Viajé a los Andes para probar la mejor marihuana del continente


La primera fumada de marihuana me hizo reconocer que había aterrizado en otro mundo. El sabor a moras del cigarrillo me hizo pensar que este jurado internacional usaba papeles de sabores para rolar y catar la marihuana, pero al ver que se trataba de sábanas blancas y que el sabor venía de la yerba, me cayó de golpe el hecho de que me encontraba entre los mejores cultivadores y extractores del continente, y esta era apenas la primera muestra que fumaba de 40 flores cultivadas en interior, 30 en exterior, 22 extractos con solvente, 10 extractos sin solvente y 44 de rosin que participaron en esta edición de la Copa Cannábica de los Andes.

En Santiago de Chile se vive dos horas más temprano que en mi natal Ciudad de México, y en temas de cannabis también van algunos años más adelante. En términos legales, Chile fue pionero en el cultivo de cannabis medicinal. En 2014 se llevó a cabo un cultivo de marihuana legal con fines medicinales en Santiago, hecho por la fundación Daya, y cultivado por uno de los organizadores de los organizadores de la copa. El cultivo contó con 624 plantas y se convirtió en un referente mundial. Sin embargo, el autocultivo en Chile se encuentra en un área gris. La ley 20.000 —que es la que regula la marihuana— prohibe en su primer artículo la elaboración, fabricación, transformación, preparación o extracción de sustancias o drogas estupefacientes o sicotrópicas; sin embargo el artículo cuarto de esa misma ley establece que no serán penadas las personas que posean, transporten, guarden o porten consigo pequeñas cantidades de sustancias cuando prueben que están destinadas a “la atención de un tratamiento médico o a su uso o consumo personal exclusivo y próximo en el tiempo”.

En la realidad, esto significa que es muy difícil que las autoridades busquen y persigan a alguien por cultivar marihuana para uso personal. Y aun en esos casos, las personas pueden demostrar que es para uso privado y no ser procesados como traficantes. Además, una encuesta hecha en 2017 por La Universidad Andrés Bello y la Universidad de Londres, encontró que Chile es el país latinoamericano con más consumidores de cannabis, y por lo que pude ver, su capital está llena de growshops, en donde se venden distintas genéticas de semillas, supuestamente para uso exclusivo como artículos de colección.

24k. Marihuana chilena para uso personal y próximo en el tiempo.

La Copa Cannábica de los Andes es la copa más antigua de Chile; su primera edición se llevó a cabo en 2010, y desde entonces sus organizadores se han convertido en referentes regionales del cannabis. Por un lado, Alejandro Alvear es un cultivador de 33 años con 18 de experiencia, que ha ganado más de 20 copas a nivel sudamericano y que en 2010 fundó Trip Seeds, el banco de semillas más antiguo de Chile y el que más tiempo lleva funcionando en Latinoamérica. Por otro lado, Carlos Prado, mejor conocido en el medio como Lechuga, tiene 34 años y ha cultivado desde los 18, fundó en 2013 la línea cannábica Anumka, con la que ahora lanzó una línea de semillas Anumka Cañameros, y ha caminado de la mano del movimiento cannábico chileno por años, siendo la mente y los brazos detrás del primer cultivo cannábico y organizador de la junta nacional de amigos cannábicos, precursora de la copa.

Con una sonrisa, Alejandro y Carlos recuerdan que en la primera copa participaron apenas 15 muestras, y todas de flores. En aquellos años, me aseguraron, la tecnología que rodeaba a la marihuana no era tan avanzada como ahora, y el contexto chileno en torno al cannabis hizo que el número de muestras fuera considerablemente menor que en esta octava edición, en donde el número de extractos que compiten supera al número de flores, y en donde el jurado trabaja sin descanso desde dos días antes de la Copa para poder calificar todas las muestras sin dejar una sola fuera.

Algunas de las muestras de marihuana cultivada en interior son analizadas por los jueces dos días antes de la copa en un departamento en Santiago, Chile.

