Afrocordobeses: un relato de invisibilización


Artículo publicado por VICE Argentina

Instalación en la antigua estancia Jesús María // Cruz de la Compañía de Jesús en Tulumba. Por Ignacio Conese

Los primeros africanos llegaron a Córdoba como esclavos de la Compañía de Jesús, es decir, de los Jesuitas. Desde principios del 1500 y hasta su expulsión de América en 1777, todo lo que construyeron los Jesuitas lo hicieron con mano de obra esclava africana. Pero esos esclavos no venían solo a cumplir labores para los religiosos. La Compañía, eran los mayores traficantes de humanos del Continente. Durante ese período se calcula que pasaron por Córdoba, desde Buenos Aires y camino a las minas del Alto-Perú, cientos de miles de personas esclavizadas. En esa inhumana diáspora, muchos fueron quedando y formando parte de los pueblos y ciudades que nacían y que “necesitaban” de sus labores.

En la Córdoba preindependendiente poco o nada se construía, zurcía, cocinaba, cortaba, hachaba, cultivaba, hilaba, limpiaba, o básicamente trabajaba sin los cuerpos de los esclavos. Con la independencia lo único que cambió fue el lenguaje. Esclavos pasaron a ser sirvientes, peones, presos. El proceso de abolición de la esclavitud que oficialmente terminó en 1854 tardaría al menos 50 años más en ser plenamente respetado en la Provincia.


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Con los procesos industriales que llegaron en el siglo XX, gran parte de la matriz social se modificó drásticamente con el arribo de cientos de miles de inmigrantes europeos. Sin embargo, los descendientes de los afros, que medio siglo antes conformaban hasta el 50 por ciento de la población de Córdoba, en su mayoría, no se fueron a ningún lado. Permanecieron, se mestizaron más aún, pero permanecieron, aunque la sociedad y la historia oficial de blancos y europeos que los argentinos nos contamos se negó a verlos. O si los vio, los dejo en un lugar residual.

El discurso de desaparición del afro se mantuvo y mantiene hasta estos días. Pero más allá del discurso está la realidad y la experiencia de vida de cordobeses que reconocen en sí mismos y en la sociedad esta herencia:

Alejandro Ludueña. Uno de los rasgos donde Alejandro se reconoce afrodescendiente es en la forma de sus ojos. Por Ignacio Conese

Alejandro Ludueña de 54 años es músico y taxista. Recibe a VICE en su departamento que comparte con su compañera Cecilia en Alberdi, tradicional y popular barrio cordobés. Me cuenta de Elba, su Mamá y de sus Tíos, todos afrocordobeses con más generaciones en la provincia de la que puedan rememorar. Entre mates y tostadas con dulce charlamos acerca de la historia de los africanos en el territorio.

Alejandro con su mamá Elba Urán. Gentileza Alejandro Ludueña // Mano de Alejandro. Ignacio Conese // Angelita Medina, abuela de Alejandro embarazada de Elba. Gentileza Alejandro Ludueña

Córdoba registró el primer remate de esclavos el 27 de abril de 1588. Pablo, un hombre de 20 años y Giomar, una mujer de 18, fueron vendidos cuál mercadería, estando la operación a cargo de la Compañía de Jesús.

Alejandro me cuenta que la sociedad que empujó al blanqueamiento y ocultamiento de las raíces afros, es la misma que, por otro lado, “te está recordando todo el tiempo el tono de tu piel”. El “negro” que en muchas voces es amistoso y cariñoso, ante la menor cuestión pasa rápidamente a “negro de mierda”. Lo negro sigue relacionado a lo malo, lo que asusta, lo que avergüenza.

Esa forma de racismo, aunque sutil en comparación a otras experiencias como el apartheid o el segregacionismo, no es de todos modos, menos efectiva. Basta con prestar atención a los fenotipos de los laburantes del hoy que hacen las tareas de los esclavos del ayer.

Susana Juárez tocando su caja chayera riojana. Por Ignacio Conese

Susana Juárez de 60 años es riojana, pero vive hace casi dos décadas en la Ciudad de Córdoba. La historia de los afros en La Rioja no difiere mucho de la de Córdoba u otras provincias del centro y norte del país. Una tatarabuela suya fue “la negra” de la familia. Susana no distingue en ella rasgos fenotípicos afros; para ella la conexión con esa línea de su familia viene en su pasión y amor por la música, expresada en los géneros tradicionales folclóricos de su tierra, y siempre ligada a la percusión y el baile.


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A Susana el latido de su caja chayera la transporta a cuando escuchaba a las mujeres y hombres copleros de su pueblo, algo que le genera una gran tristeza, pero a su vez esperanza y alegría, contradictoriamente.

