Plumas etílicas: un recorrido por la literatura y el alcohol


Desde Charles Baudelaire, amante del hada verde, hasta Ernest Hemingway, famoso bebedor de daiquiris, son interminables los escritores que han recurrido al alcohol para llenar de letras al mundo, ¿son el alcohol y la literatura cómplices incondicionales?

El objetivo preciso no es analizar el contenido de las obras producidas, sino dar cuenta de la estrecha relación que han guardado el alcohol y la literatura a lo largo de la historia, a través de las experiencias de los escritores que han cedido ante Baco.

William Faulkner dijo: “la civilización empieza con la destilación”. Si uno piensa en esa sentencia parecería que, al menos, la civilización occidental sí tiene desde sus orígenes una relación con las bebidas alcohólicas en diversos contextos. Es particularmente en la mitología griega y romana que sobresale la figura de Dionisio, dios griego del vino o Baco que es su equivalente romano. Es en estas dos literaturas, griega y romana, que uno encuentra el tema del vino; el filósofo Epicuro, por ejemplo, recomendaba acercarse con mucha prudencia.

Es por ello que me parece pertinente mencionar algo que señala Ricardo Cayuela al respecto; él sostiene que el alcohol, como las drogas, es un agente que cataliza los estados alterados de conciencia y, por esto, su historia se confunde con la historia misma de la civilización. No hay cultura humana sin poesía ni mito. Ni tribu sin alcohol o drogas. Son genuinos marcadores antropológicos, como el pulgar oponible o dominio del fuego. Ya sea por su permisividad o prohibición, por adicción o abstinencia, el alcohol salpica con sus vapores y efluvios la historia humana (Patán, 2014).

Simbolistas franceses, malditos y bebedores entusiastas

Si hay una generación emblemática de escritores que fue fiel cómplice de la bebida durante su vida artística es la de los simbolistas franceses. Me refiero a Arthur Rimbaud, Paul Verlaine, Stephan Mallarmé y Charles Baudelaire, tal vez este último el mayor referente dentro de los poetas malditos. Todos estos admiradores de Edgar Allan Poe, quien también fue aficionado al trago y sus abandonos alcohólicos derivaron en su fatal muerte.

Este grupo de poetas franceses del siglo XIX fueron entusiastas bebedores de la absenta, también conocida como el ‘hada verde’, cuyas propiedades pueden provocar alucinaciones en caso de excederse en su consumo a tal grado que fue prohibida en Francia en 1915. Ellos encontraban en esta bebida una musa que les potenciaba el proceso de creación artística; Baudelaire decía “hay que estar siempre ebrio. Eso es todo: esa es la única cuestión.” El alcohol y la sífilis que contrajo de una prostituta acabaron con su vida a los 46 años de edad; es en la obra “Los paraísos artificiales´” que narra su experiencia con diversas sustancias.

Wilde, el irlandés que murió en París y la oreja de Van Gogh

Otra víctima de la absenta es, sin duda, Oscar Wilde. Creador literario de incuestionable calidad que encontraba en esta bebida su musa y refugio. Murió de meningitis cerebral a los 46 años, después de haber gastado gran parte de su dinero en alcohol y haber perdido por completo las ganas de vivir (Vanegas, 2013).

No fueron pocos quienes compartieron la afición por la absenta con Wilde. Se pueden mencionar al mismo Rimbaud, Toulouse Lautrec, Édouard Manet o Van Gogh quien, como se sabe, perdió una oreja a causa de una supuesta automutilación; (Patán, 2104) algunas historias narran que más bien fue un arrebato amoroso propinado por Paul Gauguin, pero la más aceptada es la de la automutilación hecha bajo los efectos del ‘hada verde’.

Norteamérica estrellada: alcohólicos y brillantes

Existen más creaciones literarias de las que se podrían pensar, las cuales iniciaron durante la charla en un bar, crecieron en el digestivo e, incluso, culminaron en la tan detestada cruda. Es tal vez el caso de Ernest Hemingway, escritor norteamericano ganador del Nobel en 1954, quien antes estuvo en la primera Guerra Mundial como camillero del lado italiano y fue corresponsal en la Guerra Civil española; “escribe ebrio, edita sobrio” decía. Fue con Scott Fitzgerald con quien se enfiestó al límite en el París de entreguerras, así como con Ezra Pound, igualmente un fiel bebedor de la absenta.

También tuvo su paso por Cuba justa antes del régimen castrista, del cual alcanzó a conocer sus primeros tintes. Fue ahí donde se hizo aficionado al mojito y al daiquirí. El primero lo solía tomar en La Bodeguita del Medio y el segundo en El Floridita; cabe destacar que comenzó a beber un daiquirí con un signo distintivo, llamado ‘papa doble’, el cual consistía en un daiquirí clásico, pero en dosis duplicada. Los dos lugares mencionados son referidos en su obra “Islas en el Golfo”.

Hemingway se suicidó y su amigo Scott Fitzgerald murió a causa del alcohol, a pesar de que hizo el intento de dejarlo, por lo cual fue criticado por el primero quien lo señaló como un hombre débil, aburguesado, cobarde y entregado a una literatura abiertamente comercial (Patán, 2014). Una bebida que protagoniza varias obras de Fitzgerald es la ginebra rickey: con jugo de lima y soda.

