La literatura aberrante de Daniel Villabón


Artículo publicado por VICE Colombia.

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Pocas personas empezarían narrando su vida desde el inicio de manera literal. Pocas personas conocen la palabra “cigoto” y la usan para hablar del comienzo de su propia historia. Para Daniel Villabón, sin embargo, su vida empieza y se perfila en el momento en que un grupo de células decidieron multiplicarse para formar un cuerpo maleable que fue tomando sus formas humanas.

Daniel Villabón, de 32 años, publicó hace apenas unos meses un primer libro de cuentos, Nuestra criatura, que en orden de aparición es el segundo manuscrito de su autoría que se publica y comercializa. El primero, La soledad del dromedario, una novela de 130 páginas, ganó el Concurso Nacional de Novela Corta “Premios de Literatura Universidad Central 2010”, que resultó en seis millones de pesos y la publicación. El nombre empezó a sonar en ciertos círculos: Daniel Villabón.

Se necesitarían ocho años para que publicara Nuestra criatura ―esta vez con una editorial grande―, un tiempo que no tiene que ver con el rechazo de editores ni con la falta de material, sino con lo que parece ser un acto de sosiego. “Yo creo que siempre fue muy paciente”, me dijo Henry Gómez, un escritor bogotano y uno de sus mejores amigos. “Yo siempre le decía, ‘Daniel si quieres hablamos con, no sé, con Babilonia, y miramos para publicar el libro de cuentos’. Y él me decía, ‘No, espérese’. Yo no sé, como que había una especie de intuición de él de que en algún momento iba a salir algo así”, me dijo Henry, refiriéndose al hecho de que el libro haya sido publicado por el sello Seix Barral, de Editorial Planeta.

El libro de cuentos finalmente vio la luz en mayo pasado . En la portada, sobre un fondo blanco, está el dibujo de un bebé con los ojos cerrados, el pecho abierto con las entrañas expuestas y un cordón que lo conecta a una masa que se eleva sobre él. La masa, redonda y venosa, es muy similar a lo que se viene a la cabeza cuando se escucha la palabra “cigoto”.

Así es Daniel: a veces inaccesible y otras veces osadamente abierto.

Me encontré con Villabón en una cafetería sobre la calle 34, un lugar que también hace las veces de librería y que le pertenece a una de sus amigas más cercanas. Ese fue el espacio más personal que propuso para verse conmigo: Villabón es reservado y hábil para sacudirse de los asuntos de los que no quiere hablar, como quien espanta una mosca con un quiebre de muñeca. Así fue como entendí, días antes de nuestro encuentro en un breve intercambio de mensajes por Whatsapp, que no accedería a que nos viéramos en su casa o en otro lugar que hablara de él y por él.

Villabón es corto de palabras y eso lo sabe cualquiera que lo haya visto protagonizando un espacio público. En el lanzamiento de La soledad del dromedario, le pidieron que llevara preparado un texto que pudiera leer en el evento, porque sabían que de lo contrario iba a ser casi imposible arrancarle una palabra. Él, por su parte, se ríe cuando lo recuerda y me lo cuenta. Pero, al mismo tiempo, cuando deja de lado la gracia que le produce recordar la angustia de otros ante su manera de ser, me confiesa que nunca le ha gustado la exposición y que la incomodidad a estar expuesto fue lo que le cercó el habla el día en que se hizo el lanzamiento oficial de Nuestra criatura: “La gente esperando a ver qué decía yo. ¿Y qué podría decir?”, dice.

Esa economía en las palabras se ha repetido sistemáticamente en cada evento literario al que es invitado: en la edición pasada de la Feria del Libro fue uno de los más de diez escritores invitados a una charla sobre Puñalada trapera, una antología de cuentos colombianos entre los que se encuentra “La niña”, uno de los textos de Nuestra criatura que narra la angustia de un hombre acosado por la presencia extraña de una niña que le repite que es el hombre más feo del planeta. En esa ocasión Villabón, quien en un principio trató de permanecer desapercibido entre el público, se limitó a responder: “Me alegra que esté emocionado”, cuando el moderador de la charla y antologista de Puñalada trapera le preguntó sobre lo que en pocos meses sería Nuestra criatura.

