Acoso sexual y romance: Testimonios de enfermeras y enfermeros


Este artículo fue publicado por VICE México.

Sin importar la gravedad de su acción, o las enfermedades y las heridas con las que llegan, algunos pacientes optan por seducir, enamorar y conquistar al personal de enfermería a través de cantos, cumplidos, regalos y lindos detalles, tanto de forma respetuosa como inapropiada.

Le pedimos a un grupo de enfermeras y enfermeros que nos contaran sobre el fetichismo sexual que despierta su uniforme y los sentimientos de amor hacia ellos que experimentan las personas a quienes curan con esmero y paciencia.

Esmeralda

A veces me siento acosada. Hace poco un paciente hasta me dio una nalgada, pero esa es otra historia. Ahora quiero contar otra: en el hospital en donde trabajo llegó un paciente cincuentón que cumple una condena de 40 años en la cárcel de la ciudad. Llegó al área de ortopedia y traumatología con una multifractura de tibia. Las jefas de turno nos pidieron que ignoráramos cualquier pregunta personal que nos realizara porque era “un hijo de la chingada muy coqueto”.

Parte de mi trabajo es medir cotidianamente los signos vitales de los pacientes en cama. Una mañana mientras realizaba ese chequeo al prisionero, me dijo: “Mira Esmeralda, ya puse tu sign”. Entonces me mostró su almohada y vi mi nombre escrito con plumón. Quise carcajearme pero me aguanté. Luego remató coquetamente: “Tienes una mirada muy bonita, cuando ya no esté en cama te llevaré a la cama”.

Días después de lo de la almohada estaba en el área de baños cuidando que no se cayera uno de mis pacientes que se está dando una ducha. Escuché una voz que salió de la regadera de al lado: “Esmeralda, ¿puedes pasarme una toalla?” Me asomé y vi al prisionero casi desnudo, le pasé la toalla y me preguntó mi nombre completo. No contesté y riendo me explicó: “No necesito que me lo des, ya lo miré en tu filipina”. Horas después chequé mi cuenta de Facebook y vi que me envió un toque.

Al final se descubrió que el prisionero tenía un amorío con la señora de la limpieza, quien le regaló el celular desde donde se conectaba a Facebook. Además de ese amorío tuvo relaciones sexuales con una pasante de enfermería. Todo eso se supo porque el director del penal lo descubrió en Facebook. Los custodios penitenciarios, la pasante y la señora de la limpieza fueron dados de baja.

Georgina

Una madrugada llegó un paciente joven con el antebrazo roto porque se había caído de una bicicleta; era gordo y olía a tequila. Pidieron que lo llevara a sala de rayos X, así que lo trasladé en silla de ruedas porque se veía que hasta caminar le causaba dolor. En el trayecto me preguntó mi nombre y se lo di creyendo que lo hacía para olvidar su mal momento. De regreso a su cuarto en donde un ortopedista lo atendería, me hizo otra pregunta: “¿Qué te gustaría hacer en el 2025?” Sonreí por cortesía y no contesté.

A las seis de la mañana recibí una solicitud de amistad en Facebook acompañada de un mensaje que decía: “Voy a recuperarme. ¿Y si en lugar de hacer algo en el 2025 nos vemos en la semana para cenar y platicarte de mi evolución?” Era el tipo del antebrazo. Nunca le contesté. No soy la perra de nadie.

César

Estaba haciendo exámenes de sangre en el pabellón LGBTQ de una prisión. La mayoría está ahí por delitos como transporte de droga, crímenes pasionales, robo y violación. Hace unas semanas un prisionero me hizo uno de los comentarios más extraños que me han hecho, el cual prueba que los seres humanos tienen un fetichismo hacia los uniformes: “Qué enfermero tan guapo, todo de blanco, como para comérmelo entero como a un chocolate y no dejar ni un pedazo”. Cuando lo escuché se me escapó una risilla burlesca; con las personas coquetas no puedes mostrarte temeroso porque te comen vivo.

Priscila

Trabajo como enfermera nocturna en casa de una familia económicamente poderosa. Mi paciente tiene 95 años, es millonario y senil, pero su estado cognitivo está íntegro. A diferencia del trato que tengo con pacientes y familias de clase media de hospitales públicos, aquí debo sentarme correctamente, pedir permiso para hablar, referirme como señor y señora a los miembros de la familia y desaparecer de su vista lo más posible.

