Atrapados en el sistema solar (II)


¿Qué cantidad de propelente (combustible + comburente) cree usted que sería necesaria para hacer llegar una sonda de 1 kg a Próxima b en 1.000 años? La respuesta le va a sorprender. La realidad es que la masa de propelente necesaria para hacer llegar una nave de 1 kg a Próxima b en 1.000 años usando un típico motor de propulsión química es muchos órdenes de magnitud superior a la masa que aglutina toda la materia contenida en el universo observable, la de todas sus galaxias con todas sus estrellas, planetas, agujeros negros y cualesquiera cuerpos y elementos contenidos en él.” (Eduardo García Llama)

Atrapados en el sistema Solar

El sistema solar es el sistema planetario en el que se encuentran la Tierra y otros objetos astronómicos que giran directa o indirectamente en una órbita alrededor de nuestra estrella conocida como el Sol.

Muchos son los que tienen la idílica imagen de un futuro próximo donde los humanos colonicemos Marte, o alguna luna de Júpiter; dejados llevar quizás por esas románticas películas de Hollywood, sin ser conscientes de lo distante tecnológicamente que aún estamos de lograr tal proeza (y no hablemos ya del hito de hacer estos lugares habitables y hospitalarios para la vida humana).

No. La realidad es bien distinta. No sólo NO llegaremos a Marte en el 2030 (o 2035) como muchos medios sensacionalistas venden (mientras que las agencias espaciales se dejan querer para que no pare el flujo de dinero público), sino que posiblemente jamás llegue tal momento: de hecho, si volvemos a pisar nuestra luna antes de finales de siglo ya sería una gran sorpresa.

Pero no voy a entrar en debatir estas cuestiones que disgustará a más de uno, sino a mencionar el contenido de un artículo publicado en el diario El Mundo, escrito por el físico Eduardo García Llama, que me ha dejado de piedra. El artículo es este, y en él se trata el asunto concreto de cuánto propelente necesitaría una nave para viajar a Próxima b (el recientemente planeta descubierto orbitando la estrella más cercana a nosotros fuera del sistema solar: Próxima Centauri).

Y es que son muchos los que no sólo sueñan con la colonización humana de otros planetas y satélites del sistema solar, sino que incluso creen en lo asequible de que esta colonización se expanda fuera de estos límites; y que se adentre primero en otros sistemas colonizando sus planetas, y que posteriormente dicha colonización se expanda por toda la galaxia…y más allá :P. NO es posible que tal cosa ocurra (al menos no con la física conocida). Y como muestra, este físico que trabaja de hecho en la NASA, nos habla con números (y no con palabras o buenas intenciones), de los problemas para poder realizar algún día semejante hazaña con los conocimientos técnicos de nuestra época. Copio directamente parte de las palabras del autor sobre el asunto:

“[…]la masa de propelente necesaria para hacer llegar una nave de 1 kg a Próxima b en 1.000 años usando un típico motor de propulsión química es muchos órdenes de magnitud superior a la masa que aglutina toda la materia contenida en el universo observable[…]. [por otra parte] Para una duración de 1.000 años, si el sistema de propulsión fuera uno de tipo iónico […]la masa necesaria de propelente sería de alrededor de 5,5 trillones de kilos (un 55 seguido de 17 ceros); esto es, la masa de unas 13 billones (un 13 seguido de 12 ceros) de estaciones espaciales internacionales, equivalente a casi dos billones de cohetes Saturno V como los que llevaron seres humanos a la Luna. Y recordemos que ninguno de estos casos tiene en cuenta el lanzamiento de todo ese propelente al espacio desde la Tierra y que solo nos serviría para hacer llegar en 1.000 años nuestra pequeña sonda de 1 kg a Próxima b, el planeta que orbita a nuestra estrella más cercana fuera del Sistema Solar, sin frenar en el planeta, solo para sobrevolarlo y pasarlo de largo.”

Palabras demoledoras. Una constatación numérica del hecho de que muy (muy) probablemente el ser humano jamás llegará a pisar nada sólido que se encuentre fuera del sistema solar, a menos que se descubra una nueva física radicalmente distinta a la ya conocida (aunque de hecho, parece que poco más queda aún por descubrir). Es decir; que haría falta hallar algún método de esos inefables que muestran las películas de ciencia-ficción para salir de este atolladero, pero resulta evidente que eso hoy por hoy es pura ficción que posiblemente quede en puro cuento que no llegue a materializarse en la realidad.

