El dibujo como un lugar habitable


Artículo publicado en VICE Argentina

Cada tarde, después de las cinco, María Luque se siente en una mesa del bar Varela Varelita, en el corazón del barrio de Palermo, Buenos Aires. Se saluda con el mozo, pide un cortado en jarrito, saca un estuche con sus lápices de colores y se pone a dibujar. “Es una manera de partir la rutina; por las mañanas trabajo en mi casa pero si me quedo ahí adentro todo el día, me vuelvo loca. Necesito salir”, cuenta María, cuyo libro más reciente, La casa transparente, publicado por la editorial mexicana Sexto Piso y ganador del I Premio de Novela Gráfica Ciudades Iberoamericanas, acaba de llegar a las librerías argentinas. “Prefiero gastar en cafés que en el alquiler de un taller: acá trabajo, me despejo y si tengo que ver a alguien, lo veo”, dice, mientras le da un sorbo el café y vuelve a concentrarse en las viñetas desperdigadas sobre la mesa que en unos meses habrán de convertirse en un nuevo libro.

No deja de trabajar, María, aunque en su caso, la frontera entre el ocio y el laburo es caliginosa, como trazada con un lápiz, porque esa obsesión por delinear el mundo a través del dibujo, de habitarlo desde sus trazos, es un disparador constante en su obra. En el primero de sus libros, La mano del pintor (Editorial Sigilo, 2016), el arte y los recuerdos se mezclan para reformular la historia de Cándido López, un pintor célebre por sus cuadros sobre la Guerra de la Triple Alianza. Esa misma inquietud incombustible es el motor de Casa transparente, una autoficción donde María, practicante de una especie de nomadismo afectivo, relata sus experiencias como cuidadora de casas de amigos.

Casa transparente de María Luque (Sexto Piso, 2017). Ahí está en la casa de Frida, en Coyoacán.

VICE: ¿Cómo fue el proceso de Casa transparente? ¿Fue un trabajo a propósito del concurso o sólo fue casualidad que la temática coincidiera?

María: Fue mucha suerte porque yo ya tenía ese libro listo. Cuando salió la convocatoria estaba ya terminado. La verdad no estaba del todo conforme con algunas cosas, como el orden, por ejemplo, así que aproveché la temática del concurso (sobre ciudades iberoamericanas) para retocarlo: cambié el final, saqué un capítulo, y cuando al fin quedé un poco más convencida, lo mandé y tuve más suerte porque resultó ganador.

El libro mantiene como unidades esenciales el nomadismo y el dibujo, pero está dividido por capítulos o ciudades cuyas historias no guardan una relación lineal entre sí. ¿Siempre lo pensaste como una historia larga, en el formato de novela?

Desde el principio. Me cuesta mucho trabajo pensar en historias breves, resolver un relato en dos o tres páginas en lugar de en 150. Por eso trabajo en proyectos largos, casi siempre. Es decir, tengo otros trabajos puntuales que requieren extensiones menores, pero yo prefiero la compañía de los proyectos a largo plazo. Me resulta más sencillo por el proceso, la rutina, y que la búsqueda de materiales para llevarlo a cabo requiera cierto tiempo.

¿Entonces el dibujo además de ser una casa es también una presencia?

Sí, por supuesto. Cuando terminé La mano del pintor comencé de inmediato a trabajar en este libro porque me había acostumbrado mucho a la compañía que significa un trabajo largo. Me agarró una especie de ansiedad y de inmediato me puse a trabajar en Casa transparente.

Casa transparente de María Luque (Sexto Piso, 2017)

Hablando sobre materiales, ¿cómo eliges con los que vas a trabajar según el proyecto?

Pasa que cuando dibujás todo el tiempo está bueno ir cambiando porque si no te aburrís. Para Casa transparente elegí los materiales con los que estaba trabajando en aquel momento: acrílico, acuarela, lápices de colores de fibra. Ahora, por ejemplo, en lo que trabajo actualmente (señala las viñetas sobre la mesa), sólo estoy utilizando marcadores y lápices, porque conforme pasa el tiempo una también va encontrando cosas nuevas, el dibujo cambia todo el tiempo y hay que encontrar una manera de abordarlo, si no todo sería siempre una repetición y se volvería algo muy aburrido.

