De Chapinero al Santafé: una cita con dos prostitutas venezolanas en Bogotá


Artículo publicado por VICE Colombia.


Se dice que vinieron a putear. A desterrar colombianas, a robar y a traer enfermedades. Se dice que se hacen buena plata, que se lo gozan y son empoderadas. Que, eso sí, están más buenas y, fijo, son mejor polvo. Que preferible que estén acá en esas, a que vivan en su país comiendo mierda. ¡Ah! y que, aparte de putas, son quita maridos.

Pero, ¿qué dicen ellas?

En un viaje de Chapinero al Santafé, hablé con dos venezolanas en situación de prostitución: Paula, que se vale del internet y Sandra, a quien encontré en un bar nocturno de la zona de tolerancia de Bogotá.

Chapinero

Fabián es “la madre” de Paula. Les llaman “madres” a los que acogen prostitutas, les explican la movida y “las protegen”. Él le alquila un cuarto a Paula y su hermana, una travesti, también venezolana, también prostituta. Pagan 30.000 el día en la habitación, donde atienden sus “clientes”.

Paula no quería hablar a solas conmigo. Vive con miedo: miedo a decir su verdadero nombre, miedo a dar su número celular. Miedo a abrir la boca. La cita era por la calle 60, abajo de la carrera octava. Allí queda el edificio donde viven: viejo, orinado, funesto. Una cámara de seguridad a punto de caerse colgaba del marco del portón, por el que salieron Fabián y Paula unos minutos después de mi llegada.

Entramos a una tienducha contigua al edificio y pedimos tres cervezas. Las cejas de Paula son perfectamente delineadas; el pelo, rubio y teñido, su mirada intermitente, casi desconfiada. Es de Caracas, tiene 30 años, y lleva uno en Bogotá. Dejó de estudiar Administración cuando quedó embarazada. Junto a su esposo montó una tasca (acá: bar), pero—la típica—, el tipo se enredó con una más joven y los abandonó, a ella y a su hijo, en ese entonces de nueve años.

“La vida me dio una vuelta 180. Eso fue hace cinco años y medio. El país ya estaba en crisis, yo también. Terminé putiando en un bar (acá: prostíbulo). Daban 120 mil bolívares por polvo. Ahora, si acaso, te pagan con una harina pan”, me dijo Paula manoteando.

Vendió el carro, dejó a su hijo con su mamá y se fue a Cúcuta a trabajar como fichera, mujeres que reciben una ficha por cada cerveza o botella que vendan en un bar. Coquetean con los hombres, bailan, charlan. Se convierten en sus psicólogas y amigas de borrachera. Al final, cambian las fichas por una comisión: “Si la media de guaro cuesta 40 mil, tú te ganas 10 o 15 mil, más la propina”, me cuenta Paula.

La “ascendieron” a prostituta, pero empezó a tener problemas con la esposa del dueño del bar. La echaron y arrancó para Bogotá, donde la recibió su hermana, quien vive hace varios años acá y no vio problema en “abrirle un huequito” en su habitación.

“En la pieza atiendo a los tipos por 100 mil. Cobro 130 y lo del transporte cuando es domicilio”, me cuenta Paula. En su cartera carga el pasaporte, exámenes de sangre y el permiso para trabajar. Creó un anuncio en una página web de prepagos y escorts: “Subí fotos con mi cara normal. Yo no me tapo nada, me muestro como soy, así gordita, mira…”, me dijo mientras sacaba el celular.

Ilustración: Jimmy Palacio. | VICE Colombia.

Fabián lanzó su apunte: “Pero, ¿no que allá se están muriendo de hambre?, porque no parece mamita, jajaja”.

Paula no aparece desnuda en el anuncio, basta con una mirada seductora, boca de pato, escote y maquillaje recargado: “La presencia es clave. Algunas venezolanas son ordinarias, malandrosas y usan mucho Photoshop, yo no. Además, para qué mentir si uno no sabe qué tipo de hombre pueda resultar”, me dijo.

—¿Qué tipos salen?

— Los que no les importa tu cuerpo, que quieren alguien para metérselo y ya. Otros esperan una jovencita, operada, voluptuosa… de mentiras. Esos, si ven que llega una chica distinta a como se veía en la página, se le escapan, le pagan menos, la insultan y hasta le pegan.

—¿Qué pasa si alguien entra a la página y te reconoce?

—Pues… Mi mamá no sabe. En Venezuela yo le decía que andaba con un tipo que me mantenía. Si se entera, me da igual. Eso es algo de lo que ella y mi hijo han vivido.

Hay días suaves, muertos, y otros en que Paula atiende hasta cinco hombres. Envía lo que puede a su país cada semana: “Unos 50 o 60 mil que alcanzan para un bulto con unos 20 artículos… Pasta, harina, fríjoles”, me cuenta.

Cuando le pregunté por sus planes, me dice que ya no tiene cuerpo de 20, que preferiría administrar un prostíbulo o irse a Ecuador o Perú como sus amigas: “Quiero ayudar a otras que viven lo que yo ya pasé. Me veo mandando y con billete. Este negocio es bueno, pero primero toca tener plata para montarlo y mucha seguridad”, dijo.

—Vienen por mí —me dice mientras rechaza una llamada del celular.

—¿Tienes amigas en el Santafé?

— ¡No!, no me meto al centro ni loca. Me da miedo. Además allá cobran solo 40 o 50. Prefiero mi casa, es más plata y menos peligroso.

Un taxi se parquea, pita y una pelinegra nos manda un beso con la mano. Es la hermana, supongo. Paula me dice que luego hablamos, compra una botella de agua, se sube al taxi y arrancan.

