Carta amorosa y desnuda a mi madre que no aceptaba mi homosexualidad


Mami:

Esta carta no será un montón de reproches. Por favor, no dejes de leer hasta el final. Lo que quiero decirte viene del amor. Sé que te has esforzado por ser mi madre y entre todos los errores que cometimos, imagino que hemos desarrollado un poquito de comprensión mutua.

Escribo también esta carta porque creo que hay muchas hijas y madres que necesitan conocer nuestra historia y saber que las cosas pueden ser diferentes. Hay madres que necesitan entender que sus hijas no son extensiones de ellas mismas, ni vehículos para realizar sueños frustrados y, sobre todo, que sus hijas no siempre serán “mujeres ideales”. Y existen muchas hijas —como yo— que desesperadamente quieren sentirse adecuadas, cercanas y amadas.

Quizá nunca voy a terminar de entenderte, aunque lo estoy intentando, como tú conmigo. Sé que el pasado nos condiciona y el tuyo fue difícil. Saliste de un rancho y de la pobreza del campo abandonado por tantos gobiernos. Tal vez eso influyó para que tuvieras aspiraciones de clase media. Todos queremos encajar, aún a costa de ser racistas, clasistas o gordofóbicos. Siempre rechazamos a los que son “distintos”, aunque en realidad no haya nadie “normal”.

Recuerdo que a los ocho años no querías que me expusiera al sol porque no te gustaba que me viera más “prieta” en comparación con mi hermana “güerita”. Aprendí que ser morena no era deseable en nuestra sociedad.

A los 11 años ya tenía un trastorno alimenticio porque me decías que estaba gorda. Crecí con complejos que me hacían pensar que no era suficiente y debía conformarme con quien me hiciera caso porque no tenía el cuerpo perfecto. En mi adolescencia, y aún en mi adultez temprana, abusaron de mí muchas veces por esta inseguridad. Sé que no lo hiciste sola, papá también contribuyó. Quiero pensar que no se daban cuenta del estrés y ansiedad que me provocaba verlos porque incluso antes de saludarme, ya comentaban mi peso. Así pensé que mi cuerpo podía ser objeto de cualquiera.

A los 13 años me regañaste por juntarme con personas que no estaban “a mi nivel”. No querías decir que eran pobres, pero usaste esa palabra comodín: “nacos”. Juzgaste a muchos de mis amigos por cómo se vestían y aceptabas cordialmente a los güeritos, con ropa de marca y coches nuevos.

A los 15 años criticabas a la novia “marimacha” de mi mejor amiga, aunque ni te constaba que fuera su novia. Así me enseñaste que no era deseable mantener relaciones afectivas con otras mujeres. Y yo, tan lesbiana, reprimí mi sexualidad por mucho más tiempo, liándome con hombres que no valían mi tiempo.

Lo más duro fue reconocer que mi propia madre me discriminaba por ser todo lo que no le gustaba: morena, gorda, “malvestida” y lesbiana. Nos lastimamos mutuamente: tú por ver todo lo que despreciabas en mí, yo por ser rabiosamente quien era. Y entre todas las heridas, no entiendo cómo seguimos amándonos.

Una vez, durante la universidad, enfermé de algo muy grave. Entré a quirófano sin que nadie me esperara afuera; me operaron de urgencia y lo primero que vi al despertar en esa habitación de hospital fuiste tú. Tomaste el primer vuelo que encontraste y llegaste hasta mí. Nunca lo voy a olvidar. Fueron noches enteras en las que dormiste en un sofá y días completos de ver malas películas dobladas y platicar, platicar mucho porque no teníamos otra cosa que hacer ahí adentro. Me visitaron muchos amigos, casi todos gays y lesbianas. Creo que ahí sospechaste por primera vez lo que temías, y aunque me preguntaste cómo tenían sexo dos hombres, no quisiste escuchar la historia completa. Luego preguntaste que cómo lo hacían dos mujeres. Eso sí te lo expliqué a detalle. Recuerdo tu cara de extrañeza y también de miedo a algo que siempre rechazaste: tener una hija lesbiana. Quería decirte en ese momento que esa era mi realidad, pero no pude arruinar nuestro momento. Por fin sentía que teníamos una conexión.