Luego pasaría de nuevo en el lanzamiento de su libro el 28 de mayo de este año: frente a unas 80 personas, en un auditorio del Gimnasio Moderno, Villabón fue esquivando una a una las preguntas que el escritor Juan Álvarez, su interlocutor, le hacía sobre Nuestra criatura y sobre su propia vida. Cuando le pregunto a Villabón sobre su actitud silenciosa y evasiva ese día, me dice que la culpa fue de Amaranta Hank, una periodista y actriz porno colombiana que asistió al evento. “Noooo, jueputa”, dice con risa cuando recuerda el momento en que la vio entrar al auditorio para escuchar lo que él iba a decir.

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Días antes de esa fecha, Paula Marulanda, editora de ficción de Planeta ―y, por ende, de lo que salga en Seix Barral― y de Nuestra criatura, le pedía a Juan Álvarez que moderara la charla de lanzamiento y que tratara de que su conversación estuviera orientada a descubrir quién era Daniel Villabón. Después de todo, era un autor nuevo que ellos trataban de hacer conocer.

El objetivo de ese día fracasó: no hubo revelaciones sobre la vida personal de Villabón ni mucha información sobre qué parte de su identidad y de su propia visión de mundo servía de inspiración a sus textos; solo quedó la certeza del agudo y a veces negro sentido del humor que posee y que es pieza clave del universo extraño que construyen sus cuentos. Así, a punta de un humor mezclado con timidez e incomodidad, Villabón se fue deshaciendo de la obligación de informar a un auditorio lleno sobre el mundo íntimo de sus cuentos.

Y para llenar los vacíos básicos de la información que no da, o que toca por los lados ―qué estudió, a qué dedica la mayoría de su tiempo, qué hace cuando no escribe―, solo están los pedazos regados de una biografía incompleta, inconexa y concebida por él mismo:

“Daniel Villabón nació en Ibagué en 1986, pero a muy corta edad su familia se trasladó a Bogotá. […] En la actualidad, alterna la lectura y la escritura con la práctica de la coprolalia y la xenoglosia”, dice la biografía que le mandó a VICE antes de que otro de los cuentos de Nuestra criatura, “Salir a caminar”, fuera publicado en la edición impresa de abril de 2017.

“Nació en Ibagué en 1986, pero creció en Bogotá. Escritor y redactor de captchas”. Eso dice en la solapa de Nuestra criatura: escritor y redactor de captchas.

“Roberto Balbastro leyó uno de sus textos metafísicos”, dice bajo una fotografía de Villabón de 2010 publicada en un blog sobre la segunda edición de Ojo en la tinta, un festival de poesía y narrativa creado por su amigo Henry Gómez.

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“¿Te molesta el lugar?”, me pregunta después de que nos saludamos. Lleva una chaqueta de cuero café y unas gafas negras que le cubren la arruga que se extiende de la comisura de su boca hasta su pómulo izquierdo. Esa es la primera de muchas preguntas que él me hará a mí y que, en ocasiones, arrojará cuando quiera eludir la responsabilidad de darme la información que le pido.

Pero también me hará otras solo para saber lo que pienso de él y lo que escribe. De hecho, sabiendo que ya los entrevisté, me preguntará también por lo que otros piensan de él. Lo hará con franqueza, sin ninguna preocupación por aparentar frescura o seguridad. Lo hará para saber si pienso que sus cuentos de juventud ―textos regados en blogs de literatura― están bien escritos o cuál es la imagen que de él se ha construido alguno de sus colegas.

Así es Daniel: a veces inaccesible y otras veces osadamente abierto.

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La primera vez que un texto de Villabón se publicó ―después de su novela que, de todas formas, tuvo una tímida distribución― fue a finales de 2016. La edición impresa de diciembre de la revista El Malpensante incluyó “Ultimátum”, un cuento que inicia cuando la esposa del protagonista le dice que si no se arregla los dientes lo deja para siempre. “Ultimátum”, uno de los diez cuentos que componen Nuestra criatura, no era inicialmente el texto destinado a poner el nombre de Daniel Villabón en las publicaciones literarias. Ese lugar estaba reservado, según el autor, para “Una cuestión personal”. Iba a ser publicado también en El Malpensante, pero un malentendido terminó en un retraso que finalmente truncó su aparición. La razón: el cuento lleva el mismo título que la novela Una cuestión personal, del escritor japonés Kenzaburo Oé. Ante la duda de que tal vez pudiera tratarse de un plagio, fue descartado. El cuento, según Villabón, es un homenaje a la novela.

