Medusa: una víctima de violación convertida en monstruo


En las respetadas paredes de la Galería Uffizi en Florencia hay una pintura de Caravaggio representando a la criatura femenina con cabellos de serpiente. La temática es tan majestuosa y terrible que el poeta del siglo XVI, Gaspare Murtola, una vez escribió sobre ella: “Huye, porque si tus ojos se petrifican con asombro, ella te convertirá en piedra”. Mostrando los dientes, la cabellera de víboras serpenteantes y la cabeza cortada escurriendo sangre, la criatura está capturada en el momento en que se da cuenta de su condición incorpórea. Claro, estamos hablando de Medusa.

Desde las primeras épocas de la civilización occidental, cuando los mitos empezaban a forjarse, la sociedad ha estado fascinada con la imaginación de la antigua Grecia. Hoy en día, las historias sobre dioses, Titanes y gigantes constituyen los cuentos infantiles, mientras que una variedad de monstruos mitológicos ha cautivado el ojo del espectador en la pantalla grande. Sin embargo, quizá no haya personaje femenino más popular que Medusa, el monstruo que podía convertir a los hombres en piedra con su sola mirada.

Desde una villana con vestido ajustado en The Powerpuff Girls hasta la mordaz metáfora de Margaret Thatcher en la canción “Madam Medusa” de UB40, el mito de Medusa permanece en la cultura pop contemporánea. Durante las últimas dos décadas, el personaje ha aparecido en el cine sobre todo en formas seductoras: Natalia Vodianova prestó su figura como supermodelo en el remake de 2010 de la cinta Clash of the Titans, mientras que Uma Thurman jugó un papel particularmente seductor en Percy Jackson and the Olympians: The Lightning Thief. Incluso la Casa de Versace encontró inspiración en la gorgona, colocando una versión hermosa (previa a la maldición) en el centro de su icónico logo. Ahí está, con cabello rizado, encerrada en un círculo de grecas.

Uma Thurman como Medusa en Percy Jackson and the Olympians: The Lightning Thief.

A diferencia de otras figuras de la mitología griega, la mayoría conocemos a Medusa; incluso si no podemos recordar los detalles de su historia. Un boceto rápido del personaje bien podía incluir serpientes, ojos fatales y un sabor a destrucción. En su libro Literature and Fascination, Sibylle Baumbach sostiene que el mito sobrevivió en parte gracias a nuestro creciente apetito por las grandes narrativas de la fascinación, las cuales a menudo suceden alrededor de la peligrosa seducción femenina. Ahora, Medusa es una “imagen multinacional de la intoxicación, la petrificación y la atracción seductora”. Una simple búsqueda en Google diría lo mismo, casi todas las imágenes oscilan entre una mujer fatal vestida con una víbora (mira la portada de Rihanna para GQ) y un ser horrible decapitado, salpicando sangre.


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En el mundo antiguo, Medusa también era multidimensional. Las primeras vasijas la representan como una gorgona de nacimiento, pero esa percepción cambió poco a poco. El primero en explorar su historia original en la literatura fue el poeta romano Ovidio, quien detalló su transformación en las Metamorfosis alrededor del siglo VIII a.e.c. Según Ovidio, Medusa era una hermosa doncella, la única mortal de tres hermanas conocidas como gorgonas. Su belleza cautivó la mirada del dios del mar, Poseidón, quien la violó en el templo sagrado de Atenas. Furiosa por la profanación de su templo, Atenas transformó a Medusa en un monstruo con la capacidad mortal de convertir en piedra a cualquiera que la mirara a la cara.

Sin embargo, las nuevas versiones del mito (por lo menos las más populares) se enfocan en lo que sucede después, colocando a Perseo en el papel central. El semidios es enviado por Polidectes, rey de Séfiros, en una misión para traer la cabeza de Medusa. Utilizando un escudo de bronce reflejante para proteger sus ojos, Perseo decapita a Medusa, liberando al caballo alado, Pegaso, de su cuello herido. Después de usar la mirada petrificante para derrotar a sus enemigos de batalla, Perseo ofrece la cabeza de la gorgona a Atenas, quien la exhibe bajo la protección de su escudo. Es a través de esta narrativa masculina que Medusa fue reducida a la monstruosidad.

Mosaicos con la cabeza de Medusa, alrededor del 115–150 a.e.c., cortesía de J. Paul Getty Museum, Los Ángeles.

