Mi feminismo en soledad


Artículo publicado por VICE Colombia.


Perdí al amor de mi vida hace cuatro meses.

Digo perdí en su sentido más básico y ramplón, como cuando una deja olvidada una sombrilla en un bus de Transmilenio con la convicción de que está metida en la maleta. Así fue, tal cual: de repente paré en el camino, volteé a mirar hacia los lados, y el amor de mi vida ya no estaba.

No fui consciente de la pérdida. No entendí casi nada.

Era el típico amor de la vida. El soñado. Con quien viajaba a todos lados, bailaba todas las noches, amanecía siempre en mi casa. El único que me hacía el amor, al que celaba, al único que le era fiel y exclusiva. El único que mi familia conocía y quería, el único que me complementaba. Al que le prometía amor eterno, la vida entera. El único.

Ese término, el del amor de la vida, es la piedra filosofal de eso que conocemos como amor romántico: lo buscamos incesantemente, tal y como nos enseñaron en todos lados, en cada atisbo de relación o cada resquicio de conexión que una puede llegar a sentir después de un buen polvo. “Este podría ser, este fijo sí es, lo siento adentro, mi corazón me lo dice”. Pero al mismo tiempo, nos movemos con cautela, porque también nos enseñaron que solo puede haber un amor de la vida, único e intransferible.

En fin. Al parecer yo la cagué porque perdí ese amor sin entender muy bien por qué.

Hace casi cuatro años también empecé mis primeros coqueteos con el feminismo. No recuerdo la primera vez que conocí el término, pero me fue enredando de golpe: eso de la igualdad de condiciones para mujeres y hombres y el empoderamiento de la mujer en la sociedad sonaba a algo muy bacano, que yo quería, que había intentado hacer a diario en mi vida, a mi manera, sin estar aún relacionada con el término.

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De ahí en adelante, mi relación con el feminismo solo creció. Y de él he aprendido varias de las lecciones más valiosas de mi vida: entender que mi cuerpo es solo mío, que nadie puede decidir por él y que no debo ser juzgada por cómo lo visto; descubrir que no estaba destinada a ser una “mujer de mi casa”, como tantas veces me dijo mi mamá; comprender y vivir que la violencia contra nosotras es algo sistemático y aceptado socialmente y que el machismo es algo que hemos heredado por generaciones tanto hombres como mujeres; aprender y aceptar, finalmente, que debo luchar todos los días de mi vida para obtener las mismas oportunidades que los hombres que me rodean porque la sociedad aún nos lo debe, y que también debo luchar a diario para emancipar a más mujeres para que entiendan esto.

Sobre todo, entender y abrazar la fuerza que radica en mí, esa esencia vital y poderosa que me hace quien soy, que me convierte en mi mejor versión cuando estoy sintonizada.

Y durante estos cuatro años, el amor de mi vida fue un aliado pasivo. Una persona que apoyaba las causas que iba encontrando en el feminismo, una pareja que siempre respetó las bases del respeto y el consentimiento, un hombre con el que una feminista podía tener una relación sana. Sin embargo, ese amor representaba un fuerte sostén afectivo en mi vida. Yo podía salir y jugar a ser feminista —decir, escribir, leer, comentar— con la seguridad de que al llegar a casa por la noche un hombre me seguía amando y me daba confianza con una suerte de aprobación masculina.

Mi feminismo entonces, como todos los aspectos de la vida de una cuando se está enamorada y en pareja, se veía influenciado, si no menguado, por la persona que tenía al lado. No por el tipo de persona que era, sino porque era un hombre a mi lado. Por ese simple hecho.

Muchas veces callé cosas en mis columnas por mi relación. Muchas veces no dije lo que pensaba para no incomodarnos, pero en realidad era para no incomodarlo a él. Muchas veces nos reímos de chistes juntos cuando yo sabía por dentro que no debía hacerlo.