No te voy a mentir, nunca quise ser como tú. Sentía que había un foso profundísimo entre nosotras. Nunca sabía de qué hablarte y por mucho tiempo desprecié tu trabajo. Quería ser como papá, me identificaba con él. Ahora me disculpo por no reconocer todo lo que realizabas: me diste un espacio limpio y ordenado para desarrollarme, preparaste comida sabrosa y nutritiva, te esforzaste en tu labor de cuidado y curación de mis enfermedades, me llevaste a todos lados en coche, injustamente fuiste mi reloj y agenda personalizada, me diste ropa limpia y planchada… Jamás reconocí que papá también necesitaba todo eso para ser la persona “exitosa” que era.

Nunca fuimos como esas madres e hijas de la tele, las “mejores amigas”. Por mucho tiempo tuve miedo de ser honesta contigo. Hablábamos de cosas banales porque no existía otra cosa que nos uniera. Cuando por fin te dije que era lesbiana, las cosas se pusieron muy mal. Ignoraste mi identidad por completo y durante años decías cosas hirientes cada vez que podías, y así nos alejábamos más. Cuando regresaba a casa de visita, me preguntabas cosas como “¿ya tienes novio?”, “tal vez no has encontrado al indicado”, “¿por qué no sales con hombres?”. Me harté y me sentí violentada.

Me mandabas mensajes diciéndome que estabas preocupada por mí, que necesitaba ayuda profesional y que la gente como yo se suicidaba. Fueron tiempos terribles. Lloraba porque no me aceptabas, y luego lloraba más por portarme de mala manera contigo. Trataste mal a todas las novias que te presenté o peor aún, las ignorabas. Hacías de cuenta que no existían, pero eso sólo me borraba a mí.

Te visitaba cada vez menos. Me alejé mucho más de ti. ¿Para qué estar contigo si no entendías quién era y qué quería? La cosa se puso peor cuando te conté que me iba a casar. Me ofendiste a mí y a mi pareja. Arrojaste un montón de prejuicios sin darte la oportunidad siquiera de conocerla, y objetaste que tu religión no te permitiría acompañarme en un momento tan importante. Dijiste “nosotros somos tu familia, los únicos que siempre estaremos ahí para ti”, pero, ¿cómo se hacen las nuevas familias si no es abrazando a extraños que conoces y se vuelven entrañables? Ahora sé que estarán ahí, pero no porque compartamos lazos sanguíneos, sino por las experiencias que hemos compartido, el esfuerzo que nos hemos dado y los dolores que hemos superado juntos.

Me preocupé mucho, casi durante un año. Pero al final sí estuviste ahí ese día. Fuiste a mi boda, en un vestido precioso, con tu peinado perfecto y un poco escéptica. Terminaste llorando después de escuchar nuestros votos. Dentro de mi pecho me gusta sentir que fue porque te diste cuenta que lo que hice con mi esposa fue una declaración política y de principios, pero también una promesa de amor. Amor entre dos mujeres. Tal vez también sentiste el amor que existía entre tú y yo, que también somos dos mujeres. Diferentes, desencontradas, peleadas, unidas y pegadas de una forma tan frágil que ahora quiero cuidar tanto.

Hoy me gusta saber de ti. Me gusta saber lo que haces. Me gusta contarte lo que hago, lo que cocino, a dónde voy, qué platico cuando visito a mi tía. Me gusta verte y saber que me compraste un montón de calzones nuevos (¿acaso hay un mejor regalo?). Me gusta que sepas que soy igual de cuidadosa que tú con mi hogar y con mi familia. Pero, sobre todo, me gusta mucho que sepas que en realidad, sí me gusta ser como tú.

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