“Te vas a morir, pinche puto”: Testimonios de víctimas de homofobia y transfobia


Hace unas semanas leí sobre el caso de César Ulises, un joven estudiante desaparecido en Jalisco y cuyo cuerpo fue encontrado sin vida días después. A raíz de su muerte se desató una ola de comentarios homofóbicos en redes sociales donde algunas personas expresaron gusto por su muerte por el simple hecho de ser homosexual.

Como miembro de la comunidad LGBTTTIQA, no sólo me impactó, también me dolió y me hizo pensar en todas las personas a mi alrededor que sufren discriminación, homofobia y transfobia por su orientación sexual. La discriminación es real y sucede todos los días. Estas son sólo algunas historias de tantas que se viven en el país.

bGael, 27 años, diseñador de modas

Un domingo, como a las nueve de la noche, iba al Oxxo con mi roomate. Vivíamos en un departamento en la zona centro de Guadalajara. Apenas íbamos a cruzar la Avenida Hidalgo cuando se paró una camioneta roja con cuatro hombres y narcocorridos a todo volumen. Comenzaron las ofensas pero no hicimos caso y seguimos caminando, esperando que eso fuera todo, como en otras ocasiones que te gritan mamadas y ahí termina la bronca. Esta vez fue diferente.

Cuando cruzamos la avenida, escuché que alguien dijo detrás de mí: “Ah, ¿muy perra?”, y cuando volteé recibí un puñetazo en la cara. Cuando me caí al piso, vi que venían los otros tres tipos y hubo chacaliza salvaje para mí y para mi roomate, que también es gay: jalones de greñas, patadas, escupitajos e insultos. Uno de ellos tomó una botella, recuerdo perfectamente que era de Smirnoff, la quebró en un muro, me mostró los picos y me dijo: “Te vas a morir, pinche puto”. Mientras uno de los tipos golpeaba a mi amigo, yo estaba en el piso sujetándole el brazo al tipo que traía la botella para que no me la clavara en el abdomen, mientras los otros dos forcejeaban conmigo para que lo soltara.

En ese momento tuve un blackout de unos segundos donde no sé qué pasó, el caso es que escuché la botella romperse más, a los tipos riendo a carcajadas y después la camioneta arrancar. Cuando me incorporé lo primero que vi fue a mi roomate sentado en la banqueta, en shock, con la cara llena de sangre. Me preocupé, hasta que dijo: “güey, tu brazo” y cuando volteé, vi que tenía el brazo con los tendones expuestos y mi puño completamente cerrado. La mano no me respondía. Pensé que me habían roto el brazo, no me dolía nada, sólo sentía todo muy caliente.

No fue un intento de asalto porque no nos robaron nada y traíamos todo, nuestros celulares, dinero y tarjetas. Regresamos al departamento, que estaba como a una cuadra, y nos abrió nuestra otra roomate. Cuando nos preguntó qué había pasado fue cuando sentí todo: los golpes, dolor en la cara, el pelo y el cuerpo, y después el dolor se concentró en mi brazo. Empecé a llorar, me hicieron un torniquete y llamaron a una ambulancia. Cuando llegué a la Cruz Roja, el trato fue pésimo. Nos hicieron comentarios sugiriendo que por nuestra preferencia sexual “estábamos en broncas” o que “nosotros los habíamos provocado”. Mi roomate tuvo fractura de cráneo y yo estuve seis horas en cirugía porque tenían que reconstruirme el brazo y pegarme los tendones.

Al día siguiente llamé a mis padres. Mi madre me acompañó en todo el proceso para hacer la denuncia. Fuimos a la procuraduría, donde el trato fue ridículo desde que llegamos. Aunque soy surdo y justo ese es el brazo que tenía recién operado, me hicieron escribir con la mano derecha todo el relato. Después de algunas horas me pasaron con alguien más que, aunque no leyó el relato, sí se fijo en que puse que había sido un ataque homofóbico. De una manera muy hostil, me preguntó los nombres de las personas que me habían atacado. “¿Sabes qué? Se me olvidó preguntar sus nombres mientras casi me matan”, le contesté. También me preguntó si tenía algún tipo de información y le dije que no. Comenzó a reír descaradamente y me dijo: “Amigo, si no tienes nombres, placas, señas o direcciones, te recomiendo que te vayas a tu casa y te escondas porque esto no procede”. Ahí terminó mi caso.

