Inglaterra, Croacia: el futbol no es nada más que un estado de ánimo


Normalmente te dicen que para llegar a la final de la Copa del mundo la condición sine qua non es: quién lo quiere más. A cuáles seres humanos les brilla más el negro de sus pupilas dilatadas. Osan a repetir —como si estuviese tatuado en algunas escrituras santas— que tienes que quererlo con tus dientes, como si se tratara del oxígeno que se necesita para seguir dando pasos en alguna avenida. Pero luego de ver a Croacia, 20 años después de su “generación dorada”, dejar en el camino a la Inglaterra más querida por la gente de a pie —y no tan a pie— enamorada del antiguo deporte que siempre ganaban los alemanes, pienso que la característica más real y palpable que tiene que tener una banda de hombres para llegar a la batalla final de la guerra, es la capacidad de mentir. Y de mentir bien.

Se trata de la cantidad de mentiras que le digas a tu cuerpo. A tu cerebro. Para poder hacerlo creer que esas piernas muertas, llenas de calambres no existen ni son reales. Convencerte que el aire frío que sientes reventando tu pecho y huesos no es más que una bajada de temperatura normal en el estadio. Que quizás alguna persona conectó aires acondicionados y por eso sientes lo que sientes. Que el tirón que está sintiendo el señor Mario Mandzukić no es tan verdadero y que, luego de estirar la pierna, desaparecerá. Creer que si se respira un poco más profundo todos estos síntomas físicos de fatiga extrema se irán por alguna alcantarilla del Luzhniki Stadium. Y claro, hay que hacer todo esto con una claridad mental crucial. Y esto último, es la razón principal por la que Croacia —la “Brasil europea”, como he leído que le dicen—, estará en su primera final de la Copa del mundo el próximo domingo contra Francia.

vía Borenmouth Echo.

Inglaterra. Siempre Inglaterra. La Inglaterra de este Mundial fue muy distinta a lo que nos tenían acostumbrados en los últimos 28 años. Un Harry Kane en modo Gary Lineker, un Harry Maguire que no durará mucho en el Leicester City, un John Stones que tuvo notas sobresalientes en la escuela Pep Guardiola, y un tal Jordan Pickford que mostró las condiciones exactas que debe tener un portero que tiene ganas de ser el mejor del mundo en algún momento de su vida. Una Inglaterra liderada por el chico bueno de Gareth Southgate, que unió a un país que no creía más en su selección. Como esa pareja que no cree más en los engaños, y que con su chaleco le cayó bien a todo el planeta.

Esta Inglaterra jugó todo el Mundial con un esquema que es extraño para los ingleses. No están acostumbrados a jugar con ese planteamiento mal llamado “continental”. Un 3-5-2 made en el City de Pep Guardiola esquina con Mauricio Pochettino. Y en los primeros minutos contra Croacia parecía otra vez ser el esquema que los iba a llevar a una final del mundo. Kieran Trippier y su fanatismo por David Beckham hicieron efecto: un golazo con mayúsculas a los cinco minutos del primer tiempo. Un comienzo soñado. Como casarte a los 18 años con el amor de tu escuela. Toda una vida por delante. 85 minutos de una semifinal de la Copa del mundo por delante. Croacia entró en terreno conocido: todos los partidos de eliminación directa de este Mundial los empezó perdiendo. Nada nuevo bajo el sol para los balcánicos.

Los ingleses la tuvieron. Kane erró una doble jugada en un offside que no fue offside pero sí fue offside (¿dónde estás, queirdo VAR?); Lingard le quiso pegar a la pelota como si fuese Cristiano y no un inglés nacido en Warrington. Y en un juego de este nivel, contra un rival con jugadores que han estado en todo tipo de situaciones posibles, hay que matarlos mientras se pueda. Quizás los ingleses pagaron por su inexperiencia, o quizás no. Terminó el primer tiempo e Inglaterra se supo superior, pero quedaban 45 minutos y en el otro lado estaba el mejor mediocentro del Real Madrid, y el mejor mediocentro del FC Barcelona. Estos tipos han estado en cualquier tipo de situación en sus vidas. Y se vio. Luego del centro número 18 al área (todos sin éxito) de Croacia, vino Perisić en una jugada que sí, que podría haber sido juego peligroso, pero no lo fue. Y empató el juego para el país con no más de cuatro millones de habitantes.

vía Irish Times.

