“Me he hecho buena para curar la sobredosis”: Testimonios de madres de adictos


Este artículo fue publicado VICE México.

El Centro de Tratamiento de Adicciones (CEDA) ubicado en la frontera de Baja California tiene una habitación en la planta baja en donde se lee: “Cuarto de Observación”. Es tan amplio como dos salones de clase juntos. No tiene iluminación ni cristales en las ventanas, solamente rejas; tampoco camas, aunque sí una treintena de colchones sobre los cuales convalecen los internos de recién ingreso: “Estos están en ‘ditox’, así le decimos a la desintoxicación de drogas durante los tres primeros días [de ingreso]; luego, cuando tienen fuerza, se les deja salir, pero por mientras ahí comen cagan y se bañan”, me explicó un interno que me guió desde que entré al edificio.

Desde su cautiverio un joven veinteañero sin camiseta y con tres tatuajes borrosos en el abdomen nos presta atención. Posteriormente pega el rostro a una de las rejas y me pide el refresco de lata que bebo. Se lo obsequio a través del enrejado y le propina un largo trago al líquido negro. El guía me comenta, en broma y en serio, que no debí hacerlo porque el aluminio puede ser útil en caso de que alguien decida cortarse las venas o dañar a los demás. Dudo por un momento, ya que nadie parece tener energía ni para espantarse las moscas.

Nuevamente el guía habla para advertirme que lo que atestiguamos en la habitación son dos tipos de abstinencia: la de los usuarios de metanfetamina y la de los heroinómanos. Los primeros solamente duermen, algo comprensible tomando en cuenta que uno de los efectos secundarios del cristal y el ice (nombres populares de la metanfetamina) es que los lleva a permanecer despiertos, y al borde de la locura, hasta por un mes. La abstinencia de los heroinómanos, por su parte, también los mantiene débiles y tirados en cama aunque en este caso no pueden conciliar el sueño por cuatro o más días, los cuales se acompañan de vómitos, espasmos, alucinaciones, dolores musculares y diarrea.

En este centro de rehabilitación contra las drogas conocí a seis madres de algunos internos de este penumbroso Cuarto de Observación. Ellas accedieron a platicar sobre sus rutinas cotidianas como madres de usuarios de drogas fumables e inyectables.

Madre de Fernando de 40 años

“Cuídenme para que yo pueda revivirlos, cabrones”, le decía a mis otros dos hijos que ya fallecieron. Haga de cuenta que si estaban teniendo una sobredosis, ¿quién más que yo los podía hacer volver en sí? Por eso fui aprendiendo. Para que vomitaran el veneno les daba leche o les inyectaba sal con agua para que les volviera la respiración.

Una madrugada me levanté porque escuché ruidos de auto. Salí al patio y vi a mi hijo José sentado con su gorra puesta y le dije: “Ya métete, ¿qué haces ahí?” No me contestó, fui hasta donde estaba y lo vi con la lengua de fuera. Traté de levantarlo y se me hizo de agua, se me resbaló. Le grité a mi cuñado, Roberto, y entre los dos lo metimos a la casa. “Haz algo, Roberto, se está poniendo morado”, grité y nomás me dijo: “Ya casi no respira”. “¡Cómo de que no respira, hasta a un lado!”, dije, y le inyecté sal con agua a José; me he hecho buena para curar la sobredosis de tanto ver a mis hijos.

Hace poco, ¡qué vergüenza!, una de mis nietas me vio inyectándome en el brazo y me dijo: “Abuelita, ¿a poco usted le hace a lo mismo que mi apá?” “No mijita, esto es medicina para mi diabetes, insulina”, le contesté, porque luego va a creer que yo también y ¡qué ejemplo! Más cuando su papá, José, falleció hace un año de sobredosis. Lo hallaron tirado en un basurero y a los meses mi otro hijo, Enrique, fue hallado muerto en un sillón, también por sobredosis. Por más que los interné y gasté en ellos jamás agarraron la onda. Cuando estaban internados y cumplían años les llevaba sus ollas con mole, barbacoa, pastel, para que sintieran el apoyo, pero no entendieron.