Es un tema muy complicado, pero si sufren de homofobia, levanten la voz y no se callen. Denuncien, aunque las autoridades no tomen cartas en el asunto y te ponen en una posición muy vulnerable. Lo único que nos queda es unirnos entre nosotros y estar protegidos, porque los índices de violencia están muy elevados como para quedarnos callados.

Creo que este tipo de violencia es generacional, construido desde la infancia por toda esta escuela violenta que vimos en la tele, que nos enseñaron, que se ha normalizado desde que somos pequeños. No va a terminar de la noche a la mañana, pero el ideal sería que, de entrada, estos ataques se castiguen. Me sigo sintiendo muy inseguro.

Iván, 23 años, estudiante

Varias veces he sido discriminado, incluso hasta llegar a la violencia física. En una ocasión mi novio y yo subimos a un taxi. El taxista comenzó a meterse entre calles y, una vez perdidos, nos agredió verbalmente y nos pidió que bajáramos del auto porque él “no permitía que personas así se subieran a su carro”. Cuando nos bajamos nos empezó a patear.

Otra ocasión fuimos a un antro en la colonia Roma, en la Ciudad de México, y mientras esperábamos para entrar, unos tipos nos ofendieron porque estábamos abrazados: “mira a esos maricas, ¿qué hacen aquí?” No hicimos caso. Cuando llegó nuestro turno de entrar, nos negaron el acceso porque “no era la imagen que el lugar quería reflejar”, porque no era “un lugar de ambiente”. Íbamos porque era el cumpleaños de una amiga y tuvimos que decirle que no nos habían dejado pasar.

Creo que estas prácticas son muy comunes, a pesar de que la comunidad LGBTTTIQA cada vez tiene más peso en la sociedad. Aún así hay personas que nacen en familias de mentalidad muy cerrada, donde el machismo está muy reflejado y les resulta muy difícil aceptar a las personas que son diferentes a ellos. Las familias machistas dicen que las mujeres tienen que estar en la casa y servir a los hombres, igual que sólo una mujer y un hombre pueden estar juntos, y cuando ven algo diferente, lo atacan.

Si han pasado por algo así, no se queden callados, alcen la voz y no se separen.

Marbella Rubí, 53 años, estilista y activista

Con más de 50 años de vida, claro que he sido víctima de transfobia. He sido discriminada de distintas maneras. A veces le digo a mis amigas que en este país ya no somos sobrevivientes, sino supervivientes, porque México es uno de los tres países más homofóbicos del mundo, seguido por Brasil y Rusia.

Aunque a veces las personas creen que son tolerantes, la discriminación sigue existiendo en el día a día en todos lados, como en el transporte público, las oficinas gubernamentales y en el sector público. En los restaurantes es claro cuando no atienden tu mesa, siempre sucede y es muy visto que cuando habemos chicxs de género diverso, dejan espacios vacíos para no sentarse junto a nosotrxs y esto normalmente viene de la ignorancia, que es la raíz de todas las fobias. Nosotrxs somos seres humanos de primera categoría y se nos debería tratar así.

Si son discriminados, tengan la valentía y la seguridad de empoderarse, leer y capacitarse en sus derechos. Tienen que saber exigir sus derechos de manera educada, no violenta, porque eso es lo que la sociedad dice, que somos “personas violentas”. Y no es que seamos violentxs, simplemente exigimos nuestros derechos. Yo le digo a mi comunidad LGBTTTIQA que nunca dejen de exigir el respeto, que no se queden con las manos cruzados y que estemos unidxs para lograr proyectos exitosos.

Tengo un sueño y es que algún día las futuras generaciones diversas y las no diversas sean incluyentes. Nosotroxs vamos a seguir en esta lucha para que en el futuro no haya discriminación, vamos a seguir insistiendo para que algún día ya no sea necesario.

L, 27 años

A los 15 años tuve mi primera novia oficial. En ese entonces era weird tener una pareja del mismo sexo, pero equis, le conté a una persona que lo repitió y en unos días todos en la escuela se habían enterado y nos veían como anormales. Cuando el chisme llegó a los padres de esa chica, comenzaron a encerrarla. De la casa se iba a la escuela y luego de regreso a la casa. Pero siempre hay formas, así que se saltaba por su ventana y yo pasaba por ella en mi scooter. Todo era miel y nos sentíamos reinas. Le presenté mi mundo: techno, alcohol, drogas y exceso. Ella escribía todo en un cuaderno.

