Así se viven los últimos minutos antes de salir de la cárcel


Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos. Leer en inglés.

He perdido la cuenta de las noches que he pasado así, tumbado sin poder dormir, mirando la vida pasar e intentando imaginar cómo escapar de la prisión. Pienso en las cosas que voy a hacer cuando me liberen. Como si estuviera en una película muda, me vienen imágenes de mí riendo junto a mi familia y mis amigos en una barbacoa o disfrutando de la compañía de una mujer muy guapa.

Recuerdo que las imágenes que retumbaban en mi cabeza la primera noche que pasé en la cárcel eran muy diferentes. La palabra que mejor las describía era “desesperación”. La pena, la tristeza y el arrepentimiento obstaculizaban mi futuro, así como los barrotes de la celda en la que me encontraba. No podía hacerme a la idea de que pasaría los siguientes 16 años de mi vida encerrado en una celda tan pequeña que podía tocar el retrete, el lavabo y el escritorio sin necesidad de levantarme de la cama. Me habían enterrado vivo. Estaba vivo, pero no estaba viviendo.

De repente, se abre la puerta de mi celda y un encargado me dice, “Wright, ¿estás preparado?”. Me levanto de la cama y pienso, “Será broma, ¿no? Llevo preparado desde el día de mi juicio, cuando el presidente del jurado leyó ‘culpable’ en una tarjeta”.

Al igual que todos los presos, tomo mi colchón y algunos objetos personales, como álbumes de fotos o cartas personales, y salgo de la celda. Me doy la vuelta y me despido de la tumba en la que he pasado los últimos nueve años de mi vida.

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Solo le he contado a unos pocos que volvía a casa. ¿Cómo se le dice a alguien condenado a cadena perpetua que ha llegado mi momento? Nos hicimos amigos dentro de la tristeza generalizada y el dolor fue lo que nos unió. ¿Qué se le puede decir en estos momentos a un amigo para convencerlo de que seguimos juntos en nuestra lucha?

Mientras camino por la galería despidiéndome de unos rostros tan conocidos ya como los de mis propia familia, me inundan las emociones. Estoy eufórico, a la vez que aterrorizado, y me siento culpable por abandonar a personas que han sufrido conmigo durante tantos años, en las que nos hemos apoyado mutuamente y con las que he podido encontrar tantas razones para sonreír a pesar de todos nuestros problemas.

Al dejarlos atrás, me duele pensar que todos estos hombres encerrados en sus celdas parecen perros encerrados en sus casetas esperando su destino. Su mirada revela lo dura que es su historia y las ganas que tienen de ser salvados, con la esperanza de que alguien escuchará sus plegarias.

Me detengo enfrente de la celda de uno de mis primeros amigos. Me mira y se da la vuelta, deseando que me vaya bien en la vida sin poder mirarme a los ojos. Le voy a dar los pasos que tiene que seguir para estar en contacto conmigo, pero, cuando le entrego el trozo de papel, puedo ver cómo intenta contener las lágrimas desesperadamente para evitar llorar en mi presencia.

Estaba condenado a entre cuarenta años y cadena perpetua y en ninguno de mis nueves años lo he visto tener un solo momento de debilidad, pero ha sido mi marcha la que ha puesto en evidencia su vulnerabilidad. Nos abrazamos a través de los barrotes que nos separan y nos decimos que nos queremos. Me voy con la sensación de que está mirando a través del espejo que había colocado en los barrotes cómo mi figura se hace cada vez más pequeña, con la certeza de que sería la última vez que me vería.

Es una pena que no me hayan liberado en mitad de la noche y que todo el mundo estuviera durmiendo, ya que, de esta manera, me da la sensación de que tengo que darles explicaciones. Me apetece gritar que sigo siendo uno de ellos, pero nunca me creerían porque estaría mintiendo. Mientras ellos estén echando de menos a sus familias, yo estaré con la mía. No podrán ver el mundo exterior por culpa de los barrotes que los encierran por la noche, mientras que mis vistas serán infinitas y podré ver todas las que quiera simplemente girando la cabeza. Por alguna razón, siento la necesidad de pedir disculpas por ello.