Todo iba bien con mi paciente hasta que empezó a hablarme de sus sensaciones en el pene. Primero me limitaba a darle una breve explicación y anotar el suceso en mis observaciones. Posteriormente ya no le bastaba con hablarme de sus sensaciones, sino que pedía que se lo examinara manualmente. Le contestaba que era innecesario ya que tiene nueve especialistas a su disposición. Pensé que el tema se había superado pero no. Pasaron las noches y como siempre estamos a media luz le dio por encender una lámpara y aluzarse el pene mientras se masturbaba. Desagradable y riesgoso ya que también cuido a su esposa y en caso de que ella o alguien más de la familia vea la escena y la malinterprete perjudicaría mi reputación. Es su palabra y sus millones en el banco contra la mía y mi humilde filipina de segunda mano.

La última vez que expuso su pene y lo aluzó frente a mí fue hace dos meses. Mejor lo ignoré y comencé a textear en mi celular. “¿No te grada lo que hago?, ¿eres homosexual?”, me preguntó. “No veo datos clínicos que indiquen que deba prestar atención; y no es de mi agrado lo que hace, tengo pareja y lo respeto”, le respondí. “Trabajas para mí y debes obedecerme, así funciona esto. ¡Cógeme!” fue su orden. Solamente pude gritar en mi interior y explicarle que era una profesional no una sexo-servidora. “Vaya, me enorgullece tener este tipo de personal en mi casa”, me dijo y luego se disculpó.

Para protegerme de futuros problemas comenté el caso con el personal del hospital y para mi sorpresa no era la única que había pasado por algo similar, aunque ninguna se atrevía a enfrentar a los acosadores por miedo a perder el trabajo. Actualmente todo se ha superado. Los sábados, en la mañana, lo llevo a misa en su silla de ruedas.

Julio

Algunos pacientes han tratado de conquistarme. Recuerdo un caso. Era un joven de 35 años, había sido intervenido quirúrgicamente por apendicitis, pero tuvo una complicación y quedó hospitalizado un mes. Lo atendí y me tocó ver su evolución. A partir de la segunda semana él siempre estaba atento de mi hora de entrada para saludarme de mano y contarme su día. Se refería a mí como: “Julio, el mejor enfermero del mundo”. Un día me dijo que necesitaba hablar conmigo. Me confesó que sentía cosas por mí. Le comenté que me halagaba pero que mi ética no me permitía ese tipo de tratos. Quedó cabizbajo. A los días fui a su cuarto a saludarlo y me tenía un regalo, unos chocolates y una carta en donde expresaba claramente sus sentimientos. Para rematar se atrevió a invitarme a salir y respondí que en otras circunstancias probablemente aceptaría.

Cuando lo dieron de alta no se fue hasta que pudo despedirse de mí. Me dio un abrazo fuerte y un beso en la mejilla. Me sorprendí mucho y le deseé lo mejor. Honestamente he estado del otro lado, he sido paciente en algún hospital y sí me ha pasado por la cabeza decirle a algún enfermero que es guapo, aunque solamente lo pienso. Ha sido más mi dolor físico que mis ganas de andar enamorando a alguien.

Nadia

Un anciano de más de 80 años llegó a emergencia porque se le había reventado el testículo derecho en un accidente. Me pidieron que lo atendiera. Cuando estaba haciéndole la curación en los testículos tuvo una erección. A partir de ahí mis compañeras enfermeras me apodan: “Levantamuertos”.

Elvira

No sé si es el uniforme de enfermera o que están nerviosos pero los pacientes siempre quieren ligar. Una noche llegó un señor que se creía Julión Álvarez. Me cantó las mañanitas por ser mi cumpleaños. Por supuesto las demás enfermeras cuando lo escucharon comenzaron a grabarlo y fue cuando él le metió más sentimiento a su voz. “Con todo cariño para la enfermera más bonita de este hospital”, dijo mirando a la cámara del teléfono celular de una compañera.

Llegó a la sala de emergencia con dos dedos del pie rotos por un choque en auto, no sé cómo tenía ánimos de cantar música de banda.

