Mujeres trans en concursos de belleza: ¿zapatero a tus zapatos?


Artículo publicado por VICE Colombia.


Hoy, después de que el foco mediático sobre la nueva reina nacional, y sus polémicas declaraciones sobre la participación de mujeres trans en los reinados tradicionales, ha pasado un poco, quise intentar un ejercicio: meterme a Twitter, escribir “mujeres trans reinado” y buscar las publicaciones más recientes sobre estos tres términos.

Hago este ejercicio seguido, cada vez que existe alguna coyuntura que involucra temas de género. Me gusta hacerlo en parte para leer en tiempo real qué opina la gente de mi país sobre el tema del momento; en parte —he descubierto—, porque soy masoquista. Digo masoquista, porque a pesar de que generalmente las opiniones en redes sociales sobre temas de género pisotean una y otra vez a las mujeres cis, a las mujeres trans y al resto de la comunidad LGBTIQ, me quedo durante varios minutos leyendo tuits, absorta en la pantalla. Quizá no soy masoquista, quizá solo trato de entender lo que no entiendo.

Esta vez no fue la excepción. Valeria Morales, la señorita Valle que ahora es la señorita Colombia y nos va a ir a representar a Miss Universo el próximo año, antes del concurso del pasado domingo respondió una pregunta sobre la participación de Ángela Ponce, la señorita España, una mujer trans que estará representando a este país en el certamen. “Creo que el reinado de belleza, como es Miss Universo, es para mujeres, que nacemos mujeres”, respondió Morales viendo a la cámara con su cara perfecta y sus cejas marcadas: “y creo que para ella también sería una desventaja, por eso hay que respetarla pero no compartirla”. Terminó la frase con una sonrisa de guiño cómplice, como si supiera, o al menos deseara, que sus seguidores estuvieran de acuerdo con su declaración.

Morales no se equivocó con esa sonrisa. Ignorando el hecho de que la ‘opinión’ de Morales era más un llamado a la discriminación de toda una población, muchas personas estuvieron de acuerdo con sus declaraciones. La búsqueda en Twitter fue una manera de comprobarlo. Tuits como “no veo la intolerancia en ningún lado, el reinado es para mujeres que nacen mujeres, las trans tienen su propio reinado”, o “sencillo: no es mujer… Miss Universo está hecho para mujeres. Así como las trans tienen su propio reinado, la mujer debe ser natural, no solo un prototipo”, abundaban en esta red social.

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Sobre todo, había una expresión que se repetía una y otra vez: zapatero a tus zapatos, zapatero a tus zapatos. Como si la identidad y la expresión de género, y la compleja relación que estos conceptos tienen con la forma de habitar un cuerpo y transitarlo, fueran comparables con la simple relación entre una profesión y el objeto sobre el cual se ejerce.

No, no funciona tan sencillo, señorita Morales y seguidores de la señorita Morales.

Sin embargo, la discusión en este caso se fue, como siempre, por el lado más predecible, el más obvio, el más aburrido. Para muchas otras personas, incluyéndome, es obvio que lo que dijo la señorita Valle es equivocado: no hay razón para discriminar a una mujer trans de este concurso, ni de ninguno otro, simplemente porque no es una mujer cis, es decir, una mujer cuya identidad de género está alineada con el sexo que le asignaron al nacer. Algo que, imagino, Morales intentó explicar en sus propios términos de reina de belleza cuando dijo “mujeres que nacemos mujeres”.

¿Realmente no tiene nada de malo que una mujer trans sea aliada y representante en uno de los eventos donde el patriarcado sigue dominando en su totalidad a la mujer y todos sus aspectos?

Muy pocas personas voltearon la cabeza hacia lo que, pienso, debería ser la verdadera pregunta de esta polémica: ¿qué hace una mujer trans participando en un concurso de belleza?

