Acá los yaguaretes tienen GPS


Artículo publicado por VICE Argentina

Somos unos pobres animales, no tenemos más que los dientes, dijo en su declaración. El taxista cargó el tambor de su revólver 38, y el ruido metálico de los engranes, al amartillarlo, se sumó a la sinfonía. […] Entonces el taxista empezó a escuchar las notas musicales que emiten los anillos de Saturno cuando los golpean los meteoritos.Tristeza extraordinaria del Leopardo de las Nieves. Joca Reiners Terron

La siesta húmeda, tibia y nublada del falso otoño chaqueño hace más silenciosos los alrededores de las areneras frente al río Paraná: las enormes máquinas, como insectos antiguos, gigantes y amarillos, posan en total inmovilidad, mientras que una boca de caño vomita litros de agua amarronada que proviene del río formando montículos de arena. A su alrededor, ranchos de madera y chapa, caballos sueltos a mitad de la ruta y vecinos atolondrados por las innumerables cervezas de la siesta en los patios. El 30 de junio de 2017, en esta zona del Puerto de Barranqueras, apareció la cabeza de un yaguareté.

“O lo cazaron en otro lado y el animal vino flotando o tiraron la cabeza acá para que no se lo identifique. En la zona de Barranqueras estamos a 300 km de donde podría haber yaguaretés. Es imposible que lo hayan cazado en las inmediaciones. Lo tuvieron que cazar en El Impenetrable o en Formosa”, cuenta Luciano Otero, subsecretario de Recursos Naturales del Chaco. Me recibe en su oficina: enormes mapas de los bosques y sus áreas protegidas, una gigantografía con imágenes de algunas de las especies típicas de la región, una ventana de cristal verde escrita con fibra para pizarrones, un mate, una jarra de agua, dos vasos, uno de los cuales me ofrece y que tiene la huella de los labios de otro visitante, montañas de documentos y una prolífica y animada explicación de los problemas que enfrenta la fauna local.

Una nota publicada por Red Yaguareté, una de las ONG’s que buscan preservar los 200 yaguaretés que sobreviven apenas en Argentina, explica que la cabeza mostraba signos de haber recibido golpes en la boca, “probablemente al momento de ser matado. La sangre en el sitio del corte se encontraba fresca aún, lo que confirmó que la muerte era reciente”. La misma nota cuenta que la cabeza habría aparecido dentro de una bolsa, algo que luego Luciano Otero desmiente. En su versión recibieron una denuncia anónima. Un grupo de inspectores de la subsecretaría fue a verificar el hallazgo: se trataba de una enorme cabeza felina, ya descompuesta, que guardaron ellos mismos en una bolsa para ir a levantar una denuncia a la comisaría local, que derivó a una fiscalía penal y de la cual ya no se tuvo más noticias. “Es un delito, los yaguaretés fueron declarados Monumento Natural Nacional”, dice. Y no sólo eso, es “emblema nacional”, animal decorativo de billetes y, por cierto, una especie protegida en peligro de extinción.

A pesar de ocurrir en junio, recién para el 8 de noviembre las organizaciones que parte de la SubComisión Región Chaqueña para la Conservación del Yaguareté, como Red Yaguareté y Proyecto Yaguareté, entre varias otras, recibieron información oficial y la noticia se disparó hacia diciembre. La causa del hermetismo habría sido no entorpecer la investigación hasta hallar a los responsables, cosa que aún no ha ocurrido.

Proyecto Yaguareté (CeIBA/IBS) y la Administración de Parques Nacionales (APN) fueron llamados para ayudar a identificar la cabeza y corroborar que se trataba de uno de ellos. También fue invitada a la identificación la Conservation Land Trust (CLT), que actualmente dirige el proyecto primer proyecto de cría y reinserción en su hábitat del tercer felino más grande del mundo.


