Taxi boys: placer, dinero y política


Artículo publicado por VICE Argentina

“Este bajo me lo compré con el sudor de mi chota”, dice el lado B de Marcos, 35 años, pinta de gitano embravecido. Hace poco más de seis meses que es trabajador sexual. Se metió en el negocio alentado por su mujer, “puta y feminista”, y porque la plata no alcanzaba desde que el gobierno de Macri aplicó tarifazos, ajustes y despidos. La chota que le pagó el bajo a Marcos mide 20 centímetros de largo. Siempre fue un seductor, sabe durar el tiempo necesario para que nadie se quede con las ganas. Mujeres, hombres o parejas. Es lo mismo. “No me gusta llamarme ‘taxi boy’. Me defino como trabajador sexual porque mi cuerpo es mi herramienta de trabajo —habla veloz, claro y seguro en el último piso de un edificio en Boedo, balcón terraza, la vista del sur de Buenos Aires—. Hago fotos, performances, asesoramiento y, por supuesto, también cojo. Lo mío es un servicio integral. Soy un profesional del sexo. Si tenés un problema con el deseo, yo te lo resuelvo. Si querés probar algo nuevo y no sabés cómo, yo te digo”. Los problemas pueden ser variados: la chica que se negó a una noche de despedida de solteros que le habían preparado sus amigas, le dio vergüenza, le pareció patético, no tuvo despedida. Después lo pensó mejor. Buscó en una página de acompañantes masculinos y encontró la foto de Marcos. Le pidió una noche: sin amigas entrometidas ni medias tintas. Coger como su futuro marido no se la cogía desde hacía años. Acabó llorando, dispuesta a casarse, a pesar de todo. “Otra vez una chica de 25 me contrató para que me dejara chupar la pija. Le pregunté por qué, si no tenía alternativas gratuitas. Me dijo que sí, pero que estaba harta de que los tipos le dijeran qué hacer, cómo, cuándo. Ella quería chupar una pija hasta hartarse, como ella quisiera, del modo que tuviera ganas”.

En tiempos de sobre oferta de sexo y empoderamiento femenino, no son pocas las mujeres que eligen un trabajador sexual para sacarse de encima el peso del patriarcado. A Juan Ejemplx, que no se especializa en mujeres pero cada tanto trabaja para alguna, cuando una chica lo contrata lo hace por su apariencia poco heteronormativa. De modales suaves y movimientos delicados, Juan tiene 26 años y unos ojos verdes hipnóticos. Hace cuatro que vive del trabajo sexual. Atiende mujeres y parejas, pero su especialidad son los hombres mayores. Antes era empleado de una florería de La Plata. Cobraba poco, estaba en negro, le pagaban atrasado y lo discriminaban por puto. Un día la plata no alcanzó para el alquiler. Entró a un chat de citas y encontró a un tipo de setenta que estaba dispuesto a pagar por un rato de su cuerpo de veintipocos. Pagó el alquiler pero tardó un buen tiempo más en decidirse a renunciar a todos los trabajos que intentó (malabarista de semáforo, vendedor de comida, buscavidas) y dedicarse sólo al usufructo de su cuerpo. Amplió la búsqueda y multiplicó la oferta: páginas, chats, la calle. Cogió con todos. Con el tiempo aprendió a quedarse con los hombres maduros. No es sólo porque tengan más plata. También los elige porque son mejores en la cama.


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Juan es todo lo contrario a Marcos: habla poco y con cierta timidez. Sin embargo, también se piensa en términos políticos. Tiene una remera del mismo color que los ojos. Cada tanto se ocupa de chequear el celular, a ver si apareció algún cliente. Pispea por la ventana del bar de Almagro hasta donde vino para la entrevista. Tiene los sentidos alerta. Trabaja en La Plata, pero a veces viene a Capital, activa el Grindr y espera. Ya que tuvo que acercarse hasta Capital, aprovechará ganarse unos pesos con algún porteño. “Yo cobro siempre —dice.— No tengo sexo gratis. Ni aunque el chabón me busque, ni aunque lo busque yo, ni por más enamorado que esté.”

“Soy puto y soy puta”, sigue Marcos, en su balcón terraza, mientras fuma unas secas. Lo que más plata le da es cuando trabaja de sex toy de parejas. Señala el bajo junto a la puerta del living: “En mi vida pensé que me iba a comprar un bajo así. Me lo pagó todo el mismo tipo, que me contrata para ver cómo cojo con su mujer”. Pero acá también las reglas son claras: no besar, ni siquiera acercarse a la cara de la mujer, ni hacer gemidos, tampoco hablarle; hacer todo lo que el tipo diga; abandonar la habitación del hotel ni bien la sesión termina. Marcos, igual que Juan, revelará de a poco que es mucho más que un trabajador sexual. Padre, músico, militante, fotógrafo y escritor. Lleva un cuaderno con sus historias. Él es el personaje principal. Seductor, infalible, un auténtico experto en el arte de vender orgasmos. “Del otro lado de mi vida -dice-, del lado A, es otra cosa”.

