Crónica de un día de manifestación a favor del aborto legal, seguro y gratuito


Artículo publicado por VICE Argentina

Desde temprano, a las 10 de la mañana, arranqué a caminar hacia el Congreso de la Nación por Avenida Callao y ya el olor a los choris y el sonido de las carpas empezaban a asomarse de a poco. Mientras tanto, algunas mujeres y hombres organizaban sus pertenecías en el suelo. Tiraban glitter y se gritaban entre ellas: “Pintémonos la cara de verde, luego si querés te ayudo con la carpa y te presto un buzo para que no tengas frío”. Con 10 grados de temperatura no habría problema, pero con 5, como amenazaba el meteorológico, habría que cuidarse un poco más. Todo indicaba que iban a faltar bufandas: pañuelos verdes había de sobra.

Organizaciones sociales, políticas, culturales, de Derechos Humanos y religiosas, tanto a favor como en contra de la legalización del aborto se congregaban de poco, de un lado y otro de la plaza. Unos mates pasando, cámaras de fotos y miradas del adversario empezaron a colorear una mañana larga de un miércoles laborable en todo el país.

Simplemente estábamos calentando motores para la gran movilización. Fue alrededor de las 11am que vimos los primeros discursos dentro de la cámara alta en el Senado. También fue en ese momento dónde se acentuaron las especulaciones y empezaron a circular números de teléfonos de algunos senadores y senadoras que se habían autoproclamado en una única condición: “indecisos”. “No seamos violentas, sólo digamos qué tienen que hacer: Señor senador, no deje que las mujeres sigan muriendo por abortos clandestinos. Ayúdenos a elegir libremente sobre nuestro cuerpo”. La consigna era concisa, real y oportuna.

Durante toda la tarde hubo diálogos intercalados. No se trataba de un encuentro casual donde me interesaba saber nombres, edades, géneros y ocupaciones. Eran conversaciones sobre lo mismo: que sea ley. Eran preguntas constantes que se repetían una y otra vez, entre desconocidas, a medida que pasaban los minutos: “¿Quién está hablando ahora? Es que no se escucha!” “¿Por qué el escenario está tan lejos?”. Empecé a correr hacia un altavoz para tener más cercanía con una pantalla grande que trasmitía la sesión en vivo. Con eso me conformaba: adentro estaban las compañeras pero personalmente prefiero la calle, ni siquiera me quería imaginar qué estaba pasando en el recinto, esa situación no se asomaba por mi cabeza. Sobornos, coimas, murmullos y rumores a flor de piel durante más de 10 horas de cobertura.

La calle era lo que único que nos quedaba a miles de personas después de consolidar consensos transversales luego de meses de activismo. Parques enteros se llenaban de batas rojas haciendo referencia a Margaret Atwood y su ficción que pensábamos alejada, distópica. Hoy ya no estamos tan seguras de eso. “Que analogía más extraña”, decía una compañera chilena sentada a mi lado. Me gusta creer que América Latina será toda feminista.

A las 19 horas ya estaba lloviendo. Empezamos a movernos de un lado a otro buscando techos de confiterías y estacionamientos para beber alcohol y seguir rezando para que las baterías de nuestros celulares duraran unas horas más. Por Avenida Corrientes pasaba de todo: hemos escuchado a los pro vida con argumentos de todo tipo: que somos asesinas, que los bebes y los cachorros, que la adopción. Hemos tenido manifestaciones religiosas y pañuelos naranjas que piden la separación de la iglesia del estado. Curas, monjas, pastores evangelistas hablando sobre la vida de los embriones, proclamando que Dios está “a favor de las dos vidas”. “¿Qué dos vidas? Cuándo decís ‘Dos vidas’, ¿a qué te referís exactamente, sabiendo que puede morir una mujer, la supuesta futura madre, en el intento de querer abortar?”, decía una chica con pañuelo verde que discutía en voz alta con otra que llevaba puesto uno celeste. “En serio te pregunto: ¿Qué dos vidas? Si lo que muere es un embrión. Esa discusión no tenía sentido”. La adolescente del pañuelo celeste no sabía cómo ni qué contestarle a su interlocutora. Se había formado una muchedumbre alrededor del enfrentamiento, pacifico y ruidoso a la vez.