Esa conexión y orgullo de sus diversas raíces la llevó a formar parte desde los comienzos de las distintas mesas de diálogo académico y cultural en torno a los afrocordobeses y su legado.

Para ella el reconocimiento por parte de la sociedad de este legado es esencial en la construcción de la tan esquiva “identidad nacional”.

Luciana comprendió su origen afro en parte gracias a las actividades que desarrolla la comunidad afrocordobesa para lograr visibilización. Retrato de Luciana Loza. Por Ignacio Conese.

Hace cuatro años atrás a Luciana Loza de 42 años fue tras la insistencia de una amiga a la presentación del libro “Córdoba Morena” del historiador afrocordobés Marcos Carrizo. Esa charla fue el detonante para que ella y su padre, quien la acompañó, pudieran juntar las piezas dispersas del rompecabezas de su identidad. Su abuela llamada Rita Cabanillas, era una afrodescendiente mestiza, hija de la relación (o el abuso) de su madre y el dueño de la casa donde servía con las tareas del hogar.

Luciana, quien vive y trabaja en su chacra y en un pequeño paraje serrano llamado La Punilla, a diferencia de otros afrodescendientes que viven en la ciudad, nunca se sintió discriminada o estigmatizada por sus rasgos o tono de piel. Sin embargo, reconoce que ella misma ha repetido patrones en su vida que han sido marcados por generaciones y que están vinculados a la parte trágica y difícil de esta herencia. Ese entendimiento que le llegó al reconocerse como afrodescendiente ha sido, en sus palabras, fundamental como inicio de un proceso sanador en su vida para escapar de esos patrones de conducta.

En las Rancherías los Jesuitas alojaban a los esclavos y fomentaban entre ellos la vida conyugal. Los hijos de estos matrimonios eran retirados del seno familiar a los doce años para ser comercializados. En estos muros vivieron miles de esclavos a lo largo de cientos de años.

Para Rodolfo de 44 años, el éxito para un afrodescendiente es que su prole no tenga que hacer los mismos oficios que ellos. Rodolfo Moisés tiene una historia signada por la dificultad. Nacido en 1974, él y su hermana melliza, que vive actualmente en la Patagonia, fueron adoptados por una pareja de edad avanzada de clase media cordobesa. No supieron de esa verdad hasta llegados sus 20, ya transcurrida una infancia llena de discriminaciones, violencia y desprecios hacia ellos desde el mismo seno familiar.

Daniel y Carlos descansan un Domingo por la tarde fumando en uno de los bancos del frente de las Rancherías. Ambos nacieron, se criaron y viven ahí mismo, y así lo han hecho sus familias por generaciones. Rancherías de Santa Catalina. Por Ignacio Conese.

Un recuerdo fuerte de su adolescencia fue cuando un guardia del club Macabi de Córdoba no lo dejó entrar después de revisarle la mano y verificar que su palma era más clara que la parte exterior, y una línea se dibujaba en el interior de sus dedos. Era un adolescente que entrenaba con la selección cordobesa de básquet y el club estaba obligado a permitirle paso, pero primó la orden racista que el guardia debía ejecutar.

Rodolfo, profesor de música, musicólogo, luthier y fotógrafo entre otros saberes; habla pausado, serio, y piensa cada palabra que dice. En los últimos 20 años la Policía Provincial lo ha demorado no menos de 20 veces en la puerta, o a menos de una cuadra de su casa.

La Ley de Merodeo es la versión “moderna” de la Ley de Vagancia que se aplicaba en tiempos de postabolición. Nada cambia. En las detenciones, cuenta, la policía siempre buscaba humillarlo, poniéndolo contra la pared como un delincuente, y pidiéndole documentos solo para verificar siempre lo mismo, que estaba casi literalmente en la puerta de su casa en el barrio de Alta Córdoba.

Instalación en ex Estancia Jesuítica Jesús María. // Rodolfo Moisés tocando gato con la guitarra que él mismo confeccionó. Por Ignacio Conese.

Rodolfo ha dedicado gran parte de su trabajo a estudiar las formas sutiles en que la cultura africana se ha permeado en las distintas expresiones culturales, en especial la música popular. El gato, folclore cordobés por excelencia está plagado de estos símbolos, y fueron afrocordobeses como Chango Rodríguez o “El Pícaro” Correa quienes la desarrollaron como género. Aunque cuando se lo escucha pareciera que tocan dos o tres músicos al menos, es siempre uno solo; bien ejecutado es un género reservado para unos pocos músicos. Para tocar bien se requiere “hacer un pacto con el diablo”, leyenda que se refuerza con la posición de la mano sobre el mástil de la guitarra que casi permanentemente hace cuernos con los dedos índice y meñique. Rodolfo encuentra en estas leyendas y artes formas sutiles de resistencia, de permear mensajes, de subvertir ciertos mandatos.

