Compartimos celda con un combatiente de Estado Islámico


Agazapados en la oscuridad, ocultando los cigarrillos con las manos para evitar ser detectados por los francotiradores, Robert Daw y Rae Lewis Ayling esperaban la señal para echarse a correr. Todo iba según lo planeado.

La alambrada de púas se encontraba a escasos 100 metros delante de ellos, una carrera fácil para dos jóvenes atléticos de veintitantos años equipados con botas de trabajo. En la distancia, podían adivinarse los destellos de un puesto de vigilancia y la presencia de dos guardias fumando tras una de las ventanas. “Para ustedes está bien”, susurró con un marcado acento uno de los revolucionarios kurdos que había accedido a ayudarlos a entrar en Siria al amparo de la noche. “Si guardias vienen, ustedes a la cárcel. A nosotros, matan”.

Era el 1 de agosto de 2017 y los dos jóvenes británicos estaban más cerca que nunca de ver cumplido su sueño: entrar en Rojava, la región kurda del norte de Siria donde las Unidades de Protección Popular (YPG) llevan enfrentándose al Estado Islámico desde 2011. Habían estado nueve días en Irak, esperando a que la luna nueva les permitiera cruzar la frontera con mayor seguridad. Y ahora, por fin, ahí estaban, casi a punto.

Sin previo aviso, un grito en un idioma que no entendían desgarró la oscuridad de la noche. Inmediatamente después se oyó el chasquido de las armas al ser cargadas y apareció un grupo de treinta y tantos peshmergas de la policía de fronteras, ordenándoles a gritos que se tiraran al suelo. “En ese momento supe que nuestro sueño se había terminado”, recuerda Rae.

Ninguno de los dos podía imaginar la horrible pesadilla que estaban a punto de vivir.

Rae, de 25 años, es un trabajador ferroviario de Gales del Norte. Rob, de 21, trabaja como guardia de seguridad en Preston. Ambos socialistas con tintes rojizos, se conocieron en la adolescencia, durante un encuentro de juventudes del Partido Laborista, y entre ellos surgió una gran amistad. Me reúno con ellos en un pub de New Cross, Londres, a primeros de septiembre de 2017. Ninguno de los dos es especialmente alto o tiene un aspecto amenazante.

De hecho, son bastante enjutos y pálidos; los dos lucen una barba rala e irregular y las uñas muy cortas de tanto mordérselas. Desde luego, por su aspecto no se podría decir que son el tipo de hombres que se alzan en armas para luchar en uno de los campos de batalla más violentos y anárquicos del mundo. “Y no lo somos. No es esa la razón por la que fuimos allí”, explica Rob. “Fuimos para ayudar a la revolución”.

El norte de Siria se encuentra en medio de una transformación radical. Inspirado por la ideología de Abdulá Öcalan, líder del ilegalizado Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) encarcelado en Turquía, y azuzado por la Primavera Árabe de 2011, el pueblo de la región se está organizando en asambleas y cooperativas y ha declarado su autonomía del estado y su deseo de vivir en una auténtica democracia.


Relacionados: La vida después de un matrimonio forzado con ISIS


De estos grupos están surgiendo ideas anticapitalistas, marxistas y feministas, así como un sistema de presidencia compartida según el cual un hombre y una mujer comparten el poder en todos los ámbitos. Los oficiales de las YPG son elegidos por las propias tropas y hombres y mujeres luchan codo con codo.

Este experimento ha seducido a decenas de simpatizantes de la izquierda radical de todo el mundo que, inspirados por las Brigadas Internacionales, han viajado a Rojava desde que una primera oleada formara el Batallón Internacional por la Libertad (IFB) en 2015, en respuesta a lo que ellos llamaron un “baño de sangre” en Medio Oriente.

“En última instancia, los kurdos de Siria quieren destruir la estructura patriarcal que ellos aseguran que está oprimiendo a las mujeres y construir una sociedad igualitaria en la que todo el mundo tenga derecho a opinar, al margen de su género o raza”, señala Rob. “¡Y todo eso está ocurriendo en el corazón de Medio Oriente! Desde el momento en que supe que existía Rojava, quise formar parte de todo ello”.