Leticia

Realizaba mis prácticas hospitalarias en una clínica pública. Una tarde que ya casi acababa mi turno un joven que estaba hospitalizado me aventó al piso un papel doblado cuando ya se estaba acabando mi turno. Él era un migrante del estado de Veracruz que había llegado a la frontera en el tren ‘La Bestia’, pero una de las llantas le había agarrado un pie, aunque no se lo mutiló. Pensé que quería molestarme haciendo basura y como se dio cuenta me dijo que era un mensaje que debía leer en casa. Lo iba a romper pero una compañera me animó a leerlo. El recado hablaba de que se había enamorado profundamente. Pedía que lo disculpara por ser un romántico y juraba estar triste ya que tenía que regresar a Veracruz a curarse en una institución de caridad. También me daba un número de teléfono para que yo le marcara, pero no era de su casa sino de una tiendita de abarrotes de una vecina; ahí podría marcarle y la señora iría corriendo a avisarle. Creo que en los tres días de su internamiento nos habíamos mirado como cuatro horas; quería que yo le hablara, muy raro, no sé qué pensaba.

Brenda

Una noche atendí a un chavo pandillero, guapo, se notaba que hacia ejercicio; en una ceja tenía tatuado el nombre de su barrio. El chavo había llegado porque en un pleito de cholos le habían dado un balazo. Me di cuenta de que no dejaba de verme de una forma especial. Nos gustamos. Se me ocurrió darle un baño de esponja antes de pasarlo a quirófano. Le dije a una compañera lo que quería hacer y me ayudó a preparar el baño. Cuando estaba cerrando las cortinas para comenzar llega el jefe de turno y nos pregunta qué estamos haciendo. Le explicamos lo del baño y dice: “Muy bien, eso es lo que debe hacerse, yo les ayudo para que vean mi técnica”. O sea, quería bañarlo y manosearlo y el pinche enfermero me arruinó mi momento.

Los días que estuvo internado mis compañeras le daban batas de niño para que no le cerraran y que yo pudiera verle el culo. Les di las gracias por la atención.

Andrea

Una noche llegó un muchacho con un fuerte dolor abdominal que resultó que era apendicitis. Lo intervinieron quirúrgicamente y cuando despertó lo primero que miró fue mi cara porque era la encargada de atenderlo. Cinco minutos después ya me estaba tirando la onda de forma muy intensa. La verdad también me gustó y le di mi Facebook. Lo dieron de alta y se regresó a Los Ángeles, California, en donde vive. Estuvimos chateando por varias semanas hasta que cruzó la frontera de regreso para visitarme. Salimos, tuvimos un romance de fin de semana y nunca nos volvimos a comunicar. Luego supe que era casado y que cuando lo operaron estaba en México visitando a la familia de su esposa.

Julia

En el área que me encuentro actualmente los pacientes están más preocupados por vivir que por tener algún romance. Sin embargo al ver que van mejorando coquetean. Eso se debe a que atraviesan una etapa en la que confunden agradecimiento con amor por la enfermera que los cura, les presta atención y los comprende.

Hace poco un paciente que recibe la última parte de sus quimioterapias contra el cáncer en los ganglios linfáticos me dijo con mucho sentimiento. “Soy divorciado y tú has sido una persona importante en este camino difícil que transito; te quiero mucho, vayamos a cenar para brindar”, me dijo muy emocionado el paciente. Esa tarde había acudido a la quimioterapia muy perfumado y perfectamente planchado y vestido. Como no esperaba su invitación, contesté: “¡Oh!, estaría bien salir a festejar, preguntaré a mi esposo cuándo puede ir para salir los tres”; el sexto sentido de la mujer no falla, me di cuenta de que no buscaba una aventura sino una relación seria. Mi respuesta lo hizo titubear y apenarse. El resto de la consulta estuvo callado y no reintentó abordar el tema.

Una semana después del suceso me lo encontré en la fila del banco, nos saludamos con cariño y se limitó a preguntarme por mi familia. No tengo una figura excitante como para generar bajos instintos. El uniforme le atrae a los pacientes por el tratamiento erótico que le dan las películas y los programas de televisión. Por eso algunos pacientes no quieren colocarse adecuadamente el orinal, para que les veamos el pito, no sé qué creen que pasará.

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