Por qué te gusta cómo huele tu pareja


La benigna madre naturaleza posee muchos mecanismos inescrutables que recién ahora comprendemos, como los números de Fibonacci escondidos en los pétalos de las flores, los complejos patrones migratorios de las aves o la simetría perfecta de los copos de nieve. Pero ahora la ciencia puede ayudarnos a entender uno de los secretos más impenetrables de la naturaleza: ¿cómo nos las arreglamos para evitar tener sexo accidentalmente con nuestros parientes? Resulta que todo puede deberse a cómo olemos.

Los humanos, explica el Dr. Claus Wedekind de la Universidad de Berna, han sido genéticamente programados para discernir, tan solo por el olor, si sus parejas potenciales pueden estar emparentadas estrechamente con ellos, y rechazarlas o aceptarlas sobre esa base. Wedekind, un experto en selección sexual humana, se especializa en analizar un grupo de genes llamados genes del complejo mayor de histocompatibilidad (MHC). Estos genes desempeñan un papel fundamental en el sistema inmunitario de los vertebrados y, a menudo, se evalúan para determinar la idoneidad de las personas para el trasplante de órganos. Si tu donante de órganos no proviene de un grupo similar de MHC, hay una mayor posibilidad de que el trasplante no funcione. En los seres humanos, las feromonas secretadas por el cuerpo llevan marcadores que ayudan a identificar los genes MHC de cada individuo.

Y, lo que es más importante, los genes MHC pueden ayudar a demostrar la composición genética de un individuo. Alguien con genes MHC codificados de manera muy similar a los tuyos bien podría ser tu pariente; mientras que alguien con genes codificados de manera diferente probablemente no compartirá ningún miembro de la familia contigo.

“Leí un viejo artículo científico de 1976 sobre cómo el gen MHC influye en los olores urinarios de los ratones”, recuerda Wedekind. “Se encontró que los ratones machos y hembras prefieren ratones que huelen de manera diferente, porque tienen genes MHC diferentes”. Los autores del artículo sugirieron que este podría ser un mecanismo potencial para evitar la endogamia en ratones.


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Esta sugerencia se quedó con Wedekind. “Pensé que hacía sentido a la perfección. Porque si te preocupa el apareamiento con individuos de un genotipo similar, entonces [tal mecanismo] evitaría automáticamente la endogamia”.

Inspirado en esto, decidió probar su hipótesis en humanos en 1995. ¿Nuestro olor indica cuán cercanamente podemos estar emparentados con las personas?, ¿cómo afecta esto nuestras elecciones románticas? “Quería saber si el MHC es importante cuando se trata de evitar la endogamia”, explica.

Esta función específica de los genes MHC, dice Wedekind, es un antiguo empedimento evolutivo. “Es un mecanismo muy antiguo que evolucionó en un momento en que los humanos vivían en tribus de tal vez 100 personas, y la relación genética entre los individuos de la tribu no siempre era clara”.

Si bien las personas sabían quién era su madre, es posible que no necesariamente supieran quién era su padre o los orígenes genéticos de su familia extendida. “Es posible que en una tribu de cien miembros, las posibles parejas pudieran ser medios hermanos, y no lo supieran”, explica. ¿Cuál sería el resultado? Incesto inadvertido.


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Algunas personas en relaciones incestuosas han argumentado que no hay nada de malo, al menos desde un punto de vista ético,en el sexo consensuado con un pariente. Pero una cosa es cierta: genéticamente hablando, el incesto es una idea terrible cuando se trata de procreación. La endogamia aumenta drásticamente las posibilidades de que los descendientes contraigan una variedad de enfermedades genéticas, así como de que mueran antes de tiempo. Por lo tanto, tiene sentido que los humanos hayan desarrollado una forma de evitar la endogamia tanto como sea posible al elegir futuras parejas para el apareamiento.

Como parte de un experimento, Wedekind reclutó a 49 alumnas y 44 alumnos para formar parte de un proyecto de investigación seminal que se volvió ampliamente conocido como el “estudio de las camisetas sudadas”. Las participantes recibieron unas camisetas que habían sido usadas por seis de los participantes masculinos, y se les pidió que los evaluaran por su olor. La mitad de las camisetas evaluadas había sido usadas por hombres que tenían genes MHC similares a los de las mujeres, y la otra mitad por hombres que tenían genes MHC diferentes.

“Las mujeres prefirieron a los hombres con genes MHC diferentes como parejas de apareamiento”, explica Wedekind sobre su hallazgo. En esencia, estamos programados evolutivamente para preferir parejas sexuales con las que no compartamos genes similares, y para que nos desagraden las personas que pudieran estar emparentadas con nosotros.

Fascinantemente, las mujeres que estaban tomando píldoras anticonceptivas tuvieron una respuesta exactamente opuesta; prefirieron las camisetas de los hombres cuyo olor podría denotar algún parentesco con ellas. “Como la píldora anticonceptiva incorpora en cierta medida los efectos del embarazo en el cuerpo de una mujer”, explica Wedekind, con la advertencia de que esto es especulativo, “es posible que las mujeres embarazadas prefieran los olores de individuos con MHC similares porque prefieren estar rodeadas de parientes que las apoyen durante el embarazo”. Sin embargo, agrega, se necesita más investigación para establecer esta relación de manera definitiva.


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El estudio de las camisetas sudadas del Dr. Wedekind ha sido apoyado posteriormente por una generación de investigadores, aunque todavía hay controversia con respecto a los detalles. Por ejemplo, continúa un debate sobre si preferimos encontrar parejas que sean meramente MHC diferentes, o que sean tan diferentes como sea posible de nuestros propios tipos de MHC. “Hace algún tiempo se supo que, al menos en humanos, la diferencia optima en lugar de la diferencia máxima podría ser la mejor estrategia”, dice por correo electrónico el profesor Charles Wysocki de la Universidad de Pensilvania.

Sin embargo, la evidencia de que los genes MHC juegan un papel importante en la selección de pareja es convincente: una revisión de evidencia de 2015 de 34 estudios científicos encontró que “es probable que el MHC esté involucrado en decisiones de elección de pareja para muchas poblaciones”, y que, dejando de lado los factores socioeconómicos que complican las cosas (como las rutinas modernas de higiene que ocultan nuestro olor natural), “las poblaciones humanas muestran evidencias de una selección de pareja mediada por los genes MHC”.

Entonces, si realmente te gusta como huele tu amigo con derechos, ¡genial! Pero como no vivimos en comunidades tan pequeñas y aisladas como alguna vez lo hicimos, lo más probable es que de cualquier forma no corras el riesgo de que sean parientes.

“Nuestra ecología hoy en día no corresponde a la ecología que existía cuando surgió este mecanismo evolutivo. Si conoces a alguien con un tipo similar de MHC, es muy probable que no sea tu pariente”, dice Wedekind. “Así que este mecanismo ha perdido su función evolutiva, pero todavía está ahí”.

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