Un vendedor de discos en el metro de CDMX me enseñó cómo ‘vagonear’


Son las siete de la tarde de un día laboral cualquiera de finales de febrero. Todos en Ciudad de México sabemos que a esa hora el transporte público está saturado. Es el peor momento del día, el más estresante. Por eso lo elegí para subirme al metro a vender discos musicales. Cargo en mi espalda una mochila negra que no es mía, la conseguí prestada. Su verdadero dueño sí es un vendedor del metro, un “vagonero“, como se les conoce. Digámosle “Mario”, aunque no es su nombre real, sino un pseudónimo para resguardar su identidad ante las posibles represalias de sus jefes.

“Esto que hacemos de subirnos a vender es ilegal. Si me descubre mi jefe, me quedo sin trabajo”, me dijo cuando horas antes me acerqué para contarle que quería experimentar lo que él hace todos los días, sorprendido de la propuesta. Le contesté que no habría problema, que sería más fácil de lo que se imaginaba. Si alguien lo notara, le diríamos que soy un morro en capacitación, nada más. Agitó la cabeza a modo de negación y se rió: “No mames. Nel, carnal. Todos nos conocemos, por lo menos en esta línea”. Es la azul, la dos del Sistema de Transporte Colectivo Metro, como se llama oficialmente la empresa que opera el subterráneo en la capital de México.

“Esto que hacemos de subirnos a vender es ilegal. Si me descubre mi jefe, me quedo sin trabajo”.

Mario comienza a trabajar desde las diez de la mañana. Tiene poco tiempo en esto, “como cuatro meses”, me cuenta. A pesar de la reticencia, no ha dejado de responder a mis preguntas, de seguirme la conversación de buena gana. Tanto, que en algunos momentos me alburea mientras saluda a lo lejos a sus compañeros cuando gritan su nombre.

Abordamos un vagón. Lo sigo, pero me distancio de él. Quiero observar su técnica y memorizar algunas frases de su monólogo de venta para cuando toque mi turno. No quiero incomodarlo, pienso que cualquier trabajo requiere cierta pericia. En este caso, “estar al tiro con los de vigilancia”, me explica Mario al bajarnos en la siguiente estación.

“¿Por qué te bajas, si los vagones no tienen división interna? Podrías seguir hasta el final sin perder el anterior”, pregunto mientras le ayudo con la bocina que carga para sonar la música que vende. “Pues me bajo porque me vienes siguiendo, güey. ¡No mames!”, me responde con ironía.


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No se acomoda para subir al siguiente tren, más bien enfila para la salida. “Voy a descansar. ¡Al chile, ya me dio hambre!”, me dice. Al salir de la estación Viaducto vamos a un puesto de tacos y le invito la comida mientras platicamos por qué quiero ayudarle a vender por un día. Pide una orden de al pastor, dos tacos de guisado y un refresco. Mientras come, me cuenta que ya está un poco hasta la madre de este trabajo. Que está aquí de manera provisional, en lo que encuentra jale con uno de sus tíos. “Vende abarrotes. Bueno, le distribuye a pequeños comerciantes. Nomás que orita tiene completo a su personal, pero en menos de un mes me dijo que me iba a dar chamba. Por eso me metí a vender al metro: hay que comer de algo, ¿no?”

Entre taco y taco, finalmente acepta. Acordamos que yo haga sólo un recorrido, desde Cuitláhuac hasta volver a la estación Viaducto. Por cuestiones de seguridad, “No vamos a poder tomar fotos en el metro. Tómalas sin que te descubran porque si te ven, toda la banda te puede madrear. Hay que andar al tiro porque los de vigilancia igual nos andan venadeando [cazando], por eso nadie te va a dar chance de prestarte una mochila, a menos que trabajes de esto”, me explica.

Foto clandestina por el autor.

Antes de iniciar mi recorrido, Mario me enseñó dónde se encienden las bocinas, cómo subir el volumen del reproductor de discos, el precio de la mercancía, el tipo de música que contienen los discos, cómo gritar para venderlos. En pocos minutos ya estoy capacitado. “No la vayas a cagar —es la última instrucción que recibo— porque nos chingan”. Le respondo que seré cuidadoso y que a la primera señal de alarma le entrego la mochila para evitar represalias.