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Según el comunicado oficial difundido por las ONG’s y reproducidos casi textualmente por todos los medios, el ADN del yaguareté coincidía con el de la subpoblación de la ecoregión chaqueña. La cabeza perteneció a uno de los 20 individuos que sobreviven en la zona (que incluye Chaco, Formosa y partes de Santiago del Estero, Santa Fe y Salta). La cabeza aún permanece en el Museo Nacional de Ciencias Naturales donde fue examinada. La prueba de ADN y la cabeza misma constituyen hasta ahora la confirmación más contundente de que esta especie sobrevive todavía en la zona. Los investigadores de Proyecto Yaguareté aseguran que existen ejemplares en el Impenetrable chaqueño, aún no han sido captados por las cámaras-trampa ubicadas en el lugar.

En lo único que se diferencian las noticias de los diarios sobre el tema es en la forma en que fue hallada la cabeza y también en la fecha en que el gobierno lo comunicó a las ONG’s que participan en el proyecto de rescate. Quizás se deba a que hay más versiones sobre la historia que certezas. Le pregunto sobre esto a Luciano Otero y cuenta la cronología de una historia que parece hundirse en las mismas arenas de la cual surgió.

Tras recibir la llamada anónima los inspectores hablaron con los pobladores. Unos pescadores de la zona contaron que vieron venir flotando un bulto por el río, desde la dirección en la que confluyen el Paraná y el Paraguay. El bulto chocó contra el margen del río en la zona de Barranqueras. De ese bulto alguien tomó lo que era la cabeza y tiró el resto de nuevo al río. Pero no. Otros dicen que lo que vino flotando, el bulto, era un caballo muerto. Y otros pobladores más dijeron que en realidad sólo apareció la cabeza y que la habrían cortado del cuerpo del animal luego de cazarlo para que no se lo pudiera identificar. La cabeza tiene los ojos cerrados y la boca abierta, como en plena acción de soltar un rugido.

En febrero de 2012 un grupo de cazadores mató un yaguareté dentro del dentro del parque Provincial Urugua-í, ubicado en Misiones. Los cazadores incautos descubrieron al acercarse al animal que éste llevaba un collar con GPS. No sabían que el yaguareté en cuestión era monitoreado por la Fundación Vida Silvestre y el y el Centro de Investigaciones del Bosque Atlántico (CeIBA) desde hacía seis años ni que tenía incluso un nombre, Guacurarí. Al llegar al lugar, siguiendo las señales del GPS, los investigadores se encontraron con que el collar le había sido arrancado y que del monumental yaguareté sólo quedaban unos restos, lo más intacto, los huesos del cráneo.

A pesar de que la caza de especies protegidas está prohibida, ha habido casos como este y el más famoso e impune es el protagonizado por el cazador húngaro Béla Hidvégi, quien en 2006 mató un yaguareté en Santiago del Estero. Su sitio web es un monumento a la aridez estética de los cazadores, idéntica a la de los sitios que promueven lodges y safaris de caza en Santa Sylvina (Chaco) y otras zonas de la provincia. Hidvégi, presidente honorario de la Safari Club Internacional, ganador del Triple Grand Slam de los cazadores del mundo; Hidvégi, empresario, cazador en seis continentes de más de 150 especímenes en sus hábitats naturales; Hidvégi, autor de Hunting Dreams, sosteniendo con una mano la cornamenta de un antílope muerto con los ojos abiertos. Su causa prescribió antes de que se pudiera hacer nada. Red Yaguareté denunció que no habría sido posible la cacería de ese ejemplar sin la ayuda de por lo menos cinco habitantes de la zona que sirvieran de guías y asistentes, ni tampoco sacar del país al animal muerto sin la ayuda de algunos amigos.


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Otero me cuenta de la práctica que usan las agencias y guías contratadas por los fanáticos de la caza furtiva que vienen hasta este punto perdido del mapa a llevarse sus reliquias: durante días tienen al animal enjaulado, con hambre y sed, para liberarlo en condiciones de inferioridad en un lugar en el que le dejan una presa fácil o agua. Un yaguareté debilitado es fácil de cazar.