Una cuestión personal, la novela, cuenta la historia de Bird, un hombre de 27 años que se entera de que su hijo recién nacido tiene una malformación craneal que, en caso de sobrevivir, le impedirá llevar una vida normal. El hombre se debate entre el deseo de que la criatura muera en el hospital y la culpa que le produce ese deseo. “Una cuestión personal”, el cuento, narra una noche en la vida de un hombre llamado Bird que recibe en una bolsa de desechos a su hijo recién nacido; “Desde que soy enfermera he visto malformaciones de todo tipo, pero no como la de su hijo”, le dice la enfermera antes de entregarle la bolsa verde y dejar en manos del padre el destino de la criatura.

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Cuando le pregunto a Villabón sobre la novela de Kenzaburo Oé, me cuenta que desde que la leyó la sintió cercana, como un texto que conversaba directamente con él. Cuando la leyó, me dice, sintió la pulsación de escribir una ficción que partiera de la misma idea: un padre que se enfrenta a la noticia de que su hijo nació con algo inusual en su cuerpo. “El hombre, el personaje, tiene un hijo con una malformación… Entonces como… Es una vaina como… Pues yo lo sentí como muy cercano, ¿no?”, me dice. Y no me dice, pero los dos sabemos que se refiere a sus propias formas, a su propio cuerpo.

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El hermetismo de Villabón se siente en cada una de las frases incompletas que pronuncia, de las ideas interrumpidas. Cuando le pregunto sobre los asuntos más personales, me responde corto, con ideas vagas o preguntas, como si lo invadiera la reserva de hacer literal y dejar grabada en palabras una reflexión amasada por años sobre su propio cuerpo; o con la incomodidad de sintetizar algo que siente vasto y complejo; o tal vez solo con la actitud de quien juzga innecesario poner en palabras lo que resulta evidente a la mirada.

“Una cuestión personal” no es el único cuento de Nuestra criatura que habla de padres y de fetos a punto de convertirse en hijos, o de hijos a punto de convertirse en algo más cercano a la pseudo humanidad de un feto. “Ecografía”, el cuento que le sigue, gira en torno a eso, a una ecografía a la que el protagonista no logra darle forma humana, mientras que su amigo, próximo a ser padre, contempla y adorna con la exagerada romantización que le despierta la expectativa.

Villabón me hace entender que sí le ha puesto empeño a que parte de su vida esté oculta, que incluso se construya un misterio alrededor de su identidad.

―Sí, es una fijación ―me dice Villabón cuando le pregunto sobre esos temas que se repiten―. En este momento yo diría que es inconsciente, es una vaina automática, pero no del todo. Yo creo que es una vaina inconsciente y consciente. Porque no me lo propuse: “Voy a hablar de la maternidad y de los conflictos y de las malformaciones”―. Hace una pausa.

―¿Catarsis? ―le pregunto.

―Pues es que tampoco me gusta ese… Son cosas como que salen, ¿no? De uno mismo―. Otra pausa. ―Quizá esté hilando fino, pero más que la paternidad es como… No, no sé.

―En “Una cuestión personal” y en “Ecografía” hablas del momento del nacimiento…

―Ese es el momento. Como el momento del parto o algo así. Como lo que puede venir ahí. Eso.

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Ambos, Paula Marulanda y Juan Álvarez, tal vez las personas que han seguido e intervenido más de cerca el desarrollo de Villabón como escritor en los últimos años, sueltan a menudo frases como: “no sé, tendrás que preguntarle”, “esto es lo que yo creo” o “yo nunca he hablado con él de eso”. Sucede cada vez que les pregunto sobre asuntos más personales de Villabón, como su trabajo diurno. Al mismo tiempo, en los dos se siente cariño hacia Villabón y en sus interacciones con él se ve lo que parece la cercanía y la confianza de una amistad construida.

Así es Daniel: reservado y entrañable.