Aborto legal o aborto clandestino: esa es la discusión de fondo. Las cifras estimadas son 97 millones de embarazos en el mundo y casi la mitad son no deseados. El 56 por ciento de los embarazos no deseados son abortos clandestinos. Durante el 8 A sólo en la ciudad de Buenos Aires éramos miles agitando el pañuelo verde, esperando una resolución favorable. Haciendo historia.

Mientras aguantábamos la lluvia decidimos volver al punto clave. Ya marcaban las 11pm frente al congreso. A medida que pasaban las horas sabíamos que estábamos mirando de frente a un edificio que comenzaba a darnos la espalda, sabiendo que dentro de ese lugar estaban tratando un tema de salud pública, que nos involucraba a todas las personas presentes, a las personas gestantes.

Se hizo de noche y el frío ya estaba invadiendo muchas gargantas que pedía a gritos un vaso de vino comprado en la calle. La botella pasaba, el cigarrillo se apagaba por el agua y los dedos de las manos empezaban a doler. Se escuchaban batucadas de fondo, cánticos cerca del congreso: “Arroz con leche yo quiero abortar, en condiciones dignas y en un hospital, con misoprostol, con intervervención, de la forma que sea es mi decisión”… y preguntas que continuaban resonando, muchas sin contestar “¿Cómo van?” “¿A qué hora se vota?”, en paralelo a los bailes, el agite feminista. No hay poder más grande que este sentimiento en común.

La última hora fue interminable, escuchando argumentos falaces de parte de los senadores y senadoras con sus pañuelos celestes sobre el estrado. Esperando los otros oradores de posiciones a favor de la interrupción voluntaria del embarazo llenas de glitter verde. “Ya nos vamos, estamos haciendo historia”, le dijo una madre a su hija, que estaba intentando comer una hamburguesa fría bajo un paraguas con los colores del orgullo.

Minutos antes de que el Senado llevara a cabo la votación se vivía un clima de ansiedad y cansancio. Especulábamos con un resultado negativo, sí, pero había rumores, imágenes corriendo por los grupos de whatsapp, que nos hacían creer que la cosa podía cambiar. No fue así. Levantamos la cabeza y vimos 38 votos en contra, 31 a favor, dos abstenciones y un ausente. “¿Dos abstenciones?”, dijo un amigo. “¡Tibios!”, grité contra la pantalla, sin sentido alguno.

De a poco la plaza se fue despejando. Se veían abrazos y lagrimas entre todas las personas que habían decidido pasar frío para aguantar. Esa mañana el presidente de la nación Mauricio Macri había publicado en su cuenta de twiiter: “No importa cuál sea el resultado, hoy ganará la democracia”. Es fácil que lo diga un hombre blanco con poder. Un hombre que jamás sentirá en su cuerpo las consecuencias de esta decisión.

Importa, claro que importa. Eran las 3 de la madrugada y seguíamos festejando un comienzo de un movimiento que presionará para que se vuelva a discutir pronto. Repartimos listas con los nombres de los senadores y senadoras que votaron y cómo votaron para tener en cuenta sus decisiones en futuras elecciones. también volantes con nombres de médicos feministas, con nombres de abogadas, con instrucciones de cómo usar Misoprostol. Claro que importa, porque igual hicimos historia.

Esta legislatura eligió el aborto clandestino. Seguro esa adolescente con pañuelo celeste estaría saltando y festejando por esa clandestinidad. Y seguro que la otra, con el pañuelo verde sigue esperando a que no la penalicen por tener un cuerpo gestante y pedir por sus derechos. Falta poco. Muy poco.

Sigue a Paloma Navarro Nicoletti en Twitter

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