En tus dos primeros libros has aparecido como personaje, ¿siempre partes de la autoficción?

Más o menos. En Casa transparente es muy notorio, porque yo soy la protagonista. En el libro anterior estaba la figura de Cándido López y aunque yo también aparezco, los protagonistas son en realidad él y sus pinturas. Trabajar sobre uno mismo es difícil. Cuando son tus propias historias las que quieres contar resulta duro condensarlas, recordarlas y luego ponerlas sobre papel. Imagínate lo difícil que es ponerle voz a tus amigos. Ese tipo de operaciones sueles ser complicadas.

Igual parece que los personajes del libro, al formar parte de un ejercicio de memoria, poseen una misma voz, la misma que atraviesa todos los capítulos, sin importar la ciudad en que se desarrolle…

Claro, es que así suenan en mi cabeza. Me cuesta mucho pensar en guiones previos. Dibujo y las cosas se van acomodando. Lo que sí preparo desde antes es la división, es decir, en este caso, las ciudades en donde se va a desarrollar el libro.

Casa transparente de María Luque (Sexto Piso, 2017)

¿Te dedicaste mucho tiempo a vivir en la casa de amigos cuando se iban de viaje?

Varios años, sí. Yo tenía un trabajo al que había renunciado y estaba intentando dedicarme a dibujar y vivir de esto. Al principio me costó mucho pero yo tenía dos certezas: que no quería volver a tener un trabajo fijo y que quería dibujar. Y decidí dedicarme a cuidar las casas de mis amigos. Bueno, en realidad no decidí, ocurrió medio al azar. Tenía una amiga que salía mucho de viaje y tenía dos gatos. Yo se los cuidaba . Entonces alguien más se enteró de esto y me llamó: “me voy todo el verano, vení a mi casa”. Se corrió la voz y luego me contactaba incluso gente a la que yo no conocía. Aprovechaba esos momentos para producir. La verdad me gustaba mucho: no pagaba alquiler, podía dedicarme a dibujar y el barrio siempre era nuevo. Me lo tomaba como una especie de residencia artística autogestionada.

¿Y de pronto te cansaste de la errancia?

No en realidad. Estoy a punto de irme otra vez, ahora a Lituania, en septiembre. Siempre me estoy yendo. Pero hace dos años, dos años y medio, me vine a vivir a Buenos Aires de un modo más fijo y por una cosa extrañísima: tenía una muestra en la galería Mar Dulce y había que enmarcar acá muchos dibujitos traídos desde Rosario. Era complicado traer tanta obra por partes y bueno, decidí quedarme por un tiempo. Igual el nomadismo me encanta. Me llena de vitalidad y para lo que yo hago es súper importante.

Casa transparente de María Luque (Sexto Piso, 2017)

Ese nomadismo es también una posición desde la cual podríamos definir la ciudad contemporánea: inabarcable, flotante, inhóspita. Hace 50 años no existía la ocupación de cuidar casas pero tampoco había tanta gente sin hogar.

Recuerdo que esa era una de las conversaciones recurrentes con muchos amigos jóvenes durante los viajes que relato en Casa transparente: que nunca íbamos a tener una casa propia. Es más a veces ni ajena: muchas inmobiliarias ponen trabas increíbles a los trabajadores autónomos porque no tienen una paga fija. Es algo que sucede no sólo en Argentina sino a novel global. La pregunta de “dónde voy a vivir” es una de las preocupaciones más grandes de nuestra generación.

Hay una parte del libro en donde, el personaje principal, que duerme en una cama ajena, comienza a dibujar su propia casa en sueños. Esta imagen de alguna manera condensa la esencia del libro…

Fue un sueño de verdad que tuve mientras cuidaba una casa. Cuando desperté me sorprendí de cómo mi inconsciente había acomodado de esa forma todo lo que estaba viviendo en ese entonces. De ahí surgió el título. Le daba vida a algo que rondaba en mi cabeza: no necesitaba una casa, yo podía dibujarme la mía.

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