Sexo gay desenfrenado con drogas sintéticas: el mundo del Chemsex


Hace casi treinta años, David Stuart recibió la noticia de lo que para él era una sentencia de muerte inmediata: había contraído VIH. Él, que desde su salida del clóset la había tenido difícil para construir relaciones de intimidad y confianza, asfixiado por los gruesos estigmas que implicaba ser un joven gay en la Londres de los ochenta, sentía ahora que debía renunciar también a su vida sexual, el único bastión de seguridad que todavía conservaba. El miedo exacerbó la idea de que él ya no era nada por fuera del virus. El miedo y el dolor de los rechazos, que ya no eran solo los de un entorno conservador con una gran carga histórica de violencia homofóbica, sino los de su comunidad misma.

“Heredas un montón de estigmas cuando dices que eres VIH positivo”, afirma Stuart, mientras recuerda cómo sus amigos cercanos dudaban de si compartir con él un vaso de agua o cómo algunas parejas sexuales vivían en constante suspicacia de sus mismos besos. El desesperante panorama detonó algo en él. Algo que lo empujó a finales de los noventa a un territorio pantanoso que llevaba un tiempo cocinándose entre hombres gays de las grandes capitales de Europa: el emergente terreno del chemsex. “Las drogas ya estaban muy normalizadas entre las comunidades gays cuando yo entré en ese mundo”, cuenta Stuart, “pero esto era muy distinto”.

Stuart fue el primero en acuñar la palabra chemsex —al que también se refieren como party n’ play (PnP)— para referirse a una práctica insólita en la historia reciente y, según él, exclusiva de la cultura gay moderna. Se trata de un hábito que, en principio, no suena a nada que no haya ocurrido antes en la historia de la humanidad: tener sexo bajo los efectos de las drogas. Pero Stuart, desde el comienzo, detectó que lo que él veía en las culturas gays de su ciudad era un caso muy diferente: “Las drogas tienen usos muy distintos. Los hombres gays históricamente siempre han preferido drogas que los hagan entrar en conexión, las drogas festivas, esas que los hacen relacionarse con otros”, dice. “Piensa en el estereotipo: un hombre gay, cuyo deseo ha sido aislado históricamente, no va a buscar drogas que lo hagan aislarse más como la heroína o el crack. Va a buscar drogas que lo ayuden a establecer conexiones, como el éxtasis, el MDMA o la cocaína”.


Conferencia sobre chemsex de David Stuart:

En principio, los usos de esos estimulantes no parecían ser algo problemático. Pero las reglas de juego cambiaron a finales de los 2000: “Ya no se trataba de cualquier sexo ni de cualquier tipo de drogas. El chemsex [una contracción de los términos chemicals/chems (drogas de laboratorio) y sex (sexo)] era una práctica diferenciada, más peligrosa, propia del surgimiento de las aplicaciones de citas para hombres gays en internet y la popularización de tres estimulantes mucho más potentes dentro de esta comunidad: la metanfetamina, la mefedrona y el GHB/GBL”. Esas tres drogas fueron las que se bautizaron en el Reino Unido como chems, cada una con sus propios nombres nombres en clave: crystal, tina, T, G, M-Cat, Meow Meow

También fueron las que empezaron a despertar, hacia 2010, las alertas de muchos centros de atención sexual. “A mi consultorio estaban llegando cada vez más hombres gays trasladados de emergencia después de desmayos provocados por sobredosis, afectados, con problemas de salud”, cuenta Stuart. “Y de acuerdo al Sistema de Salud Público del Reino Unido, el número de hombres gay que está inyectándose es más alto que nunca en la historia, por lo cual el ascenso en índices de VIH y ETS ha sido descomunal”. Antes, dice, el índice de personas que resultaban en centros de atención era muy reducido; pero con la llegada de los chems y las nuevas prácticas sexuales diseminadas a través de la difusión de apps como Grindr, el índice de hombres yendo a centros de atención sexual por condiciones derivadas del chemsex se disparó.

