La rebelión del orgasmo


El primer orgasmo jamás se olvida. Es más memorable que la primera vez que probaste cualquier droga. Es mejor que la primera vez de cualquier cosa que hayas vivido por primera vez. Cuando eres adolescente (cuando muchos de nosotros comenzamos a coger) todo se vive tan intensamente que el primer orgasmo se siente como el Big Bang de mil universos. La experiencia es tan extraordinaria que puedes pensar que algo anda mal con tu cuerpo. Y cómo no: lo desconocido da mucho miedo.

También está la primera vez que tienes un orgasmo en solitario. Es otra cosa. Para mí fue el momento en que supe que la penetración es —casi— prescindible. Podría repetirlo sin la necesidad de nadie más que yo misma y al final todo iba a salir bien. Muy bien. Suena simple, pero cuando eres mujer heterosexual cisgénero es una idea inquietante, el descubrimiento de dos premisas discordantes: me puedo venir yo sola y, por otro lado: cogemos para tener orgasmos.

En realidad, pronto me di cuenta de que el combo de tener sexo con un hombre pocas veces —por no decir ninguna— incluía experimentar un clímax como el que ilustra el porno convencional californiano. En esas narrativas los actores se vienen tan fácil y tan apasionadamente que fácilmente se llega a pensar que la del problema es una: y bueno sí, algo hay de cierto en eso. Soy una de esas personas que tienen poco contacto con su cuerpo. Sólo tenía conciencia de él cuando bailaba o cuando me acostaba con alguien. La no-conciencia y el auto desconocimiento del cuerpo son de las primeras señales de que algo podría no estar funcionando.

El problema es que el sexo heterosexual parece no estar funcionando para la gran mayoría de las mujeres. Un estudio reciente encontró que, en general, las mujeres tienen muchos menos orgasmos que los hombres. Y las mujeres heterosexuales en particular son el grupo que menos se vienen, con solo un 65% de las veces que tienen sexo. ¿Y cuál es el grupo que más orgasmos tiene? Los hombres heterosexuales, con un 95%. La brecha salarial qué: la brecha orgásmica es mucho más grande.

Por supuesto, yo no sabía nada de esto cuando me di cuenta por prueba y error de que tener sexo con hombres no incluía necesariamente un orgasmo y en mi cabeza se aclaró que el placer era mío y estaba reservado para un espacio de intimidad conmigo misma. Un momento reconfortante y necesario. Mientras que el sexo con otra persona era un vehículo de socialización: conocer al otro a través de su cuerpo. En otras palabras, coger para convivir.

¿Fingía los orgasmos? Muchas veces. ¿Por qué? Fingimos por muchas razones, pero en un sondeo con amigas y mujeres cercanas, dos motivos fueron los más comunes. Uno es terminar lo más pronto posible con una experiencia que no está siendo lo que esperábamos o que de alguna manera nos está haciendo sentir incómodas. Hay como un lapsus de arrepentimiento en el que te preguntas: “¿cómo diablos acabé metida en esto?” El segundo es el más conflictivo: complacer al tipo con el que estás cogiendo. Nos educaron para complacer a los hombres, para no herir sus sentimientos. Nos educaron para hacerlos sentir cómodos en todo momento. No vaya a ser que mancillemos su masculinidad si le decimos que no tienen ni puta idea de cómo hacer sexo oral. ¿Para qué incomodarlos? Muchas veces nos han dicho que el placer está en otorgarle placer al otro, así que estamos bien con eso: mientras él la haya pasado chido lo demás es francamente lo de menos.

Un día, cuando estaba dando uno de mis mejores números histriónicos, decidí terminar con la farsa. Él güey con el que estaba cogiendo se creyó tanto mi actuación que se indignó, alegó que yo había acabado demasiado rápido, dijo que “no era justo” y que lo dejara terminar a él. Había llevado el numerito a un nivel de absurdo insostenible. Así que tomé la decisión de ser honesta y comenzar un proceso de auto conocimiento para procurarme mis propio placer. “El orgasmo es de quien lo trabaja”, dice el dicho y es genial.

Porque el orgasmo femenino no es un “misterio”, ni nada “desconocido”, ni “ un milagro de la naturaleza” como suele tratársele a nivel mediático, como si se tratara de un fenómeno metafísico y etéreo que nadie ha podido decodificar. Seamos honestas: al orgasmo llegas si te lo propones: el pico de una almohada y unos tallones bien puestos pueden ser suficientes. Dejemos de pretender que se trata de una ciencia oculta o una disciplina alquimista a la que pocas tienen acceso.

El encuentro con el placer es un proceso que se construye en la medida en que se tiene conciencia y contacto cotidiano con nuestro propio cuerpo y justo esa es una de las ventajas más importantes y menos mencionadas por la secta de hinchas de la copa menstrual (de la cual, por supuesto, formo parte): el contacto constante con tu propio cuerpo y sus recovecos. Porque ¿cómo exigirle a nuestras parejas hombrese que sean unas máquinas generadoras de orgasmos si no nos hemos explorado nosotras mismas, lo suficiente para verbalizar lo que nos gusta? Aprender a encontrar el placer —solas o con una pareja— es un sigo de total posesión y autonomía corporal y, en ese sentido, el orgasmo puede ser incluso un acto político.

Puedes seguir a Lilián en Twitter: @Leeleean

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