Sueños hecho pelota: los futbolistas que no fueron


Artículo publicado por VICE Argentina

“Si me lo decís vos lo acepto, porque vos fuiste un fenómeno. Pero estos tipos, que nunca en su vida patearon una pelota… ¡Esa no me la banco! ¿Sabés los años que yo dejé en este club?”.

Muchos años después de esa charla, Javier confesaría lo que le costó no quebrarse cuando Néstor “Pipo” Gorosito, exídolo de San Lorenzo de Almagro, en Argentina, y Universidad Católica, en Chile, le dijo que no lo iba a tener en cuenta para el plantel profesional de Lanús por una decisión de la dirigencia. Lo confesaría con la misma opresión en la garganta de aquella tarde. Casi 15 años después, esa espina que parecía seca, reverdece.


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Para ese entonces, las postergaciones en su vida —como en las de cualquier proyecto de futbolista— se acumularon en una desorganizada pila de descartes que él mismo pudo coronar. Había que empezar otra vez, buscar un nuevo proyecto de vida, desempolvar todo lo que el mismo Javier había mandado al banco de suplentes.

La sociedad exitista a la que pertenecemos nos suele mentalizar para la búsqueda de los objetivos, de forma constante y perpetua. ¿Pero nos enseñan a aceptar el fracaso? ¿Cómo es la vida de esos chicos ya del otro lado de la línea de cal? ¿Cómo es empezar a buscar un nuevo camino cuándo el sueño del estadio lleno pasa al baúl de las frustraciones?

Según entrenadores de diferentes clubes consultados (Los Andes, Huracán y Banfield), en una institución promedio ven de 100 a 200 chicos diarios en pruebas que muchas veces no duran más de 10 minutos.

Foto cedida por la escuela de Estudiantes

Pero el “embudo” principal llega en 4ta. En esa instancia se juntan tres categorías: pueden estar en esa división hasta dos años y medio. En los últimos seis meses de ese periodo, el jugador sabe que tiene que hacer contrato sí o sí, para poder ser profesional. Sin embargo, un lesionado no puede quedar libre, por reglamento de la AFA: si un chico en esa instancia se lesiona el club tendrá que hacerse responsable hasta su recuperación. Una de las prácticas más comunes es no dejar que esos jugadores compitan por miedo a que se lastimen. Es así que pasan sus últimos meses de inferiores con la angustia de ni siquiera poder mostrarse.

¿Qué haría cada uno de nosotros si tuviéramos la certeza de que nos echan del trabajo y no pudiéramos ni trabajar para cambiar la situación? ¿Y si eso te pasa a los 18 años?

El uruguayo Miguel Robinson Hernández fue un reconocido delantero de la década del 80 tanto en Argentina como en México. Hace más de 15 años trabaja como formador en inferiores de Banfield y cuenta cómo preparan a los atletas para el día después: “Es un momento muy difícil para el jugador, pero la idea es que entiendan que hay vida más allá del fútbol, dos o tres veces por semana se hacen charlas con exfutbolistas que nos cuentan su experiencia. Charlar con gente que supo reacomodarse más allá del deporte suele ser una esperanza y un camino a seguir”.


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Hernández dirigió varios años en el fútbol mexicano (al mítico Toros Neza en el que militaron Antonio “Turco” Mohamed, Germán Arangio o el Colorado Lussenhoff) donde a diferencia de Argentina, en la mayoría de los casos el fútbol está en segundo plano de la escolaridad. “Ahí, la prioridad es el estudio, tanto para padres, jugadores y técnicos”.

El riesgo de “colgar” los estudios

En Argentina, los entrenamientos a partir de sexta (15 años aproximadamente) son a la mañana con lo cual muchos chicos se ven obligados a cambiar de turno escolar o bien abandonar. Es por eso que un gran porcentaje no terminan el estudio y llegan con mucho menos herramientas a la mayoría de edad.

“Por ejemplo en el América (México) existe un departamento especial que se encarga de que los chicos terminen los estudios antes de dejar la institución”, relató el técnico.

Desde el punto de vista psicológico, el golpe de “ya no ser” es muy grande. Algunos clubes como Huracán tienen gente especializada en esta área. Este es el caso del psicólogo deportivo Pablo Savaglia.

“Trabajamos principalmente con chicos de 18, 20 y hasta 21 años que se quedan sin el fútbol y de pronto no saben otra cosa que patear una pelota, entonces es muy complicado, por eso nuestra intención es que primero se formen como personas y después como futbolistas”, cuenta Savaglia.

Pablo Savaglia

El profesional habló sobre cómo muchas veces, el seno familiar influye negativamente: “la gran mayoría de los jugadores de inferiores son de bajos recursos y sufren la presión familiar de compensar una mala situación económica. Sin el fútbol como salvataje, los que no eligen el estudio suelen terminar en la calle y con una dificultad mayor para insertarse al mercado laboral”.

Sin embargo, el fútbol moderno es una máquina que no descansa y muchas veces el mercado, aún en inferiores, se impone a lo formativo. “Para el día después tratamos de inculcarle la importancia de la formación, se pide boletines, se trata de exigirle que terminen el secundario y se les advierte que no van a jugar si no cumplen. Aunque la verdad, es que si andan bien van a jugar aunque deban el jardín”, se sinceró.

