El viaje a lo sagrado


El viaje es un espacio mensual para alterar nuestras propias conciencias en torno a las drogas y a la política de drogas. Alejandro Madrazo es Investigador del Programa de Política de Drogas del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

En este espacio queremos llegar a un lugar en que tengamos una discusión menos prejuiciada sobre las drogas. Nuestro itinerario nos llevará a explorar distintas experiencias de uso de algunas drogas. Esta y las siguientes entradas en nuestra bitácora registrarán un viaje en particular cada una y usarán como referencia un texto específico (recomendación para quien quiera más información). Pero todo viaje es también un regreso, así que en la siguiente etapa de este viaje volveremos sobre nuestros pasos, abordando cada droga visitada pero ahora desde la perspectiva de la política pública, en lugar de la de la experiencia.

En la entrega pasada sostuve que el liberalismo se enfrenta a un problema al abordar las drogas. La “intoxicación” es imaginada como algo personalísimo (sea patología o preferencia), que tiene lugar en un espacio enmarcado por una racionalidad compartida por todos. En consecuencia, el liberalismo entiende la regulación como la delimitación de ese espacio para el usuario, salvaguardando los intereses de terceros. Pero quienes “se viajan” mediante el uso de las drogas no siempre entienden su decisión como idiosincrasia delimitada dentro de una racionalidad compartida, como un paréntesis. Los usuarios buscan “alterar su conciencia”. En ocasiones, la alteración pretende, justamente, sustraerse del todo de esa racionalidad compartida y cotidiana.

Allende los límites de la imaginación liberal, la alteración más radical es quizá aquella que modifica nuestra conciencia de la realidad misma y busca trascenderla. El viaje sagrado se emprende, en las tradiciones originarias de nuestro continente, mediante el consumo de hongos o plantas nativas como el peyote, el teonanáncatl, la ayahuasca, el tabaco y etcétera. Para adentrarnos en el viaje sagrado, usaremos el libro de Julio Glockner, La mirada interior (Debate, 2015, todas las citas son de allí).


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El lenguaje es el primer obstáculo para aproximarnos al viaje sagrado. Nuestra lengua (hispánica, occidental) suele incluir a estas plantas u hongos en las categorías de “estupefaciente”, “psicotrópico” o “narcótico”. Por su etimología, los “estupefacientes” nos provocan estupor, dicho de otra forma, nos ponen estúpidos; los “psicotrópicos” reorientan o tuercen nuestra psique; y los narcóticos nos entumecen. Ninguna de esas acepciones refleja la experiencia del viajero que busca lo sagrado. Por ello, quienes saben más sobre sus usos y funciones, han rebautizado a estas plantas y hongos como “enteógenos”. La palabra viene del griego éntheos, que significa que lleva un dios dentro o está inspirado por un dios, y genés, que alude al origen, al nacimiento. Los entéogenos hacen nacer en nosotros lo sagrado.

La forma en que solemos imaginar lo sagrado también es un obstáculo. Nuestro primer reflejo es equiparar el consumo de enteógenos con algo conocido: el consumo de vino en la misa católica. Pero la “transustanciación” de seres sagrados a través de lo que ingerimos es radicalmente distinta en una y otra experiencia. En la misa, la eucaristía es una comunión simbólica y con una función específica dentro del ritual. En las tradiciones mesoamericanas, el consumo de las plantas sagradas provoca una experiencia tangible, no simbólica, y su función está más allá del ritual. Las tradiciones mesoamericanas operan dentro de “…una mentalidad religiosa que vincula a los practicantes no con un Dios-Juez-Monarca sino con un complejo de energías y procesos cósmicos que incluyen al hombre mismo” [el énfasis es mío], explica Glockner. No se trata de venerar a la divinidad, sino de participar en la experiencia de lo divino. La comunión no es simbólica, es tan real como la experiencia misma.

También es importante trascender el ritual. El “uso religioso” que imagina nuestro régimen legal (semi)liberal también tiene como referente a la misa católica. Bajo la tutela de la libertad religiosa, toleramos el uso de plantas como el peyote con fines rituales, cumpliéndose ciertas condiciones, como la pertenencia a una etnia. La ley imagina —y nosotros con ella— que ese uso consiste en un evento o una serie de eventos análogos a la misa: discretos, separables, identificables, formalmente regulados por la tradición. En consecuencia, la ley imagina que es posible mantener el uso de la planta u hongo circunscrito a ese evento o serie de eventos (como si fuera misa) y a esa etnia (como si fuesen feligreses).


