El feminismo es un caballo de Troya


Reflexión y movilización. El Día Internacional de la Mujer nos empuja a preguntarnos: ¿gozan ya de todos sus derechos? ¿La igualdad es una realidad, en serio, y no sólo un derecho de papel? ¿Qué falta por hacer para garantizar que el ejercicio de todos sus derechos, plenamente? ¿Cómo nos organizamos para lograrlo?

Es 2018 y, al menos en México, la mayoría de las leyes que solían establecer derechos y obligaciones distintas para los hombres y las mujeres se han erradicado. Si bien persisten las flagrantes excepciones, el problema principal no está en el texto de la ley, sino en la realidad. En quiénes, de hecho, pueden ejercer efectivamente todos sus derechos. “Ser hombre” o “ser mujer” sigue importando mucho para determinar la vida que llevamos, los privilegios de los que gozamos y las violencias que padecemos.

Si entrecruzamos el género con otros factores como el color de piel, la discapacidad, la orientación sexual, el origen étnico, la familia de la cual provenimos y la posición socioeconómica que ocupamos, el resultado es que en realidad el país sigue siendo profundamente desigual y que nuestros destinos, contrario a la retórica popular, están fuertemente trazados en la gran mayoría de los casos.

Un ejemplo que ilustra este punto a la perfección: el trabajo. Existen disparidades de género desde en cómo entramos al mundo laboral, en el tipo de trabajo que se tiene, en la industria o la profesión, en el número de horas que se trabajan, en las posibilidades de ascender y por supuesto, en la remuneración. Si bien tanto hombres como mujeres sufren violencia en el trabajo, los tipos de violencia que padecen ni son los mismos, ni ocurren en la misma proporción. Las mujeres, por ejemplo, son por una abrumadora mayoría de las principales víctimas de violencia sexual en el ámbito laboral.

Pero el problema no es solo la desigualdad de género, de nuevo. Según el INEGI “mientras más oscuro es el color de piel, los porcentajes de personas ocupadas en actividades de mayor calificación se reducen. Cuando los tonos de piel se vuelven más claros, los porcentajes de ocupados en actividades de media y alta calificación se incrementan”.

Pero ni siquiera la discriminación por color de piel o por los rasgos físicos es pareja para hombres y mujeres, según un estudio realizado por Eva Arceo y Raymundo Campos, académicos del CIDE. Ellos diseñaron y aplicaron un experimento para analizar cómo eran evaluados los currículums de una variedad de candidatos y candidatas en el mercado laboral mexicano y encontraron que en el caso de las mujeres era más común que las empresas respondieran a las candidatas de apariencia “blanca” o “mestiza”, respecto a las de apariencia “indígena”. En el caso de los hombres, sin embargo, no vieron esta diferencia.

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Mucho más señalada pero también persistente es la discriminación en contra de las mujeres que se embarazan y son madres. De acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (2016), en los últimos cinco años, aproximadamente al 11.5% de las mujeres les pidieron una prueba de embarazo como requisito para trabajar (unas 2.7 millones, más o menos); al 3.6% le pidieron una prueba de embarazo para seguir laborando (unas 860,000 ); al 1.2% la despidieron por el embarazo (277,000 mujeres aproximadamente); al 1% no le renovaron el contrato por haberse embarazado (246,000) y al 0.6% le bajaron su salario o sus prestaciones (145,000).

Lo increíble de estos datos es que reflejan una realidad que ocurre a pesar de que las leyes prohíban la desigualdad. La igualdad por decreto no basta. Algo más tiene que pasar.

Distintos estudios revelan que estas disparidades no se explican simplemente por el hecho de que las mujeres no puedan o no quieran trabajar —o acceder a cierto tipo de trabajos (formales, bien remunerados, seguros)—. El problema es que sigue existiendo una multiplicidad de barreras que impiden a las personas acceder al mundo laboral en igualdad de términos.

Hay políticas, instituciones, prácticas y discursos que funcionan en conjunto para excluir a las personas del goce pleno de sus derechos. ¿Como cuáles? Los ejemplos son muchos: desde políticas fiscales que empobrecen aún más a de por sí tienen escasos recursos —incluidas las mujeres—, hasta políticas educativas que siguen sin garantizar la igualdad en el acceso a la educación para todas las personas, lo que —de nuevo— impacta sus oportunidades laborales, pasando por políticas punitivas que criminalizan la pobreza y marginan, por supuesto, también a las mujeres.

De todas estas políticas, destaca es la que se refiere a los cuidados. El trabajo del hogar es uno de los factores que más impactan las oportunidades laborales de las mujeres. Si no las vemos en el mundo laboral en los mismos números que los hombres no es porque estén sin hacer nada: están en casa, sí, trabajando. De hecho, según cálculos del INEGI si contabilizáramos las horas dedicadas al trabajo dentro y fuera de casa, resulta que las mujeres, en el país, trabajan más que los hombres. La cosa es que la mayoría de sus horas, en promedio, están dedicadas al hogar.

No basta con simplemente decirle a las mujeres que “se rebelen” y lo dejen todo para incursionar en el mercado laboral. México es, según la OCDE, el país en el que más horas se trabajan, muchas más de las permitidas por la ley. Nuestra cultura laboral —solapada por las instituciones laborales— exige una constante presencia en el trabajo, haciendo que la conciliación de la vida laboral y familiar sea casi imposible. Encima, los horarios escolares siguen estando desempatados de los laborales y, además, el acceso a guarderías está sumamente limitado, así que alguien tiene que sacrificar su vida laboral para encargarse del cuidado. Esas labores son necesarias. Alguien tiene que hacerlas, de lo contrario la sociedad colapsaría. El problema es que ese “alguien” por lo general es una mujer. Lo que tenemos que analizar es es cómo reorganizar a la sociedad para que ya no se vea como un asunto privado, familiar, femenino… y no remunerado.

¿Qué significa esto? Para cambiar esta realidad tendríamos que reestructurar la vida laboral junto con la vida escolar y garantizar el acceso universal a guarderías (por lo menos). En otras palabras, repensar la sociedad.

Más que una causa exclusiva de las mujeres, el feminismo puede servir como un vehículo para poner sobre la mesa problemas mucho más amplios, para diseñar otra realidad. La pregunta es: ¿qué hace falta para lograrlo?

Puedes seguir a Estefanía en Twitter: @samnbk

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