Porno, McDonald’s y Netflix: Cometí los siete pecados capitales durante Semana Santa


Nunca me cuestioné la existencia de los pecados. Fui a un colegio católico, así que los veía como una serie de reglas con las que todos vivíamos y nadie objetaba. Pero en mis diez años de educación en esa escuela, jamás nos explicaron su origen, ni quién dijo: “Estos son los pecados y quién los cometa va a ir al infierno”.

Ahora, ¿cuáles son los siete pecados capitales? Decidí buscar en la fuente de conocimiento e información más grande para nuestra generación: la querida y amada Wikipedia. Dios la bendiga. Los pecados capitales actualmente son lujuria, gula, ira, pereza, envidia, avaricia y soberbia. Pero al investigar, me di cuenta que originalmente eran ocho pecados capitales. El monje Evagrio Póntico escribió Sobre los ocho vicios malvados, “una lista de ocho vicios o pasiones malvadas, pensamiento o acto impropio, contra los que sus compañeros monjes debían guardarse en especial”, según nuestra amiga Wikipedia. Lo cabrón fue darme cuenta que el octavo pecado capital era la tristeza. Sí, para el amigo Evagrio estar triste era un pecado capital.

Esta lección de historia es para darnos cuenta que aún en el 2018 seguimos rigiéndonos como sociedad con unas normas de hace casi 1500 años. Que además, ¡eran normas y reglas creadas originalmente para monjes! Volviendo a la actualidad, era de Instagram Stories, aplicaciones para coger y pedir comida a domicilio, ¿es posible vivir sin cometer estos pecados? Tal vez algunos de mis familiares dirían que sí, pero tengo 28 años y probablemente esté cerca de ir al infierno. Así que decidí pasar esta Semana Santa cometiendo cada uno de los siete pecados capitales porque, ¿qué mejor época para ver si el piso se abre en dos y caigo al infierno?

PEREZA

Con este pecado he tenido ciertos problemas en mi vida. Soy de esas personas que puede pasar todo el día viendo Netflix, trabajando y comiendo desde mi cama. Perdón.

La Semana Santa tiene dos días feriados (jueves y viernes), todos lo sabemos, pero, ¿qué pasa con los otros tres malditos días que abren la semana? Saber que vienen vacaciones y que esos tres primeros días hay que trabajar me llena de una hueva celestial. Decidí enviar un mail al departamento de Recursos Humanos para avisar que no iba a trabajar porque estaba “enfermo”, ya y no quería contagiar a mis compañeros.

Tecleé en Google la palabra pereza para inspirarme un poco y salió una hermosa imagen de Homero Simpson acostado. Así que después de enviar el mail y sentirme libre de obligaciones, me propuse homenajear la imagen y hacer lo que la víspera de una semana larga de vacaciones merece: ver un maratón de El príncipe del rap en Netflix. Busqué una cerveza y me reí por horas viendo a Will bullear a Carlton.

LUJURIA

Wikipedia dice: “Es el deseo sexual desordenado e incontrolable. Existe un sentido no sexual de la lujuria que se refiere a un deseo apasionado de algo. Lascivia, asimilable a lujuria, es el apetito o deseo excesivo de placeres sexuales”.

Todos tenemos deseos apasionados y sexuales, es parte de la naturaleza humana, nos hacen saludables y logran que podamos levantarnos a diario para seguir existiendo. El sexo y la masturbación salvan vidas.

Veo mucho porno, tenga pareja o no. Así que pecar viendo porno y masturbándome no me parecía algo nuevo para mí. Pero, además de páginas porno, hay otro tipo de diversión pornográfica en el maravilloso mundo del internet: las camgirls. Jamás lo había intentado, así que busqué en Google “camgirls” a ver qué pasaba. Entré a una página gratis y creé una cuenta para poder ver alguna chica masturbándose en vivo. Mi usuario, en honor al tipo que no le gusta la pornografía, tenía que llamarse “alekssyntek69”.

Vi a una chica colombiana bailar al ritmo de “X”, nueva rola de J Balvin y Nicky Jam. Había un chat al que podías unirte y hacer peticiones si comprabas tokens, así que compré algunos.

Pagué y vi casi dos horas del show de la chica. Le di todos mis tokens y le pedí que me mostrara sus pies. Me gusta ver los pies de las chicas, no me culpen.

GULA

Amo comer. Puedo pasar horas comiendo, bebiendo y hablando pendejadas con mis amigos. Creo que es la mejor manera de conocer a una persona. Wikipedia dice que la gula es “un exceso en la comida o en la bebida. El glotón o insaciable es una persona o individuo que no tiene medida al comer haciéndolo en exceso ya sea con un tipo de comida en particular o con comidas y bebidas en general”. Boom.

Creo que McDonald’s es como la escuela de poesía del capitalismo tardío, el Messi de la comida chatarra. La gula se basa en “exceso de comida”, así que pedí 15 hamburguesas, tres papas fritas, dos órdenes de nuggets y dos sundaes de cajeta. Cada mordisco que daba sellaba mi estancia en el infierno. Sólo pude con cuatro, mi fotógrafa se comió dos y media, nos tomamos los refrescos y comimos los helados.

Subí a mis historias de Instagram una foto con las hamburguesas, viendo cómo muchos de mis seguidores caían en el pecado también.

