Me sentí culpable por sobrevivir a mi intento de suicidio


No se supone que te cuente esto, pero trate de suicidarme una vez. Viví, obviamente.

Tampoco se supone que te diga esto, pero me sentí culpable por ambos hechos.

Los médicos llaman a esta paradoja “culpa del sobreviviente”, la culpa que se siente por sobrevivir a una situación a la que mucha gente no llega. Es común entre los sobrevivientes de trauma, incluyendo soldados que vuelven del combate y la gente que ha sobrevivido a epidemias. “La culpa del sobreviviente”, incluso tuvo su propia entrada en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Desórdenes Mentales, hasta que fue reclasificado como un síntoma del desorden de estrés postraumático.

La mayoría de los estudios sobre la culpa del sobreviviente seguida de intentos de suicidio o muertes por suicidio se enfocan en los efectos que ésta tiene sobre las familias de la persona que murió o lo intentó. En un estudio de The Journal, Suicide and Life-Threatening Behavior, por ejemplo, los investigadores encontraron que la gente que lamenta la muerte de un ser querido por suicidio es fundamentalmente diferente a la que ha perdido a alguien por causas naturales. Los miembros de familia y amigos del sobreviviente experimentan vergüenza y tienen que lidiar con el “por qué”, mientras que la gente que perdió a alguien, digamos, por un ataque al corazón u otras causas obvias, no.

Pero existe muy poca investigación sobre cómo una tentativa afecta la psique del que intenta hacerlo. “Aquellos que han sobrevivido a un intento de suicidio, también conocidos como aquellos con experiencia vivida, estuvieron al margen durante mucho tiempo debido al estigma y la vergüenza”, dice Michael Nadorff, director del Laboratorio de Sueño, Suicidio y Envejecimiento de la Universidad Estatal de Mississippi. “En la última media década más o menos, ha habido un movimiento para llevar a cabo más investigación sobre aquellos con experiencia vivida, pero va a tomar tiempo ponerse al día”.

A diferencia de Nadorff, no tengo mucha información clínica para compartir, pero tengo dos años y medio de experiencia anecdótica. El 2 de marzo de 2015, hice la elección de terminar con mi propia vida. Llamé a un amigo para despedirme y él me obligó a buscar a mi compañera de piso, que llamó al 911. Vinieron los policías y me llevaron en una ambulancia. Las próximas horas son un poco borrosas.


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Cuando me desperté a la mañana siguiente, me tomó un momento recordar dónde estaba. Sobrevivir a un intento de suicidio me hizo sentir como una idiota. Ni siquiera puedo matarme bien. Luego me sentí como una idiota por segunda vez cuando me di cuenta del dolor que le había causado a mis seres queridos.

Eso fue solo el comienzo de la culpa. Una vez que volví y miré los vendajes de mis muñecas, vi lo cerca que estuve de morir. Pasé mis manos sobre la gasa, sintiendo las profundas heridas. Me di cuenta de que por poco escapé de la muerte. Lo que, bajo circunstancias normales, podría ser un momento de alivio, se convirtió en una introspección dolorosa. Me desperté, woo. Bueno, mierda.

Después de un día en el cuarto médico, fui transferida a la sala de psiquiatría. Lo que sucedió en esas cuatro paredes no es para el consumo público. Todo el tiempo, sin embargo, sentí la culpa sobre mí como una roca. Cada visita de un amigo comenzaba con: “Lo siento mucho”. Me dijeron que no lo estuviera, por supuesto. Me preguntaron si estaba bien, dijeron que vinieron tan pronto como lo supieron. Trajeron comida, películas, libros, abrazos, y risas.

En el segundo aniversario —¿Puedes llamarlo ‘aniversario’?— de mi intento, estuve despierta toda la noche esperando las 11:34. Le escribí a algunos amigos, disculpándome por despertarlos esa noche, haciéndolos sentir como si tuvieran que venir al hospital. Unos meses después, me fui a casa, a horas lejos de ellos. Me volví una reclusa, bueno, tanto como puedes serlo mientras usas Facebook y Twitter. Comencé un programa de hospitalización parcial, y tomé clases de fotografía en una universidad comunitaria.

Solo las personas de mi círculo cercano supieron lo que pasó. En las semanas siguientes, sentí una profunda necesidad de que me escucharan, me entendieran, y me dijeran que estaba bien. Ansiaba la validación de las personas que, irónicamente, ahora estaban demasiado lejos para darme abrazos.

La compulsión de disculparme nunca se fue: Me vi a mí misma queriendo disculparme por lo mucho que me disculpaba. “La vida emocional y el sentido de lugar en el mundo para los sobrevivientes de suicidio depende de la validación externa”, dice Paul Hokemeyer, un terapeuta familiar establecido en la ciudad de Nueva York. “Desafortunadamente, nunca hay suficiente de lo que desean. Como resultado, se ven obligados a soportar la marca del autodesprecio”.


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El próximo mes, serán tres años desde mi intento. No sé como voy a celebrar, parece un poco mórbido y perverso. No quiero restarle importancia a una enfermedad seria, especialmente una que seguirá afectándome por el resto de mi vida. Aún hay días en los que deseo no haberme levantado. Sé que nunca voy a superar el trastorno bipolar, nunca dejaré de sentir culpa, y nunca querré no morir completamente, a pesar de estar fuertemente medicada y hacer mucha terapia cognitiva-conductual.

He vivido mucho más de lo que mi cerebro me dice que debería. A veces lloro pensando en todas las madres de la gente que no lo logra. Voy a pasar el resto de mi vida tratando de interiorizar la idea de que viví, y está bien. La palabra “culpa”, aprendí, viene de la palabra antigua inglesa de “deuda”. Y estoy en deuda con las personas que me ayudaron a recuperar la salud tanto como pudieron.

Cuando las personas me preguntan cómo se siente, a veces digo que es un poco como dejar caer un plato. Te das cuenta de que cometiste un error en el instante en que sucede. Es posible que te congeles antes de evaluar el daño. Tal vez busques el pegamento, intentas volver a juntar las piezas. Pero ciertas piezas no encajan. Otras están completamente destruidas. Con tiempo suficiente y paciencia, puedes hacer que funcione de nuevo. Nunca será lo mismo, pero tendrá que servir.

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