sinestesia no es una alucinación y lo sabemos por su repetición y predictibilidad porque, mientras las alucinaciones suelen ser aleatorias y difíciles de predecir, el fenómeno de la sinestesia, una vez que empieza, es constante y consistente, hasta que desaparece. Por ejemplo, si sientes sabor a chocolate cuando escuchas “I only be in love with you” en Take a Bow de Madonna, tendrás la misma sensación en tu paladar cada vez que repita esa frase. La sinestesia sale de nuestra mente y se percibe por los sentidos de manera clara; no es algo que parece o se sospecha, por eso sorprende. Las alucinaciones se viven en la cabeza y por claras que sean se mantienen ahí.

SINESTÉSICOS COMO UN NIÑO

Robin Carhart-Harris, un doctor conocido por reactivar los estudios neurocientíficos con psicodélicos, afirma que en LSD, nuestro cerebro es como el de un niño. No solo porque en ese proceso de descubrir, sino porque, como ellos, los canales de percepción parecen cruzarse.

Por otro lado, en nuestra edad más pueril, los sentidos pudieran estar combinados, trabajando en conjunto para brindarnos las primeras imágenes de nuestro contacto con el mundo, cuando todos los estímulos son nuevos y desconocidos. Por eso el primer input se da mediante la boca y todo lo reconocemos mediante ese canal. Luego “nuestros cerebros se constriñen y se vuelven más compartimentalizados al desarrollarnos y pasar de la infancia a la adultez, nos volvemos más enfocados y rígidos en nuestro pensamiento al madurar”, dice Carhart. Nuestros sentidos se especializan, digamos, y limitan los estímulos que procesan (¿por qué la adultez nos hace eso?).

PSICONÁUTAS Y SINESTESIA

Quise conocer las experiencias sinestésicas de otros psiconáutas, buscando ampliar mi información sobre este delicioso fenómeno y las experiencias resultaron ser geniales.

Otras experiencias involucraron el gusto y el tacto…

La sinestesia, sin ser el objetivo de mis viajes, es una de las experiencias más maravillosas del viaje en LSD; una con altas dosis de asombro, cuya espectacularidad y belleza puede propiciar estados de introspección e inspiración para nada despreciables.

Poder percibir el exterior mediante vías alternas puede estar invitándonos a probar el mundo de una manera menos esquemática, rompiendo algunas reglas, permitiéndonos decodificar las señales de otra forma, observar desde otros ángulos.

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