‘Cereal vibes’: cómo sobreviví varios círculos infernales pavimentados de glucosa


Artículo publicado por VICE Colombia.


“¿A qué viene para mí este incienso de Seba, y la buena caña olorosa de tierra lejana? Vuestros holocaustos no son a mi voluntad, ni vuestros sacrificios me dan gusto”.

—Jeremías 6:20: 20

El pequeñísimo bar estaba atestado de jóvenes en edad escolar que luchaban codo a codo tratando de encontrar un lugar en la barra. Otros competían como gladiadores hormonados para lograr una selfie limpia. Este bar ni siquiera es un bar, se trata de un cereal bar. La tendencia fue inaugurada por un par de hermanos hipsters que abrieron en 2014 un negocio llamado Cereal Killers en el mítico barrio Brick Lane de Londres. El lugar fue declarado objetivo por el colectivo anarquista Class War (guerra de clases), quienes lo asediaron un año después de su apertura acusado de ser uno de los elementos gentrificadores del antes populoso barrio de clase obrera. Doscientos militantes lo bombardearon con latas de pintura y escribieron la palabra “escoria” en la fachada de la novedad.

El exitoso modelo de negocio se extendería por varias ciudades del mundo como Barcelona, Madrid, París y Nueva York. Bogotá no podía ser la excepción. Entré a este magic —como dice en el anuncio luminoso del sitio— a eso de las cuatro de la tarde de un jueves lluvioso.

El sitio, ubicado en plena Zona Rosa de la ciudad, es un lugar angosto de dos pisos iluminado con neón azul. Al fondo del primer piso se puede ver un estante repleto de cajas de cereal. Había en una pared un par de alas pintadas, dispuestas para que la clientela se tome esa trillada foto como ángel. Al acercarme a la barra, uno de los meseros —que estaba vestido como Luigi, el personaje de Mario Bros— me alcanzó una carta con celeridad, como compadeciéndose de mi evidente confusión y torpeza de anciano extraviado; señaló el campo de batalla —que era la barra—, y me dijo con falsa amabilidad sacada de cartilla condescendiente: “tienes que hacer antes tu pedido en la caja”.

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Me senté entonces en una mesa en la terraza adornada con una matera en forma de Buda para leer el menú impreso en una hoja plastificada con diseño ochentero. ¿Qué tiene que ver el budismo con esta orgía efectista? La carta, que tiene al respaldo la palabra “dulce” escrita con letras blancas, ofrece una treintena de productos divididos en seis grupos (bebidas frías, bebidas calientes, waffles and french toasts, magic tastes, cocteles y cereal). Se pueden pedir platos de cereales nacionales ($6.000) o importados ($10.000) con leche coloreada.

Todo un despropósito para quien compra una caja de cereales por casi ese precio. Como no soy ajeno a la experiencia de desayunar cereales, opté por los platos de autor. Primero pedí una botella de agua de marca Agua20Water ($6.000) que era descrita como “agua codificada con el poder de la palabra”. Me gustaría pensar que la sacaron del grifo de algún bar bohemio del centro, de esos de salsa de los setenta y estudiantes de antropología, pero seguramente ni siquiera la trataron con insultos. Sabía a agua fría sacada de cualquier grifo.

Era como vivir en carne propia el resultado del holocausto de ositos cariñositos, fresitas, borradores de hello kitty, unicornios y pitufos.

Me aventuré después a ordenar una de las especialidades del bar: “Cotton Candy Burrito” (15.000), o lo que vendría a ser un burrito de algodón de azúcar. El burrito —si a eso que parecía material preescolar se le podía llamar burrito— era una aberración desde todo punto de vista. Se trataba de un algodón de azúcar relleno de helado y cereal —en este caso Lucky Charms— que me puso de cara contra un monstruo azucarado de siete cabezas. Apenas pude darle una probada a este monumento a la anilina y sinrazón. Creo que nunca he probado algo tan dulce y malvado. Era como vivir en carne propia el resultado del holocausto de ositos cariñositos, fresitas, borradores de hello kitty, unicornios y pitufos.

Tuve que pedir otra botella de agua “codificada” para apagar este hervidero de calorías. Seguían llegando nuevos clientes. Ninguno superaba los veinte años. Como me precede una tendencia autodestructiva, decidí hundir el pedal hasta el fondo pidiendo un Rainbow Grilled Cheese ($12.000), una receta de la casa con queso mozarella “de arcoíris”. Un sándwich hecho con pan de molde relleno con un queso dulzón de varios colores con sabor a comida de avión en picada. Lo único de este lugar que parecía no haber sido tratado por la bruja de Hansel y Gretel era el pan de ese sándwich. Era obvio que esta clientela no era precisamente un club de sibaritas. Se trataba más bien de ansiosos cazadores de “me gusta” para sus perfiles de Instagram o Facebook. La comida aquí parecía ser utilería, así que me decidí por una limonada mientras estudiaba la carta una vez más. Pedí una limonada “Unicorn” (8.000). Se trataba de una limonada(¿?) coloreada rematada por algodón de azúcar. Solo pude tomar dos sorbos de esa pituficualquiercosa. La sola presencia del algodón de azúcar me resultaba repulsiva después de haber pasado por el burrito.

Estaba por pedir un tercer plato, pero el enjambre de adolescentes había crecido de tal forma que acercarse a la barra era en ese momento un deporte de altísimo riesgo. Se podían ver las consecuencias del exceso de glucosa en el ambiente: los colegiales hablaban a gritos, se movían nerviosos con sus celulares y buscaban frenéticos —como en una carrera de observación para ciegos— los mejores fondos para tomarse fotos, sacando la lengua o haciendo muecas. Me sentí algo mareado en ese punto.

Desde ese día no he comido un solo postre, atormentado por la visión dantesca de ese palacio de la melaza, de esos engendros acelerados.

El burrito de algodón de azúcar parecía haber explotado contundentemente y estaba haciendo efecto. Uno muy adverso, debo decirlo. Decidí poner pies en polvorosa, buscando afanosamente la salida, abriéndome paso casi a codazos. Desde ese día no he comido un solo postre, atormentado por la visión dantesca de ese palacio de la melaza, de esos engendros acelerados. ¿Qué clase de sociedad enferma somos? ¿Dónde quedó la experimentación con vodkas de durazno o cigarrillos hechos de telaraña?

Lo único cierto es que cualquier persona con mayoría de edad está muy vieja para este concepto, a menos de que se trate de un acosador de menores o un diabético suicida.

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