En el documental Chemsex, producido por VICE UK, se ilustra muy bien cómo maniobran las personas que lo practican: un hombre gay descarga aplicaciones de citas como Grindr, Scruff o Jack’d, cuadra con una pareja sexual, se ven, alguno de los dos tiene drogas o las compran fácil por internet, a veces hasta por las mismas aplicaciones, tienen sexo, quizá van a un sauna, la estimulación los hace querer más y pueden durar hasta tres días en grandes fiestas sexuales con muchos otros hombres, esnifando, teniendo sexo sin protección (barebacking) y dando rienda suelta a otros fetiches en el más puro derroche de placer químico. El más común: el slamming, una práctica en la que los hombres se inyectan entre ellos dosis líquidas de chems mientras tienen sexo desenfrenadamente.


Tráiler del documental Chemsex, de VICE UK

Stuart vivió él mismo esos efectos adictivos y tuvo un giro dramático cuando fue arrestado por comerciar drogas en su comunidad en Londres: “El Sistema de Justicia Criminal [del Reino Unido], injusto para la mayoría de usuarios de drogas, fue el catalizador que me impulsó a cambiar. Eso y el amor de mi propia comunidad gay”. A raíz de eso, decidió fundar un centro de atención sexual, la 56 Dean Street, desde donde ha liderado servicios de apoyo a hombres gay en Londres y desde donde cofundó el Foro Europeo de Chemsex.

Aunque todavía no hay ningún dato firme en Colombia y el rastreo de la llegada del chemsex permanece aplacado por el hecho de que la salud sexual gay no está en la agenda pública, le pedimos a Stuart, quién hará parte del programa de la Semana Psicoactiva de Échele Cabeza del 17 al 20 de abril en Bogotá, que nos explicara mejor de qué se trata esta movida, por qué es un problema de salud pública y cómo combatir los prejuicios asociados a la salud reproductiva de los homosexuales.

VICE: Algunos entienden el chemsex solo como el uso de drogas para potenciar la experiencia sexual, pero tú has identificado que es un problema social, cultural y de salud pública más complejo, ligado a la actual cultura gay. En ese contexto, ¿qué es el chemsex? ¿Cómo se diferencia del uso regular de drogas durante el sexo?
David Stuart: La definición real de chemsex es algo exclusivo de la cultura gay. Chemsex es una palabra que yo acuñé en mi intento por describir un fenómeno que estaba ocurriendo en las comunidades gays y las redes sexuales de mi ciudad hace casi veinte años, algo que parecía muy diferente a los usos de drogas en otras comunidades con las que estaba familiarizado. Cuando hablo de chemsex me refiero a un fenómeno única y específicamente ligado a las tendencias de cortejo gay y las idiosincrasias culturales homosexuales que han evolucionado como parte de las culturas de citas gay online y el uso de aplicaciones de sexo (la selección serológica de las parejas sexuales dependiendo de su estatus de VIH, los estigmas alrededor del virus, el prejuicio femenino/masculino, así como las identificaciones y rechazos entre diferentes tribus).

El chemsex también tiene que ver con la disponibilidad desproporcionada de drogas recreativas particularmente dañinas que se han implantado de forma tan amplia entre los hombres gay, bisexuales y queer a través de las aplicaciones de citas virtuales (donde se conocen como chems las metanfetaminas, la mefedrona y el GHB/GBL). La proliferación de estas drogas cambió globalmente el panorama para las comunidades gay con la llegada de las apps para tener sexo: el que antes era un uso recreacional de drogas de bajo riesgo se volvió un uso de drogas epidémico mucho más complejo y dañino para los individuos y comunidades. El chemsex, aunque a veces solo se trata de la búsqueda del placer en el sexo homosexual, se trata a veces de cómo los hombres están intentando medicar los complejos problemas que inhiben el disfrute del sexo gay: la homofobia social internalizada, el impacto de la epidemia del VIH/sida entre las comunidades gay y la vergüenza religiosa o cultural que suele asociarse al sexo gay.

