¡Esto es una caza de brujas! (Y otras críticas al #MeToo)


En enero de este año la publicación de la historia de “Grace” —la joven fotógrafa que describió su cita con el comediante Aziz Ansari como “la peor noche de su vida”— confrontó definitivamente los bandos que se iban perfilando desde los inicios del fenómeno #MeToo. Para algunos, lo que hizo Ansari fue una agresión sexual grave, equiparable incluso con un intento de violación; para otros no lo fue y condenarlo como tal constituye una falta de perspectiva en detrimento del feminismo. El caso funciona como ejemplo porque las principales críticas a Grace lo son también del movimiento en general: si se sintió víctima de un comportamiento sexual inapropiado, ¿por qué no se fue del lugar y lo denunció de inmediato?; ¿es justo creer a ciegas en su versión de los hechos?, y en todo caso ¿realmente merece Ansari ser puesto en la mira por una conducta torpe, a lo mucho, pero no criminal?

“Las víctimas se tardan demasiado en denunciar”

A pesar de sentirse incómoda con la insistencia de Ansari, Grace no supo decir NO con claridad y se quedó en su departamento hasta muy tarde. Al salir, le mandó mensajes a un par de amigos y luego simplemente siguió con su vida. Estas decisiones fueron de los principales argumentos para poner en duda no solo la veracidad de su historia sino las intenciones detrás de la acusación, hecha casi un año después. Los abusos pueden ser muy distintos entre sí en gravedad, pero las reacciones (agresivamente) escépticas hacia Grace y el resto de las víctimas de estos casos son manifestaciones comunes de la violencia machista y de la ignorancia de la infinidad de razones por las cuales las denuncias pueden tardar mucho en ver la luz —o nunca hacerlo.

Para entender a las personas que han sido abusadas sexualmente (en toda la gama de gravedades), hay que empezar por pensar en los obstáculos que enfrentan. Otro hashtag ha servido últimamente para compartir en Twitter los procesos que pasan: #YoNoDenuncioPorque ha abarcado desde la descalificación del testimonio hasta la reversión de la culpa hacia la víctima, y consecuencias laborales y familiares. Sin contar la carga emocional interna: la vergüenza, el miedo, la culpa…

“¿Y ahora cómo vamos a ligar?”

La fuerza apabullante del movimiento #MeToo ha llevado a muchos a pensar que el romanticismo y la galantería morirán aplastados bajo la ola de denuncias. Y no son hombres los que han encabezado esta crítica: de hecho fue un grupo de mujeres francesas, entre ellas la actriz Catherine Deneuve, el que lanzó un comunicado advirtiendo a la gente sobre un nuevo “puritanismo” sexual. O la novelista Margaret Atwood, quien comparó el flujo de historias con los juicios de las brujas de Salem, en los que se daba por hecho la culpabilidad de las acusadas. (También hay hombres, claro: recientemente el cineasta austriaco Michael Haneke dijo sentir “miedo ante esta cruzada contra cualquier forma de erotismo”).

Lo que esta crítica deja de lado es que no tiene nada de puritano problematizar la naturaleza del consentimiento sexual y las señales que conducen a él, al contrario: se trata de cuestionar las dinámicas de poder en las interacciones erótica de todos con todos para que sean más gustosas, libres y divertidas. Los testimonios de abuso revelan que los patrones de socialización que consideramos normales en realidad se sienten como abusivos con demasiada frecuencia. ¿No deberíamos entonces cambiarlos?

Las cosas por su nombre

Es una moneda de doble cara: que el #MeToo sea tan abierto que en el mismo movimiento quepa una gama tan amplia de experiencias. Por un lado, esta diversidad lo fortalece, pero por el otro dificulta la labor de clasificación de dichas experiencias y los castigos, sociales o legales, que se exigen en cada caso. Mucho se repitió, por seguir con el ejemplo de Ansari, que su comportamiento no es una violación. Que fue un cretino, pero no un criminal. Es cierto: las palabras importan en estos casos porque son herramientas para pensar el mundo.

¿Cómo hablamos de las áreas grises y matizamos el lenguaje para ser justas y abrir espacios de diálogo en vez de cerrarlos? Esa tarea nos toca emprenderla juntos. Sobre todo los medios de comunicación, por supuesto, ya que en ellos se deposita la responsabilidad de cubrir las historias con responsabilidad, lejos del mero clickbait.

También entre quienes acusan hay matices. Aunque algunas de las mujeres que han decidido denunciar a sus agresores a través del #MeToo buscan repercusiones legales, muchas de ellas tienen otras motivaciones: desde obtener una disculpa privada o pública, hasta la solidaridad y la comprensión de otras personas que han sufrido abusos similares.

Hay quienes quieren asegurarse de que la reputación de sus perpetradores sufra el mismo daño que ellas sufrieron, sí, y otras simplemente buscan dar validez a su experiencia. Esto no es poco: el sencillo de acto de hablar y ser escuchadas cobra significado en un contexto donde la mayoría de los casos nunca son denunciados y si lo son, no derivan en consecuencia alguna para los agresores. Dicho de otro modo, #MeToo es el resultado de un sistema legal descompuesto.

Así que #MeToo es un buen ejemplo de que a veces, aunque los hechos son relativamente sencillos, la verdad es más complicada de entender.

***

Cuestionar al movimiento no equivale a traicionar al feminismo, sino todo lo contrario: lo enriquece. No todas pensamos igual, por fortuna, y las diferencias de opiniones son signo un movimiento vivo. Sin embargo, la mayoría de las interrogantes hacia las mujeres que deciden hablar del abuso que han sufrido no parten de la intención de entrar en diálogo, sino del deseo de silenciar la voz femenina. Porque, más allá de los testimonios individuales, a mucha gente no le gusta lo que el #MeToo revela: que las mujeres ya no estamos dispuestas a callarnos, a conformarnos con lo mínimo; Que estamos unidas, que creemos unas en las otras.

¿Qué quieren las víctimas de #MeToo?

Quieren que el mundo las escuche levantar la voz.

Puedes seguir a Isabel Zapata en Twitter e Instagram:

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