“Cuando cogí confianza con él, porque entre nosotros surgió un vínculo laboral muy bonito, un día él se me emputó y me dijo que yo tenía que entender que él trabajaba y que no tenía tiempo para algo que yo le estaba pidiendo ―me dijo Paula Marulanda, su editora, cuando hablamos sobre Daniel―. Yo aproveché y le dije: ‘Dani, ¿tú en qué trabajas?’. Y me dijo: ‘No quiero hablar de eso y no te voy a contar’”. Así fue, por ejemplo, cómo “escritor y redactor de captchas” resultó siendo el oficio que Villabón se dio a sí mismo en la solapa de su libro y que fue aceptado ante la imposibilidad de acceder y comprobar una realidad celosamente cuidada por él.

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Villabón, por su parte, me hace entender que sí le ha puesto empeño a que parte de su vida esté oculta, que incluso se construya un misterio alrededor de su identidad. Pero rápidamente cambia de tema, me lanza preguntas, y cuando vuelvo a preguntarle más sobre eso solo me lanza más evasivas: “Yo diría que sí. Sí, yo creo que… Ajá”.

En una línea breve ―no más de 10 palabras― de un blog que comenta la premiación de La soledad del dromedario, se afirma que entonces, en 2010, Villabón era “empleado de una fábrica textil”. En julio pasado, en un lanzamiento menos oficial de Nuestra criatura organizado con sus amigos, Henry Gómez, moderador de la charla, recordó un día en que Villabón le regaló una toalla que había hecho en la empresa en la que trabajaba. Y el escritor Juan Álvarez, días antes de mi encuentro con Villabón, me aseguró que sabía que trabajaba en una pequeña empresa familiar.

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“Te lo planteo de la siguiente forma: yo en este momento tengo mi trabajo, puedo pagar mis cuentas, creo que soy solvente, no estoy sobregirado. Si me entran regalías de una obra, ¿mejor, no?”, me dice Villabón cuando le pregunto sobre su trabajo, sobre lo que le da la plata. Varios días después, sin esperarlo y sin preguntárselo directamente, Villabón me dirá por WhatsApp que trabaja en una empresa de logística, en donde es el encargado de “hacer facturas y despachos”.

Lo que sí parece ser constante en todas las versiones es que es en las noches, al momento de salir de su trabajo diurno, cuando se sienta a escribir. Después de un día laboral “nada extraordinario”, según él mismo, una jornada que describe como “lo más básico y rutinario que puede haber”, Villabón se sienta alrededor de las nueve o diez de la noche frente a su computador y escribe. Así, en noches largas que terminan en madrugadas, Villabón escribió La soledad del dromedario, un texto que empezó cuando tenía 19 años y que se fue perfilando con los matices de una época marcada por sus lecturas de Kafka. Su propia rutina, la de Villabón, también se iba perfilando en paralelo con el modelo del escritor checo: desempeñar cualquier oficio en el día para poder llegar a escribir en la casa de noche.

En esas primeras noches nació Hans Silva, el hombre jorobado que protagoniza La soledad del dromedario. Hans, como Villabón ―como Kafka―, dedica las noches a su oficio: trabaja en la caja registradora de un supermercado en el turno de la noche, un horario en que él y su joroba evitan las miradas que se hacen fáciles a plena luz del día.

Esa manera de escribir, tan distinta al tono de otros escritores colombianos, sus contemporáneos, responde a su igualmente singular formación.

Las mañanas, cuando no está durmiendo, Hans se dedica a reflexionar sobre su propio cuerpo: a examinar los colores de su giba y a rascarla contra las paredes de su cuarto en un solitario acto sexual. A su vida aislada, solo acompañada por la personalidad que él mismo le da su joroba, llega un día una invitación a la fiesta de cumpleaños de una desconocida. Decide ir y se encuentra con que ha sido invitado a una fiesta infantil. Se queda a pesar de la extrañeza de la situación ―una actitud que caracteriza a gran parte de los personajes de los textos de Villabón― se queda y se vuelve el show central de la fiesta: el primer paso de lo que será una progresiva y psicológica animalización de su propio ser.

La soledad del dromedario, que según él escribió sin ninguna pretensión de que se convirtiera en novela o de que fuera publicada, es el primer espacio en el que Villabón toca varios de los temas que luego caracterizarán sus cuentos y que, en síntesis, son una exploración constante de lo extraño: los cuerpos distintos, las situaciones absurdas en las que se sumergen sus personajes sin hacer muchas preguntas, la sexualidad como un elemento de perturbación y de exploración de los límites morales, la crueldad.