Es importante decir que no todos los hombres gay se enganchan en el chemsex y que no todos los hombres gay que usan drogas lo hacen de formas problemáticas. Sin embargo, el chemsex sí afecta de forma desproporcionada a las comunidades gays en muchas ciudades del mundo. El resultado ha sido un número desmedido y preocupante de muertes, adicciones, problemas de salud mental y emergencias médicas. Esto exige nuestra completa atención.


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¿Cuáles son las drogas más usadas por la gente en el chemsex y cuál es la más peligrosa?
La metanfetamina cristalina ( crystal methamphetamine), la mefedrona y el GHB/GBL son las drogas conocidas como “chems”, aunque hay variaciones regionales. Estas tres drogas tienen efectos en nosotros diferentes a los de los más populares éxtasis, el MDMA y la cocaína. Los “chems” producen un grado de desinhibición más grande que los de otras drogas, particularmente en términos de comportamiento sexual. Nunca habíamos visto el número de muertes ocasionadas por las drogas más populares que las que hemos visto con el GHB/GBL (un hombre gay muere de sobredosis de GHB/GBL en Londres cada mes). Nunca habíamos visto el grado de sicosis, caos y adicción de drogas populares antes como la vemos ahora con las metanfetaminas y la mefedrona. No me gusta comparar las drogas en términos de daños: el GHB/GBL mata a más gente que la metanfetamina, pero la metanfetamina conlleva más daños de salud mental y en la vida cotidiana que el GHB/GBL. En ese sentido, no sería posible hablar de una droga más peligrosa que otra.

Algunos investigadores piensan que la soledad, la sexualización desmedida y los excesos en hombres gay adultos es una consecuencia de la marginalización y represión histórica del deseo queer. ¿Crees que el abuso del chemsex también puede ser resultado de esa marginalización y represión?
Hay muchas razones por las cuales la gente usa drogas y ocurre igual con el chemsex. Algunas veces se hace solo por diversión, pero se sale de control; algunas veces es por el trauma histórico o por un complejo sentido de autodesprecio. Pero sin duda podemos afirmar que la represión del deseo queer complica el disfrute del sexo homosexual: muchos hombres gay se sienten culpables por sus fantasías o experimentan muchos pensamientos nocivos en sus cabezas durante el acto sexual. Algunas veces sienten ecos de los juicios religiosos o del asco homofóbico con el que han crecido.

Esto inhibe significativamente el placer en el sexo. Las drogas, sobre todo, son desinhibidores, entonces ayudan a limpiar los pensamientos y emociones que interfieren en ese placer del sexo gay. No tengo duda de que si se suprimieran la vergüenza y el asco del sexo gay, si se celebrara de forma más amplia en la sociedad como una expresión saludable de la conexión y la intimidad, entonces el chemsex no sería el problema de salud pública que está siendo hoy.

Has desarrollado diferentes servicios y estrategias de apoyo para la gente que está enganchada en el chemsex. En tu experiencia, ¿cuáles han sido las estrategias más efectivas para las personas a las que esto se les ha vuelto un problema serio?
El apoyo terapéutico y los tratamientos de salud son, sin duda, una forma muy importante para lidiar con los problemas del chemsex en nuestras ciudades y comunidades. No obstante, la forma más efectiva para generar cambios, y lo que más disfruto de mi trabajo, es promover el diálogo y la discusión en torno a estos problemas complejos en el marco de nuestras propias comunidades. “Let’s Talk About Gay Sex and Drugs” es una tarde de open-mic (micrófono abierto) en la que artistas del performance, poetas, activistas, drag queens y cualquiera que quiera expresar una opinión, puede subirse al escenario, tomar el micrófono para comunicar su propia experiencia con el chemsex y generar impactos en sus propias comunidades.