Es más que probable que nunca hallemos el modo de acelerar un gran nave (de toneladas de peso) a una velocidad suficiente como para recorrer la distancia que nos separa de nuestra estrella más cercana en menos de cientos de miles de años; y eso sin contar con el resto de problemas técnicos (y económicos) que un viaje de este tipo conlleva (mantener la nave habitable tantos años, generar una gravedad artificial, evitar la exposición a la radiación, sacar ese tonelaje al espacio y frenarlo al llegar al destino, conseguir los recursos económicos y energéticos para hacer todo lo necesario, y muchos otros problemas espaciales todavía no resueltos que nos impiden incluso llegar al cercano Marte).

Es decir; que no importa el modo en que se pretenda construir una nave espacial puesto que las leyes de la física, nuestra breve y leve existencia orgánica, los limitados y finitos recursos materiales y energéticos disponibles en la Tierra, y las verdaderamente enormes distancias implicadas hacen que sea esta una tarea intratable. El hombre está atado y bien atado a la gran roca terrestre pero, ¿y la vida en general?

La colonización bacteriana

Ya comentamos en una anterior entrada la importancia del microcosmos en nuestro mundo actual. Y lo hicimos precisamente comentando el libro llamado Microcosmos, escrito por Lynn Margulis y Dorion Sagan. En esta recomendable obra los autores hacen un repaso de los orígenes de la vida y del proceso natural (termodinámico) que llevó finalmente a las formas animadas que hoy vemos a nuestro alrededor.

De hecho, Lynn Margulis y Dorion Sagan en su libro postulan también con la idea de un futuro donde la vida abandonará finalmente los límites terrestres, expandiendo por todo el sistema solar primero y por la galaxia y el resto del Universo más tarde este mismo “ansia” natural por lograr devorar aceleradamente cuanta más energía libre mejor. A esta idea los autores del libro la denominan la teoría del Supercosmos, y no es tan descabellada como parece visto lo visto en nuestro planeta. Es bastante posible, e incluso probable, que la misma tendencia natural que lanzó a simples moléculas prebióticas a organizarse y reorganizarse durante millones de años hasta desarrollar nuestro cerebro humano capaz de desarrollar cohetes con los que vencer la fuerza de la gravedad; siga y persevere en esa tarea natural de consumo exponencial de modo que tarde o temprano la complejidad alcanzada (por el hombre o por cualquier especie futura que nos sustituya) logre finalmente colonizar otros planetas o satélites. De hecho, premonitoriamente estos autores terminan el libro con las siguientes palabras:

“[…] tanto si el ser humano consigue llevar el medio ambiente primitivo del microcosmos al espacio, como si muere en el intento, la vida perece sin duda tentada de ir en esa dirección. Y la vida, hasta el momento, lo ha resistido todo excepto la tentación.”

Es la vida por tanto entendida como la esencia natural que empuja y mueve cualquier ente animado la que parece tentada de expandirse por el cosmos, siendo para ella en principio cualquier medio válido. Por lo tanto, y puesto que la complejidad estructural del ser humano (o de cualquier otro gran organismo multicelular) no es en absoluto como hemos visto arriba apto para tal viaje espacial (como poco milenario), probablemente la colonización de otros mundos, de llegar, será en la forma de una especie de germinación bacteriana sobre planetas habitables.

Y es que cuando uno lee y estudia con detenimiento la historia evolutiva de la vida desde sus principios, se ve claramente como la misma (en esencia) sí que parece después de todo (a pesar de lo que la ortodoxia biológica diga) perseguir una especie de “fin”; un fin que se podría teorizar no es más que el de aumentar en el tiempo la complejidad estructural del fenómeno hasta llegar finalmente a moldear estructuras “inteligentes” que puedan ingeniar artefactos con los que vencer la gravedad planetaria y lanzar “productos” al espacio. En este sentido, y mucho que nuestro egocentrismo se oponga, quizás el hombre no sea después de todo más que un medio temporal del que la propia vida en sí se valga para colonizar y comenzar una nueva etapa evolutiva en otros mundos habitables. La idea del soma desechable se reforzaría, esta vez a nivel de especie, con esta propuesta.

Visto de esta manera se puede entender en su conjunto a la vida en la Tierra como un ente (un meta-organismo) con identidad propia (que muchos denominan como Gaia), el cual va reaccionando y ramificando su ser hasta conseguir la complejidad necesaria como para literalmente lanzar “semillas” con las que continuar y replicar el proceso evolutivo vital en otras partes del Universo. Y realmente es una hipótesis que tiene bastante sentido porque de hecho, vista las limitaciones biológicas ya comentadas de los organismos multicelulares para viajar en el espacio, lanzar y acelerar microscópicas células (en estado de espora quizás, o incluso células sintéticas hechas a medida) hacia esos planetas ya descubiertos en la zona habitable de sus estrellas para que lleguen allí tras decenas de miles o incluso millones de años, sea lo único que podamos hacer. ¿Quién dice, de hecho, que no fue la vida aquí en nuestro propio planeta fruto del “aterrizaje” de una semilla similar hace 4000 millones de años?