Esperamos en el andén con el caparazón musical ya a mis espaldas. No es tan pesado como me imaginaba. Son unos seis kilos. Lo incómodo es lo voluminosa que es la mochila, porque el andén está atascado de personas que vuelven cansadas del trabajo. Se les nota en la cara. Las bocinas suenan durísimo. “¡No mames, no le subas todo!”, me regaña Mario. Pasa un primer convoy, pero no me quiero subir todavía. Le digo que al siguiente, mejor. El corazón me late como el motor de un auto Nascar. Se acerca otro tren. “Cámara, en este nos trepamos”, dice Mario.

El corazón me late como el motor de un auto Nascar. Se acerca otro tren. “Cámara, en este nos trepamos”, dice Mario.

Ya abordo me distraigo con un cartel de las actividades que ofrece un centro cultural… ¡No debo dispersarme!: estoy aquí para vender, para gritar fuerte el precio de los discos. Mis técnicas publicitarias se limitan a repetir los consejos de Mario y lo que yo mismo he escuchado tantas veces como pasajero, frases creadas por algún ocurrente anónimo que se han vuelto un canon. De forma desafinada y sin ritmo articulo las primeras frases: “¡sí, mire, damita caballero: en esta ocasión le vengo ofreciendo…!” Esbozos de todo. Fragmentos. Suben. Bajan. Puertas. Se abren. Ahora se cierran. Empujones. Gritan. Mal humor. Celulares. Pasamos un túnel. Pasillos. Otros vendedores. Postales de un subterráneo desarticulándose como un rompecabezas infinito. Imposible. Y así avanzamos.

Para evitar a los de seguridad es importante bajarse y esperar otros convoyes. Vender en máximo tres vagones por tren. “Te bajas, ves que no haya cuicos, y te subes otra vez. Ya si tienes buenos contactos, ellos te avisan si hay operativo y dónde están más perros los de vigilancia. Pero ahorita le vamos a hacer así. Yo te aviso de todo. Cámara, en este nos trepamos”, dice Mario mientras dejamos bajar a los usuarios.

El metro se detiene en el túnel entre las estaciones Allende y Zócalo, en el centro de la ciudad. La quietud es abrumadora, no sé qué hacer. Las frases para ofertar mi producto se me acabaron. El rumor de voces aumenta. No llega a mí ninguna frase completa, sólo fragmentos de voces inconexas. No he vendido un solo disco y en la siguiente estación me tengo que bajar. Subo el volumen de la bocina. No quiero escuchar otra cosa que música.

No he vendido un solo disco y en la siguiente estación me tengo que bajar. Subo el volumen de la bocina. No quiero escuchar otra cosa que música.

El sonido grave del bajo vibra con cada nota, lo siento en mi carne. También percibo la desesperación de los usuarios. Nadie me reclama con palabras. Me siento insolente. Pienso en lo absurdo de todo esto: ¿Para qué comprar discos? Para eso existen YouTube o Spotify. Basta con tener un teléfono celular digital, de esos inteligentes. Incluso hay algunos aparatos que sintonizan estaciones de radio. Ya nadie debería comprar discos musicales. Pero si hay oferta es porque hay demanda. Los que vendo contienen canciones de salsa. Me gusta mucho este género, así que con la mente sigo el ritmo. Me sé las canciones completas, así que las canto para mis adentros, en silencio. Lo que no hago es bailar. Aún así, un grupo de preparatorianos me observa. Sorbo un refresco de cola y cambio de canción en el reproductor de MP3. Ahora suena algo de Héctor Lavoe. Es increíble, seguimos en el túnel, el metro está atestado, el calor aumenta, el estruendo de las bocinas está a tope, no hay salidas de emergencia. Si se fuera la luz eléctrica, la música no dejaría de sonar y las luces led de las bocinas-mochila crearían un ambiente propicio para la fiesta.

No sé cuánto tiempo pasamos encerrados, esperando. Cuando al fin llegamos a la siguiente estación, Mario ya estaba sobre el andén. Se abre paso entre la gente sin esfuerzo, es un experto. Bajo el volumen de las bocinas y cruzo la multitud a empellones para encontrarme con él. Las bocinas funcionan como un exoesqueleto que repele agresiones, es como estar preparado para la guerra. Los Mazinger Z de los vagoneros. Me orillo con cuidado en el andén, me quito todo y se lo entrego de vuelta a Mario. Entre albures y risas, nos despedimos. No vendí nada.

Puedes seguir a José en Twitter: @JoseRivegua

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