Así es el fútbol femenino en Argentina


Artículo publicado por VICE Argentina

Elisabeth Minnig nunca había atajado en un arco de fútbol 11 cuando la convocaron para la selección femenina sub-20. Tenía 18 años y había viajado desde Coronel Suárez, el interior ganadero de la provincia de Buenos Aires, para probarse en el predio de la AFA en 2005. Se ponía los guantes para un equipo de fútbol ocho de su ciudad, aunque jamás había ensayado en un arco grande. La diferencia entre ambos es la misma que existe entre la lluvia y la nieve. Minnig quedó seleccionada porque se lució en las pruebas, y quedó seleccionada, también, porque no había otras arqueras de su edad.


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Belén Potassa creció jugando al fútbol con varones. Nació en Cañada Rosquín, un pueblo de Santa Fe, y empezó a jugar con los chicos porque ningún club tenía la disciplina para mujeres. Era la única salida posible para Potassa, que jugó hasta donde la dejaron: el fútbol se acabó cuando los nenes crecieron y empezaron a competir en una liga regional donde no la dejaron participar. Probó con otros deportes, como quien intenta superar un romance frustrado. No funcionó. Volvió a jugar cuando se mudó a Rosario y se incorporó al equipo femenino de Rosario Central. Durante la adolescencia, etapa vital para el leudado de los futbolistas, Potassa no pudo desarrollarse. Hoy, a pesar del crecimiento autodidacta, es la goleadora del seleccionado nacional.

María Belén Potassa con la bocha bien pegada al pie

El fútbol femenino es una selva, y las jugadoras de fútbol femenino son flores salvajes: crecen solas, como pueden, y se cuidan solas, como pueden.

“Estamos 100 años atrasados con respecto al fútbol masculino”, dice el entrenador de un equipo de Primera División de mujeres cuya identidad ha preferido mantener en el anonimato. La frase no es metafórica. La actividad está como el fútbol masculino de la década del 20, enterrada en el amateurismo, aunque con indicios de crecimiento. El panorama, sin embargo, es crudo. Pocas jugadoras cobran un viático. Quienes sí lo hacen reciben, en promedio, 3,500 pesos al mes. Muchas chicas juegan al fútbol para conseguir otro ingreso. Pueden jugar dos partidos en el mismo día. Necesitan un empleo para solventarse: trabajan de día, entrenan de noche. Algunos juegos se programan, por ejemplo, un martes por la tarde, en pleno horario laboral. Nadie paga entrada para presenciar un partido. Algunos equipos se presentan sin suplentes porque no reúnen más de 11 futbolistas. Otros equipos hacen rifas para pagar la ambulancia exigida por la AFA para cada encuentro. La AFA cambia el formato del torneo año a año. No existen las divisiones inferiores. Hay partidos de Primera que terminan 9 a 0. La transmisión televisiva del torneo llegó recién este año, al igual que el sponsoreo: Crónica transmite un cotejo a la semana y Nike le da botines y ropa a un grupo de siete jugadoras. El sindicato de futbolistas femeninas no existe: nadie las representa gremialmente, nadie las cobija en el desamparo. Nadie más que ellas mismas.

Boca Juniors en una celebración

El amateurismo de las chicas —el amor al juego, a los colores, a ellas mismas— es la fuerza del deporte.

“El fútbol femenino va a crecer cuando crezca a nivel global”, dice Ricardo Pinela, presidente de la comisión de fútbol femenino de la AFA. La AFA y la selección femenina estuvieron en conflicto en abril de este año. Las chicas fueron a jugar la Copa América de Chile con apenas una semana de entrenamientos, sin la ropa adecuada y sin haber cobrado los viáticos que les paga la entidad. Sus reclamos se hicieron virales. Salieron terceras en medio de la nebulosa. La televisión transmitió algunos juegos. El éxito fue absoluto. Impulsadas por la visibilidad, las demandas cambiaron el paisaje. El plantel volvió a las prácticas este mes, la AFA armó una gira por Estados Unidos y reactivó el pago de 200 pesos que cada chica recibe por día de entrenamiento. Claudio Tapia, presidente de la AFA, mejoró el escenario. Pero no creen ser los encargados de la profesionalización. El organismo madre del fútbol argentino quiere que las chicas les exijan a los clubes que inviertan en ellas, en su crecimiento: que las instituciones sean responsables de dar el salto.

Para eso, Minnig tiene una respuesta: “A cambio de la plata que reciben por la televisación, la AFA podría exigirles algo a los clubes, como poner divisiones inferiores. Pero si no lo hacen…”.