A unas horas de acá está el paraíso

Marian me espera en una cafetería bastante cutre de la terminal de ómnibus de Corrientes. Nos conocemos ahí y partimos a los Esteros del Iberá. Mi obsesión por la aparición de la cabeza del yaguareté me ha llevado a contactarla, ya que trabaja con la única ONG que está buscando reintroducir ejemplares de esta especie como parte del proyecto para evitar su extinción.

Mis botas vaqueras encienden su alarma contra incendios: me advierte que compre unas alpargatas o mis pies se incinerarán. Estamos en abril.

Recorremos durante unas tres horas y media los paisajes alucinantes que conducen a los Esteros del Iberá, atravesando campos privados y pasando brevemente por el que bautizamos como el “bosque de los pinos sangrantes”, una zona boscosa en la que se explota la savia de los árboles de una forma casi draculesca: la baba roja cayendo en bolsitas adheridas a los troncos.

Llegamos hasta la lancha donde nos espera la bióloga española Maite Ríos Noya, quien nos llevará a la base de operaciones del Centro Experimental de Cría de Yaguareté (CECY), en la isla de San Alonso, que forma parte de las 157 mil hectáreas adquiridas en la zona de los Esteros por la Conservation Land Trust (CLT), la ONG fundada por el empresario y conservacionista norteamericano Douglas Tompkins, con la intención de restaurar la fauna y flora naturales, y que busca convertirse en parque nacional.

La isla tiene algo de Jurassic Park: una estancia principal decorada con muebles de madera, animales pintados en acuarela, un toque gringo inesperado en la decoración de las habitaciones para huéspedes, un living-comedor en el que dan ganas de instalarse un día de verdadero otoño a leer, fotos del matrimonio Tompkins, árboles frutales, más allá un pequeño aeropuerto privado, una casa para los biólogos del CECY que comparten como roommates, un centro de monitoreo y un extenso campo de pastizales amarillentos por la violencia del sol, un camino de ripio hirviente y a unos tres kilómetros, los octágonos.

Las cuatro enormes estructuras octogonales, con finos y altísimos alambrados, especialmente diseñadas exclusivamente para este modelo experimental de criadero, están interconectadas por pequeños túneles con puertas en ambos extremos. La idea es permitir que los cinco yaguaretés, tres hembras y dos machos, puedan olerse a distancia, conocerse en los corredores que los unen, compartir el espacio y, finalmente, tras una compleja danza de cortejo, decidir aparearse. El biólogo que me acompaña me cuenta sobre ésta y me resulta divertida hasta que encuentro una analogía con nuestro propio sistema de cortejo: el macho se acerca, la hembra se tira al piso bocarriba, el macho se acerca más, la hembra le suelta unos zarpazos y se aleja, el macho, si es merecedor de la hembra, insistirá sin miedo. La hembra, si lo considera suficiente para la procreación, lo acepta. Y colorín colorado.

Por esa misma semejanza, parecería algo más simple de lo que es. Hasta el día que visito el CECY, a dos años de haber iniciado el proyecto de reintroducción del yaguareté la danza ha sido una coreografía inconclusa con bailarines que no conocen su papel. La culpa no es del yaguareté sino del que le da de comer: aislados de sus hábitats naturales, criados algunos por humanos bienintencionados que aman tener felinos gigantes como mascotas, en reservas o zoológicos, han perdido incluso en parte sus conocimientos instintivos.

Precisamente parte del desafío de este proyecto no está sólo en la reproducción: de hecho, se han dado casos dentro de zoológicos. Sino su reintroducción: ayudar —de la forma más invisible que se pueda— a que la madre les enseñe a sus crías los rudimentos de la supervivencia para que puedan ser liberadas en el futuro en condiciones de autosuficiencia. El proceso incluye reentrenar a los yaguaretés en los principios de la caza y el consumo de la presa: primero un pedazo de carne, luego la presa con la carne expuesta (algunos yaguaretés lamen la piel sin saber cómo llegar a la carne si el animal está entero). Más tarde la presa entera y sin cortar: a esta altura, si uno de los yaguaretés logra abrirla y reconoce qué parte comer primero y cuál conservar para después podría adquirir un máster en su propia especie.