También es el primer texto en el que su particular uso del lenguaje quedó registrado: a menudo palabras como “canuto” y “reloj pulsera” reemplazan a otras más comunes como “cigarrillo” y “reloj”. Y, en general, toda la novela está atravesada por un español que se siente extranjero, sin ninguna expresión que permita ubicar el lenguaje ―y, por tanto, tampoco a los personajes y a las situaciones― en un lugar claro ni remotamente colombiano. Cuando le pregunto a Villabón sobre eso, reconoce que sí, que había algo en su manera de escribir que ahora ha cambiado y que tiene que ver con sus hábitos de lectura.

“Ahora que lo veo en perspectiva sí hay ciertos verbos y ciertas construcciones de frases que no usaría ahora. Creo que es el resultado de muchas lecturas de ese momento, lecturas más que todo españoletas, traducciones españolas”, me dice, cuando le pregunto por lo que parece un español neutro en La soledad del dromedario. Esa manera de escribir, tan distinta al tono de otros escritores colombianos, sus contemporáneos, responde a su igualmente singular formación: Villabón no es literato de academia, hizo apenas un semestre de filosofía en la Universidad Central y tuvo que retirarse por falta de recursos. La suya fue una formación de horas de lectura en bibliotecas públicas. Así, devorando libros en sus tardes de adolescencia, aprendió a escribir.

Sin temor a equivocarse, podría decirse que toda la formación como escritor de Villabón se puede rastrear en un solo lugar, la Biblioteca El Tintal, que él describe como “una nave, una edificación muy compacta que me gusta mucho” y a la que llegó con ganas de leer. “Allá llegué, hice el trámite del carné y llegué fue a leer. Después, ya como en los avisos, pillé que había talleres y pues, chévere, fui a ver qué pasaba. Entré a los talleres y como que sí, como que funcionó, ¿no?”.

Los talleres de los que habla son espacios gratuitos creados por el Distrito en los que escritores experimentados acompañan un proceso de creación literaria con todo aquel que pase el filtro de la convocatoria. En esos talleres, y en otros espacios de discusión promovidos por la Red Distrital de Bibliotecas Públicas, las tardes de lectura de Villabón se fueron convirtiendo en espacios colectivos de discusión literaria, de presentación de textos propios y de profesionalización.

En esos talleres fue que conoció a los tres escritores que, asegura, han jugado un rol clave en el escritor que es hoy: Nahum Montt, Fernanda Trías y Juan Álvarez; el primero fue el que le dijo que presentara La soledad del dromedario, un texto que habían trabajado en el taller, al concurso de la Universidad Central; el último fue quien lo ayudó a que sus cuentos llegaran a las manos que finalmente los publicarían.

En los ocho años que han pasado desde que empezó a asistir a los talleres y la publicación de Nuestra criatura, varias cosas han cambiado en la escritura de Villabón: la pesadez del español extraño que inunda las páginas de La soledad del dromedario ya no está, y en su lugar ha dejado un lenguaje que aún es formal y ajeno a los modos locales, pero que ya no distrae. Sin embargo, las intenciones y las búsquedas estéticas permanecen y han sido las mismas desde el principio.

* * *

Foto: Carolina Assik

“Daniel ha mantenido su estética a lo largo de estos diez años”, me dijo Henry Gómez, quien antes de volverse amigo de Villabón fue uno de los promotores de lectura de la Red de Bibliotecas Públicas que frecuentaban la Biblioteca El Tintal. “Siempre ha tenido las historias que incomodan, las historias inverosímiles y sórdidas, a veces con un ámbito sexual poco común y siempre con un tratamiento de lo absurdo”, me dijo Gómez. Y Villabón, por su parte, ha tenido clara esa intención estética: la busca, y a menudo pronuncia a manera de mantra la palabra “incomodar” cuando habla de sus historias y del mundo que construyó en su libro de cuentos.

Nuestra criatura, un libro que no supera las 140 páginas, y que la mayoría de sus lectores devora en uno o dos días, está atravesado de principio a fin por la incomodidad. Desde la primera línea del libro, con las palabras iniciales de “La invitación”, Villabón invita a quien lo lee a seguirlo en un mundo que causa extrañeza pero en el que un lector curioso ―y algo morboso― se sumerge sin esfuerzo: “Llevábamos seis meses viviendo con mi amigo Eduardo en un pequeño apartamento que habíamos alquilado cerca de la universidad donde estudiábamos cuando una mañana sorprendí a su mamá en mi habitación, oliendo mis calzoncillos”.

