El asesinato racista durante un concierto de los Rolling Stones


Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

El 6 de diciembre de 1969, Meredith Hunter, un hombre afroamericano de 18 años, fue asesinado en el Woodstock West, un concierto gratuito que dieron los Rolling Stones en el circuito de Altamont (en el norte de California). Desde entonces, Altamont se convirtió en el símbolo del fin de la libertad de los años 60, una década en que los jóvenes optimistas, idealistas, pasionales y dispuestos a coger el toro por los cuernos no llegarían demasiado lejos y no serían capaces de acabar con la historia de discriminación racial de los Estados Unidos.

Para todos aquellos que pensaban que la contracultura fue una revolución en ciernes, lo que pasó en Altamont se encargó de recordarles que la injusticia y las tensiones raciales seguían vivas, tal y como siguen vivas actualmente.

No podemos olvidar que los Ángeles del Infierno, una banda de motociclistas, a pesar de estar ahí para velar por la “seguridad” de los asistentes, tuvieron encontronazos violentos con varias personas aquel día, la mayoría de raza blanca. Sin embargo, sería un error pasar por alto la posibilidad de que la causa del conflicto entre los Ángeles del Infierno y Hunter estuviera relacionada con el hecho de que fuera un hombre negro que salía con una mujer blanca. No se puede pasar por alto el historial de los Ángeles del Infierno, quienes funcionaban prácticamente como una organización paramilitar que se dedicaba a limpiar las calles de personas que no fueran blancas, lo que hace pensar que el asesinato de Meredith Hunter tuvo motivos raciales.

En el libro Just a Shot Away, de Saul Austerlitz, cuenta a detalle la historia de Meredith Hunter. Muchos estadounidenses se familiarizaron con él por los momentos en los que aparecía en la película de 1970 Gimme Shelter, pero Austerlitz cree que en esa película Hunter estuvo más ausente que presente. El autor profundiza en la historia de Hunter antes del concierto que acabó con su vida y recuerda lo que pasó con su familia en los años siguientes. Contacté a Austerlitz para hablar del disparate que fue contratar a una banda de motoristas reaccionarios como vigilantes de seguridad, de la absolución en el juicio del asesinato de Meredith y de la razón por la que esta historia nos recuerda a nuestra etapa política actual.

Los Rolling Stones actuando ese mismo año. Foto cortesía de Robert Altman.

VICE: Ya se ha contado todo lo que se podía contar sobre esta historia. ¿Cómo has sido capaz de añadir información nueva?
Saul Austerlitz: Durante este tiempo, muchos de los testigos se han dedicado a escribir libros sobre el tema en los que el argumento central era “yo no tuve nada que ver” o “la culpa fue de este”, pero ninguno ha sido capaz de enfrentarse a la historia con la perspectiva necesaria. A pesar de haber nacido después del suceso de Altamont, me resultó interesante indagar más en el caso y hablar con la gente que estuvo ahí. Mi intención era recopilar todos los puntos de vista diferentes y reunirlos en una historia común. Al final, tras una larga travesía de búsquedas por Facebook, conseguí hablar con 75 personas.

Como ya se ha dicho, el concierto se planeó con muchas prisas para sacar el máximo partido al éxito de Woodstock y los organizadores no estaban preparados para controlar a las más de 300 mil personas que acudieron. Pero, ¿cómo es posible que se hiciera tan rematadamente mal?
El éxito puede ser algo peligroso. Entre los conciertos gratuitos que dieron en San Francisco grupos como Grateful Dead y Jefferson Airplane, en el Woodstock West y otros eventos de masas a finales de los 60, como el Human Be-In, la sensación general era que todo aquello iba a salir siempre bien y que la gente querría vivir una gran experiencia escuchando música y drogándose juntos. No había ninguna necesidad de hacerse preguntas como: “¿Qué vamos a comer?”, “¿Qué pasa si tenemos que ir al baño?”, “¿Dónde vamos a dormir?”, “¿Quién nos va a proteger?” Tenían la idea de que, simplemente, todo el mundo tendría la misma forma de ver las cosas que ellos y pondrían de su parte.

Era una filosofía admirable, pero en este caso no sirvió para que todo se desarrollara con normalidad.

¿Cuánta responsabilidad crees que es justo atribuir a los Rolling Stones por llevar a los Ángeles del Infierno?
Creo que la responsabilidad de contratarlos es tanto de los Rolling Stones como de Grateful Dead, porque fueron ellos quienes les dieron su aprobación. Decían que ya les habían vigilado el generador en anteriores conciertos y que todo había salido bien.

Está claro que fue un error, como también lo fue pagarles con alcohol, ya que eso no hizo más que agravar la situación. Aunque Grateful Dead habían trabajado con los Ángeles, los estaban poniendo en una situación a la que no estaban acostumbrados: iban a un lugar que no conocían y además iban a ser los únicos responsables de la seguridad de un concierto cuya afluencia los superaba cien veces en número. Ambos errores fueron determinantes en el desastre posterior.