Una vez invité a un fotógrafo de fetiches para que hiciera una exposición de chemsex que, aunque escandalosa y controversial, sacó el tema del clóset y generó mucha discusión en nuestras comunidades. Eso ayudó a aflojar los tabús y a explorar razones y soluciones. Aunque es un asunto de salud pública, antes que nada es un asunto de comunidad, en el que primero deberíamos explorar las definiciones de la liberación sexual gay en estos tiempos complejos y cambiantes, promoviendo el diálogo en nuestras propias escenas.

David Stuart fue la primera persona en acuñar el término “chemsex” para hablar de la tendencia entre hombres gays de tener sexo con drogas como el crystal meth, la mefedrona y el GHB | Cortesía David Stuart

Enfoques como el tuyo insisten en que el chemsex es un problema de salud pública que debería ser abordado a través de políticas gubernamentales. ¿Cómo ha sido la experiencia en el Reino Unido? ¿Sabes de algún país que haya tenido políticas públicas exitosas de mitigación de riesgos del chemsex?
Aunque el chemsex es, en principio, un tema absolutamente privado, se vuelve un tema de salud pública cuando hay un número significativo de gente que necesita ayuda por sus consecuencias: por ejemplo, cuando los índices de VIH de nuestras ciudades son afectados directamente por esta práctica. Los hombres que se enganchan merecen un apoyo efectivo de prevención de VIH (y atención médica digna si resultan VIH positivo). También merecen un apoyo en uso de drogas y comportamiento sexual culturalmente competente si su uso se vuelve problemático

Este tipo de apoyo solo es posible si las estrategias de salud pública de los gobiernos lo identifican como un problema, y los servicios de salud desarrollan respuestas efectivas. El chemsex se identificó como un problema en la English government drug strategy of 2017. Eso hizo que los investigadores y los funcionarios públicos la tuvieran más fácil para crear mejores servicios de apoyo en el Reino Unido, reduciendo los daños a los individuos y ayudando a manejar las epidemias de VIH en nuestras ciudades. Muchas otras ciudades en Europa, Australasia y las Américas han desarrollado servicios de apoyo para el chemsex con el apoyo de los cuerpos de salud pública de los gobiernos.

¿Qué rol ha jugado esa epidemia de VIH/sida en ciertas comunidades gay en la normalización y popularización del chemsex? Es evidente que el problema es aún más grave con prácticas como el barebacking y el slamming
No hay duda de que la existencia del VIH ha afectado de forma particular la experiencia de los hombres gay y su experiencia sexual. Los complejos lenguajes de vergüenza tranzados en las apps de sexo y en las negociaciones de la prevención del VIH son complejos, requieren habilidades comunicativas, seguridad y un gran arsenal de información biomédica. Alguna gente, cuando está en la cama con una pareja, solo puede pensar en la enfermedad. Alguna gente que es VIH positivo se siente “enferma” o poco atractiva por su estatus, haciendo que su experiencia sexual cambie.

El chemsex, aunque a veces solo es la búsqueda del placer en el sexo homosexual, se trata a veces de cómo los hombres están intentando medicar los complejos problemas que inhiben el disfrute del sexo gay

Hay también algo del trauma intergeneracional heredado de hace 40 años de una miedosa y devastadora epidemia de VIH, con memorias y actitudes pan-generacionales hacia el sexo gay seguro. Los cambiantes métodos de prevención del VIH son muy confusos. Muchos hombres gay encuentran este panorama sexual increíblemente complicado cuando buscan sexo, amor o una relación; muchos simplemente piensan que es más fácil drogarse con chems, disfrutar del sexo y preocuparse después por las consecuencias. No podemos negar el hecho de que los chems son muy útiles para ayudarnos a disfrutar del sexo gay escapando de todas la cargas desagradables que se le han impreso.