El funcionario que me está acompañando se empieza a impacientar porque me paro cada dos pasos para despedirme de todo el mundo. Cuando un par de funcionarios más me desean suerte, me pone de mal humor pensar que la suerte pueda ser el factor determinante de mi éxito, por lo que me siento insultado. Nadie puede achacar a la suerte que alguien sea capaz de sobrevivir al drama. No, no me voy a engañar de esa forma. He sufrido tanto como las personas que estoy dejando atrás y para superar eso hace falta ser fuerte y tener valor, no suerte.


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“Venga, Wright. ¿No quieres salir de aquí?”, me pregunta el funcinario mientras me espera en la puerta central que da a la sala de control. No le hago caso y me centro en intentar que no se caiga el colchón que llevo a cuestas. Tengo un déjà vu, ya que todos los centros en los que he entrado estos últimos años me obligaban a llevar mi propio colchón a la celda en la que me iban a encerrar.

De repente, me pongo de mal humor (no me libro ni el día en que el Estado decide que ya he saldado mi deuda con la sociedad) porque me siguen tratando con el mismo desprecio del primer día en que entré a este lugar. Dejo caer el colchón y empiezo a caminar llevando solo mis objetos personales a los que me niego a renunciar.

El encargado me mira confuso, pero yo sigo caminando a pesar de que me está llamando. No le debo nada a nadie porque ahora soy un hombre libre. Tengo mucha vida por delante y mucho tiempo que recuperar. Ese colchón representaba las esposas que me habían puesto tan prietas que me dolieron las muñecas durante días y simbolizaba todos esos registros en los que me obligaban a agacharme y a separar las piernas. En ese instante, me pude deshacer de todos los momentos de deshumanización que sufrí dentro de la cárcel.

El proceso dura más de dos horas. La ansiedad y las ganas de tener mis primeros segundos de libertad siguen interrumpidas por los reclusos que quieren despedirse. La verdad es que creo que lo que quieren es tener la oportunidad de estar lo más cerca posible de esa libertad que muchos de ellos nunca podrán alcanzar y me utilizan como excusa, desesperados por que llegue ese momento cuanto antes.

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Después de la formalidad de decir al funcionario mi fecha de nacimiento y otros datos para verificar mi identidad, me permiten ponerme la ropa que mi familia me había enviado la semana anterior. En los últimos 15 años, esta es la primera vez que me visto con ropa de calle y me siento muy raro. Antes de entrar en la cárcel, mi ropa era muy grande y muy ancha, como en aquella época, pero ahora se llevan los jeans ajustados. Me quedo mirando a uno de los encargados para asegurarme de que me quedan bien, asiente con la cabeza y me dice, “Es que eso es lo que se lleva ahora”. No me termina de convencer, pero algunos presos le dan la razón.

Al mismo tiempo, están liberando a otro preso. Su familia no le ha enviado nada, así que le prestan algo de ropa. Le dan una camisa blanca extragrande y un pantalón de vestir marrón demasiado pequeño. No hablamos mucho mientras esperamos al encargado que nos va a llevar a la estación de tren, ya que tenemos demasiadas cosas en la cabeza como para entretenernos en conversaciones triviales.

Después de lo que parece ser otra hora, nos acompañan a una camioneta, aunque esta vez no llevo esposas. Aun así, pienso en todas las veces que me llevaron en uno de esos vehículos y, con la piel de gallina, me pregunto si no será un truco para no dejarme en libertad.

Justo en el momento en que más se dispara mi imaginación, veo a una mujer delgada con un gorro de lana en la puerta de la estación de tren. Cuando la furgoneta empieza a frenar y reconozco esa preciosa cara morena, intento empujar la puerta como loco, pero no se abre. El funcionario se baja de la camioneta y abre la puerta. Me dice algo, pero rápidamente paso de él y me voy a dar el abrazo con mi madre que tanto tiempo he estado esperando.

Al fin puedo respirar.

Robert Wright es ayudante de investigación en el Centro de Justicia de la Universidad de Columbia. En marzo, fue liberado del centro penitenciario Sing Sing, en Ossining (Nueva York), después de haber sido condenado a quince años de cárcel por un delito de asalto en primer grado.

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