Durante el jueves y el viernes previos a la copa, sólo el jurado se reúne para ir calificando las muestras que los concursantes han entregado personalmente a los organizadores del evento. Este jurado, me comentó Alejandro, fue seleccionado por su trayectoria y conocimiento en el mundo del cannabis. Muchos de ellos han ganado un puñado de copas y han juzgado otras tantas. Hay tres chilenos ganadores de copas locales y activistas; tres brasileños con un profundo conocimiento del mercado y de extracciones; y un uruguayo, que fundó el segundo club cannábico de Uruguay y que puede reconocer cepas con solo olerlas y observarlas.

Después de probar ese cigarrillo con sabor a moras, Lechuga me pasó una de las hojas en donde los jueces anotaban sus calificaciones para que hiciera lo mismo con mi opinión de las diferentes yerbas concursantes. Al igual que en otras copas que he presenciado, la calificación se dividía en diferentes aspectos de la flor: aroma, sabor, gusto, fumabilidad y efecto.

Los jueces catan y califican las muestras de marihuana cultivada en exterior un día antes de la Copa de los Andes, en el Cajón del Maipo, el recinto donde se llevó a cabo la Copa.

Las muestras estaban separadas en pequeños frascos de plástico transparentes que permitían observarlas mientras conservaban su aroma. Cada frasco tenía una clasificación —categoría interior o exterior— y un número, para que los jueces pudieran juzgar las plantas sin saber de cuál se trataba, para tener una mayor objetividad. Para cada planta a calificar, se hacía circular el cogollo para que cada juez pudiera olerlo, observarlo de cerca y tocarlo. Posteriormente se hacía un caño —como se dice a los cigarrillos de marihuana en chile— que se rolaba para que los jueces lo succionaran apagado antes de prenderlo y fumarlo. A cada cepa participante se le dedicaba un tiempo y un diálogo, en que se analizaban los aspectos positivos y negativos. Después se daba una calificación y se procedía con la siguiente muestra.

Las muestras a calificar eran tantas que muchos de los caños no llegaban ni a la mitad antes de ser abandonados en un cenicero, pero los filtros estaban numerados en caso de que alguien quisiera volver a probar una muestra. Además, en la mesa siempre se procuraban botanas y cada cierto tiempo se hacía una pausa para ingerir una comida que permitiera seguir fumando cannabis de calidad internacional.

Decidí terminar mi participación como juez al finalizar la primera jornada, cuando me di cuenta que para mi gusto, todas las muestras merecían un diez. A partir de ese momento, aunque probé y analicé la mayoría de las muestras, preferí observar y aprender de estos jueces, cuyos conocimientos cannábicos los trajeron a juzgar marihuana a los Andes. Desde cómo se ven los mejores tricomas, hasta cómo diferenciar aromas e identificar una buena fumabilidad o un exceso de nutrientes, fue como un curso intensivo y práctico para identificar marihuana de calidad.

Para los extractos el proceso fue similar, con bolsitas marcadas con categorías —extractos con solvente, sin solvente y rosin— y números para contener las muestras anónimas. Cada muestra se observaba, se olía, y finalmente se tomaba un poco con un clavo para fumar en unos bongs dispuestos específicamente con el propósito de fumar extractos sin parar durante horas. En total, sumando las flores y los extractos, fueron cuatro días en los que se cataron y calificaron un total de 146 muestras.

Una cabaña en medio del bosque, a la mitad de la Cordillera de los Andes, era el punto de reunión de la octava Copa Cannábica de los Andes.

Sin embargo, a diferencia de otras copas en las que he podido estar, aquí la calificación del jurado vale la mitad del total. La otra mitad es el promedio de la calificación que den los participantes que hayan inscrito muestras a participar. Para esto, se organiza una cata el primer día de la Copa Cannábica de Los Andes en donde los participantes juzgan durante todo un día entre 15 y 20 muestras de flores o extractos, dependiendo en qué categoría estén participando. Esta cata —en donde se conocen cara a cara todos los participantes y se discute la calidad de las yerbas participantes— es el evento central del primer día de la Copa Cannábica de los Andes.