Elisabeth Minning, arquera y capitana de Boca Juniors

Belén Potassa juega en la UAI Urquiza, la potencia de la disciplina: el equipo usa la estructura de la Universidad Abierta Interamericana para sostener económicamente a sus jugadoras. Potassa vive en un departamento que le alquila la Universidad, trabaja cuatro horas por la mañana como recepcionista en la Universidad, almuerza en el comedor de la Universidad, y luego entrena en el equipo de la Universidad. No es la excepción: la mayoría de las chicas tiene un puesto en la facultad, y además reciben una beca para estudiar la carrera que más les guste. A cambio deben entrenar cinco días a la semana, y jugar la fecha del campeonato. UAI Urquiza es el paraíso, y el contexto es lo que marca la diferencia: ganaron el título con la contundencia de quien hace las cosas bien.


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“Tenemos una ventaja enorme respecto a otros clubes”, asegura Potassa. Es que los otros clubes ni siquiera tienen estructura: dependen de la voluntad de las chicas para entrenar y jugar. Detrás de UAI Urquiza, por mucho, está Boca, el último subcampeón. El club más rico del país sólo alquila un departamento para alojar a cuatro chicas del interior. En la pensión donde viven los chicos del club más rico del país no hay lugar para mujeres. La cancha donde entrena el plantel femenino del club más rico del país no tiene luz artificial. Quizás por todo eso las llaman Gladiadoras. Minnig es la arquera y capitana de las Gladiadoras. Se mudó a Buenos Aires en 2011 porque un dirigente le consiguió empleo. A pesar de que atajaba en la selección, no podía irse de Coronel Suárez sin una propuesta laboral. Si el único sostén es el viático, el fútbol femenino es una utopía. Ahora atiende al público en la obra social de la Universidad de Buenos Aires, donde la dejan faltar si debe jugar un partido un día de semana.

Potassa en el golpeo de balón

Minnig integró la generación dorada del fútbol femenino. Fueron días inolvidables: ganaron la Copa América 2006, disputaron los Mundiales 2003 y 2007, y participaron de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Pero después del pico vino el derrumbe. “Hasta 2009 tuvimos una época brillante”, dice Minning. “Estábamos bien físicamente, entrenábamos todas las semanas, cobrábamos al día. Había una gran organización de la AFA”. Una mujer custodiaba la actividad desde las sombras. Nélida Pariani de Grondona —la esposa de Julio Grondona, el histórico presidente de la entidad— se ocupaba de que ellas estuvieran cuidadas, protegidas. Nelly les consiguió trajes para el Mundial 2006, se encargó de que Adidas diseñara ropa para ellas porque antes vestían lo que dejaban los hombres, y le decía a su marido que “no se olvidara de las pibas”. “Desde su lugar hizo mucho”, dice Minnig.


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Nélida falleció en 2012, y desde entonces el fútbol femenino se convirtió en tierra abandonada. El plantel estuvo dos años sin entrenar. En 2014 asumió como entrenador el Vasco Olarticoechea, un futbolista campeón del mundo en México ’86, porque “había un hueco en las mujeres”, y él era empleado de la AFA. Según un artículo publicado por la revista argentina de fútbol Don Julio, Olarticoechea ni siquiera sabía cómo se llamaba su antecesor —“un pelado gordito, me mataste con el nombre”—. Para la AFA las mujeres eran el hueco, el vacío, un requisito que había que cumplir para que la FIFA bajara algunos dólares. Pero ahora las mujeres exigen. Ya no quieren ser las sobras, ni el hueco, ni el vacío. Por una medida de CONMEBOL, a partir del 2019 todos los clubes que participen de la Copa Libertadores o la Copa Sudamericana masculinos deberán tener un equipo de fútbol femenino. La AFA va a implementar un torneo de reserva, el próximo año ampliará el cuerpo técnico del seleccionado nacional, y va a exigir que todos los entrenadores estén habilitados para dirigir.

La profesionalización es el horizonte. Argentina, mientras tanto, funciona lejos de lo que cobra una futbolista en los países más desarrollados en el deporte como España o Estados Unidos. “No estamos a 100 años de los hombres: cuando lleguemos a la situación en la que están ellos hoy, ellos van a estar cinco veces más adelante”, dice Minnig. “Lo que falta, sobre todo, son sponsors que nos acompañen”, agrega Potassa. “Para la profesionalización faltan no menos de cinco años”, confirma Pinela, directivo de AFA. “Va a ser difícil que lo logren. Pero tienen que pelear, tienen que luchar. Ojalá lo consigan”, dicen desde una oficina importante de la AFA sobre la profesionalización.

“Nosotras no podemos pelear por todo, ¿pero sabés que pasa? Yo sé que no voy a terminar cobrando 15 mil pesos, y sin embargo pienso en las generaciones futuras porque quiero que el fútbol sea como en Brasil, Estados Unidos, o España. Yo sé que somos una generación de transición”, se lamenta Minnig.

La generación de la transición no ganó ningún título, aunque quizá ganó más que eso: es la que se hizo un lugar en la televisión, la que consiguió marcas, la que dice acá estamos, esto somos, y nos vamos a quedar para siempre.

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