Ahora estoy aquí porque traje a mis hijo menor, Fernando. No aprendió de lo que le pasó a sus hermanos. No sé qué piensa. Dice que quiere dejar la heroína pero no le echa ganas. A veces le digo: “¡Retácate la venas de heroína y deje de estar jodiendo!”. O sea, no puedo estar amarrada a él, uno debe dejar a los hijos volar.. La última mujer que tuvo Fernando también se inyectaba. Un día entré a mi baño y se estaba inyectando, la saqué. “Doña, no es lo que parece”, me dijo para engañarme. Eso sí me da pena, tan bonita la muchacha, de familia acomodada, pero la droga no perdona. En un hombre todavía lo paso, pero en un mujer no, se ve feo. Ella fue la que envició a mi hijo.

Convivencia familiar en día de visita. Foto por Jorge Damián Méndez Lozano.

Madre de Pedro de 42 años

Mi hijo estaba casado pero se separó de su pareja y se fue a vivir a mi casa. La verdad es que en los 12 años que tiene drogándose nunca lo he mirado hacerlo; antes porque no vivía conmigo y ahora que sí vive porque se la pasa todo el día en el patio trasero y no veo qué hace. Sólo miro que pone unos ladrillos y una tabla y ahí se queda sentado con un galón de agua para estar tomando y no se mete a la casa hasta que se hace de noche. Habla solo y le grita cosas a los vecinos afuera de su casa en las madrugadas. Hasta lo han querido linchar porque corretea a las mujeres que pasan por la calle. Agarra palos, cuchillos, desarmadores y un martillo, porque según él unas personas quieren hacerle daño a sus hijos, pero son solamente visiones que tiene. Por eso me lo traje a internar. Ya le había advertido que se portara bien pero se puso mal porque fallecieron unos familiares. Es humano y lógicamente que también le afecta.

Se quedará tres meses, por la economía. Yo quisiera que fuera un año para que se cure pero no me alcanza. El es tablaroquero, es muy movido y trabajador aunque ya no quiere trabajar porque nomás agarra un dinerito y se lo gasta en cristal. Aparte ya no le dan trabajo y qué curioso porque fue en el trabajo en donde dicen que agarró el vicio. Ya hasta anda vendiendo mis cosas y las suyas. Me di cuenta que empezó a vender su ropa de invierno, ya miré que no tienes chamarras ni sudaderas.

Su esposa lo dejó por fumar cristal. La muchacha lo quería; ella me dice que si no fuera adicto estaría con él. El problema es que si no consume se pone de mal humor. Va a salir y no sabemos qué hará, ya está dañado de la cabeza. Es un cuento de nunca acabar. Cuando salga, como siempre, deberé llevarlo cada mes a la consulta del centro de salud mental que me cuesta 300 pesos. Le darán clonazepam y tres medicamentos, y gastaré en camiones que debemos tomar de la casa al psiquiátrico. Mensualmente mes cuesta como 1,000 pesos atender a mi hijo.

Madre de Guillermo de 40 años

Mi hijo y yo vivimos juntos porque soy madre soltera y él es divorciado. Tengo que estar al tanto de mi bolso porque si no me vuela el dinero. Ya me ha vendido mi televisor, mi tablet o lo que encuentra, y como vivimos solos, ¿a quién más echarle la culpa? Cuando lo encaro nomás me dice: “No sé en qué estaba pensado mamá, pero déjeme juntar dinero para reponerle las cosas”, por supuesto jamás vuelven. Es un hijo de la chingada. Nueve meses cargándolo en la panza y el ingrato ni un ramo de flores los 10 de mayo. Pero nomás que yo le haga falta y se lo lleva la chingada. Es igualito a su papá, no le perdió pisada. Mi esposo, que en paz descanse, era bailador, social como se dice, pero muy tomador de cerveza, y luego le dio por el cristal. Así le pasó a mi hijo, del alcohol se pasó a esa cochinada.