Sin embargo, no existe precisamente un acuerdo entre los kurdos de Siria y los de Irak. “El Gobierno Regional Kurdo (KRG) del norte de Irak está influido por Estados Unidos y es una autoridad capitalista que no aprueba lo que está ocurriendo en Siria”, explica Rae. “Y pobre del que sorprendan intentando cruzar su frontera”.

“¡Ustedes Estado Islámico!”, bramaron los soldados. “Nosotros matamos Estado Islámico”. Esposaron y pusieron una venda en los ojos a los dos británicos, encañonándoles constantemente con sus armas y amenazando con apretar el gatillo. “Me temblaban las piernas del miedo”, recuerda Rob. “Sinceramente, yo pensaba que íbamos a morir, pero ¿qué podíamos hacer en ese momento? Me limité a cerrar los ojos y esperar que llegara mi hora”.

Pero no dispararon. A día de hoy, los dos están convencidos de que aquellos hombres no eran soldados, sino meros guardias fronterizos adolescentes sobreexcitados por la captura.

Durante los siguientes dos días, Rob y Rae fueron sometidos a varios interrogatorios en diversas comisarías rurales de la policía. En ningún momento, aseguran, se les ofreció los servicios de un abogado, ni mucho menos la posibilidad de hacer una llamada. “Les dijimos la verdad”, apunta Rob. “Les explicamos que éramos trabajadores humanitarios, que no habíamos ido a luchar, sino a ayudar a los kurdos de Siria a construir una sociedad mejor”.

El 3 de agosto llegaron a Erbil, capital del Kurdistán iraquí, donde fueron encerrados en una celda de detención en el edificio de la Dirección de Seguridad General de la ciudad, un imponente edificio construido por Estados Unidos en el que mantienen presos a los peores criminales del Kurdistán iraquí.

“Todo el mundo dejó lo que estaba haciendo y se nos quedó mirando”, recuerda Rae. “No sabíamos si teníamos que irnos a una esquina y rezar porque no nos pasara nada o pelear con el tipo más grandulón de la celda, como habíamos leído que se supone que hay que hacer en la cárcel”.


Relacionados: Los cuatro londinenses que se convirtieron en los ‘Beatles’ de ISIS


No hicieron ninguna de las dos cosas, porque en ese momento se acercaron a ellos un español, un brasileño y un francés, les dieron un cálido estrechón de manos y les dijeron que si se quedaban con ellos, sobrevivirían. Fue entonces cuando el brasileño les susurró al oído: “Bienvenidos al infierno”.

Rob y Rae describen la celda como un habitáculo de 5 x 13 metros en la que estaban hacinados 100 hombres. Por la noche, la única forma de dormir era poniéndose de lado, apretándose unos contra otros, como sardinas en lata. “No apagaron los focos halógenos ni una sola vez”, explica Rae. “Nos pasamos más de un mes sin oscuridad. Aquello fue lo que más tocado dejó a todo el mundo”.

Entre los presos había violadores, traficantes de droga, revolucionarios kurdos y un puñado de occidentales que habían luchado en el bando de las YPG de Rojava y fueron capturados cuando intentaban regresar a casa. En la celda, el orden no lo imponían los guardias, sino un preso llamado Zrian, un corpulento exsoldado peshmerga e informante. “Absolutamente todo lo que ocurría se lo contaba a los guardias”, explica Rae. “Era amigo de los violadores y el tipo más influyente de la celda. A eso de la una de la tarde, nos obligaba a todos a echar una siesta de dos horas. Era una forma de demostrar su autoridad”.

Robert in Kurdistan

Los días se convirtieron en semanas, y Rae y Rob empezaron a preguntarse si algún día podrían volver a casa. “No teníamos ni idea de si nuestras familias sabían siquiera que estábamos vivos, y mucho menos dónde estábamos”, cuenta Rae. “Desde luego, no queríamos seguir allí”.

Los guardias, según Rae y Rob, eran violentos y sádicos, y propinaban palizas a los presos por trasgresiones tan nimias como la de reír en su presencia. Pero a ellos dos nunca los tocaban. “Luego supe que les habían ordenado que nos dejaran en paz porque se nos consideraba presos políticos, no combatientes”, señala. “Los otros no tuvieron tanta suerte”.