Y qué decir de esto. El futbol no es nada más que un estado de ánimo. ¿Existe algún otro deporte en el que todo cambie por una acción de cuatro u ocho segundos? ¿Cómo puedes contagiar a 11 hombres cuyas vidas están resueltas independientemente del resultado del partido? Este tipo de absurdos hace que exista tanto dinero alrededor de este deporte. Apenas Perisić celebró el 1-1, a toda Croacia se le olvidaron las dos prórrogas y tandas de penales consecutivas que jugaron contra Dinamarca y Rusia. Luka Modrić fue Luka, Ivan Rakitić fue Ivan, y Mario Mandzukić fue Mario. Y estos jugadores juegan cada fin de semana en los mejores equipos del mundo y en instancias finales de las competiciones con el más alto nivel del futbol. No hay nada peor que darle vida a un semi muerto. Porque Croacia era un semi muerto. Y luego del minuto 68 Inglaterra se apagó. Dejó de estar. Es como si se hubiesen regresado a Londres, como si el 1-1 hubiese cambiado las reglas del futbol y significara que estaban eliminados. Empezaron a tocar la pelota con miedo, diagonales que no tenían finales felices, Harry Kane solo, sin ningún tipo de apoyo, Lingard y Dele Alli demostrando que no son interiores en el único partido que no tenían que demostrarlo. El partido bailaba al ritmo de Modrić y no se definió en los noventa minutos porque el futbol no quiso ser tan cruel con sus inventores. Le regaló 30 minutos más de vida para ver si, en algún tipo de ficción, los ingleses lo ganaban y gritaban el “It’s coming home!”.

Jordan Pickford y el poste izquierdo de su portería mantuvieron a Inglaterra en las semifinales del mundo. Pero en el único error que tuvo John Stones en todo el Mundial, Mandzukić le mintió a su cuerpo y corrió tres segundos más de lo que su físico daba para patear con más ganas que calidad y ganarse el abrazo de todos. 2-1 y se acabó. No había manera real ni posible de poder dar vuelta a este juego para Inglaterra. Entró Jamie Vardy, como patada de ahogado, en un juego que pedía a gritos para Inglaterra una especie de Cesc Fàbregas inglés. Quizás en algún jardín de Wolverhampton hay un pequeño Iniesta de 16 años esperando su turno para ponerse la playera inglesa. Croacia tiene de sobra este tipo de jugadores. Y es que para ganar la Copa del mundo tienes que tener a esta clase de hombres, que así pasen 89 minutos de un partido sin correr, con un poquito de brillo den el pase a gol o abran defensas que ni trescientos cincuenta Dele Ali podrían haberlo hecho. Habrá que hablar con Infantino y la Reina Isabel para ver qué tan posible es nacionalizar a Cesc. El único jugador inglés con este tipo de características es Jack Wilshere. Y ahí estaba en su casa, recién fichado por el West Ham United de Pellegrini.

Croacia está en la final de la Copa del mundo. Con un equipazo que debería tener algo más que guindarse encima del escudo en su pecho. Los enamorados del futbol van a querer ver a Luka Modrić levantar la copa del mundo. Y si esto sucede habrán campañas monstruosas para que tenga Luka el balón de oro que no le quisieron dar a Iniesta o Xavi en el 2010.

Esta banda de jugones balcánicos deberían poderlo lograr. Y es el que el futbol no es nada más que un estado de ánimo.

Puedes seguir a Diego en Instagram y platicar de Jack Wilshere con él.

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