A las feministas eso nos pasa en todos lados: con los amigos del trabajo, mientras hablamos del matrimonio un domingo de almuerzo con la familia, después del sexo en la cama con el amor de la vida. De repente sale el chiste, el comentario misógino, la risa, la mirada. Y una muchas veces calla, porque la protesta se vuelve incomodidad, explicaciones no pedidas. Y entonces callamos y flaqueamos en nuestra lucha y nos damos cuenta de lo solas que a veces estamos. Y llega la culpa, esa que nos crece por dentro cuando nos sentimos aliadas de esa hegemonía patriarcal, ese bloque machista que intentamos romper a diario. Y perdemos. Perdemos varias veces al día.

Pudo haber sido este amor o este otro o el siguiente. La consciencia que se me despertó con él, después de perderlo, fue la abismal diferencia entre ser feminista con novio y ser feminista estando soltera y entusada. Ya nadie te iba a querer al final del día, a nadie le ibas a gustar al llegar a tu casa, mucho menos si andabas molestando con esos caprichos de las feminazis —del aborto y del acoso callejero—, o si seguías ofendiéndote por los chistes de tus amigos, o follando con tus nuevos levantes mientras tenías la menstruación. Ya no había un sostén, un hombre que fuera tu piso y te protegiera del rechazo, del desconsuelo que muchas veces genera el hecho de ser mujer.

Fue hasta este momento que entendí lo que muchas mujeres decían: que el feminismo les había salvado la vida. Y en mi caso era simple: el feminismo se estaba convirtiendo en mi nuevo soporte, mi nuevo sostén.

Y entonces esa tusa monumental, ese vendaval de dolor para el que me había preparado como quien se prepara para unos olímpicos, nunca llegó. En su lugar, empecé terapia psicológica para escuchar de mi propia boca la reconfiguración que estaba haciendo de mi cabeza. Hacía ejercicio. Escuchaba a través de las páginas a otras feministas hablar de sus vidas. O simplemente empezaba a identificar en mi cabeza las dinámicas tan nocivas de eso que nos enseñan como ‘amor romántico’ y otros cánones sociales que tanto daño nos han hecho a las mujeres y nuestras relaciones.

Con el feminismo de mi lado, todo cambió. En vez de la baja autoestima empecé a seducirme a mí misma con todo lo que eso implica. En vez de la duda, empecé a tomar decisiones (incluso las malas) con más seguridad que nunca. En vez de ponerme la coraza, empecé a demostrarle amor a los que me rodeaban, convencida hoy de que la gran revolución de este mundo es el afecto. En vez de la culpa, comencé a tratar de ponerme en el lugar que me merezco, y a eliminar los comportamientos condescendientes con el machismo, un camino en el que todavía tengo mucho por recorrer. Amigas, textos y sobre todo muchas noches con mi cabeza me llevaron a estos procesos.

Y a ese no entendimiento eterno, a esa duda eterna del por qué se acabó, a esa ausencia extraña del otro, a ese sentimiento vacío decidí llenarlo de otredad: otras voces, otros mundos, otras formas de vivir la vida, y de amar. Otras maneras de reconfigurar mi cabeza y otras maneras de actuar en mi vida y con mis relaciones, mi mayor reto en este momento. Intentar desprogramar las estructuras impuestas en nuestras cabezas es la lucha eterna de las feministas. Una lucha que me tiene más confundida que contenta, pero que ya no sabría cómo dejar.

Quizá ya no vuelva a tener más amores de la vida, no porque no los encuentre sino porque no los quiero. Y quizá no vuelva a perder a nadie, porque de pronto ya no quiera ‘tener’ a nadie. Los últimos cuatro años fueron los mejores de mi vida, y se los debo a este amor. Y su partida me enseñó algo más de lo que ya había aprendido a su lado: el nuevo lugar que quiero ocupar en este mundo.

Hace casi tres años este amor se burló de mí porque durante una pelea utilicé la palabra “patriarcado”. Yo me burlé con él, de mí misma. Hoy me levanto cada mañana para seguir dándole duro a esa palabra, desde todos los frentes.

Hace casi tres años no fui ridícula, sino consciente.


¿De qué manera el feminismo ha salvado su vida? Cuéntele a Nathalia por Twitter.

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