Así de hardcore era el porno de 1920


Seguramente no te sorprendería la trama de la película sexualmente explícita The Casting Couch. En ella, una joven entra al estudio de un productor para hacer una audición y al poco rato la convencen para una sesión de sexo a cambio de un papel en el próximo estreno de la productora. Un tópico explotado hasta el aburrimiento, tanto, que prácticamente se ha convertido en un subgénero en sí mismo. Sin embargo, hay algo sorprendente en The Casting Couch: se trata de una película porno muda, en blanco y negro, grabada alrededor de 1924.

Esta es una de las miles de películas porno duro que se grabó en los comienzos del cine y se perdió en el olvido durante la época dorada del porno, que se inició a finales de los 60 y tuvo su apogeo en los 70. Estas grabaciones solían durar entre cinco y diez minutos y mostraban breves escenas en las que se mezclaban de forma caótica secuencias de penetración, embestidas, planos de carne y, a veces, pequeños fragmentos de sexo oral y eyaculaciones.


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Existe la creencia, comprensiblemente extendida, de que la tolerancia y la apertura sexual aumentan de forma lineal en el tiempo, según comenta Albert Steg, coleccionista de películas, aficionado a este género. Debido a ello, las películas porno de los años 20 constituyen novedades de disonancia cognitiva: uno tiene la sensación de que no corresponden a su tiempo.

Sin embargo, estas películas no son tan raras y constituyen una interesante ventana al elemento de la sexualidad y las relaciones sociales de comienzos del siglo XX, del que poca constancia se tiene y que aportan un componente humano complejo y visceral a la historia.

Este tipo de películas a menudo se confunden con las primeras películas de desnudos y de cierto contenido sexual, pero son más que eso, según el historiador de medios Joseph Slade. Estas producciones eran ilegales y se realizaban de forma anónima fuera del circuito cinematográfico.

Se cree que la primera de ellas data aproximadamente de 1915, pero nadie sabe a ciencia cierta cuándo se originaron. Se produjeron más durante la década de 1920, con la comercialización de las primeras cámaras accesibles para el público general y los proyectores. Con la ayuda del crimen organizado, los emprendedores que vieron una oportunidad de negocio comenzaron a grabar estas películas y a traficar con ellas en ciudades en las que había asociaciones de hombres como los Elks, los Legionnaires, los Rotarians o fraternidades que celebraban fiestas en las que proyectaban estas películas.

Era un buen modelo de negocio, y los principales productores no tuvieron necesidad de innovar sus películas durante décadas, consolidando un estilo silencioso, caótico y en blanco y negro.

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En la década de 1960, los productores dejaron de centrarse en las convenciones de hombres. Las nuevas tiendas para adultos crearon una infraestructura de cabinas de visionado que proyectaban en bucle escenas de sexo en 8 mm, posteriormente llegaron el sonido y el color al porno.

En 1968, las clásicas producciones sexuales desaparecieron por completo y dieron paso a largometrajes con guiones más elaborados y una serie de convenciones, como la de presentar escenas sexuales coherentes y no un aglomerado de cortes sin orden ni concierto delimitados por una narrativa de introducción y de cierre.

“Getting His Goat” (años 20). Vía Albert Steg

Una década después, pese a desaparecer del imaginario social, los historiadores seguían manteniendo su interés por las películas explícitas de los años 20. Algunos, como los historiadores aficionados Al Di Lauro y Gerald Abkin, aseguran que estas películas son un registro de nuestro auténtico, feliz y mayormente oculto pasado sexual, un capítulo esencial en la evolución del porno moderno y una mirada a la historia del trabajo sexual, el papel de las mujeres en el mismo y el consumo de sexo.

Pese a su valor, este tipo de producciones resulta difícil de encontrar. No hay ningún catálogo de todas las películas hechas a lo largo de la historia, ni registro de sus autores. No hay forma de saber cómo encajan entre sí las piezas de este puzzle ni si los investigadores las tienen todas.

El único archivo conocido de películas porno antiguas es el que creo el investigador sobre sexualidad Alfred Kinsey, de la Indiana University Bloomington. Entre 1948 y 1956, Kinsey y su equipo se dedicaron a comprar copias de estas producciones donde y cuando podían, anotando información sobre los hombres que se las vendían. También hicieron tratos con la policía de todo EUA para que les enviaran todas las copias que incautaran en sus redadas. El administrador del archivo Shawn C. Wilson calcula que a día de hoy tienen 1.600 cintas.


