Tomar clases en prisión me ayudó a olvidar que no era libre


Este artículo fue publicado en colaboración con el Proyecto Marshall.

“Nombra tu libro favorito, y dile a la clase qué te gusta sobre escribir”, dijo nuestro profesor el primer día, pidiéndole a cada uno de nosotros que nos presentáramos.

La autobiografía de Malcom X“, dije. “Y me gusta escribir porque puedo dibujar una imagen de igualdad y justicia con mis palabras”.

Nos sentamos en mesas agrupadas en medio de la biblioteca, que nos sirvió como aula improvisada de universidad. Nuestro profesor estaba al frente de la sala, cerca al tablero, en el que escribía sus lecturas. A un lado había una serie de computadores que nunca parecían funcionar bien, y un escritorio de un oficial. Antes podíamos leer libros y tomar clases no acreditadas en la biblioteca. Pero cuando la administración de Obama le dio acceso a algunos reclusos a las becas Pell en 2015, la Universidad de Baltimore trajo la universidad a la prisión.

Hicimos una prueba de escritura el primer día. Recuerdo estar sentado en la clase tratando de pensar en qué escribir. Escribo mejor cuando estoy apasionado, así que decidí escribir sobre mi hijo, y de lo feliz que se puso cuando le dije que estaba tomando clases universitarias. Él tenía ocho años cuando me alejé por primera vez en septiembre de 2004. Ahora tiene 14. A pesar de estar encerrado, las clases me ayudaron a olvidar que no era libre. Podía olvidarme de los guardias que nos atacaban cuando estaban agitados. Podía olvidarme de tener que volver a mi celda. La clase era un espacio seguro, y yo era un estudiante universitario.


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Al principio, todos venían a clase desde dos o tres diferentes edificios de la Institución Correccional Jessup. A veces teníamos problemas para llegar a tiempo porque los oficiales se demoraban en contar a todos los presos. Les dijimos que tomábamos clases por crédito y necesitábamos las horas para ganar nuestros diplomas, pero no les importaba.

Eventualmente, terminamos preguntando si los 30 estudiantes en el programa podíamos vivir cerca, en el mismo edificio. Algunos chicos dudaron al principio. Estaban cómodos en donde vivían, habían estado en la misma celda, en el mismo nivel por cinco o seis años. Pero quería mudarme, y fui muy expresivo al respecto. Pensé que sería bueno para nosotros. Podríamos tener nuestro propio nivel, lejos de las puñaladas e influencias negativas. Podríamos poner un pequeño librero en el cuarto. Podríamos crear un campus.

Cuando por fin tuvimos nuestro propio espacio, fue horrible. Las celdas eran muy sucias. Pero todos ayudamos y limpiamos todo. Llamamos a nuestra nueva unidad un “compus”, una mezcla entre compuesto y campus. Tratamos de tener un cuarto dedicado para nuestras clases, así no teníamos que encontrarnos en la biblioteca, que estaba abierta a todos los prisioneros, pero las políticas de la prisión nunca lo permitirían.

Aún así, estudiaríamos juntos en nuestra sala de día. Incluso creamos un juego para ayudarnos a prepararnos para los exámenes. Era como Jeopardy mezclado con la Family Feud. Nos separábamos en grupos, y si teníamos examen de historia, podíamos tomar las preguntas de nuestra guía de estudio y ponerlas en categorías. Por ejemplo, “Guerra civil” por 100, 200, 300 y así. Cada uno podía cooperar para tener un premio para los ganadores. Íbamos a la comisaría y comprábamos galletas o papas y las poníamos en una bolsa. Probablemente les agregábamos unos 20 dólares, y el grupo ganador se dividía la bolsa.


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Cuando era más joven, no siempre disfrutaba aprender. Es triste, pero sabía que terminaría en prisión antes de ir a la universidad. Al crecer en el Este de Baltimore, no conocí ningún hombre negro positivo que hiciera algo legal. No recuerdo tener profesores tan interesados como lo están mis profesores ahora. Me involucré en vender y usar drogas siendo adolescente, y abandoné la secundaria en noveno grado. Entraba y salía de prisión desde los 13 años.