Reconociendo los riesgos del chemsex y el sexo sin protección, así como los estigmas que ha traído a las comunidades homosexuales, ¿cómo piensa que podemos evitar la patologización de los hombres gay y la estigmatización del sexo gay como “sucio”, “irresponsable”, “inseguro”?
No es el chemsex o el sexo sin protección el que ha traído los estigmas a las comunidades gay: de hecho, son muchísimas más las personas heterosexuales que usan alcohol para tener sexo que personas homosexuales usando drogas. Y también son más los heterosexuales teniendo sexo sin protección que los hombres gay. Los estigmas de los que hablas no tienen nada que ver con las drogas o la prevención del VIH o las ETS: tienen que ver con la homofobia, los conceptos de masculinidad entre personas heterosexuales, juicios religiosos y/o morales que todos cargamos con nosotros por nuestra crianza.

El chemsex, el sexo gay, el sexo sin protección, el sexo fuera del matrimonio, el sexo grupal… todas esas cosas pueden practicarse de forma segura con la información correcta si somos respetuosos y afectuosos con nosotros mismos, con nuestras parejas y con nuestras comunidades. Y si alguna de estas prácticas deriva en odio, exclusión, juicios, estigmas o crueldad, entonces debemos con más fuerza evitar la tentación de “dejar de hablar de eso”; en cambio, debemos continuar teniendo diálogos saludables en nuestras comunidades sobre todos estos asuntos. Porque, hay que recordarlo: el silencio equivale a la muerte. Esta es una verdad tanto para el chemsex como para el VIH/sida.


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La homofobia y la violencia hacia la gente LGBTI en países como Colombia han hecho casi imposible mantener registro o abordar problemáticas como el chemsex y sus riesgos. ¿Cómo crees que es la mejor forma de abordar un tema tan estigmatizado como este en una sociedad en el que la salud pública gay nunca está en la agenda?
La homofobia y transfobia son prácticas condenables, especialmente cuando interfieren con la salud pública de ciudadanos para quienes el derecho a la salud es fundamental. Todos merecemos acceso oportuno a servicios de salud; una sociedad puede desmoronarse si no ocurre eso. Pero sabemos que hay muchas culturas en el mundo en las cuales esos derechos no existen, donde los conceptos de masculinidad, género, religión, moral y expectativas sociales pueden ser un obstáculo para la autodeterminación y el acceso a derechos básicos.

En algunos casos, como ocurre con el chemsex, lo más fácil sería vincular la práctica a un problema de salud pública identificable. Si en Colombia los investigadores pudieran vincularlo, por ejemplo, a cifras de VIH, eso podría ayudar a las autoridades a ver más allá del estigma y el prejuicio, verlo como algo nada distinto a cualquier otro problema de bienestar entre sus ciudadanos. Puede, de hecho, ser más barato para los gobiernos ofrecer apoyo a quienes están enganchados en el chemsex que atender todos los diagnósticos de VIH que resultan de prácticas como esa. Porque, en realidad, eso es el chemsex: un simple asunto de bienestar y salud camuflado detrás de un paquete enorme de escándalos morales y religiosos y estigmas homofóbicos.

Y con relación al marco más amplio de cómo seguir enfrentando la homofobia y violencia hacia personas LGBTI, debemos seguir actuando, marchando, saliendo a las calles, debemos seguir siendo ruidosos cuando podamos, seguir activos, orgullosos del sexo que tenemos, orgullosos de nuestra feminidad cuando incomoda, orgullosos de nuestra expresión de género. También debemos protegernos de las violencias cuando podamos. Es una verdad triste, pero la lucha por la igualdad y el respeto suele tener un costo alto; eso es lo que nos ha mostrado nuestra historia. Tengamos fe en que las cosas van a cambiar. Sigamos haciendo activismo y estando orgullosos de nosotros mismos. Y tengamos gran sexo, a pesar de cuánto le desagrade a tanta gente en el mundo.

Este artículo apareció originalmente en VICE CO.

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