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Wilson asegura que el archivo de Kinsey está bien cuidado: todas las películas están en buen estado, han sido digitalizadas y son usadas regularmente por visitantes y estudiosos. También señala que la colección sigue creciendo gracias a las aportaciones de la gente.

Sin embargo, Slade y otros historiadores de medios que dependen de este archivo para sus investigaciones afirman que es muy poco accesible y que algunas de las películas están tan deterioradas que prácticamente no pueden verse. Por su parte, la Indiana University parece estar orgullosa de Kinsey a la vez que un poco incómoda con su colección, teniendo en cuenta que solo la ha exhibido públicamente una vez en 2003, con motivo del 50 aniversario de Comportamiento sexual en la mujer, de Kinsey.

Linda Williams, estudiosa del porno en los medios de la Universidad de California, Berkeley, y autora del libro Hard Core (1989), señala que “Kinsey no buscaba que su colección sirviera como representación de la pornografía” o de las prácticas sexuales de la época. Él coleccionaba de forma indiscriminada, por lo que no se puede tomar el archivo como un registro definitivo y fiable de la historia de este género o de su contenido.

Slade explica que el Instituto de Estudios Avanzados sobre Sexualidad de San Francisco y el Museo del Sexo de Nueva York también disponen de archivos con este tipo de películas, aunque la mayoría está sin catalogar, lo que dificulta su consulta. Esta situación suele ser similar con el resto de museos del sexo o grupos de preservación de películas.

“La mayoría de los mejores archivos, aunque ninguno sea tan completo como el de Kinsey, están en manos de particulares”, señala Slade. Y es que la tarea de buscar este material es increíblemente difícil. Mike Vraney, de la distribuidora de Seattle Something Weird, empezó a coleccionar estas cintas y películas de la era dorada del porno en 16 y 8 mm a principios de la década de 1990 y hasta su muerte, en 2014, llegando a acumular varios cientos de piezas, según me cuenta su viuda, Lisa Petrucci. Su afición comenzó cuando encontró una pequeña colección en un almacén abandonado. A partir de ahí, la colección creció con cajas que se encontraba por casualidad o buscando en eBay.

Nico Bruinsma, de la distribuidora de Los Ángeles Cult Epics, también dice que la mayoría de sus hallazgos fueron totalmente casuales en tiendas de segunda mano o al verlos en las colecciones de otras personas.

“Nylon Man” (años 40). Imagen vía via Albert Steg.

Los coleccionistas privados que también se dedican a la distribución intentan poner sus colecciones a disposición del público (para monetizarlas). Sin embargo, la mayoría suelen editar las cintas para crear bucles, como ocurre con los 14 volúmenes de dos horas de Grandpa Buckey’s Nauhty Stag Loops and Peeps, de Something’s Weird.

A veces incluso mezclan estas escenas con otras de épocas posteriores o con escenas de desnudos hechas paralelamente a las películas explícitas de principios del siglo XX, añadiendo así más confusión sobre lo que define a este género. Otras veces añaden una banda sonora moderna o, en palabras de Slade, “comentarios tontos”, les cambian los títulos o no aportan información sobre su origen o contexto.

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Estas modificaciones les ayudan a llegar al público moderno, se traducen en ventas y potencian el componente nostálgico y de rareza de estas películas, pero son de muy poca ayuda para quienes quieren conocer estas cintas tal como eran y conservarlas.

Todo esto hace que crear un archivo exhaustivo y accesible sea prácticamente imposible. Slade calcula que probablemente la mitad de estas películas ya se habrán destruido, ya sea en redadas de censura de la época, por el deterioro que causa el paso del tiempo o por negligencia de sus dueños. Los archivos existentes son difíciles de consultar y caóticos y la búsqueda de nuevas piezas se ve dificultada por la absoluta falta de rastros que seguir y se limita a la comprobación en eBay cada cierto tiempo, con la esperanza de dar con algo valioso.

“Masque Girls” (años 40). Vía Albert Steg

“Tengo pocas esperanzas de conservar este tipo de películas”, se lamenta Williams. “Nadie parece dispuesto a pagar por contribuir a conservarlas”.

Nuestra única esperanza es que esta amenaza de desaparición lleve a estudiosos, coleccionistas y entusiastas de la historia a presionar a los archivos y coleccionistas privados para que publiquen su material, aúnen fuerzas e impulsen labores de investigación y restauración. A fin de cuentas, en eso consiste el trabajo de un verdadero coleccionista, según Steg.

“Es más divertido buscar algo que no sea fácil encontrar, le da sentido a esto”, señaló. “Estás evitando que algo acabe en el olvido”.

Sigue a Mark Hay en Twitter.

Este artículo apareció originalmente en VICE US.

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