***

Camino al Santafé

Ninguna cita se concretó. La noche anterior, Colombia y Venezuela se habían enfrentado en un partido de fútbol. La fiesta deja estragos. Mi amigo conoce varios antros del Santafé porque previamente en el mes tanda de despedidas de solteros y por eso sabía a dónde ir.

Entramos por la 22, la calle más densa, y llegamos al parqueadero de la 23 con 16A. “Solo entra el conductor”. Listo. Guardé el celular en la guantera y me bajé. Chazas, tacones, minifaldas, jóvenes, cuchos. “Sex shop”, “Sancocho de gallina”, “Cigarrería el progreso”, “23-19″… ¿soy la única en pantalón?

El guardia parecía mesero de fiesta de quince. Entramos. UIna mujer bailando en una pasarela. Puteros en las mesas, boquiabiertos, sonrientes e hipnotizados. El vapor denso de una máquina de humo, ¿quién se aguanta ese olor? Lo que me sorprendió: una versión electrónica de Cali Pachanguero y un televisor pasando un documental por A&E.

Pedimos una pola que me supo a dolor, a impotencia. Vi a Sandra. Su vestido fucsia de una pieza contrastaba con el canela de su piel. Es de pelo largo, lacio, negrísimo. Tiene una mirada intensa imposible de sostener.

Hizo un show en la mesa de al lado. Quedó solo en tacones. Le dio palmadas en las manos a un par de tipos que la estaban tocando de más. Terminó, se puso el vestido y guardó la plata en una billetera de escarcha que no suelta jamás.

Al grano. Mi amigo le hace señas, ella viene y se sienta.

—¿Show para los dos?

El acento era inconfundible.

—No. Queremos hablar contigo.

Mi amigo se alejó un poco. Supongo que se estaba echando un caldo de ojo mientras yo escuchaba a Sandra. No tuve que preguntarle mucho, ella tenía más ganas de hablar que yo. Sentí en ella una necesidad de hablarme, de aferrarse a mí y desconectarse.

Tiene 19 años. Hace solo un año estudiaba fotografía en Isla Margarita, donde vivía con un novio que le daba dinero. Él quería casarse con Sandra. Ella, no. Se fue a buscar a una amiga en Cúcuta, donde trabajó de mesonera (acá: mesera) y se cuadró con un caleño. Él era adicto las drogas. Ella, no.

Ilustración: Jimmy Palacio. | VICE Colombia.

Vino a Bogotá y, siguiendo las instrucciones de otra chica, llegó directo al bar. El efectivo voz a voz, un tráfico involuntario de personas. Este es el caso de algunas venezolanas. Otras, muchas, viven atrapadas en redes de trata y explotación sexual, convenciéndose de que son libres, de que se ayudan entre ellas.

Medírsele a todo no es fácil. Hacer aseo en una casa de familia es terminar manoseada por “el patrón”, insultada por “la mujer” o viendo cómo “el hijo” le ofrece un billete a cambio de dejarse coger las tetas. “Acá al menos cada agarrada cuesta”, afirma Sandra.

Su jornada empieza a las seis o siete de la noche y termina antes de las tres de la mañana. Cada show cuesta 20 mil, aunque a veces la hacen aplicar descuentos y le dan solo 10 mil. Claro, porque son “clientes importantes” (acá: amarrados).

“Las chamitas” tienen fama. Una suerte de estigma las hace ver como fáciles y baratas. Mientras una colombiana cobra 80 o 100 mil pesos, hay venezolanas que lo hacen hasta por 10 mil: “Las que levantan por fuera, ¿ves?, acá, no. Pero yo entiendo. Algunas no tienen nada”, me aclara Sandra.

Las culpamos a ellas y no al gobierno que tolera una forma de violencia. Las culpamos a ellas, aunque casi la totalidad de los que pagan por sexo son hombres. No hay oferta sin demanda. Y la demanda se aprovecha de la vulnerabilidad de las venezolanas. De su necesidad de techo y comida. De sus ganas de llevar una vida normal, de comprar ropa, de tener un celular. De su falta de afecto.

En Bogotá el 99,8% de las mujeres extranjeras en situación de prostitución son venezolanas. Ser extranjera es un gancho para colombianos y foráneos que aumenta el auge de la industria y el turismo sexual de pleno post-conflicto.

—¿Cómo te ha ido aquí?

—Pues… Todo iba bien hasta que un loco casi me mata. Te juro, pensé que me iba a morir. Subimos, ni siquiera nos habíamos acostado, cuando agarró la botella de aguardiente y la rompió contra la pared. Se me lanzó, me agarró del cuello y me quería cortar. Estaba drogado. Grité, lo pateé. Me escucharon y sacaron al tipo a golpes. Vivo con el miedo de que algo así vuelva a pasar.

Por eso, Sandra dejó de hacer servicios de “amanecida”. Va del antro al hotel y viceversa. Solo sale los fines de semana a cine o centros comerciales. Me dice que no tiene amigas, que no confía en nadie. Que mejor sola que mal acompañada.

Hablamos más de media hora. Le dije que me siento mal por quitarle tiempo.

—No, mami, por mi mejor hablar contigo que sentirle el tufo a esos tipos, guácala. Dame tu número, me dijo.

Me da un beso en la mejilla y se levanta. Salí con mi amigo directo al parqueadero y agarré mi celular. Mensaje de un número desconocido a las 8:38 p.m. La foto es de Sandra. Lo único que escribió fue su nombre real.

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