La constante e inclemente luz de los halógenos, el miedo a las palizas y el aburrimiento hicieron mella en algunos hombres, que acabaron perdiendo el juicio. “Había tan poco que hacer que se peleaban por ver quién pasaba el trapeador”, recuerda Rob. “Eso sí, gracias a eso, la celda estaba siempre limpia como una patena”.

Al cabo de dos semanas, llevaron a la celda a dos españoles —también combatientes de las YPG capturados— ensangrentados y en un estado lamentable de la paliza que habían recibido. Uno de ellos se encontraba tan grave que parecía haber entrado en una especie de coma, seguramente tras haber sufrido un derrame cerebral. “Estaba tan deshidratado que cuando le pellizcabas la piel, esta se le quedaba levantada”, recuerda Rae.

Imploraron a los guardias que llevaran al hombre al hospital, pero estos les dijeron que no era su problema. “La única razón por la que ese español sigue vivo es porque uno de los presos, un kurdo llamado Omut —que se había vuelto completamente loco— lo atacó de repente, aplastándole el cráneo con un hervidor de agua”, prosigue Rob. “Eso trasladó el problema a los guardias, porque el ataque se produjo durante su turno”. Finalmente, se llevaron al hombre para que recibiera tratamiento médico.

En otra ocasión, recuerdan despertar con los escalofriantes gritos de un muchacho de 14 años al que estaban violando en grupo. “Luego me enteré de que lo habían metido en la celda simplemente por posesión de cannabis”, dice Rae. “Pero ¿qué podíamos hacer? Los violadores eran amigos de Zriean. Si nos interponíamos, la habrían tomado con nosotros”.

Recuerdan despertar con los escalofriantes gritos de un muchacho de 14 años al que estaban violando en grupo

Una hora al día, los presos tenían permiso para pasear por un pequeño patio techado y hacer sus necesidades en unos cubículos con papel higiénico (el escusado que había en una esquina de la celda no disponía de ese lujo). En esa hora del día, tres hombres intentaron suicidarse ahorcándose con tiras de tela arrancadas de mantas. “Tuve que salvar a uno de ellos encaramándome a la puerta del lavabo en que se había encerrado. El tipo estaba gritando”, recuerda Rob. “Supongo que en el último momento decidió que no quería morir todavía”.

La comida, sorprendentemente, era buena: principalmente pan, yogur, carne de cabra o pollo y arroz o papas hervidos. También había momentos de alivio, como cuando aquel excombatiente muyahidín de 70 años reconvertido en talibán repartía constantemente cigarrillos a todo el mundo y enseñó a Rae a jugar al ajedrez.

Luego estaban los revolucionarios kurdos que se sentaban en círculo a cantar canciones tradicionales. “Al final nos unimos a ellos y les enseñamos viejas canciones socialistas británicas, como “La internacional” y Billy Bragg, y les encantaba”, dice Rob entre risas.

Rob cumplió los 21 años entre los barrotes de aquella celda, y varios de los presos europeos lograron entrar un pastel de contrabando. “No tengo ni idea de cómo lo hicieron, pero fue uno de los momentos más conmovedores de toda mi vida”, dice Rob.

Hacia mediados de agosto, empezaron a circular rumores de que se iba a unir a ellos un preso alemán. “Estábamos entusiasmados de conocer a otro occidental”, cuenta Rae, “alguien que con suerte hablaría algo de inglés”.

Pero el hombre que llegó a la celda no era lo que ellos esperaban. Lucía una musculatura tan abundante como la barba que le cubría el rostro, y su aspecto no dejaba lugar a dudas: aquel hombre solo podía proceder de un lugar, el Estado Islámico de Irak y Levante. Pese a todo, Rae se dirigió a él y, con el poco alemán que chapurrea, se presentó. El hombre respondió de una forma que ninguno de los británicos podía imaginar.