Tanto Savaglia como su grupo de trabajo tratan de seguir en contacto con los chicos, aunque no sean más tenidos en cuenta por el club. “Incluso nuestro seguimiento con los chicos no finaliza una vez que quedan libres, tratamos de mantener contacto. Por suerte la mayoría están bien, algunos en otro clubes, otros en diferentes actividades, pero bien”, remarcó Savaglia.

El caso Estudiantes de La Plata

Sebastián Turner es director del colegio exclusivo para jugadores del club Estudiantes de La Plata, en Argentina. Un caso único en el país en donde 150 deportistas de las divisiones inferiores no sólo tienen la posibilidad de terminar sus estudios medios sino la obligación de hacerlo.

“Acá los chicos pasan todo el día en el Country de City Bell, donde entrenan, comen y van al colegio. La idea es más que nada darle herramientas y oportunidades más allá del fútbol, teniendo en cuenta lo difícil que es el camino en inferiores. La estadística dice que a Primera llegan 1 de cada 100, entonces la idea es que el club se haga responsable de la educación para que los chicos, si no les toca ser futbolistas profesionales, no queden sin nada”, explicó Turner que además es docente en la UNLP (Universidad Nacional de La Plata).


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El proyecto nació en el año 2015 bajo la presidencia del ídolo pincharrata Juan Sebastián Verón y lo que busca es lograr la “deserción escolar cero” en los jugadores de divisiones inferiores. “Históricamente el abandono escolar en juveniles es muy alta pero acá en Estudiantes, el que no estudia no juega y el que baja mucho las notas tampoco”, asegura.

De hecho en caso de quedar libre o pasar a otro club los alumnos continúan su escolaridad en la institución. “Hay algunos que quedaron libres o que están jugando Quilmes, Banfield o hasta en Gimnasia (LP) que siguen con nosotros”

Turner nombra con orgullo que como universitario se “cruzó” a exjugadores que hoy están estudiando Psicología, Educación Física u otras carreras, lo cual definió como una “gran alegría” ya que según explica: “significa que se le dio una educación integral, tanto deportiva, formal y también como personas”.

“Gran parte del plantel de reserva es egresado de nuestra Secundaria y hay algunos que están en el plantel profesional, de hecho hoy tenemos tres jóvenes en la selección sub 20 que estudian con nosotros y por ejemplo “Ruso” Ascacibar que ahora está en Alemania también es egresado de acá”, subraya

“Es decir que tenemos una doble faceta; por un lado darle la oportunidad a los que no llegan y por otro, que aquellos que lo hacen tengan su escolaridad terminada y sean espejo para otros”, acentúa el director.

La red de contención

Marcelo Casaccia, es preparador físico de la 8va división de Huracán y nos cuenta la función social que suele cumplir una institución deportiva y el peligro cuando esa red de contención desaparece.

“El adolescente es rebelde por naturaleza, es por eso que rara vez encuentra su lugar de pertenencia en su casa donde están la figura de autoridad como sus padres. En ese momento existen dos caminos: la calle o el club”, asevera el profesor.

Casaccia recalca que “muchas veces el entorno de los chicos no le permiten ver otro horizonte que no sea el del fútbol” y completa; “están 10 años convencidos que ese será su destino y cuando esa ilusión se cae empieza otra tragedia”.

Foto cedida por la escuela de Estudiantes

Pablito no lo aguantó. La cabeza a veces nos juega estas pasadas. Quizá para ayudarnos, quizá para reinventarnos sea necesario tocar fondo de forma ruidosa, en forma escandalosa. A Pablo no le iban a quitar el destino tan fácil y no iba a perderse en el olvido sin gritar. Él sabia lo que quería, para lo que se había preparado, y éste tipo no se lo iba a arrancar sin escucharlo.

Mientras oía las excusas que lo dejaban sin club, veía el centro del campo de juego, un poco para no mirarlo a los ojos y otro para disfrutar un poco más de su hábitat de volante central.

Ahí ya los recuerdos se vuelven confusos. Sabe que preguntó porque lo dejaba libre ahora cuando el Libro de Pases estaba ya estaba cerrado. Él tenía 17 años y sabia que esa charla tenía mas tufillo de punto final que de punto seguido; y de ahí no recuerda más

“Dicen que cuando salí de la cancha destrocé el auto del técnico y me fui a casa, yo no recuerdo nada de eso, es como si mi cabeza lo hubiese borrado”, cuenta casi una década después.

Los médicos hablaron de esquizofrenia o bipolaridad a partir de un gran disgusto. El había dejado muchos años ahí en Arsenal. Había dejado la vida y la había dejado cada día y en cada pelota dividida, pero alguien decidió que no alcanzaba.

Y costó, muchísimo costó levantarse, pero lo hizo. Fueron años de terapia y refugiarse en la familia para reinventarse, para reencontrarse, pero lo hizo.

Es que Pablo había aprendido una lección que se la iba a llevar mucho más allá de la línea de cal: cuando la vida te pega hasta tirarte, no queda otra que levantarse y volver a pedir la pelota.

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