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Julio Glockner explica que la religión “en las sociedades con una larga tradición mesoamericana no es un espacio desvinculado del resto de las actividades; al contrario, surge y se desarrolla dentro de ellas, otorgándoles un sentido”. En su libro encontramos descripciones sobre el consumo de enteógenos en el contexto de ceremonias religiosas, pero también fuera de ellas. Por ejemplo, para curar a un enfermo, o bien para entender —y atender— los obstáculos para que caiga la lluvia necesaria para los cultivos. “Los hongos se consultan no sólo para tener una experiencia extática, sino para enfrentar problemas específicos”.

El uso de entéogenos permite ver o incluso hablar “desde la perspectiva de lo sagrado”. Glockner describe una ceremonia que tiene lugar en las faldas del Popocatépetl: los participantes van, secuencialmente, tomando el lugar del “Santo Espíritu de Dios”, quien dialoga con los demás participantes. Cuando uno de ellos habla con la voz sagrada, es el Espíritu de Dios: “…durante la experiencia extática Juan ya no es Juan, ya no sólo es Juan, porque ha sido tocado por la gracia divina que invade su persona”.

Mediante los diálogos entablados a través de la experiencia, el grupo pregunta al “Santo Espíritu de Dios” sobre los obstáculos que retrasan las lluvias, y el Espíritu va respondiendo en boca de varios de ellos, en forma secuencial. El grupo se informa así sobre la causa de la sequía; días después emprende un camino a los lugares señalados y endereza los entuertos para, finalmente, propiciar —con éxito— la llegada de la lluvia. La cosecha entera se suscita a través de un diálogo con lo sagrado, posibilitado por el consumo de enteógenos.

El viaje sagrado no es como Las Vegas: lo que ocurre allí, no se queda allí. Las enseñanzas y transformaciones permanecen. La persona —incluso la comunidad— cambia… o más precisamente, profundiza su relación con el entorno, próximo y cósmico. Uno de los informantes de Glockner le dice sobre el uso de enteógenos durante la vejez: “Ya no es necesario. Ya aprendí todo. Los que tienen que tomar honguitos son los principiantes. Pero uno que ya pasó por allí, ya no. Ya está uno amaestrado”. Quien conoce al mundo desde la óptica sagrada, no necesita del consumo del enteógeno; lo mismo le sirven el sueño o ciertas disciplinas, como dietas o prácticas.


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Si nos tomamos en serio lo que nos dicen los informantes de Glockner, los enteógenos no sólo alteran la conciencia, al hacerlo permiten exprimentar la realidad en forma radicalmente distinta y más completa: hablar con la voz de un espíritu, ver lo sagrado o lo acaecido sin límites temporales, desplazarse en el espacio sin depender del cuerpo, incluso mutar. Los enteógenos dan acceso, en consecuencia, a lógicas radicalmente distintas a la razonabilidad compartida del “estado de vigilia”; dan acceso a un lógica en que “los seres pueden participar de dos o más naturalezas sin dejar de ser lo que son”.

Para la razonabilidad moderna en que se inscribe el liberalismo esto es insalvable, excepto como una alucinación o una esquizofrenia. Se trata, sin embargo, de una lógica compartida por muchas comunidades.

Glocker advierte: “La mejor manera de no comprender lo que este pensamiento significa es considerarlo como una alucinación producto del efecto que en el sistema nervioso causan determinados alcaloides” [el énfasis es mío]. También nos ofrece algo más que el respeto al derecho ajeno para valorar el viaje enteógeno: “Lo sagrado es un estado anímico que aparece cuando el hombre se sabe plenamente integrado a lo existente”.

Si el viaje enteógeno permite ver, hablar, exprimentar la realidad desde la perspectiva de lo sagrado, y si lo sagrado es aquello que nos permite integrarnos plenamente a lo existente… entonces a la vuelta de este viaje quizá pensemos en políticas públicas y regulación cuidándonos de no abordar los enteógenos como un vestigio cultural, un credo particular ni como algo que debemos tolerar en el margen de nuestra comunidad política… Quizá estamos ante una riqueza cultural, botánica y espiritual aún no valorada que debemos, ante todo, regular para poderla cuidar y también entender mejor.

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