Así inicié mi vida como sugar baby en México


“Serías perfecta sugar baby”, me dijo una amiga por el clic que tenía con hombres mayores. No sabía qué era eso, pero no pregunté y sólo me reí. Ese día investigué y fue el comienzo de todo.

Desde chica fui muy independiente y siempre tuve más ambiciones que mi familia. Comencé a trabajar desde los 16 años, aunque mi padre estaba en contra. A los 19 entré a trabajar a una dependencia gubernamental, donde unos cuantos ingenieros me tiraban la onda. Me divertía gustarle a hombres mayores porque me platicaban cosas que realmente me llamaban la atención y se me hacían más interesantes que los chicos de mi edad.

La idea de ser sugar baby no me espantó y llamó mi atención saber que tú puedes tener el control sobre los arreglos que tienes con tus sugar daddies: puede ser que tu SD sólo te quiera para ir a eventos sociales, otros para ir a comer, algunos para que le hagas de psicóloga y otros, obvio, por sexo.

Quería conocer a un SD de verdad, de esos que en internet dicen que consienten a sus SB en todo, la llenan de viajes, lujos y todos están felices.

Decidí crear un perfil en una de las redes sociales más famosas para sugar babies y sugar daddies. “Piensa, ¿cuál sería el nombre perfecto y la foto que hará que lluevan los mensajes?”, me pregunté. Mezclé un nombre dulce con una de las fotos en que mejor me veo y 30 minutos después, oficialmente era una sugar baby (SB) en busca de un sugar daddy (SD).

Al día siguiente abrí mi cuenta y, ¡sorpresa!, tenía mensajes de 19 perfiles diferentes. Agendé la primera cita.

***

Daniel fue mi primera cita. Es un hombre casado, padre de dos hijos y dueño de muchos problemas. Me citó en una torre ubicada en Santa Fe, en la Ciudad de México. Toda la noche fue muy detallista conmigo. Cenamos aguachile —recordó que le dije que era mi favorito— y me regaló unas flores. La plática estuvo excelente y hubo química. Decidimos no acordar un arreglo porque él sentía el riesgo de enamorarse de su baby y eso no podía pasar. Quedé tan loca después de la cena que llegué a mi casa, puse las flores en un florero y pensé que tenía que ser el triple de inteligente para tener al SD que yo quisiera.

Mi segunda cita fue con Mariano, de 36 años. Él vive en Morelos, por lo que me compró un pasaje redondo para conocernos un sábado. Prepare una mochila con una muda de ropa, dejé el miedo en casa y tomé camino a Morelos.

Me llevé una enorme decepción. Fue un engaño. La foto que tenía en su perfil era de años atrás, no se parecía en nada y se terminó el cuento de hadas. Me llevó a comer al lugar que quise, pero su plática, su aspecto y su forma de ser eran una tortura. Terminamos y nos dirigimos a un centro comercial: “Elige lo que tú quieras”, me dijo y me dio el beso más asqueroso del mundo. Elegí lo que quise hasta que me dijo “ya no más”.

Fuimos a su auto: “Ahora sí, vamos a lo que me interesa”, me dijo refiriéndose al sexo. “Ahora me tienes que complacer”. Le contesté, muy enojada, que jamás acordamos eso y comenzó a manejar cada vez más rápido hasta que nos paramos en una gasolinera porque quiso ir al baño. Tomé mis cosas, las compras y salí huyendo con miedo. Corrí a un hotel que había al lado, dije tener una emergencia y entré al baño. Ahí esperé los 20 minutos más largos de mi vida. Al salir tomé un taxi y pedí que me llevara a la central de autobuses. En el camino comenzó a mandarme mensajes con amenazas. Lo bloqueé de todos lados, llegué a casa en crisis y cerré mi perfil.

***

Hace algunos meses decidí volver a intentarlo y abrí mi cuenta de nuevo. Mis SD siempre supieron que lo sexual conmigo era imposible. Yo sólo buscaba ser su muñeca a la que le compraban el cambio de ropa, pero esta ocasión pensé: “Ok, respira, si llega un SD muy bueno y tenemos química y nos gustamos, besos y sexo, ¿por qué no?”

Salí con Gabriel, un hombre de 46 años originario de Monterrey, Nuevo León, pero que vive en Chicago. Me contactó, intercambiamos números y me llamó. “Hola, cariño, ¿cómo estás? Dime que eres real”. Platicamos por teléfono durante tres horas y antes de colgar, me dijo: “Martes, nueve de la noche. Hotel St. Regis. Pasarán por ti a tu trabajo y, por favor, ven guapa”.

Llegó el martes. Supe que esa cita sería diferente porque nunca había pasado la noche con ningún SD.

“Hola, mi cielo, ¿qué tal estuvo tu viaje?”, me preguntó cuando llegué al hotel. Me dio un beso y pidió que nos llevarán a un restaurante en el centro histórico. El lugar era hermoso y la música perfecta. Nos asignaron una mesa, comenzó el interrogatorio sobre nuestras vidas y pidió dos mezcales. Le dijo al mesero que yo era su gran amor. “Si supiera que nos acabamos de conocer”, pensé.

Después de la cena llegó el momento de irnos. El Uber nos llevó al St. Regis y en la recepción me presentó como la esposa joven. Subimos al elevador y nos besamos. Aunque no lo hacía muy bien, ya me tenía tonta por su forma de ser.

Llegamos al cuarto y continuamos besándonos. Yo quitándole la camisa y él quitándome el vestido. Él tenía tanta experiencia y yo tan inocente, que nunca me había sentido más libre.

Desperté a las 5:30 de la mañana, tenía que bañarme y arreglarme para llegar a mi oficina como si nada hubiera pasado. Cuando llegó el momento de despedirnos, me besó las manos y dijo: “Esto es para ti”. Me dio siete billetes de mil pesos y un perfume que le dije que me gustaba.

Fue el primer regalo en efectivo que me dio un SD y siempre lo recordaré con mucho cariño porque Gabriel me hizo creer en mí. El SD perfecto, con el único defecto de vivir fuera del país y sólo vernos dos veces al mes. Pero yo quería más: más besos, más platicas, más escapadas y más de todo. El dinero me valió.

Llegué a mi oficina. Las horas pasaban y no podía dejar de pensar en su sonrisa de embrujo. Me conquistó, aunque ya sabía que estaba prohibido enamorarme de él. Ese día, Gabriel no me habló para nada y pasaron dos días hasta que el mensaje llegó. “Eres una reina. Te veo el próximo mes. Mándame tu número de cuenta y no dudes en pedirme lo que te haga falta”.

Oficialmente era una SB exitosa y ya no una novata. Gabriel me explicó que no era necesario tener acuerdo de exclusividad, así que me daba permiso de salir con más SD y de acostarme con ellos si se me antojaba. ¡Estaba lista para Gabriel y para quien llegara!

Hay hombres que sólo quieren comprensión y el amor que no tienen con sus parejas, otros que buscan cumplir sus fantasías. También hay sugar babies que sólo quieren exprimirlos hasta el cansancio y nunca involucrar sentimientos. Yo aprendí que ser Sugar Baby es mezclar un poco de todo: inteligencia y algunos sentimientos y así, sin tener una tarifa al mes, tu Daddy se desvivirá porque a su Baby nunca le falte nada. No es negocio fácil, pero si eres inteligente y sabes usar a tu SD, lograr tus objetivos, ya sean educativos o meramente caprichos y lujos, será muy fácil.

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