“Los trabajadores sexuales somos invisibles —apoya el celular sobre la mesa y reflexiona Juan Ejemplx—. Nadie nos quiere ver. Cargamos con un estigma. Vamos contra la norma del macho. Hay muchos varones heterosexuales que trabajan de esto y le chupan la pija a un chabón, entonces lo tienen que ocultar, porque chupar una pija atenta contra la idea de lo masculino”. Nació en San Clemente del Tuyú, una ciudad con mente de pueblo en la costa atlántica bonaerense. Era difícil encontrar el camino de su sexualidad en un ambiente tan conservador. Cuando miraban televisión en familia, si en el programa de Tinelli aparecía Flavio Mendoza, se cambiaba de canal porque había “un puto de mierda”. Esa presión del contexto lo llevó a intentar algunas relaciones con mujeres, más a la fuerza que por elección. Ni bien cumplió los 18 años, aprovechó la oportunidad para irse. Estudió Comunicación Social. Como buen escorpiano, la noche, el sexo y los márgenes de la sociedad le resultaron demasiado seductores para llevar adelante una carrera universitaria. El récord de Juan es haber atendido a cuatro clientes en el mismo día, uno detrás del otro. Dice que no necesita viagra ni nada parecido. A veces, sí, evita acabar. O si acaba es porque cobró un plus.


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Versátil con tendencia a pasivo. Caricias. Franela. Oral incluido. Sin plus. Plus por penetración. Plus por acabar o morbosear. Cross desser. Masajes. Juego de roles. La oferta es amplia y cada trabajador la resume en su descripción de Grindr, Instagram, Skokka, Locanto, soytuyo.com. También Facebook, aunque es más difícil porque enseguida te denuncian y te cierran el perfil. La voz de Wi sale clara por el altavoz del celular. Él ya está retirado. Acepta dar la entrevista para dar su testimonio, pero prefiere que sea por Whatsapp. Dice que lo más importante es ser muy claro en la oferta del servicio, que nada quede sin conversar, para evitar malos entendidos. Tiene 29 años. Habla seguro como Marcos, pero es escorpiano igual que Juan Ejemplx. Se crió en una ciudad del centro de la provincia de Buenos Aires, aunque se considera “del campo”. Cuando terminó la secundaria vino a la ciudad para estudiar psicología. También abandonó. Fue heladero, mozo y delivery de sushi. Tenía un amigo trabajador sexual. Le daba curiosidad; su amigo lo alentó a que probara. “Me provocaba morbo —dice—. Siempre me había interesado darle una vuelta de rosca al sexo. Al principio me dio un poco de nervios. Después me acostumbré. Experimenté una apertura muy zarpada con respecto a cosas que pensé que no me iban a gustar o no me iban a llamar la atención”.

El primer paso fue publicar en páginas gratuitas de Internet. Después hizo calle: Santa Fe y Pueyrredón, los alrededores de la Facultad de Medicina, lugares donde la oferta sexual se multiplica. Pero en la calle hay demasiada competencia. Es importante destacarse en algo, tener una especialidad, un rasgo distintivo. “La mayoría de las veces por la cual me contrataban no tenía que ver con lo que comúnmente se conoce como práctica sexual. Siempre está el que quiere cogerte o que le chupes la pija, pero es muy grande la demanda de morbo, gente que te llama para hacer cosas que son consideradas raras, que parecen locas, pero no necesariamente sexuales. Olores, juegos de roles, fetiches”. Wi se vendía como “masculino” y sólo atendía hombres. Su especialidad eran los juegos de roles: “’ Yo soy tu tío y vos mi sobrino’ o ‘ vos sos mi bebé y yo tu mamá’ , dice y saca conclusiones :Hay una sanación de traumas de la vida cotidiana, incluso con la infancia, a través de permitirse cumplir el morbo. Muchos pedían el rol del tío y el sobrino y te dabas cuenta de que había algo con respecto a la paternidad. Padres frustrados, padres que no veían a sus hijos…”. Muy pocas veces tuvo que decir que no a una propuesta de un cliente. Una de ellas fue cuando un hombre le ofreció plata por tener sexo en el auto mientras su hijo de cinco años dormía en el asiento de atrás. Wi se negó, igual que cuando otro cliente, psiquiatra y adicto a la cocaína, tras una noche intensa le pidió que llamara a todos sus pacientes para cancelar los turnos. Cuando Wi dijo que no, el cliente se puso violento. Fue una experiencia desagradable de las que existen en el mundo de los trabajadores sexuales. Igual que existen los maridos devotos que contratan el servicio. “Algunos clientes usaban los encuentros para super calentarse y quedar bien al palo y después poder volver a sus casas a cogerse a sus esposas. Se cebaban, no acababan y después iban a garchar con otra”. Hoy, su etapa de taxi boy parece haber quedado atrás. Lleva un buen tiempo sin que el sexo le pague las cuentas. Trabaja como empleado en un local de ropa y organiza ferias vintage. Es autor de un fanzine, también escribe, está por publicar una novela. Cada tanto, si alguno de sus viejos clientes lo llaman, vuelve a ser taxi boy —él sí usa estas palabras para definirse— por un rato. La plata extra siempre viene bien.