Y quizás muchos puedan creer que enviar estas “naves” germinales microscópicas no es algo que nos vaya a interesar demasiado como especie, puesto que lo que nosotros queremos es colonizar el cosmos como especie humana y no como meros precursores de un nuevo ciclo evolutivo bacteriano; pero vale con ver las propuestas más realistas de la actualidad para alcanzar otros mundos, como las del científico Stephen Hawking el cual sugiere crear nano-naves (artilugios microscópicos) interestelares para viajar a Alfa Centauri. Es fácil comprender que el hombre tiene un instinto colonizador y explorador tan fuerte que, ya sea a conciencia o por error (como cuando ciertas bacterias llegan a “colonizar” por error la estación espacial internacional), acabaremos minando todos o parte de esos planetas habitables extrasolares con vida bacteriana lista para iniciar un nuevo proceso vital natural. Parece que esa es la verdadera “intención” de la vida y que nosotros, como buenos orgánulos de Gaia que somos, actuaremos y cumpliremos (con suerte) finalmente con la “tarea”.

Un vistazo al futuro

Si pudiésemos echar un vistazo al futuro transcurridos unos pocos cientos de millones de años desde hoy, sin duda veríamos rastros de vida en muchos planetas en la zona habitable. Posiblemente un proceso de “siembra” bacteriana similar al arriba descrito ya haya conseguido por esta época dar sus frutos; y un proceso evolutivo incluso haya podido ya dar lugar en esos planetas a estructuras multicelulares complejas. La vida en dichos mundos será sin duda muy similar a la vida en la Tierra, y se compartirá sin duda la misma esencia natural en todos ellos…pero indudablemente no habrá hombres por ninguna parte. El ser humano, precursor y medio quizás en parte de este proceso de “siembra” Universal, no se encontrará como tal en ninguno de esos planetas con nueva vida en proceso germinal; e incluso muy probablemente hará ya mucho tiempo que se habrá extinguido (o que habrá cambiado tanto que no seremos siquiera reconocibles como personas) en nuestro propio planeta. Pero este hecho no será importante o relevante cósmicamente en absoluto, puesto que el hombre es y será siempre un mero soma desechable, un producto del que el medio natural se suple para alcanzar su “fin”. Según la hipótesis defendida, se trataría de asegurar en el tiempo la transmisión de las instrucciones (ADN) capaces de construir nuevos somas cada vez más perfeccionados y complejos, en un proceso evolutivo que llegado el momento llevará a uno de tales soma más desarrollados (con un gran sistema nervioso central) a ingeniar, producir, y lanzar “semillas” con las que poder mandar la mínima información vital (ADN) esencial y necesaria para comenzar la construcción de un nuevo ciclo vital en otros medios ambientes estelares. Se podría decir metafóricamente que Gaia (la propia vida en su conjunto) sería algo así como un meta-organismo cuyo fin último sería su mantenimiento autopoyético y su duplicación y reproducción; siendo en este caso nosotros como especie un apéndice u orgánulo más del que Gaia se vale para alcanzar esta tendencia natural de conjunto. En realidad (muy metafóricamente) se podría ver al hombre como una especie de órgano reproductor.

Pero es más: ¿cómo se presentaría el Universo si pudiésemos echar un vistazo no ya a centenares de millones de años sino a miles de millones de años? Posiblemente el cosmos en esta época esté ya lleno de vida por doquier y no sólo en unos pocos planetas en la zona habitable. Si la hipótesis de Gaia que hemos defendido hasta ahora es cierta, una de las consecuencias que se puede sacar de ella es que la vida en su conjunto podría replicarse por el cosmos al mismo ritmo de crecimiento exponencial visto aquí en la Tierra para un organismo concreto. En este sentido, cada nuevo planeta “sembrado” y germinado de algún modo hace miles de millones de años habrá tenido en ese momento ya tiempo de producir por evolución sus propios complejos seres multicelulares, y en muchos casos habrán “generado” seres lo suficientemente “inteligentes” como para que también ellos hayan “sembrado” a su vez, de manera similar a como nosotros llegaremos a hacer, otros muchos planetas y lunas. Este proceso de duplicación acabará como hemos dicho en el tiempo dando lugar a un creciendo de ritmo exponencial; y más pronto que tarde (a escala temporal cósmica) la vida se habrá extendido por cualquier lugar del Universo cuya química ambiental así lo permita.