Habrá quienes respondan inmediatamente a la pregunta de manera simple y aireada, alegando que las mujeres trans son libres de decidir en qué participar, que eso ya sería problema de ellas, y que no debemos pensar en restringir su participación en concursos de belleza o demás eventos a los que ellas quieran participar. Ya he leído este argumento en varios tuits y demás discusiones en redes sociales.

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Estoy de acuerdo con ese argumento. Jamás cuestionaría la libertad de una mujer o un hombre trans para participar en un concurso, ya sea de belleza, de natación, de cocina, lo que sea. La libertad, el derecho a ser, el derecho a habitar, el derecho a elegir, siempre y cuando no se convierta en amenaza para el otro, es algo que no se limita, no se reduce, no se negocia. Por ninguna razón.

Pero no deja de ser inquietante el hecho de que una mujer trans, una persona que desde su mismo nacimiento es condicionada, atravesada, oprimida, rechazada y muchas veces asesinada por un sistema heteronormativo, es decir un estructura patriarcal que ve la heterosexualidad y lo binario, la división y la complementación del deseo entre lo femenino y lo masculino, como lo único aceptable socialmente, decida libremente participar y ganar en un concurso de belleza, uno de los eventos que más sigue perpetuando las opresiones de género y las dinámicas machistas contra las mujeres a nivel mundial. Uno de los eventos que mejor representa todo aquello contra lo que lucha el feminismo hoy en día.

Ángela Ponce, la concursante española, es activista.

A través de la Fundación “Daniela”, una entidad que trabaja para garantizarle los derechos básicos a niñas y niños trans, Ponce va a colegios, da charlas y participa en varias actividades para luchar contra la transfobia y así asegurar un futuro más digno para las próximas generaciones trans.

Ángela Ponce también es 90-61-90.

Estas son las medidas de sus senos, su contorno de cintura y su cola. Medidas a las que probablemente le costó mucho llegar, por las que tuvo que pagar bastante dinero y someter su cuerpo al quirófano, como tantas otras reinas cis. Medidas que, probablemente, tuvieron que ver con su triunfo en el certamen por la corona española. “Ángela es modelo y está cumpliendo el sueño que tuvo de niña”, le dijo a El País, de España, alguien cercana a ella. “¿Eso puede molestar a alguien? ¿Tiene algo de malo? No”.

¿Pero realmente no tiene nada de malo que una mujer trans sea aliada y representante en uno de los eventos donde el patriarcado sigue dominando en su totalidad a la mujer y todos sus aspectos?

Ángela Ponce es una contradicción en sí misma. Si bien su elección es una lección para la tolerancia y para visibilizar la diversidad sexual y de género a nivel mundial, y un logro con el que muchas personas de la comunidad trans probablemente se sienten identificadas, me sigue costando mucho entender por qué una persona trans se amarraría al cuello la misma cuerda hecha de opresiones de género contra la que se ha enfrentado y se seguirá enfrentando toda su vida. La misma soga que probablemente la ha mirado en la calle con desdén o la ha rechazado en su trabajo de modelo por ser mujer trans, por no “ser mujer que nace mujer”, cómo diría Morales. ¿Por qué Ponce no está desmontando las estructuras que la amarran para liberarse, y en vez de eso está presentando una especie de síndrome de Estocolmo frente al heteropatriarcado que tanto ha afectado a su comunidad?

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¿Siguen las mujeres trans como Ángela Ponce reforzando a través de la forma en la que habitan sus cuerpos, la manera en la que se trazan sus aspiraciones y objetivos y sus discursos, fortaleciendo las mismas dinámicas de un sistema que es implacable con ellas y con las mujeres cis? ¿Es el género este sistema? ¿Es el propio género el enemigo? Algunas dirían que sí, pero esta no es la columna para extenderse sobre este tema.

“La belleza vende”, le responde Ponce a El País, cuando le preguntan sobre su participación. “Para mí es una oportunidad increíble para que me conozcan y vean que soy una niña más, una niña como otra”.

Probablemente, a la final, Ponce solo quiere eso, ser una niña como Morales. Una niña que encaje en el sistema, como la mejor niña del universo.

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