La incomodidad en “La invitación” se vuelve chistosa enfrentada a lo absurdo de un grupo de mujeres cincuentonas con una fijación sexual específica ―un cuento que además Villabón confiesa que fue inspirado en las reuniones de una tía suya uribista y cristiana―. Luego, la misma incomodidad se torna insoportable en “La primera noche” cuando llega con la violencia sexual; después se torna incomprensible en “Amor WC”, que propone un escenario en el que el amor le pone fin a una necesidad fisiológica; y finalmente se vuelve una incomodidad confusa y siniestra en “Feliz cumpleaños, Aldito” ante la normalización de la crueldad. En varios de los otros cuentos de Nuestra criatura, la incomodidad nace de los cuerpos diferentes y de las imperfecciones estéticas: unos dientes torcidos en “Ultimátum”, un feto despreciado por sus malformaciones en “Una cuestión personal” o un hombre atormentado por una fealdad que le recuerdan y le imponen en “La niña”.

El interés por incomodar y por hablar de las apariencias físicas extrañas y de las malformaciones no son una cuestión fortuita viniendo de Villabón. Es fácil intuir, para cualquiera que haya visto al autor, que la riqueza con la que ya desde La soledad del dromedario explora la psicología y el mundo interior de sus personajes viene de su propia exploración personal: de habitar un cuerpo distinto sobre el que no cuesta trabajo imaginarse cómo caen las miradas. “Sobre eso yo jamás he hablado con él”, me dijo Juan Álvarez cuando le pregunté sobre la apariencia física de Daniel. “Yo jamás le pregunté: ‘Oye, ¿por qué tienes la cara así?’ […] Pero es claro que lo que él está haciendo es elaborar artísticamente alrededor de eso. Él es un tipo muy inteligente y siento que de una manera muy limpia y tranquila ha sabido hacer de eso una cierta intriga, (ha tenido) un cierto control artístico de eso”.

* * *

Cuando me encuentro con Villabón, vacilando sobre cómo preguntarle sobre un tema que todos a su alrededor parecen evitar y sobre el que la mera mención entre quienes lo conocen ya causa incomodidad, basta hacerle una pregunta breve sobre su infancia para que él suspire y me de un aviso: se va a abrir, porque sabe que es momento de hacerlo.

Me cuenta que tiene un hermano con el que compartió los nueve meses de formación en el vientre de su mamá, “somos gemelos monocigóticos, que son los que se crean en la misma bolsita, en el mismo cigoto”, me dice. Y continúa: “En el proceso de formación hubo una mala posición de los fetos, podría decirse, y yo tomé la posición de recostarme en el pecho de mi hermano. Y eso vino en un… como… en una malformación que es evidente. Y en él también, pero en él no es muy evidente porque su malformación es en el pecho. Yo fui el que llevé la mayor parte”, me dice desde detrás de las gafas negras que cubren su cara.

“Yo jamás le pregunté: ‘Oye, ¿por qué tienes la cara así?’ Pero es claro que lo que él está haciendo es elaborar artísticamente alrededor de eso”.

Me cuenta que su traslado de Ibagué a Bogotá fue en búsqueda de tratamiento médico que tratara su malformación y que a los 14 años perdió un año de colegio porque tuvo que estar tres meses en su casa recuperándose de un injerto que le hicieron en el lado izquierdo del rostro.

Eso es todo lo que me cuenta. No necesita darme más detalles para hacerme entender de dónde viene la familiaridad con la que retrata la soledad de Hans en su primera novela o la verosímil crueldad de los niños que se cruzan por sus textos. No necesita elaborar con minucia para hacerme ver por qué la intención que prima en sus textos es la de incomodar, la de explorar los límites de la condición humana y llevar al extremo los preceptos morales. Tal vez tampoco lo hace porque encerrar toda su exploración estética en un único hecho puntual y específico le puede resultar insuficiente, porque tal vez le parece escaso sintetizar en unas cuantas palabras el vasto mundo que construye su propia identidad.

Y, de cualquier manera, es él mismo, en un par de palabras, el que logra sintetizar de mejor manera su identidad, su historia y lo que hasta ahora se ha constituido como su obra: “Podrías decir que nací con una predisposición a la escritura”.

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