Si regresamos a la antigüedad griega, Medusa era una fuerza poderosa dotada de la capacidad de matar y redimir. Los escultores y pintores utilizaban la cabeza de Medusa como un símbolo apotropaico para protegerse de los espíritus malvados. Pero su trágica belleza era más inspiradora. Por ejemplo, los mosaicos que exhibe el Getty, donde los cabellos salvajes y serpentinos de Medusa se representan como rizos alborotados por el viento, mientras que su cabeza ligeramente ladeada muestra su mirada petrificante. Su cabeza se erige desde el centro del mosaico, un talismán protector impreso dentro de círculos concéntricos. Hay muchos otros ejemplos incontables, donde aparece más como una musa que como un monstruo.

Para el Renacimiento, esa mística dio paso a una diferencia temible. La estatua de bronce por Cellini (1554) representa a un Perseo triunfante encima de su cuerpo, sosteniendo su cabeza en alto. La política estaba en juego: le pidieron a Cellini que usara la narrativa heroica de Perseo, el hijo de Zeus que enviaron a matar a Medusa, como forma de reflejar el poder de la familia Medici sobre el pueblo florentino. Otros artistas hicieron lo mismo: en 1598, Caravaggio pintó su macabro escudo ceremonial. Él también quería una pieza que se ganara la admiración de los Medici; así que retrató a Medusa en el momento en que fue conquistada, transfiriéndole su inmenso poder al espectador.


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Más adelante, en la Revolución Francesa, y durante un tiempo, Medusa se convirtió en la fuerza del cambio. Los rebeldes jacobinos la usaron como un emblema de la “Libertad Francesa”, transformando el símbolo demoniaco en un medio para socavar el sistema. Mientras tanto, los románticos como Percy Bysshe Shelley se movieron mucho más allá de otras representaciones del siglo XIX. El poeta estaba tan inspirado por su visita al Uffizi que rindió tributo, deshaciendo el marco patriarcal que había hecho de Medusa un símbolo de horror. Una vez se quitó la mirada masculina aterrada y denigrante, podemos recuperar la “gracia” y “luminosidad” de Medusa, retratándola como humano otra vez.

Perseo con la cabeza de Medusa, Benvenuto Cellini (1554), vía Wikimedia Commons.

Shelley no fue el único que pensó que Medusa había sido incomprendida. En su manifiesto The Laugh of the Medusa (1975), la teórica feminista Hélène Cixous sostiene que el hombre creó el monstruoso legado de Medusa a través del miedo al deseo por las mujeres. Argumenta que si se atreviesen a “mirar a Medusa directamente”, verían que “no es mortífera, es hermosa y está riéndose”. Al documentar sus experiencias, Cixous escribió que las mujeres pueden deconstruir el sesgo sexista que considera al cuerpo femenino como una amenaza. Después de siglos de silencio, las conversaciones sobre la cultura de la violación comenzó a restaurar la voz de Medusa.

Es fácil ver por qué el manifiesto de Cixous resonó a lo largo y ancho del mundo. ¿La historia de una mujer poderosa violada, satanizada y degollada por una sociedad patriarcal? No parece tanto un mito antiguo como una realidad moderna. La forma en que Medusa ha resurgido en los ciclos electorales recientes también indica la ubicuidad de la misoginia: Angela Merkel, Theresa May y Hillary Clinton han recibido el trato Medusa últimamente, superponen sus rasgos en cabezas decapitadas y sangrantes. Incluso una popular caricatura muestra a Perseo-Trump, blandiendo la cabeza de su adversaria electoral.

Cuando se trata de silenciar a las mujeres, la cultura occidental ha tenido miles de años para practicar, escribe Mary Beard en Women and Power: A Manifesto. Beard propone que la exclusión de las mujeres de las estructuras de poder modernas pueden trazarse hasta la era clásica. Y cada vez que una autoridad masculina es amenazada, escribe, Medusa —el arquetipo de una mujer ingobernable— se materializa para ilustrar los peligros de la acción femenina.

Lo que queda claro por el rostro cambiante de Medusa es que no hay una verdad universal sobre su mito. Hermosa víctima, villana monstruosa, deidad poderosa… ella es todo eso y más. Quizá es porque su naturaleza mercuriana la convierte en una fuente inagotable de fascinación. En cierto sentido ella es vehículo de nuestras proyecciones colectivas tanto de miedo como de deseo: al mismo tiempo un símbolo de la ira y figura sexualizada de la mujer por las mismas fuerzas patriarcales de las que busca vengarse.

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