Pasó el año escolar y las dos reprobamos. Resulta que cuando salíamos, su madre deshacía todo el cuarto y encontró el cuaderno en que escribía todo, así que cuando citaron a su mamá en la escuela, la señora llegó con esa libreta con partes subrayadas con marcador. Nunca supe bien qué pasó, pero al final del día, nos llamaron a mi padre y a mí. Yo no sabía nada, pero cuando llegamos, estaba el rector, las copias y el cuaderno sobre la mesa. Nos sentamos y este pendejo le dijo a mi papá: “¿Sabe por qué está aquí?” Mi papá le dijo que no, y yo pensaba que estábamos ahí porque había reprobado. Con una sonrisa, el rector le preguntó: “¿Sabe que su hija es homosexual y tiene una novia?” Mi papá le contestó: “Sí, lo sé, gracias, ¿eso qué tiene que ver?” y de ahí todo se fue al infierno. Le leyeron a mi padre cómo cogíamos, porque ella escribía todo, desde la primera vez que fumó un cigarro, hasta cuando fumó un porro o probó una tacha.

Me amenazaron con llamar a la policía por lo de las drogas. Mi padre me pidió salir y nunca supe qué dijo y nunca pregunté. Tenía demasiada vergüenza por escuchar de la voz de ese imbécil lo que sentía mi novia cuando cogíamos, cómo y qué es lo que hacíamos. Además, yo nunca pedí saber todo lo que ella escribía, ese cuaderno era su jardín secreto, yo ni sabía de su existencia.

Me expulsaron de la escuela sin poder graduarme, dijeron que era mala influencia, que era peligrosa para mí y los demás. Estuve en esa oficina hablando de mi homosexualidad como si fuera una enfermedad, como si las dos estuviéramos enfermas.

Se siente bien ojete, pero equis, si son felices no importa lo que alguien pueda opinar. Gay o no.

Me gustaría que hubiera un gay world.

Dafne, 41 años, terapeuta y coordinadora de grupo trans en CDMX

Aunque he tenido situaciones en que la transfobia me ha impactado de manera directa e indirecta, el caso más fuerte que viví fue hace un poco menos de cinco años. Había conseguido un buen contrato con una empresa en Querétaro para dar cursos de capacitación, cuando hice el primer contacto en las negociaciones, me presenté con mi nombre y género anterior porque aún no hacía mi transición. Les interesó la propuesta y me consideraron muy apta para hacer el trabajo, sin embargo, por el presupuesto, el proyecto no salió en ese entonces.

Un año después me volvieron a buscar. Ya había hecho mi transición, por lo que hablaba de mí misma en género femenino. Lo notaron y me lo cuestionaron. Me preguntaron por qué hablaba en femenino y por qué la firma de mi correo decía “Dafne” y no mi nombre anterior. Les expliqué y después de una larga discusión por correo, las personas que se supone deben estar preparadas por ser de Recursos Humanos, decidieron de manera unilateral cortar la comunicación y no contratarme. Cuando pedí una explicación, me dijeron que ellos eran una empresa que preservaba los valores de la familia y la religión católica y por ese motivo no podían trabajar conmigo, ya que no estaba alineada con los ellos. Me deprimí y lloré mucho, pero también aprendí a luchar por mis derechos. Acudí al Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED) y metí una apelación que falló a mi favor. Las acciones para esta empresa fue que implementaran temas de diversidad e inclusión en sus programas y que se establecieran políticas antidiscriminatorias en la empesa, tanto para empleados, como para clientes y proveedores.

Esto es algo de todos los días y no sólo se limita a la transfobia, así es con todo lo que sea distinto, es algo que genera miedo.

Tenemos que desarrollar una capacidad de resiliencia enorme porque es claro que esta sociedad no va a cambiar de la noche a la mañana. Tampoco nos va a tocar ver este cambio pero ser resiliente nos va a permitir, por lo menos, que el madrazo no sea tan fuerte y actuar de manera más consciente y que no nos afecte de forma emocional, psicológica y que no afecte nuestra identidad y desarrollo como personas.

Las fobias existen, son parte de nuestra naturaleza, nos dan miedo, pero lo ideal sería alcanzar un nivel de conocimiento o información que nos permita entender y comprender lo que es distinto.

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