Actualmente se considera que los Ángeles del Infierno son una organización criminal. ¿Por qué era diferente en 1969, después de que Hunter S. Thompson los hubiera presentado al mundo en su libro?
El libro de Thompson es un fenómeno muy importante: fue la primera vez que se les explicó a los estadounidenses qué eran los Ángeles del Infierno y la primera vez en la que se les habló, en general, de la cultura de las bandas de motociclistas. Ya habían formado parte de algunas películas en los años 50, como Salvaje (1953), pero Thompson fue más allá y dio a los lectores una idea de quiénes eran, qué querían y cómo se comportaban entre ellos y con el resto del mundo.

Por aquel entonces, los Ángeles eran, como mínimo, una organización cuasi criminal. Fueron los que reventaron una manifestación contra la guerra de Vietnam en Berkeley y empezaron a agredir a los asistentes, además de haber participado en actos violentos de carácter racista. Creo que la diferencia está en que, después de Altamont y todo lo que ocurrió con la contracultura, los Ángeles se radicalizaron todavía más porque demostraron al mundo que eran capaces de ser leales a una organización y a sus miembros.

Después, se convirtieron en los mensajeros de la droga de la época, ya que los contrataban los distribuidores de cocaína. Altamont supuso un momento de transición para ellos. La clave fue que todo el mundo viera lo que pasó en Altamont y de lo que eran capaces, tanto las personas que habían sido sus amigos como los integrantes de la contracultura de San Francisco, que hasta entonces pensaban: “Bueno, a nosotros no nos gusta la policía y a vosotros tampoco, así que vamos a ser amigos”.

Meredith Hunter de pequeño. Fotografía cortesía de Dixie Ward

Alan Passaro, uno de los miembros de los Ángeles del Infierno, fue acusado de apuñalar a Hunter, pero finalmente fue absuelto por considerarse que lo había hecho en defensa propia.
Personalmente, creo que era culpable. La grabación, a pesar de que pudiera parecer condenatoria, terminó salvando a Passaro porque este pidió al jurado que tuvieran en cuenta solamente lo que se veía en las imágenes. En aquella grabación, no se puede ver con claridad lo que ocurre realmente. Parte de lo que hemos oído o de lo que los testigos han contado sobre lo que pasa después de la grabación es, como poco, preocupante. En la grabación se ve a Meredith Hunter sacar un arma, pero es aterrador lo que los testigos cuentan que ocurrió después, cuando consiguen desarmarlo.

En lugar de actuar como lo hubiera hecho cualquier cuerpo de seguridad más profesional, poniéndole las esposas y llevándoselo, lo que hicieron fue llevarse a Hunter aparte para darle una paliza hasta que dejó de respirar.

El abogado de Passaro, George Walker (un afroamericano), defendía que Passaro actuaba en defensa propia de otras personas, es decir, que no temía por su propia vida, sino por la de los demás, por lo que Passaro lo hizo para defender a las posibles víctimas de Hunter. La defensa de Passaro logró esquivar los asuntos clave del caso de muchas maneras. Así fue como consiguió ser absuelto.

¿Cómo explicas esa tensión racial que podía palparse en el juicio y que sigue estando presente en la actualidad estadounidense?
Lo que hemos visto en los últimos años es un recordatorio de que no se ha acabado con esa mentalidad. Nuestro país ha progresado en varios campos, incluyendo en los temas raciales, pero, cuando nos damos cuenta de quién es el presidente de Estados Unidos, el lenguaje que utiliza y la forma en la que sus votantes miran hacia otro lado cuando hace comentarios racistas y claramente tendenciosos, creo que es un síntoma de que tenemos que seguir luchando para acabar con la discriminación racial y para encontrar la manera en la que el racismo deje de ser la base sobre la que se fundamenten los movimientos de los políticos estadounidenses. Parece que el suceso de Altamont se está reproduciendo en todo lo que está ocurriendo en el país en la actualidad.

Mientras escribías el libro, ¿eras consciente de las similitudes entre este caso y los asesinatos perpetrados por policías actualmente?
No podía evitar pensar en la relación entre el asesinato de Hunter y el de otras personas hoy día, como Trayvon Martin, Tamir Rice o cualquier otro de los jóvenes negros asesinados a manos de la policía. El paso del tiempo ha ayudado de alguna forma a comprender mejor la historia de Hunter, ya que en aquel momento se achacaba el asesinato a los conciertos de rock, a la contracultura y a los Ángeles del Infierno, pero se trata de una historia a la que estamos más acostumbrados hoy en día de lo que lo estaban en el pasado. Es lo que ocurre cuando los hombres afroamericanos acuden a sitios en los que, según las figuras de autoridad, no pueden estar. Desafortunadamente, es una tema con el que todo el mundo está familiarizado.

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