Entrenar a mi primer esclavo BDSM me ayudó a aceptar mi lado mandón


Cuando me empecé a involucrar en el BDSM profesional, llevaba unos seis años trabajando como consultora. Me estaba yendo bien en mi carrera, pero asesoraba a muchas empresas que no compartían mis valores.

Un exnovio me había mencionado que considerara trabajar como dominatrix profesional, pero en ese momento no lo había pensado bien. Después, cuando empecé a reconsiderar mi carrera, me vino a la mente.

Escribí “dominatrix, Sydney” en Google, y uno o dos días después terminé en un calabozo llamado Salon Kitty para una entrevista. Empecé a trabajar dos días después de eso. ¡Eso fue todo! Llevo siendo mistress desde hace seis años.

Crecí en un hogar dominado por mujeres, y eso influyó en mi perspectiva del mundo y de cómo manejaba mis relaciones. No estaba tan interesada en el sexo BDSM antes de convertirme en una dominatrix, pero definitivamente me interesaba la idea del dominio femenino. Siempre ha sido natural para mi.


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Al entrar al Salon Kitty, me dio curiosidad. Adentro, había dos calabozos, y un camerino, un par de cuartos y una enfermería. Todo estaba increíblemente oscuro. Había cortinas, chimeneas y un paragüero lleno de bastones.

Primero me encontré con la recepcionista, y luego me reuní con la directora y el director. Me preguntaron si alguna vez había estado en la industria del sexo, si hacía trabajos sexuales completos y cuándo podía empezar. Me dijeron que tendría que ayudarle a una de las mistress por algunas semanas, para que observara todo. Es una especie de tradición que las mistress traigan aprendices a sus sesiones para que les ayuden.

Le ayudé a una que tenía un cliente que quería que lo momificaran. En realidad, no sabía bien qué significaba eso. Estábamos en el calabozo más grande de la casa, y era completamente negro. Había un tipo acostado en la camilla, totalmente desnudo. Y ella dijo: “Trae el papel celofán”. Lo envolvimos por completo, excepto su cara. Y comenzó a clavarle las uñas en la entrepierna y en los pezones, y básicamente le murmuraba todo lo que iba a pasar… Era una mistress increíblemente talentosa.

La primera vez que entrené a un esclavo, fue con un cliente que había visto en el Salon Kitty un par de veces. Era un cliente que tenía un fetiche con los pies: llamémosle Steve. Habíamos estado haciendo cosas muy leves de fetiche de pies. Hasta que pidió que le escupiera y lo humillara verbalmente. Entró y se bañó, y yo ya tenía todo listo. Entré al cuarto, y él había doblado toda su ropa muy ordenadamente. Y eso desencadenó algo en mí. Tengo un poco de fetiche por el protocolo, y me hizo sentir muy presente. Me hizo sentir respetada por haber doblado su ropa. Y entonces algo cambió, y pensé: ¿Quieres hacer esto? hagámoslo.

Él ya estaba en posición de esclavo, en posición fetal, con la frente en el suelo. Desde ese momento, sentí que podía instruirlo de una manera que no había probado con nadie. Le dije que se arrodillara, que se moviera para acá, que chupara algo y que lamiera otra cosa. Empezó a surgir una hermosa coreografía: le ponía los dedos de los pies en su boca cuando estaba en el suelo, o lo amarraba y le ponía los pies enfrente de la cara para provocarlo.

Al final, le dije que se pusiera de pie y que me los lamiera, y después él empezó a llorar. Eso nunca me había pasado. El poder de provocar ese tipo de reacción emocional en él fue muy conmovedor. Fue entonces cuando me di cuenta del poder que tenía, y comencé a pensar en la experiencia del entrenamiento de esclavos desde un enfoque mucho más holístico. Antes, solía pensar en los clientes en términos de sesiones, pero la experiencia con Steve fue un momento decisivo. Empecé a tomarlo más como entrenamiento de esclavos.

Ahora que estoy medio retirada del trabajo de dominatrix, escojo los trabajos que me interesan. Sería difícil escribir una descripción del trabajo que hago, pero me inclino más hacia el lado de la dominación mental. Ahora, estoy más avanzada en mi carrera, normalmente sólo trabajo cuatro días al mes. Me iré de gira por Singapur, Hong Kong o Tokio y haré dos o tres sesiones por día. He convertido mi carrera en algo que no es necesariamente el estándar de la industria, donde trabajas turnos en un calabozo, pero a mí me funciona.

En los últimos tres años he podido decir: “Soy una mistress y soy buena en lo que hago”. Antes de eso, era más insegura. Al igual que en cualquier otro trabajo, lo pones en práctica cuando dejas de dudar y dejas de ser tan duro contigo mismo. Al principio, solía ser bastante dura conmigo misma, pero ahora trato de hacer las cosas de la manera más auténtica posible.


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Lo principal que he aprendido de este trabajo es cómo plantear el deseo, el poder y el dominio de una manera mucho más saludable. En particular, cuando eres mujer, el dominio no es visto como algo bueno. Pero para mí, ser una mistress ha sido un canal increíble para experimentar el deseo, el poder y la dominación de una manera que es saludable y de una manera en la que me puedo aceptar y en la que otros pueden disfrutar.

Como mujer asiática, ser mandona y exigente puede verse como algo negativo en un contexto social. Es difícil tener esos rasgos y no experimentar prejuicios, muchas veces de mis amigos occidentales u occidentalizados. Entonces, en el día a día, atenúo ese aspecto de mi personalidad en mi comunicación con las personas. Pero cuando se trata de ser Eva la mistress, me siento mucho más libre de tener ese lado de mí misma. Es una experiencia liberadora.

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