Eventualmente, fui sumando múltiples cargos, incluyendo tentativa de homicidio. Obtuve mi GED (examen de desarrollo de educación general) en prisión, y tomé algunas clases no acreditadas, pero fue la universidad lo que en realidad me abrió la mente. Nunca había aprendido sobre China u otras filosofías políticas o ideologías. Tomar clases me expuso a nuevas ideas. Me hizo darme cuenta de que no tenía que ser producto de mi entorno. Mi clase favorita, y la más difícil, se llamaba Entendiendo a la Comunidad. Era sobre organización en la comunidad. Aprendimos de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, y cómo involucrar al gobierno y a la comunidad. Me encantó, y me di cuenta de que ya lo estaba haciendo desde que llegué ahí dentro. Teníamos una comunidad informal, y yo era el líder.

Después de ser liberado en diciembre, tras pasar 13 años en prisión, comencé a tomar dos clases en la Universidad de Baltimore: Ecología Humana y Ética Empresarial. Tomé ocho clases cuando estaba en Jessup, lo que me convirtió en casi un estudiante de segundo año. Ahora busco obtener un título en Administración no lucrativa.

Al principio, me sentí como un pez fuera del agua. Lo más difícil fue socializar con otros estudiantes. La prisión puede deshumanizarte, puede hacerte sentir insuficiente, como si no supieras cómo interactuar con otras personas. He estado trabajando con mi coordinadora de reintegración, que me contrató con el Programa de Segunda Oportunidad para ayudarme a ajustarme a la vida después de la prisión. Ella es un gran recurso, y me está ayudando a conseguir empleo, mostrándome cómo usar el computador y buscar vacantes. En prisión, no nos enseñaron sobre tecnología.

Creo que pocos profesores saben que soy el primer estudiante del Programa de Segunda Oportunidad en asistir a las clases en el campus, el resto de mis excompañeros aún cumplen condena. Asumo que algunos estudiantes también lo saben. Nadie ha dicho nada malo, pero veo algunas miradas. Tal vez es por la forma en la que visto, muchos estudiantes se visten profesionalmente, pero no tuve la posibilidad de usar lo que quería por tanto tiempo, que me gusta ser más causal y usar camisas de diseñador y gorras personalizadas


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Adentro, nuestras clases tenían más una sensación de comunidad. Todos nos conocíamos. Nos ayudábamos. Había mucha unidad. Pero en un campus regular, cada uno va por su lado. Al principio solo venía a clase y me sentaba en silencio en primera fila, tomando notas. Mientras más cómodo me sentía, más recordaba que pertenecía aquí. Por supuesto, me dieron una segunda oportunidad, pero en cierta forma también me gané mi segunda oportunidad.

Recientemente, me pidieron que hablara en una escuela privada en Washington, para compartir mi experiencia y hablar sobre por qué necesitamos más oportunidades de educación para la gente en prisión. Comencé con una analogía: en la primera película de Spider-man, Peter Parker no estaba listo para ser Spider-man. Él no quería usar sus poderes para el bien. Decidió no detener un robo, y después, el mismo ladrón le disparó a su tío en el estacionamiento.

Tenemos el poder de rehabilitar y educar. La educación es algo que empodera. Pero el sistema es como Spider-man. Tiene el poder, pero no quiere usarlo. Luego se enojan cuando algún chico que estaba encerrado vuelve a la comunidad y le dispara a su tío.

El castigo funciona sólo hasta cierto punto. Es tiempo de que nos concentremos en la rehabilitación.

Marcus Lilly, de 35 años, es un estudiante en la Universidad de Baltimore. Aprende más sobre el Programa Piloto Pell de Segunda Oportunidad aquí.

Este artículo originalmente apareció en VICE US.

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