La finalidad esencial

“El mundo completo, el Universo, tiene una meta: el no-ser y logra ésta mediante el continuo debilitamiento de su suma de fuerzas.” (Philipp Mainländer)

Lo hasta ahora descrito parece ser una tendencia (“tentación” como dirían Lynn Margulis y Dorion Sagan) natural hacia la expansión Universal de eso que entendemos como vida pero, ¿por qué y para qué existe y aparece esta tendencia natural en el mundo? Este “deseo” natural replicativo y autopoyético de Gaia no es nada nuevo, y de hecho lo observamos en cada uno de los seres vivos que actualmente poblamos el planeta. Se trataría simplemente de extrapolar el modo en que cada organismo (y especie) individual se comporta hoy día al conjunto de todos los organismos: es decir, a Gaia. Pero del mismo modo, y en sentido contrario, podemos también reducir (y comparar) el porqué y el para qué de la “tentación” natural de este metaorganismo a la de cada uno de sus componentes individuales.

Así que: ¿por qué y para qué se replica y se esfuerza por mantenerse en la existencia cada estructura animada particular? Sin duda a altos niveles de abstracción explicativa el asunto es ambiguo y controvertido, pero a un nivel físico la cosa está muy clara: la vida persigue un único “fin” que podríamos llamar esencial; el origen más básico y Universal que gobierna en general toda la dinámica vital: maximizar en lo posible el consumo de energía según las circunstancias. Aumentar, en pocas palabras, al máximo ritmo posible la entropía del Universo. Esa es la verdadera esencia natural elemental, y la que explica en pocas palabras el para qué del mundo animado a cualquier nivel de complejidad anidada: comportamientos inanimados complejos (huracanes, etc.), moléculas prebióticas, células procariotas, orgánulos, células eucariotas, organismos multicelulares, sociedades de organismos multicelulares, y finalmente de Gaia entero.

Pero, ¿por qué “querría” el Universo maximizar de una manera tan descarada la entropía que posee en su ser? Quizás sea por pura casualidad, o como fruto del principio antrópico fuerte (dentro de un Multiverso); pero también podría ser una pista para entender la propia esencia Universal (suprafenoménica). Porque es sin duda revelador el hecho de que el consumo de energía potencial y el aumento de entropía condena con seguridad al Universo a una futura “muerte” térmica. En este sentido quizás no sea descabellado suponer que este “ansia” natural en acelerar por todos los medios posibles (la vida entre ellos) el aumento entrópico no sea en el fondo más que una representación fenoménica de un “deseo” esencial (suprafenoménico) por dejar de ser (morir) tan pronto como sea posible: es decir; que quizás el mundo no sea después de todo otra cosa más que un proceso de suicidio cósmico

Una idea la del suicidio cósmico que, por cierto, no es nueva, y la cual tiene a su máximo y mayor exponente en Philipp Mainländer y su “Filosofía de la redención” www.casadellibro.com/libro-filosofia-de-la-redencion/9788494150555/227. En cierto sentido la obra de Mainländer se puede entender como una continuación de los argumentos naturales aquí expuestos llevando los mismos a terrenos metafísicos. Es fundamental para cualquier interesado en el tema leer el libro original de la “Filosofía de la redención”, pero a modo de resumen merece la pena mencionar algunas palabras de Antonio Priante sobre dicha obra:

“En el principio era Dios, o sea, para decirlo con palabras de Spinoza, la sustancia divina originaria. Esa entidad absoluta, única, inmaterial, no estaba contenida ni en el tiempo ni en el espacio, si es que esto es pensable. Idéntica a sí misma, no siendo otra cosa que ser puro, eterno e indestructible, un buen día – y perdón por el uso, metafórico, del tiempo -, hastiada sin duda de su divina perfección, decidió echarlo todo a rodar y dejar de ser.

¿Pero cómo el Ser puede dejar de ser? ¿Cómo algo que no existe en el tiempo y el espacio, algo absolutamente inmaterial y trascendente puede morir? Y entonces inventó el mundo. Es decir, su sustancia divina segregó un mundo material con su tiempo, su espacio y su multiplicidad de seres inanimados y animados, que son – somos – partículas de aquella unidad originaria, llamadas todas a perecer. El fin del Universo es su muerte, su aniquilamiento, aunque sólo sea por cumplir con el segundo principio de la termodinámica (que Mainländer había aprendido de Clausius, quien la acababa de inventar) y su consiguiente entropía. Y es así cómo Dios cometió suicidio: convirtiéndose en un mundo destinado a morir.

Es decir, y a ver si queda claro, que el Universo no surgió de un deseo de creación sino de un deseo de autodestrucción. El Universo, la “creación” toda, es el largo proceso del suicidio de Dios, cuyo inicio fue una gran explosión que dio origen a la materia, al tiempo y el espacio.” 

(antoniopriante.wordpress.com/2013/12/30/mainlander-ii-2/

etiquetas: artículo

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