Si hablamos de escritores alcohólicos polémicos, no podemos dejar de mencionar a Truman Capote. Mantuvo estrecha relación tanto con la cocaína como con el alcohol; su bebida de cabecera el vodka (un desarmador). Su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos” de 1948, lo convirtió en un éxito instantáneo y le permitió patrocinarse una vida de excesos, viajes, farándula y comparecencias escandalosas ante los medios, fascinados por su talento, pero también por su mala leche y su manera hábil de explotar públicamente el tema de su homosexualidad (Patán, 2104). “Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio” sentenció en su momento. El escritor murió de cáncer de hígado a los 60 años.

Siguiendo con la camada norteamericana, se puede mencionar el caso de Raymond Chandler, quien inventó al detective Philip Marlowe. Es este personaje que vuelve famoso el gimlet. Su creador, cuenta la historia, fue contratado por Paramount para escribir el guión original de La Dalia Azul; sin embargo, el problema fue que, a dos semanas del rodaje, Chandler no lograba terminar el escrito pues tenía un bloqueo. Dada esa condición, cayó en desesperación, la cual lo llevó a tomar una decisión que hasta la fecha sigue siendo recordada. Decidió volver a beber a pesar de ser un alcohólico recuperado (Patán, 2014); convencido de que no podía crear cosas de calidad estando sobrio, logró sacar el guión para posteriormente ser nominado al premio Oscar.

Otro escritor norteamericano más reciente que nos deja una historia para contar es Stephen King. Es bien conocido por su capacidad para aterrarnos a través de sus relatos, algunos convertidos en guiones de cine. Este escritor fue adicto a la cocaína, al tabaco y al alcohol, específicamente amante de la cerveza; él mismo señala que había ocasiones en las que era necesario tener largas noches de trabajo, bebía y no recordaba nada literalmente. Por ejemplo, señaló que no recordaba cómo había escrito ‘Cujo’, la historia del perro asesino.

Como se puede apreciar, son varios los escritores norteamericanos que mantuvieron una cercana relación con la bebida. Los nombres que resaltan son: Malcom Lowry, Jack Kerouac, Raymond Chandler, Dorothy Parker, Dashiell Hammett, Scott Fitzgerald, Raymond Carver. De los siete estadounidenses que han ganado un Nobel de Literatura, cinco fueron alcohólicos: William Faulkner, Sinclair Lewis, Eugene O’neill, Hemingway y, un poco menos desahuciado pero también ebrio, Steinbeck (Montero, 2009).

William Faulkner, premio Nobel de literatura en 1949, fue un gran escritor norteamericano que encontraba en la bebida su musa. Su predilecta: el mint julep, bebida a base de whiskey bourbon. Faulkner es el escritor más directamente vinculado con este cóctel; se decía que durante sus largas noches de trabajo siempre tenía al alcance un vaso de plata servido de whiskey.

Bukowski, el viejo indecente que durmió en la calle

Tal vez uno de los casos más emblemáticos entre los escritores alcohólicos es Charles Bukowski. Irónicamente se consideraba un tipo anti-drogas, sobre todo, anti marihuana. Sostenía que “la marihuana es destructiva, si vas a hacer algo, sé un alcohólico”. Es un tipo que, sin duda, a partir de sus hábitos supo hacer algo de calidad, como lo demuestran sus escritos. Si Bukowski es reconocido como un gran escritor se debe (Mar G, 2013), de inicio, a su habilidad misma, su talento con el lenguaje, pero también a que supo dar ese paso más allá, ese paso hacia el abismo, esa última decisión que requiere un texto para convertirse en literatura: en su caso, hacer ver que ésta es posible aun en medio de la podredumbre y la miseria, material y espiritualmente hablando, que éstas, sin dejar de ser tales, sin dejar de ser humanamente intolerables, son también otra de las materias con la que los sueños están hechos.

Es evidente que faltaron muchos escritores por mencionar cuyas historias se ven estrechamente relacionadas con el alcohol, sin embargo, el punto era dar cuenta de cómo es que la bebida ha atravesado la vida de varios literatos para llevarlos desde el éxtasis hasta la muerte. Frutos de esa tortuosa y al mismo tiempo placentera relación, son muchas obras que se han quedado para nosotros los lectores, que sólo nos queda admirarlas y disfrutarlas, tal vez con una copa a un costado.

El alcohol, pues, se presenta como un elemento cultural que atraviesa a muchas de nuestras sociedades. Es, sin duda, parte de nuestra historia como civilización y, con ella, es parte de la literatura universal. Son innegables las afectaciones que puede acarrear su consumo excesivo, sin embargo, también son innegables la cantidad de historias que nos ha arrojado, desde la más trágica hasta la más alegre y entusiasta. Historias contadas por estos escritores de gran calidad o simplemente historias propias, las cuales se quedan en nuestra memoria y que cada vez que le demos un trago a nuestra bebida preferida las recordaremos con nostalgia o alegría, ya cada quien tendrá su propia y única experiencia.

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