La cita es a medio día en el Cajón del Maipo, y la ubicación —como ocurre con la mayoría de las copas cannábicas— es compartida ese mismo día por Whatsapp desde un número que los organizadores compraron exclusivamente con ese propósito. Para llegar hay que manejar alrededor de una hora desde Santiago y adentrarse en la cordillera de los Andes.

Una reja marcaba la entrada del lugar, que se trataba de un enorme espacio natural en medio de tres cerros de la cordillera, por donde atraviesa un lago y desde donde se podían ver las puntas nevadas unos días atrás. Una cabaña servía como el bunker de producción y era ahí donde los jueces invitados cataban todas las muestras. Se veía pequeña comparada con los cerros andinos. En la explanada, mesas con carpas y bongs recibían a los participantes que cataban de manera amable pero profesional, mientras compartían conocimientos y mostraban sus propios productos, cultivados y extraídos con sus propias manos, todos en busca una medalla.

Mientras los participantes calificaban las muestras de sus competidores, un DJ ponía reggae en español mientras una flota de meseros repartía una comida de tres tiempos a los jueces/participantes para poder continuar con este ejercicio de resistencia. Para el final del día, los competidores entregaron las hojas con sus resultados a Lechuga, quien se encargaría de contar los votos y seleccionar a los ganadores que serían anunciados durante una premiación que se llevaría a cabo al día siguiente.

Los jueces terminando de catar las muestras de extractos durante la noche previa de la premiación.

Al medio día del domingo llegué al Cajón del Maipo para el segundo día de la Copa. Aunque el espacio era el mismo, donde el sábado estaban las mesas para los participantes, ahora había locales donde algunas de las marcas que patrocinaban el evento anunciaban y vendían sus productos: bongs y armarios de cultivo, ropa, semillas, y nutrientes. Además, un escenario contaba con una banda en vivo que tocaba para un público de alrededor de 300 personas que circulaba en entre los stands, ya no solamente participantes.

A pesar de la incontable cantidad de cannabis que vi en todas sus presentaciones, en ningún momento vi que alguien vendiera o comprara marihuana. Aquellos que traían plantas o extractos se mostraban emocionados por mostrar sus productos a sus colegas cultivadores y extractores. Aquellos que no cultivavan, aprendían y conocían de todo cuanto había en la copa. No hacía falta pedir ni comprar, todo el mundo estaba fumando todo el tiempo, y siempre había alguien extendiendo la mano con un porro.

Con el atardecer llegó la premiación. El resultado de cuatro días de análisis y meses de cultivo y cosecha. El público se reunió alrededor del escenario para escuchar a los ganadores. La mejor flor de la Copa fue una Girl Scout Cookies por Tangie. Y el mejor extracto GMO. Aunque todos buscaban el premio, los ganadores fueron celebrados. Después de un día de convivencia, todos aprecian el trabajo que el resto de aficionados del cannabis han tenido que llevar a cabo para llegar a esta copa. Mientras el frío se hace más presente, los participantes se retiran y los organizadores recogen los puestos. Finalmente, como al principio, solo quedan los jueces y los organizadores, fumando un poco para descansar y reflexionar la copa que se acaba de vivir.

La opinión general que recibí de los jueces fue que en Chile se maneja un nivel elevado de extracciones, y aunque algunas flores tienen muchos nutrientes, la calidad de las muestras se ha incrementado en los últimos años. Aunque la legalización en Chile no ha llegado a una apertura absoluta, la Copa solo es una pequeña muestra de que la sociedad chilena ha llevado hasta el límite los espacios que permiten las leyes para profesionalizar una industria que solo continúa creciendo y florando.

@fixzion

Alejandro Alvear.

Carlos Prado.

Foto por @crisyogurt.

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