Elba Margarita Marino, Marcela y Luis Andrés Alarcón. Cumpleaños de Marcela Fotografía gentileza de Marcela Alarcón. // Nesa, la diminuta primera muñeca de retazos confeccionada por Marcela. // La contextura de su cuerpo, que se repite en las mujeres de su familia es donde Marcela más nota sus rasgos afros. Marcela Alarcón en el Museo Marqués de Sobremonte. Por Ignacio Conese.

Marcela Alarcón con 55 años es una cordobesa sin tonada ya que pasó gran parte de su infancia en la provincia de Santa Fe. Afrodescendiente por línea paterna, Marcela cita a VICE en los patios del Museo Marqués de Sobremonte en pleno centro de la Ciudad de Córdoba patios que lindan con los pequeños cuartos donde los esclavos de Sobremonte vivían.

Artista textil con recorrido en museos y exhibiciones locales y nacionales, concuerda con la experiencia de que es la sociedad la que primero te hace sentir diferente.

Su trabajo la llevó a conocer a una cooperativa de mujeres afrodescendientes en Brasil que se dedica a la producción de muñecas hechas con retazos de tela. El origen de estas muñecas está relacionado a que eran los únicos juguetes que las madres les podían fabricar a sus hijas, cortando retazos de su ropa en tiempos de esclavitud. Marcela se contactó con la cooperativa y les solicitó permiso para armar grupos de mujeres que se juntaran a confeccionar estas muñecas y socializar, costumbre vinculada a la confección textil artesanal. Cuando las mujeres se juntaban a confeccionar las muñecas, comenzaron a surgir en muchas los recuerdos de “alguna abuela, o tía -no tan blanca” que les armaban muñecas similares en la infancia.


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Ximena Alzogaray de 32 años es oriunda de Jesús María, aunque vive en la ciudad de Córdoba hace varios años. De chiquita, visitar las estancias jesuíticas de la zona le provocaba escalofríos: le afectaba la energía que desprendían esos sitios. Ximena reconoce que es probable que ella sea afrodescendiente de línea paterna, pero prefiere no vincularse con África en esos términos; es decir desde la perspectiva de la diáspora africana y la cultura que se provocó a partir de ella.

Para esta bailarina y comunicadora, que había dominado ya las danzas árabes, fue el primer encuentro con los tambores africanos en las sierras de Córdoba lo que definiría su trabajo y la llevaría a viajar a Guinea en búsqueda de perfeccionarse en esto que la hacía vibrar. Junto con un grupo de músicos formaron un conjunto tradicional de danza africana llamado Wongai, que significa “vamos” y es una palabra que se repite durante los bailes como aliento.

Detalle en la remera de una alumna de afro danza. Por Ignacio Conese.

Ximena, Wongai, sus alumnos y muchos más son parte de un floreciente interés cultural por África en Córdoba que no es determinado por el pasado de esclavitud y la cultura que originó; y por ende no es tampoco exclusivo de afrodescendientes, sino de cualquiera que tenga el interés.

Clases de afro danza a cargo de Ximena Alzogaray -Wongai. Ciudad de Córdoba. Por Ignacio Conese.

La pobreza empujo a la abuela materna de Nicolás Alanís, 35, a dar en adopción a sus seis hijos, entre ellos a Teresa Pereyra, 53, la mamá de Nicolás. Con el tiempo algunos de los hermanos restablecieron contacto, y hace un año atrás una tía le acercó a él y a su mamá, una foto de la madre de su abuela. En la foto se veía a una mujer afro, que según pudo establecer la familia, había emigrado desde Brasil y trabajaba de empleada doméstica. Nacido y criado en Saldan donde aún vive, este músico y tatuador comparte una experiencia similar a la de su compañero de banda Alejandro Ludueña, quien lo acompaña en el proceso de reconocerse como afrocordobés. También a él la sociedad fue la que le marcó la diferencia, la que lo hizo “negro”.

Nicolás recién arranca en el proceso de reconocerse afrodescendiente. Retrato de Nicolás Alanís. Ignacio Conese

Parte del reclamo por parte de la comunidad de afrocordobeses y de afrodescendientes en general en el país es el reconocimiento de su existencia, legado y aporte a la construcción del ser nacional. Sin este aporte no se explican las comidas, bailes, música, poesía, sincretismo, ni tantos otros aspectos de la cultura argentina; como tampoco se explican cada ladrillo levantado, lana lavada o alimento cultivado durante un par de siglos. Argentina a sus afrodescendientes les debe por lo menos ese reconocimiento, acompañado de algo que mejore las condiciones que el blanqueamiento fallido y nuestro racismo silencioso dejó en la sociedad.

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