“Se orinó en su abuela”: Mamás nos cuentan lo peor que les han hecho sus hijos


Artículo publicado por VICE México.

El día de las madres, por antonomasia, es el día dedicado a pedir disculpas por las terribles personas que somos. Un día de arrepentimiento disfrazado de lindos gestos que nunca se podrán equiparar con lo que han hecho las madres por sus hijos. El esfuerzo corporal, mental, emocional y existencial que implica tener un hijo, hace que se amerite, al menos, un día al año dedicado a su existencia.

Todos conocemos a la perfección una historia en la que avergonzamos, hicimos enojar o preocupamos a nuestras madres. En mi caso, cuando era un adolescente de 13 años, conseguí que me expulsaran de un centro educativo por vandalizar la propiedad aventando papel mojado al techo de plafón del baño. Mi madre, naturalmente, me comentó que casi llora de la ira y la risa al ver las pruebas irrefutables de mi culpabilidad: yo, asomándome como espía de la puerta del baño para hacer mis fechorías, viendo directamente la cámara y regresando al baño. Infraganti en el acto, recuerdo la ira de mi madre al decir: “te corrieron por idiota”.

11 años después, ahora defiendo mi estupidez mostrando que todos los hijos somos una basura. Para probarlo, le pedí a madres que me contaran cuál es la peor travesura, treta o juego diabólico que les han hecho sus hijos pasar o sobrevivir.

May, madre de 3

Mi hija Melissa, de 4 años, estaba completamente obsesionada con dibujar en las paredes de la casa con crayones y colores. Nada parecía poder detenerla, intenté darle cuadernos, cartulinas, libros para colorear y nada servía. Un buen día, harta de que siguiera —y no entendiera los regaños sobre no poder rayar la casa—, le quité todos sus colores y crayones. Luego, ya más tarde, me metí a bañar y cuando salí de la regadera para ponerme los calzones, me di cuenta de que la niña, en venganza, había decidido pintar con plumones todos mis calzones.

Alicia, madre de 4

Cuando mi hijo Javier tenía dos años me metió el susto de mi vida. Un día después de regresar de trabajar, ya en la casa y de noche, le entró un berrinche muy intenso por querer ir al metro. Gritaba, pataleaba y lloriqueaba de que quería ir al metro, sí o sí. Obviamente le dije que no porque ya era de noche y era hora de cenar e irse a dormir. Seguí con mis quehaceres en la cocina, cuando de pronto me doy cuenta de que el niño no estaba. Desesperada salí a las calles a buscarlo y encuentro que ya viene de regreso de la mano de una señora. Resulta que lo había visto tratando de subirse a un pesero a una cuadra de mi casa. Casi me da un infarto.

Laura, madre de 1

Mariana era tremenda de chiquita. Mira, yo soy terapeuta, y cuando ella tenía unos tres años, tenía una paciente con una hija bebé recién nacida. Pues ya, llegó la paciente al consultorio donde yo estaba con Mariana y dejamos a las dos bebés, una en su cuna y la otra, mi hija, con sus juguetes. Las dejamos solas unos cuantos minutos y cuando se nos ocurrió asomarnos para ver cómo estaban, mi hija había decidido jugar con el bebé como si fuera una muñeca.

Literalmente, estaba jugando con su pelo peinándolo con bolas de Vick VapoRub, le puso como 10 collares, una diadema y, lo peor de todo, le pintó pecas negras y chapas rojas con dos plumones. Asustadísima, recogí los plumones del piso para ver de qué tipo eran: “indeleble”.

Rita, madre de 2

Sebastián fue una pesadilla de adolescente. Cuando tenía unos doce años me hizo una y otra vez ir a la escuela a pagar por sus tonterías. En una ocasión, con un grupo de amigos tiró una barda nueva y tuvimos que pagarla. En otra, le pareció gracioso poner el zapato de un compañero suyo dentro de un microondas. Tuve que pagar tanto el zapato nuevo como el microondas. La peor de todas fue cuando salió de clases y le aventó una moneda al piso a una maestra, como si fuera propina. Eso estuvo fue muy grave, no sé por qué no lo corrieron de la escuela, con una disculpa se solucionó, pero lo debieron de haber corrido.

Adriana, madre de 2

Un día regresando de Acapulco a CDMX, mi hijo Joaquín estaba desesperado por hacer “chis”. Tenía unos cuatro años. Pensamos que debía hacerlo en una botella de agua porque ya era de noche y corríamos peligro si nos deteníamos. El niño intentó orinar dentro de la botella, pero no contaba con que el movimiento de la unidad causaría una catástrofe. Joaquín perdió el control de su tino y orinó sobre el brazo de mi suegra y sobre unos cocos que llevaba de regalo. Los cocos estaban chorreando, empapados, pero aún así se pudieron rescatar. Con todo y esto, los cocos aún fueron regalados. Los destinatarios nunca supieron la historia y procedencia de los frutos, tampoco que contenían una pequeña cantidad de orines de un niño en necesidad.


Como puedes ver, madre mía, estoy lejos de ser el peor hijo, el más insolente o el más maleducado. De cualquier manera, te agradezco por tus infinitas atenciones. Feliz día de las madres.

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