Sup, nigga?, dijo con una sonrisa en un inglés casi perfecto, al tiempo que lo saludaba con un gesto de manos propio de un pandillero de Los Ángeles. “Estaba visiblemente nervioso”, señala Rae, “pero pareció relajarse inmediatamente con nosotros al saber que éramos británicos. El tipo se expresaba de forma superextraña, pero joder, al menos lo entendíamos”.

Tres hombres intentaron suicidarse en la hora del patio ahorcándose con tiras de tela arrancadas de mantas

El recién llegado se llamaba Deniz, tenía 25 años y era de origen turco-germano residente en Frankfurt. Posteriormente reveló que lo capturaron cuando intentaba huir de la vida yihadista con su esposa favorita. “Era uno de los pocos hombres que hablaba inglés fluido y árabe, y nos hizo de intérprete para comunicarnos con los guardias”, recuerda Rob.

“Pero detrás de esa máscara, se veía que era una persona horrible: tenía esclavos, más de una esposa y se jactaba de haber torturado a varios civiles kurdos por pura diversión. Pero por surrealista que parezca, en los momentos en que olvidábamos aquellas atrocidades, el tipo nos parecía agradable. Recuerdo una noche en que nos despertó a Rae y a mí cantando ‘Where Is the Love’, de Black-Eyed Peas a pleno pulmón”.

Deniz (cuyo apellido no revelamos, puesto que actualmente está en un proceso judicial en Irak) no encajaba en absoluto con el concepto que Rob y Rae tenían de los radicales del Estado Islámico. Llevaba el signo de Capricornio tatuado en el cuello y hablaba con visible entusiasmo de las barritas de chocolate Mars y de sus películas favoritas, Origen y 2 Fast 2 Furious.

“Es como si fuera dos personas”, nos explica Rob. “En la misma frase, te podía decir lo maravilloso que era que el Califato Islámico solo permitiese que se tocara un instrumento, el tambor, durante la lectura de determinados versos del Corán, y luego comentarte lo mucho que le gustaba el gangsta rap norteamericano. Estaba obsesionado con DMX y 50 Cent. Yo creo que el tipo tenía un problema muy grave en la cabeza”.

A los pocos días, Deniz empezó a contarles la historia de su vida. Al parecer, pasó gran parte de sus veinte regentando un gimnasio en Frankfurt, donde se volvió adicto a los esteroides. Luego se unió a una banda callejera mexicana de la ciudad y descubrió la cocaína. “Entonces, un buen día, decidió convertirse al Islam, casarse con una musulmana y viajar a Irak para unirse al Estado Islámico”, recuerda Rob.

Pero de todas las charlas que tuvieron con Deniz, una de ellas les llamó especialmente la atención. “Yo no sé mucho del Islam y quería que él me diera su versión”, explica Rob.

Esta fue la conversación:

Rob: Deniz, entonces, ¿tú interpretas el Corán de forma literal?

Deniz: No, tomamos la palabra de los eruditos de YouTube.

Rob: ¿Y dónde están esos eruditos?

Deniz: En el Reino Unido. Todos los videos de YouTube que vemos en el Estado Islámico son de eruditos islámicos que viven en el Reino Unido. Todos.

Maldita sea, pensé”, dice Rob. “Me dejó perplejo. Creo que el tipo estaba muy perdido y solo, que buscaba una identidad, algo con lo que pudiera decir: ‘Este soy yo’. Lo encontró durante poco tiempo en el Estado Islámico y luego se asustó”.

Al principio, Deniz dijo que había huido por la desilusión que sintió tras ver los crímenes de guerra cometidos. Pero a medida que pasaban las semanas, empezó a confesar que él mismo había cometido esos crímenes. “Nos explicó que al final huyó porque no quería morir”, explica Rae. “Tenía miedo de los drones. Solía decir que morir no era lo suyo”.

Desde VICE contactamos con el padre de Deniz para corroborar la historia de Rob y Rae. Durante nuestra conversación telefónica, no hizo comentarios sobre las alegaciones de pertenencia al Estado Islámico, señalando que actualmente estaba en juicio, pero sí confirmó que Deniz y su esposa habían sido capturados por las fuerzas peshmerga del norte de Irak.


