Vi porno bajo la categoría de “violación” y terminé asqueada


La primera vez que vi pornografía fue a los 15 años. Un par de amigas querían mostrarme lo que tenía que hacer al estar a solas con mi novio para que no se aburriera, para que no se fuera con la chica cool que, creíamos, tenía más experiencia. “Cuando se estén besando, tócale ahí”, me decían. Ninguna mencionaba la palabra “pene”, “masturbación”, “vagina”, “sexo”, “orgasmo” o “placer”.

Vimos la cinta, en ese entonces una VHS, en casa de una de ellas, las tres un tanto abochornadas, compartiendo risitas nerviosas; ellas con una vida sexual activa, yo descubriendo cómo era “hacer el amor”:

Escena 1: aparece un hombre con un pene enorme (no se le veía la cara).

Escena 2: una mujer voluptuosa está tumbada en la cama esperando recibir o dar placer.

Escena 3: el hombre le toca los senos y las nalgas a la mujer, luego se la mete, de golpe y sin detenerse.

Escena 4: la mujer gime y pide “más, más, más adentro”.

Escena 5: el hombre eyacula.

Fin.

Empecé a creer que el amor y las relaciones de pareja era como se veía en esas películas, y que el sexo funcionaba como carnada para los hombres. Era —hoy lo sé— un círculo extendido de pésimos entendimientos respecto a la sexualidad y los estereotipos. Nadie nos detuvo y nos dijo “Oigan, es una fantasía, no se crean todo lo que ven. Así no es en realidad”.

Conforme pasó el tiempo aprendí más sobre mi cuerpo, mi deseo y mis necesidades. Comencé a delimitar y a entender que no tenía que gustarme todo lo que se promovía. Aprendí a decir “No” cuando una pareja me proponía algo súperteatral o invasivo. Porque el sexo no es como lo pinta el porno. Uno coge y se cansa, le suena la panza, puede oler “extraño” y hay ruidos chistosos; a veces tardas en lubricar o eyacular, y a veces no tienes ganas. Todo eso hay que validarlo sin intentar censurar o criticar al otro: merecemos —también— la libertad individual en el terreno sexual. Ahora, 15 años después, veo porno desde otra perspectiva. Incluso recurro a él cuando el flujo de mi imaginación se nubla por mis pendientes laborales y las responsabilidades de adulto.

Hasta ahí todo bien. Lo preocupante es no saber discernir entre lo real y lo fake; hay círculos en donde no se habla de sexo (no se explica, no hay orientación), entonces, no sólo se quedan con lo que la pornografía les ofrece, lo asumen —y consumen— como una verdad absoluta. Yo me lo tomé más en serio cuando, navegando por un sitio de internet, me topé con algunos videos bajo la categoría “Violación” y con descripciones como: “La vi en la calle y la violé”, “La vi y no me pude resistir”, “Estaba peda y la agarré”, “Folladas bestiales” y “Putas gratis”.

De inmediato pensé en Los Porkys, La Manada y otros casos en donde los hombres violan y violentan a las mujeres, lo graban y lo difunden como si se tratara de un triunfo. Como si supieran que hay, por ahí, alguien que desee verlo.

Me acerqué a un par de amigas a quienes les gusta el sometimiento sexual. Una me dijo que su fantasía más recurrente es que su pareja la tome por la fuerza, le desgarre la ropa, le rompa el calzón y la penetre furiosamente. Otra me decía que le excitaba la idea de que su pareja la amarrara e hiciera con ella su voluntad, desde sexo anal hasta un par de nalgadas y mordidas con fuerza. Ninguna de ellas, me aseguraron, había consumido nunca pornografía con la denominación de “Violación”, más bien habían construido el deseo mediante películas como Kiki, el amor se hace, hasta lecturas del Marqués de Sade.

Vi un clip de ese tipo, el de las violaciones, y me sentí agredida en todos los sentidos. Son videos asquerosos, me estremezco sólo de pensarlo y me cuestionó: “¿Soy parte de eso?” No me gusta ese contenido en específico, hace mucho que empecé a ver el llamado porno feminista, pero, finalmente, consumo pornografía. Y cuando uno consume algo difícilmente deja de existir, ¿no?

¿La respuesta es abolir la pornografía? Según Dina Weisberger, feminista radical antiporno, sí, pues la industria no sólo cosifica a la mujer, también promueve las violaciones sexuales. “El porno incita a la violación, no en el sentido de que la inventa, sino que la reproduce como algo totalmente deseable, erótico y legítimo, porque en el sentido común la pornografía no es vista como algo malo, sino natural”, cuenta.

De acuerdo con Dina Weisberger, el porno feminista —que a veces consumo—, tampoco es muy amigable con nosotras. “La mayoría piensa que el problema de la pornografía es que no haya cuerpos reales (gordas, flacas, estrías). Sin embargo, el problema real es que se trata de prostitución grabada y de propaganda misógina para quien la consume, mujer u hombre, dado que sigue afianzando una sexualidad violenta y una dominación patriarcal. No necesitamos que nos abusen sexualmente de una manera más linda, sino que dejen de abusarnos sexualmente y que dejen de tener acceso a nosotras. Por eso hay que abolirla”, asegura.

Dina me cuenta que el porno reproduce la creencia de que el cuerpo de las mujeres es accesible a los varones sin importar la hora, lugar o edad. “Lo único que necesitas es acceso a internet para tener acceso a un menú de distintas categorías, tipos de violencia sexual, sexismo, racismo y tendencias pedófilas”.

No puedo decir que el tema no me incomoda, vaya, no podemos negar que algunos de nuestros deseos sexuales se construyen a partir de lo que vemos en un video XXX, clips que muestran desde nalgadas y lencería provocativa, hasta aquellos en donde, tal cual, están violando —sin su consentimiento porque es parte de la fantasía— a una mujer. Y qué decir de la precaria educación sexual que se nos da, de las explicaciones que nos quedan a deber en la escuela y en casa. Aún así, mentiría si digo que nunca más consumiré pornografía.

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