Una carta para Sergio Pitol, de ‘Sergio Pitol’


“Al leer mis diarios advertí un constante aire de vida futura”

—Sergio Pitol

Querido Sergio,

Nunca me conociste, pero nadie me podría conocer sin saber de ti. Empecé tardíamente en el hábito de la lectura, de la literatura y la memoria e imprevisiblemente, tuve un mentor que me instruyó en cómo hilar frases, usar comas y adorar mi lengua materna, sin haberlo conocido. Ese, sin duda alguna, fuiste tú.

Te conocí como un chiste de la preparatoria. Cuando tenía 17 años el profesor de biología había notado, me gusta creer, que no siempre me interesaba su materia y que divagaba escribiendo otras cosas. Siempre pensaba, divagaba y “viajaba”, tal vez como a ti te hubiera gustado. Tan sólo unas semanas después de haber comenzado clases, mi profesor me apodó con un nombre que ahora veo como sentencia: Sergio Pitol. Hasta la fecha todos mis amigos me dicen así y honestamente, me siento inmerecido de semejante homenaje. El apodo se quedó conmigo y mi entorno, como un leitmotiv, una promesa o una constante que me señala un camino que, en cualquier caso, supera al literario.

Pasó un año y descubrí que teníamos algo más que un nombre compartido. El libro se encontraba en la parte más alta de la librería en la que lo vi, como si se escondiera con vergüenza de lo alto que había deseado llegar y reafirmara el estatuto mítico o trágico que tienes en nuestra lengua. Blanco de portada, con tres agujeros mostrando la radiografía de un animal muerto, de inmediato entendí que ese libro eras tú. No una novela, no un cuento, no una historia, sino una vida, un hombre que se acercó al sol y se le fundieron las alas antes de tocarlo, tu libro: Ícaro (Almadía, 2007). Como tú en la mía, entré a tu vida sin prospectos académicos ni aspiraciones juveniles de convertirme en escritor, pongo de facto: no lo soy. De pronto, empecé a sentir paralelismos que me unían contigo, consciente o inconscientemente, buscaba reflejarme en lo que narrabas de tu vida, quería hacerte orgulloso como si fueras mi propio padre.

“Si voy a ser Pitol tendré que ponerme a la altura”, me dije a los 18 años, temiendo que, al igual que las tuyas, mis alas terminaran quemándose. Adopté tu nombre como un reto, una meta y una aspiración. Sin apologías, no sé qué me gusta más, que me digan Sergio, Pit o Pitol. Seguí tus innumerables historias de viajes a Rusia, Turkmenistán, España, la toscana italiana, Roma, en el oriente desconocido para simples mundanos hispanohablantes y los comencé a hilar en un mapa mental. El mapa mental, sin embargo, no es una serie de globos que dicen ciertas cosas sobre un tema, se trata de un mapa mundial que traza la historia del mundo entero, descrito por ti en busca de una atemporalidad que si bien se logra en palabras, lentamente se convierte en una fantasía histórica.

Sergio Pitol. Foto por Pedro Valtierra / Cuartoscuro.com.

Nací en 1993, tú en 1933, siempre me tuviste 60 años de ventaja y siempre los tendrás. ¿Cómo alcanzar una vida marcada por interminables traducciones, anécdotas, ficciones e invenciones? El universo que construiste sólo fue así porque la realidad, me parece, nunca te fue suficiente. Nunca me tomé la molestia de checar qué lugares son ficticios y cuáles son reales; la mera pregunta insultaría tu ingenio. Todos son ficticios y, al mismo tiempo, reales. Los construiste como castillos de arena que con el tiempo se lleva el viento.

Recuerdo cómo me relatabas tus difíciles años en la carrera de derecho, tu exilio a tu amada Xalapa, tu cierre del mundo exterior para poder empeñarte a hacer una cosa y sólo una: escribir. Ese exilio aún te lo debo, pero te puedo prometer que se avecina con la misma necesidad que un baile en los callejones de Asjabad. Extrañamente, ya como adulto, me haces sentir como un niño escuchando historias de su abuelo o recordando sucesos y momentos que nunca podría haber vivido. Una cercanía que llega al tacto directo, físico y no escatima en hacer sentir, con un ineludible halo de misterio, que todavía me falta mucho por conocer. Por eso mismo te adopté, por la radical libertad que compele a vivir más, a esperar más de lo que es dado, a conocer todos los universos escondidos detrás de páginas de novelas que analizas y los boletos de aviones que tomaste.

El arte de la fuga con los demás y la diplomacia con uno mismo. No soy ningún académico ni literato, sólo un aficionado que con leerte descubrí que la vida no tiene que ser como se nos fue descrita. El paralelismo lo encuentro entre un modelo aspiracional; la seriedad con la que escribes y la soltura con la que notablemente viviste. Libre como Los Climas, mágico como El Mago de Viena, el discurso que diste para inaugurar la biblioteca del Instituto Cervantes de Sofía, se convirtió en una reflexión sobre la palabra libro y hoy lo revierto hacia ti:

“La palabra ‘libro’ está muy cercana a la palabra ‘libre’; sólo la letra final las distancia: la o de libro y la e de libre. No sé si ambos vocablos vienen del latín liber («libro»), pero lo cierto es que se complementan perfectamente; el libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres.

Libres de la ignorancia y de la ignominia, libres también de los demonios, de los tiranos, de fiebres milenaristas y turbios legionarios, del oprobio, de la trivialidad, de la pequeñez. El libro afirma la libertad, muestra opciones y caminos distintos, establece la individualidad y al mismo tiempo fortalece a la sociedad y exalta la imaginación”.

Ésta es una nota que no habla sobre las bibliotecas de Alejandría, no habla de tu genio ni de tus escritos, habla de ti, de la persona que eres y la visión del mundo que todos quisiéramos tener. Y que yo, por encargo de mi profesor de biología de quinto de preparatoria, estaría honrado de imitar. El mago hizo un último truco, como corolario, se desvaneció.

Desde tu apócrifo imitador.

Gracias, Sergio Pitol.

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