Relacionados: Estos iraquíes tratan de reconstruir sus vidas en el Mosul post ISIS


Asimismo, negó que Deniz hubiera consumido esteroides o cocaína o que hubiera formado parte de bandas callejeras; dijo que durante un tiempo le gustó el rap y que tenía un tatuaje de Capricornio.

Poco después de la llegada de Deniz, los captores de Rob y Rae finalmente les permitieron hacer una llamada telefónica. Llamaron al único número que sabían de memoria: el de la madre de Rae. “Ella era nuestra única salvación”, recuerda Rae. “Mi madre llamó al Ministerio de Relaciones Exteriores, que envió a visitarnos al cónsul general británico desde el consulado de Erbil. El hombre nos dijo que aguantáramos unas semanas más mientras empezaba a trabajar en nuestra liberación”.

Después de 30 días, los dejaron usar nuevamente el teléfono. “La madre de Rae nos dijo que nos habían concedido el indulto, pero que tendríamos que esperar diez días más, después de la festividad del Eid”.

Aquellos días pasaron como los demás hasta que, el 10 de septiembre, volvió a visitarlos el cónsul general. “Nos dijo que el PDK no quería renovar nuestros visados, por lo que técnicamente estábamos en el país ilegalmente. Nos dijo que tendríamos que pagar 340 dólares (278 euros) de multa, luego nos pondrían los sellos y podríamos irnos”.

Veinticuatro horas después, los dos estaban en un avión de camino a Heathrow.

Un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth con el que contactamos no quiso revelar más detalles sobre el caso de Rob y Rae, aunque dijo: “Ofrecimos asistencia consular a dos nacionales británicos retenidos en Irak desde agosto a septiembre. Ambos sujetos ya están de vuelta en el Reino Unido”.

Ninguno de los dos sabe qué fue de los hombres que los intentaron ayudar a cruzar la frontera después de que los capturaran el 1 agosto. “Seguramente estarán muertos”, explica Rob. “Pero nunca lo sabremos”.

Rob y Rae han encontrado trabajo —Rob en el sector del ferrocarril y Rae en la construcción— y se han ido a vivir juntos a Londres. Rae, además, se ha comprometido con su novia.

Todavía hoy recuerdan las partidas al ajedrez con el muyahidín y a los combatientes occidentales de las YPG. De vez en cuando, también les viene a la mente Deniz.

¿Se sienten traumatizados por lo que han vivido? “Hay noches en las que me despierto y por un momento creo que todavía estoy en esa celda”, explica Rob. “Siento un escalofrío cada vez que oigo el tintineo de unas llaves”, añade Rae. Aparte de eso, los dos parecen bastante felices dadas las circunstancias.


Relacionados: Confunden una bandera de Jack Daniel’s con la de ISIS


Cuando les pregunto si se arrepienten de lo que han hecho, noto un destello desafiante en la mirada de Rob. “Ni por un puto segundo. Si pudiera, volvería a ir. Lo único que lamento es no haber podido entrar en Rojava, porque sé que podríamos haber aportado mucho. Aunque solo hubiera sido construir una casa para alguien que lo necesitara. Para mí eso habría sido suficiente”.

“Esto me ha enseñado el miedo que tienen las fuerzas reaccionarias de la región a que se produzca la revolución de Rojava. Están más que dispuestos a encerrar a socialistas como nosotros en una prisión en la que podríamos haber muerto”, añade Rae.

¿Qué habría pasado si hubieran muerto? Rob suelta una carcajada. “Mucha gente ha muerto en nombre del socialismo antes. Yo no quiero morir, eso seguro, pero si vas a matarme, que sepas que la bandera seguirá siendo roja. ¿Conoces ‘The Red Flag’, el himno del Partido Laborista?”.

“No me sé toda la letra”, reconozco.

Rob le da un sorbo a su vaso de cerveza, cruza una mirada con Rae y sonríe. Luego, al unísono, ambos entonan la canción: “Though cowards flinch and traitors sneer, we’ll keep the red flag flying here” (Aunque los cobardes vacilen y los traidores nos desdeñen, aquí seguirá ondeando la bandera roja).

@mattblakeUK

http://ift.tt/2H2q5IH

Anuncios

Y tu que opinas???

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s