Comí pene de toro en Guadalajara y estoy muy arrepentido


Me gusta probar comida nueva. Creo firmemente que parte importante para el desarrollo cultural e intelectual del ser humano está en conocer cómo se alimentan las personas en distintos lugares. Con cada bocado, siento que estoy conociendo a sus antepasados, ex parejas y hasta logro una conexión mucho más profunda con su gente y herencia cultural. Comer platos típicos de cada ciudad me hace sentir acostado en una cama a poca luz con su gente, con poquita ropa, contándonos nuestras historias y recordando con risas cómo disfrutábamos ir a comer todos los domingos a casa de nuestras abuelas.

Llegué a las puertas del bar Mascusia en Guadalajara, ya que mi editora me mandó un mensaje con algunas unas palabras claves: “Pene de toro”. Según me contó, en ese bar servían una botana llamada “viril”, que básicamente era un platito que consta de un pene de toro cortado en pedazos. Mi conquistador culinario interior no me dejó pasar de largo esta oportunidad, tenía que poner dentro de mi boca este pene.

Al abrir la puerta del lugar, me di cuenta que entré a una “taverna de machos”: con pósters de mujeres encueradas, fotos de mariachis y del Atlas de Guadalajara. Futbol, mujeres y mariachis, las condiciones sine qua non del macho mexicano. Lo que las novelas de Televisa me prometieron antes de venir a vivir a México. La música que sonaba eran remixes malos de rancheras famosas, incluso recuerdo cómo una versión technosa de “El último trago” destrozó mi buena relación con esa rola. Si tú, responsable de ese sacrilegio musical, estás leyendo esto, por favor ten piedad de los humanos. Gracias.

Me senté en una mesa lejana a la multitud porque no estoy acostumbrando a tanta testosterona concentrada en un solo lugar. “Güero, ¿qué desea?”, me preguntó un mesero con el pelo puntiagudo lleno de gel, un trapo amarrado en la cintura y una playera blanca de futbol. Le dije que venía desde la Ciudad de México vía Venezuela en busca del manjar de pene de toro. Se rió y me dijo: “Como casi todos. ¿Con qué lo desea? ¿Es su primera vez? Se lo recomiendo con una buena sangría, pa’ que si no le gusta al menos esté alcoholizado”. Como cualquier cosa con alcohol es de mi interés, acepté la propuesta del mesero y esperé con ansias la llegada del platillo.

Mientras esperaba ansiosamente mi Viril, me levanté y me acerqué a la larga barra del lugar para hablar con Máquina, bartender con 22 años de antigüedad en el Mascusia. “El viril lo conseguimos a través de un proveedor y nosotros hacemos el proceso de limpiarlo, desangrarlo, cocinarlo, ponerlo en escabeche y partirlo. Lo servimos desde 1970”. Me contó que incluso la gente se molesta cuando no tienen el platillo: “Piden la cuenta y se van cuando no hay Viril. No en todos los lugares dan una botana tan sabrosa como nosotros. Es cortesía de la casa. Cuando no les decimos qué es, se lo comen muy bien, ya que lo comieron les decimos qué es y les da asco”, me contó entre risas. Máquina asegura que el viril “es la viagra mexicana, un afrodisíaco. Es puro nervio, muy blandito”. Más que suficiente información para saber lo que iba a meter dentro de mi organismo.

Llegó mi plato. Apreté los dientes y cerré los puños. Blandito, transparente y con ligeras sombras grises. El plato venía acompañado de naranjas, limón y cacahuates “para que el viaje sea menos pesado“, según el mesero. El olor que se desprendía del platito lleno de cortes de pene de toro era lo más parecido a una caja de zapatos con calcetines húmedos, guardada en el armario más antiguo de algún hogar. La textura era babosa y resbaladiza, como si congelaras un bowl con agua y le hubieses agregado levadura para que tuviera alguna forma decente.

Me reí varias veces antes de meter el pedazo de pene de toro a mi boca, el olor hacía que me riera debido al dolor que creía iba a sentir mi cuerpo entero luego de tragarlo. El solo pensar en esos pequeños pedazos de pene babosos y grises dentro de mi garganta, lograba que me dieran ganas de vomitar toda la mesa y botar un par de lágrimas. Tomé un poco de sangría y pedí un refresco para poder enmascarar el sabor del viril de la manera más neutral posible. Le agregué limón y naranja, busqué un palillo y lo metí dentro de un pedazo de pene de toro. A medida que lo acercaba a mi boca, éste dejaba caer gotitas blancas que en mi cabeza eran semen de toro y cada vez que acercaba el palillo con el pedazo de viril a mi boca, imaginaba que además de pene de toro también el plato venía con semen. Bon Appétit.

Entró el pedazo a mi boca, lo mastiqué dos veces y tragué. El frío que sentí viajando por mi tracto digestivo me hizo pensar que iba a vomitar o, peor, iba a ahogarme y morir en una cantina de Guadalajara, frente a la mirada de más de 20 machos del Mascusia. Una desgracia. Puse las manos en mi cara, arrojé la cabeza a la mesa y me lamenté por todo lo que estaba sintiendo mi cuerpo. Sentía que mi boca olía a mierda, mis manos estaban llenas del aroma del viril, y además, hasta el refresco me sabía a caja de zapatos. Miré los cuadros de chicas encueradas, las fotos de goles de partidos de antaño del Atlas y busqué inspirado por ellos una pizca de machismo o fuerza sobrenatural para no hacer el ridículo en ese bar. Vi cómo Máquina me miraba a lo lejos, medio decepcionado quizás.

Tomé el otro pedazo que quedaba de viril y esta vez me lo comí sin acompañarlo de un refresco. No sé si será por masoquismo, pero quería sentir la experiencia completa de tener un pene de toro en mi organismo. Y ver qué tan afrodisíaco era. Me tranquilicé, pedí al mesero que se llevara el plato lo más lejos de mi nariz y realmente me empecé a sentir un poco más animado. No sé si fue un efecto placebo o si en realidad era un gran afrodisíaco. Pedí la cuenta mientras de las bocinas del bar salían notas de “Te solté la rienda”, pagué y fui a lavarme las manos tres veces para tratar de sacar el olor del viril de mi cuerpo.

Me despedí de Máquina con un apretón de manos y le conté mi experiencia. Se río y me dijo “al menos ya sabes a qué saben los famosos penes de toro en Guadalajara”. Olí mis manos y volvieron a tener ese hedor a caja de zapatos. Obstinado, me limpié con el pantalón y me fui del lugar. Nunca pensé tener el pene de un animal dentro de mi boca. Ya entiendo a los veganos.

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