A Juan Ejemplx se le dibuja una sonrisa sutil cuando se da cuenta de que cerca del bar en donde transcurre la entrevista hay un spa que suelen frecuentar hombres con el perfil que él elige para sus clientes. El modus operandi es sencillo: un levante como cualquier otro, sólo que no da lugar a la confusión y enseguida les dice cuánto cobra. No se permite ningún tipo de lujo con lo que gana como trabajador sexual. Se paga el alquiler, los viajes, la comida. Sobrevive. “Vivo el presente. No tengo ambición ni proyecto. Soy tranquilo, me gusta generar vínculos, andar en manada. No me gusta llegar, que me paguen y sacarme la ropa. La idea es darse tiempo. No soy un robot. Yo también quiero disfrutar”.


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Aun con su apariencia zen y su mirada positiva del trabajo, Juan atravesó malas experiencias. “Siempre hay momentos de mierda, pero la pasé peor trabajando como empleado en negro que como trabajador sexual. Tampoco quiero romantizar el trabajo sexual. Hay chicos que no tienen elección, que viven otra situación social, que no tienen herramientas para defenderse. Pero la culpa no es del trabajo sexual, sino de la sociedad”. Aunque ya nada le parece raro en el sexo, se acuerda de algunas situaciones graciosas, como la vez que un tipo le quiso coger la nariz. O cuando le pagan para hacerse una paja mirándole los ojos. Pero no vale enamorarse. Si alguno se enamora, se termina el vínculo. “Mi primer cliente fijo me dio la llave de su casa. Después se casó y le blanqueó al marido que yo existía. Al principio se la seguí, porque me parecía parte del juego. Cuando se hizo demasiado largo, corté. No quiero comerme un viaje ni hacerle comer un viaje al otro. Yo laburo por la plata, pero no es todo lo que importa. Si me baja la libido, se termina el trabajo”. La fuerza del feminismo también llegó hasta Juan, que milita en Ammar, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina. “Yo no consideraba que lo mío era un trabajo hasta que me puse en contacto con las putas feministas. Hay una batalla cultural que está visibilizando el trabajo sexual, y eso viene de una parte del feminismo. Gracias a ellas, nosotros nos estamos empoderando”.

En su balcón terraza del barrio de Boedo, Marcos también hablará de feminismo, de empoderamiento y de lo mucho que el trabajo sexual hizo por el crecimiento de su sexualidad. “Dedicarte a esto te deconstruye. Te hace caer la máscara del macho, te conecta con tu cuerpo, con el placer, con algo que va mucho más allá de los convencionalismos”. Wi opina parecido: los límites se corrieron, el goce se amplificó; si ahora se dedica a otra cosa no es porque ya no le guste, porque la haya pasado mal o porque se quiera alejar de su pasado. Es sólo que tiene otros proyectos y el trabajo sexual le ocupaba demasiadas horas de su vida.

Pero, como recuerda Juan, no todos tienen la posibilidad de deconstruirse, elegir o disfrutar del trabajo. Los “taxi boys” suelen aparecer como protagonistas de las noticias policiales en los medios de comunicación: de vez en cuando como víctimas, casi siempre como victimarios. También son presas fáciles para mentes dañinas, a menudo asociadas con el poder. No todos están empoderados, no todos cuentan con la capacidad de generar ingresos, ni de alejarse de las propuestas peligrosas. La culpa no es de ellos. “Nunca es de los individuos —dice Juan Ejemplx mientras se levanta de su silla en el bar, celular en mano, con rumbo hacia el próximo cliente—. La culpa siempre la tiene la sociedad”.


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