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Tania y Chiqui al parecer han formado una pareja, como habría dicho Roberto Galán. Chiqui es de Paraguay y fue prestado con fines reproductivos por una reserva de ese país y con diez años es un galán fornido, el Arnaldo André de los yaguaretés. A Tania le falta un pedazo de pata, aproximadamente desde la rodilla. Tuvo un accidente en el zoológico en el que se encontraba y por falta de intervención y a fuerza de lamidas se infectó y la perdió. Están además Tobuna, madre de Tania, una yaguareté entrada en años; Isis, nativa de Brasil, y Nahuel. Isis es la más confianzuda, parece un gato gigante en busca constante de contacto con los humanos. Precisamente el mayor peligro para los yaguaretés criados en cautiverio es que les resultamos atractivos en vez de indiferentes —como sucede para los nacidos en libertad— o amenazantes —algo que sólo ocurre cuando nos acercamos a sus crías—.

De todos ellos sólo una pareja que conozco ese día ha logrado reproducirse. Ocurrió hace una semana y fue la noticia del día: Tania con dos cachorros, hijos de Chiqui, el macho paraguayo. A pesar de ser la primera vez que tiene crías y haberse criado ella misma en cautiverio, posee el instinto materno intacto: durante los primeros días de posparto no se apartó de sus crías ni siquiera para comer o tomar agua. Ella y los pequeños yaguaretés son monitoreados en video y a distancia, ya que desde este momento deben evitar el contacto con los humanos para lograr la reintroducción de las crías a su hábitat natural en el futuro. Hay todo un sistema diseñado, me explica la bióloga del CLT, Alicia Delgado, para que la comida y el agua lleguen a ellos de maneras misteriosas ahora que deben permanecer aislados.

La gestación del yaguareté toma unos tres meses y medio; sin embargo, dice Alicia, no se nota demasiado y fue por esta razón que cuando los visité no se hablaba de ninguna hembra preñada y aún existía la preocupación de cuándo iría a ocurrir aquello. Tania se volvió sospechosa cuando empezó a pasar más tiempo de lo habitual descansando. Se reforzó su alimentación y el miércoles 6 de junio tuvo a sus dos crías.

De salir todo bien, este proyecto abre nuevas posibilidades para aumentar la población del yaguareté; sin embargo, Luciano Otero teme que esta posibilidad pueda quedar limitada por el uso de la tierra y al crecimiento poblacional. Un ejemplar adulto requiere de por lo menos 75 y 80 km de territorio. Se calcula que en Argentina ya perdió más del 90 por ciento de su hábitat original. Hacer cálculos y proyectar a futuro con tantas variables resulta complejo.

La razón de su preservación es sabida y no se reduce al ya tradicional éxito de los videos de felinos en Youtube: son el tope de los predadores, los que regulan la población del resto de las especies. La desaparición de los yaguaretés es un síntoma grave de la desregulación de la naturaleza. En todas partes se menciona que por su condición de “súper depredador” no tiene un rival él mismo. Los humanos no contamos como animales.

Aratirí se acerca con parsimonia a un animal muerto tumbado en el pasto. Mueve la cola como espantándose las moscas mientras lo huele. Se acerca al cuello y lo lame con delicadeza. El animal tiene el vientre abierto. Aratirí se acerca ahora al vientre y empieza a comer. Aratirí, el yaguareté misionero, se da una panzada hundiendo la cabeza en el vientre del tapir. En los medios celebran el triunfo de registrar un yaguareté haciendo lo que hizo durante siglos: comer al aire libre. El video termina de improviso.

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