Creo que comer toda esta comida de McDonald’s es la mejor manera de superar a un ex.

IRA

Necesito odiar personas para poder respirar. Parte importante de mi salud emocional y física depende de descargar todo mi odio en contra de humanos inútiles y que hacen de mi existencia en este plano terrenal un poco más triste y difícil. Todos tenemos que lidiar con alguien así en la chamba, pero lamentablemente no nos queda de otra que compartir el oxígeno con ellos.

Volviendo a Wikipedia, la ira “puede ser descrita como un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enfado”. Y pues sí, mi odio es un sentimiento que no puedo ordenar ni controlar. Se me nota en los ojos y en el tono de voz, pero es algo que es necesario para no gastar más dinero en mi psicoanalista. Si no odio y descargo toda mi ira por la incompetencia de algunas personas con las que me toca hablar a diario, probablemente me de una úlcera como a Malcolm.

Para evitar esto, odié con cada fibra de mi cuerpo y centímetro de mis manos a una persona que me hace la vida imposible. Fue hermoso y logró que no dijera nada inapropiado. Comulgo con la idea que es necesario expulsar nuestra ira y dejarla fluir.

SOBERBIA

“Es identificado como un deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando en halagar a los otros”, según Wikipedia. Todos queremos ser más importantes que los demás, ¡por eso subimos selfies esperando una lluvia de likes! Vivimos en una época donde la aceptación es lo que nos alimenta, así que necesitamos mostrar logros para poder seguir caminando y sentirnos libres. Son para alardear: zapatos, chamarras, ligues, lo que sea. Somos capaces de alardear con un video en un concierto de algún artista que no conocemos solamente para que la gente diga: “Guau, fue al concierto de Gorillaz, de seguro es alguien chido. Me lo quiero coger”. Jamás pasa. Pero es la idea.

Soy de Venezuela, país que la está pasando terriblemente mal, así que pensé que la mejor forma de demostrar soberbia a mis conocidos era subiendo una foto a mis historias con seis mil pesos mexicanos en mis manos, que para ese momento era alrededor del salario mínimo de tres años en Venezuela. Sí, tres años.

Los comentarios de odio de mis seguidores no tardaron, incluso perdí algunos, al parecer la soberbia no es bien vista en mi país. ¿Pero de esto se tratan los pecados, no?

AVARICIA

Me mama tener muchas cosas. Compro todo lo que puedo con el poco dinero que gano al mes para poder ser feliz. Así puedo demostrarle a mis conocidos que tengo valor con mis posesiones materiales y contrarresto mi falta de autoestima.

Cuando veo algo que me gusta, quiero tener más y más de ese producto. Sea lo que sea. Me hace sentir bien tener un chingo de cosas en mis manos o sentir que estoy adquiriendo muchas cosas. La cantidad es importante para mí, soy el hijo pródigo del capitalismo. Perdón, Chávez.

Al ser sábado, un día antes del domingo de resurrección, pensé que no había mejor manera de hacerle un homenaje a mi problema con la avaricia: ir a mi tienda de viniles favorita y comprar un chingo de discos sin razón alguna. Sólo por aumentar mi colección. Lo hice y valió la pena: Madonna, José José y Van Halen son siempre necesarios en las pedas, queridos.

Y bueno, para hacer todo más conceptual, reviví la crucifixión, pero con viniles en lugar de corona de espinas, ya que me gusta el arte contemporáneo.

ENVIDIA

Envidio a mucha gente: personas guapas, con dinero, futbolistas, músicos y amigos con parejas guapas. Wikipedia dice que la envidia “se caracteriza por un deseo insaciable”. Y también, “aquellos que cometen el pecado de la envidia desean algo que alguien más tiene, y que perciben que a ellos les hace falta, y por consiguiente desean el mal al prójimo, y se sienten bien con el mal ajeno”. Ya esta definición sonó más dramática, pero la siento mucho más real.

Scrolleando mi Instagram en domingo de resurrección, veo a muchísima gente que envidio y quiero que sus cosas sean mías. Les deseo el mal y quiero que, de repente, mi cuenta tenga el dinero de la de Justin Bieber, por ejemplo. Y ya que hablamos de dinero, tampoco estaría mal tener su cuerpo y que él tuviera que vivir sin él. No me importa, me siento bien envidiándolo y cuando cierro los ojos imagino que un día Justin se levanta de su cama de algodón egipcio y ya no tiene esos pectorales ni a Selena Gómez de novia. Yo quiero a Selena y a sus pectorales. O sólo los pectorales. Da igual.

A medida que veo Facebook, también envidio a muchas personas que veo: tienen una vida feliz, perritos, parejas que les dicen que los aman y que “su alma es lo más hermoso que han visto”. Maldita sea, ¡el alma no existe! Yo la vendí, sé de lo que les hablo.

Las redes sociales hacen que envidie cada cinco minutos, logran que me sienta infeliz con mi realidad y que nada me haga sonreír. Las odio.

Cometí los siete pecados capitales y no pasó nada. Sigo sintiéndome igual, tengo el mismo odio por el mundo de siempre. Pretender que vivamos por unas normas que se crearon hace más de 1500 años es absurdo y hasta tonto, y esto sin importar qué religión sigas. El mundo ya es un lugar difícil de cohabitar para estarnos guiando por listitas pasadas de moda.

“Live and let die”, diría el viejo Paul.

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