Ya tiene en la adicción como diez años y cada vez se pone peor. Pensaba que solo o con mis regaños agarraría la onda, pero no. Aquí en el anexo me cobran 7,500 pesos por tres meses pero yo gano en la fábrica 1,000 pesos a la semana y apenas me alcanza. Si pudiera lo dejaba un año pero creo que me conformaré con tres meses. Me decidí a internarlo porque una noche llegó a la casa y comenzó a romper las cosas de su cuarto y le llamé a la policía y estando arrestado me contacté con los del anexo y de la cárcel se lo trajeron para acá. Mis amigas de la fábrica, que también tienen hijos adictos, me decían que no viniera tan rápido, que esperara un mes para que el cabrón sufriera la soledad, pero ya vine, ya qué. Mi amigas también me dicen que es bueno dejarlos un año porque con unos meses internados nomás salen y están bien dos días y al rato andan igual. Qué más quisiera yo que tener dinero para dejarlo encerrado un año.

Madre de Bambino de 23 años

A mi hijo la cara se le estaba haciendo fea, como desfigurada. Fuma cristal y ya también empezaba a inyectarse heroína, pero lo que más usaba era cristal. No dormía y a mí y a sus hermanos menores nos miraba muy feo, alucinaba. “Desde aquí te veo, vete diablo, vete de aquí”, decía, porque algo miraba, algo se le aparecía. Soy madre soltera, trabajo en una fábrica. Me divorcié de mi marido en Oaxaca y me vine sola a la frontera con mis tres hijos. Él es el más grande, llegó hasta segundo de secundaria. Los vecinos me decían que andaba fumando ice pero yo no creía, aunque sí lo había mirado fumar mota.

Cuando comenzó a drogarse con sus amigos atrás de la casa les echaba a la policía pero todos corrían y la policía nomás se llevaba a mi hijo. No es violento, es tranquilo, pero ya no lo podía seguir viendo sin dormir tres semanas seguidas, nomás sentado en la sala diciendo tonterías, por eso lo interné. Primero platiqué en mi trabajo con algunas compañeras y ellas me dijeron que lo metiera en un centro de rehabilitación. Anduve viendo en cuál hasta que llegué a éste.

Obviamente es difícil internarlo, sobre todo porque él no quería y ni modo de traerlo a la fuerza. Lo que me sugirieron fue que le pusiera una pastilla para dormir en el agua o en el refresco, pero pensaba: ¿Cómo voy a darle una pastilla si ya consume drogas?, ¿qué tal si le hago más daño? No hallaba cómo dormirlo y una mañana, como a las seis, él solito se quedó dormido y rápido hablé al centro y vinieron a llevárselo, pero fue un lucha, gritaba muy feo, lo sacaron de la casa cargando, tiró golpes y empujones, hasta los vecinos salieron a ver qué pasaba. Sentí feo cuando se lo llevaron pero es mejor porque no lo quiero ver muerto.

Yo siento que puede cambiar. El más chiquillo estaba consumiendo marihuana y le dije que si no la dejaba de fumar no sacaría a su hermano de rehabilitación.

Una madre con su hijo usuario de cristal en día de visita. Foto por Jorge Damián Méndez Lozano.

Madre de Pablo de 30 años

Platicando no se siente el tiempo, por eso me gusta hablar. Mi hijo está aquí por fumar cristal. Diecisiete años usando droga, ahora tiene 32. Es un círculo vicioso, la droga le dio esquizofrenia y por la enfermedad nadie le da trabajo y por eso vuelve a recaer cuando trata de dejarla. Bueno, solamente una vez pudo trabajar, fue con un detective que lo contrato para buscar y perseguir clientes que no querían algún servicio. Creo que ese trabajo les gustaba porque se acordaba del Inspector Gadget.

La cosa es que como no trabaja yo lo tengo que mantener y comprarle cristal porque si no le doy dinero se va a las tiendas a robar botellas de licor y luego las vende, ya lo ha detenido la policía. Entonces si no le doy dinero también se pone muy agresivo, exigente y me amenaza. La primera vez que lo iba a internar en un anexo me dijo: “Si tú me encierras, cuando salga te mato”. Abusa. Una vez me pegó en el brazo porque ya me tenía que ir al trabajo y él quería que lo llevara a comprar cristal. Le decía: “Me van a correr del trabajo si llego tarde”. Pero no entendió y tuve que llevarlo a la tiendita a comprar.

Pablo, mi hijo, comenzó a drogarse por andar con el chamaquero, se juntaban como 15. Un día estaba tomando vodka con jugo de uva y le tiró un cuchillazo a uno de sus amigos que casi le mocha el dedo. Sus amigos irían a un antro y uno de ellos le dijo que no los podría acompañar porque todavía no tenía su credencial de elector y eso lo enfureció. Desde ahí lo dejaron de buscar y frecuentar porque le agarraron miedo.

Él tiene la idea de que el cristal es lo mejor que hay. Piensa que lo hace una buena persona, por eso no quiere dejarlo. En el caso de su esquizofrenia la comencé a notar, aunque no sabía qué era exactamente, cuando le dio por decir que en la televisión hablaban de él. O que por los ductos de la refrigeración le llegaban rayos a su cerebro que eran dirigidos desde un satélite y que le iban a causar cáncer. Después quiso irse a vivir con su papá al mar porque allá no llegarían los rayos. Su papá se fue cuando él tenía siete años, me pegaba sin motivo desde que estaba embarazada. Era fiestero y parecía bipolar, cuando tomaba cerveza era el acabose, inventaba cosas y tiraba golpes.

Creo que ya se le acabó el razonamiento. Se la pasa gritando en su cuarto que le duele un brazo, una pierna una costilla; que se meterán los rateros por la ventana. Todo es mentira, no deja de chingar. Hace unos meses se rapó el cabello de los lados y con un lipstick se rayó la cabeza. Aparte, me pone los libros en el congelador y coloca todos sus zapatos sobre la mesa o plancha ropa que nunca se pone. Unos tenis nuevos que le compré los cambió por 11 cigarros. Y para que los del centro de rehabilitación no sepan que fuma cristal tira las pipas de vidrio y los encendedores a la taza del baño, por eso lo tapa. Hace poco fueron los plomeros y hallaron todo eso.

Mamá de Oscar de 32 años

Mi hijo comenzó a consumir cristal en su trabajo hace 12 años. Es trailero y maneja muchas horas. Comenzó con medicamento controlado para no dormir. Las amistades le ofrecieron y a él le gustó. Dice que la primera vez que fumó no pegó el ojo en tres días. Primero consumía pero era responsable en su trabajo y en su casa. Luego cuando se separó de la mamá de sus hijas se fue a pique emocionalmente. Creyó que podría salir solo, pero tocó fondo. Yo fui testigo de su etapa más crítica porque desde su divorcio hace tres años se fue a vivir a mi casa. Afortunadamente la droga no le ha dañado la cabeza y va a salir adelante con mi ayuda y la de sus hermanos. No hay mejor psicólogo que la familia.

Yo me di cuenta que consumía droga porque peleaba por todo, siempre andaba de mal humor, alucinaba cosas. Perdió el puente y adelgazó 30 kilos.

Se descaró una vez que le encontré una pipa en la mesa. Le dije que no quería chingaderas en mi casa y me explicó que era de otro trailero. Luego la estrelló contra la pared, pero claro que era de él. Supe que no había más remedio que internarlo. No quiero que sus hijas lo vean cargando un costal o empujando un carrito de mandado. Quiero levantar a mi hijo, darle la mano. Él sabe que mi apoyo está al 100. Me preocupa que al salir vuelva al vicio, ese es mi temor.

Siempre le digo a mis hijos que si quieren verme contenta no me den problemas. Con esto me ha dado gastritis, insomnio, pensando cómo fue que se enredó, qué le hizo falta. Humilde mi hogar pero siempre le tengo sus taquitos de frijol, por eso yo no me siento culpable, porque fue algo de él con su pareja lo que lo llevó a esto. Solo le pido fuerza a Dios.

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